Capítulo 34
Phoebe sabía que no podía contarle a Adrian que iba a acudir a aquella cita.
Si lo hacía, iría con ella. Y, aunque le hubiera gustado que la acompañara, en la anotación de lady Phoebe Pembroke ponía con claridad que debía presentarse sola.
Temía que quienquiera que la estuviera esperando se marchara al verlo a él.
Pero, en aquella época, y más para una dama de la alta sociedad, salir de casa no era una tarea sencilla. Estar casada le otorgaba más libertad, cierto, aunque no la suficiente como para irse sin dar explicación alguna.
Había tenido un día entero para inventarse una buena excusa.
Le había dicho a Adrian que aquella mañana quería ir de compras.
Cuando él le preguntó qué pensaba comprar, ella respondió que sombreros.
Había oído a Charlotte hablar de una sombrerería en Bond Street donde había una pequeña sala para que los caballeros esperasen allí mientras las damas solían aprovechar aquel lugar como punto de reunión para ponerse al corriente de las últimas novedades, y no era raro que tardaran horas en salir.
Algo que, según Charlotte, era verdaderamente agotador para ellos.
Con toda intención, Phoebe le había dicho a Adrian que, ya que no le gustaban los clubes, podía aprovechar para conversar con algunos caballeros.
Aunque dudaba mucho que hubiera demasiados dispuestos a pasar la mañana entre cajas de plumas y cintas.
Al parecer, eso era algo que no había cambiado en más de doscientos años.
Tal y como Phoebe esperaba, Adrian le dijo que se quedaría en su despacho revisando unos papeles. Qué bien le venía en momentos como ese que fuera un gruñón solitario.
Phoebe fue hasta la sombrerería, pero no permaneció allí ni tres minutos. Solo los justos para cruzar el establecimiento y salir por una puerta trasera que daba a un callejón. Charlotte también le había hablado de aquella salida.
Mientras el cochero la esperaba en la calle principal, ella recorrió a pie el corto trayecto hasta Hyde Park. Esa era, al menos, una de las ventajas de estar casada en aquella época: podía pasear sola, sin doncella y sin un familiar a su lado.
A aquellas horas, el parque rebosaba de actividad. Por eso imaginó que la habían citado en un rincón concreto. Algún lugar más retirado, donde no hubiera tantas miradas.
Siguió las instrucciones que la otra Phoebe había escrito. Pero, cuando llegó a aquella zona, se detuvo, desconcertada, ya que no había nada solitario en aquel lugar.
Observó a los niños arrodillados junto al Serpentine, empujando barquitos de madera sobre el agua. A las niñeras que los vigilaban desde la orilla y a las mujeres sentadas en los bancos, charlando bajo la sombra de los árboles.
Phoebe miró a su alrededor, buscando un rostro que la reconociera.
O uno que ella debiera reconocer. Y, para su sorpresa, había varios.
Un par de mujeres la saludaron de lejos; debían conocer a Phoebe Pembroke, aunque ella no recordaba haberlas visto nunca.
También alguna que otra cara familiar de su boda, y hasta le pareció atisbar a lo lejos a una de las mujeres de la ópera.
Pero ninguno de ellos parecía tener nada que contarle.
Lo bueno de que todos pensaran que era Phoebe Pembroke era que nadie esperaba gran cosa de ella. Aquella joven, por lo visto, había mantenido siempre las distancias. Bastaba con devolver un saludo y seguir de largo.
Aunque ahora era distinto. Ahora era la condesa de Whitmore y más personas se interesaban por ella. Mientras esperaba bajo el roble, pensó que ser la condesa de Whitmore era algo solo suyo. La otra Phoebe no lo había sido. Tampoco se había enamorado de Adrian; ni él de ella.
Eso le pertenecía únicamente a ella.
Pasaron los minutos y nadie se acercó. Empezaba a pensar que había ido a lo tonto. Y, aun así, seguía teniendo aquella sensación en el estómago. La misma que sentía antes de un juicio. Esa certeza de que, para bien o para mal, todo iba a resolverse.
Entonces, una de las mujeres que estaba sentada en un banco, junto a otras dos, se puso en pie.
Era de mediana edad. Llevaba el cabello recogido bajo un sombrero y un vestido elegante de paseo. Empezó a acercarse, y Phoebe imaginó que iba a intentar comenzar una conversación con ella. Llevaba un rato parada allí sola; era evidente que había llamado la atención.
Pero, cuando la mujer estuvo lo bastante cerca, Phoebe se fijó en algo.
En el lado derecho de la mandíbula tenía una pequeña marca de nacimiento con forma de estrella. La misma marca que habían dibujado en el retrato a carboncillo que les habían enseñado en el escape.
—Eres la bruja —dijo, antes siquiera de ser consciente de que lo estaba diciendo en voz alta.
La mujer sonrió, como si aquellas palabras no la hubieran sorprendido, como si las esperase.
—Prefiero que me llames lady Ellington —respondió—. Aunque, pensándolo mejor, ¿para qué hemos de guardar tantas formalidades? Llámame Rebecca.
—Tú enviaste los retratos. No estás en el campo.
Estaba tan sorprendida que las palabras se le escaparon solas, una detrás de otra, sin que pudiera detenerlas.
La duquesa de Ellington dio un par de pasos más y se detuvo frente a ella.
