La maldición del conde (Viajes en el tiempo 3) Capítulo 33
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Capítulo 33

Tal y como Adrian había previsto, el duque de Ellington no tenía la menor idea de cuándo regresaría su mujer, ni tampoco sabía en cuál de las residencias que poseía se encontraba.

Y tampoco parecía importarle. De hecho, según le había contado Adrian, parecía aliviado de que su esposa se encontrase lejos de él.

Phoebe no pudo evitar recordar que aquel tipo de matrimonios era precisamente la razón por la que ella no creía en el matrimonio.

Eran los que abundaban en aquella época. Y, si el divorcio hubiera sido accesible, una abogada como ella se habría forrado. Claro que, en aquel tiempo, a las mujeres ni siquiera se les permitía ejercer la abogacía.

Aquella época era todo lo contrario a lo que ella era. A sus pensamientos, a sus inquietudes. A todo. Y, a pesar de todo, se encontraba en el palco privado del conde de Whitmore, que ahora era su marido, disfrutando de la ópera.

El palco estaba bien situado: lo bastante alto para ver el escenario con claridad y lo bastante apartado para que nadie pudiera oírlos si hablaban en voz baja.

Estaban solos. Abajo, el patio de butacas bullía de abanicos, prismáticos y conversaciones que no tenían ninguna prisa por callarse.

Phoebe se asomó un instante al borde y comprendió enseguida que, para la mitad de aquellos asistentes, la función era solo una excusa para verse y ser vistos.

—Esta noche representan Las bodas de Fígaro —le dijo Adrian.

Phoebe se apoyó de nuevo en el asiento.

—Me resulta familiar el título, pero es la primera vez que voy a la ópera.

Hasta en su época era un espectáculo caro. Aunque lo cierto es que ella nunca había tenido ningún interés en ir. Pero, cuando Adrian se lo había propuesto, le había parecido interesante; probablemente, porque iba con él.

—Fígaro va a contraer matrimonio con Susanna, pero el conde Almaviva, su señor, también ha puesto los ojos en ella.

El problema es que todos tienen algo que ocultar y, a medida que avanza la obra, los secretos terminan saliendo a la luz.

Como era de esperar, nadie sale demasiado bien parado —le resumió Adrian.

—Así que un hombre poderoso que cree que puede disponer de las mujeres a su antojo. —Phoebe hizo una mueca—. Qué original.

—Espera al segundo acto antes de juzgar la obra. Aunque me temo que el personaje del conde no va a ser precisamente de tu agrado.

Phoebe le guiñó un ojo.

—Ya tengo uno delante. No necesito otro.