—Sí, Phoebe Harris, yo te envié los cuadros —reconoció, bajando la voz.
En ese momento, Phoebe recordó que se encontraban rodeadas de personas, aunque ninguna estaba lo suficientemente cerca como para escuchar la conversación—.
Y no, no estaba en el campo, pero teníamos que esperar al momento adecuado para conocernos.
—Pero no lo entiendo… —Phoebe agitó la cabeza, confundida—. Nos enseñaron tu retrato en el escape. Ellos dijeron que…
—Tienes muchas preguntas, lo sé —la interrumpió la duquesa con suavidad—. ¿Por qué no damos un paseo?
Phoebe asintió y se levantó del banco.
Caminaron unos instantes en silencio. Varias personas las saludaron y nadie pareció extrañarse de verlas juntas.
Tampoco había motivo. Ella era la condesa de Whitmore.
Pasear a esa hora por Hyde Park en compañía de una duquesa no era sospechoso.
Era, si acaso, exactamente lo que se esperaba de su nueva posición.
—¿Vas a decirme por qué he viajado en el tiempo? —le preguntó Phoebe, bajando la voz al ver que la mujer no parecía dispuesta a hablar.
La duquesa esbozó una sonrisa leve.
—Me habían dicho que no te andabas con miramientos. Veo que no era un rumor falto de verdad.
—¿Evitas la pregunta porque no lo sabes?
—No te inquietes, sé muchas cosas. Y en mí hallarás las respuestas. No como en aquella falsa pitonisa que visitaste.
Phoebe se preguntó cómo sabía aquello, pero esa no era la pregunta que quería hacerle.
—Eres una pitonisa. Por eso sabes quién soy.
La duquesa negó con suavidad.
—A mí me gusta llamarme vidente. Lo de pitonisa se lo dejo a quienes cobran por inventar el porvenir.
—¿Y tú cobras por decir la verdad?
La duquesa hizo una mueca.
—¿Te parezco la clase de dama que necesita ganar unas pocas monedas vendiendo su talento?
—No.
Aquella mujer era una de las más ricas e influyentes del país. Adrian se lo había contado.
—Pero debo reconocer que he usado mi talento cuando me ha convenido —confesó ella, guiñándole un ojo con diversión.
—¿Gracias a ese talento has descubierto quién soy? —probó Phoebe de nuevo.
La duquesa se detuvo y Phoebe hizo lo mismo. Recorrió los alrededores con la mirada y entonces se dio cuenta de que ya no estaban entre niñeras y barquitos. Habían llegado a una zona más umbría, llena de árboles, un rincón apartado dentro del propio parque.
Pero Phoebe no sentía ningún miedo. De alguna manera, sentía que podía confiar en aquella mujer. Al igual que tenía un instinto para aquellas personas de las que debía mantenerse alejada, también lo tenía para reconocer a las personas que tenían buen corazón.
—No, querida. Gracias a mi talento tú has viajado.
—¿Y por qué querrías que viajara?
—Porque las almas que están destinadas a estar juntas deben encontrarse. Y, cuando no encuentran el camino solas, necesitan una pequeña ayuda.
Phoebe no entendía lo que esa mujer le estaba diciendo.
—Lo único que quiero saber es cómo regresar a mi época.
La mujer sonrió.
—No, querida. Lo que quieres saber es por qué te sientes tan cómoda en un tiempo que no te pertenece. Lo que ansías entender es por qué has tenido que cruzar un siglo para hallar a ese hombre que ha conseguido que el matrimonio, lejos de parecerte una condena, empiece a parecerte una bendición.
—No… yo… —comenzó Phoebe, pero no terminó la frase.
Pues la duquesa no se equivocaba. No podía seguir negándolo.
—La respuesta es sencilla, querida —continuó la duquesa—. Has encontrado a tu alma gemela. Y las almas no siempre nacen en el mismo tiempo.
—¿Acaso lo sabes porque tú has encontrado a la tuya? ¿Con el duque, que no sabe dónde estás ni le importa? —atacó Phoebe.
Por alguna razón, aquellas palabras le molestaron. Tal vez porque eran ciertas. Porque empezaba a creer que nunca se había enamorado antes porque la persona que estaba destinada a conocer había nacido doscientos años antes que ella.
Sin embargo, la duquesa no pareció ofendida.
—Yo he decidido que prefiero una buena vida a estar con mi alma gemela.
—Y yo no he podido elegir.
—Primero tenías que conocerla antes de tomar esa decisión. Pero, cuando regreses, podrás tomar esa decisión. Solo dependerá de ti.
Phoebe frunció el ceño.
—No entiendo.
La duquesa sonrió.
—Lo sé, pero lo entenderás.
Phoebe suspiró. Empezaba a pensar que nunca comprendería nada.
—¿Dónde está la verdadera Phoebe Pembroke? ¿En mi tiempo?
—La pobre Phoebe —dijo la duquesa y, por primera vez, su voz se ensombreció—.
Halló a su alma gemela. Y se lo arrebataron de una manera cruel.
Estaban destinados el uno al otro, pero la maldad humana les impidió vivir ese amor.
Volverían a encontrarse dentro de cuatro o cinco siglos.
El universo, sin embargo, es benevolente cuando dos almas son separadas con injusticia.
Phoebe no apartó los ojos de ella.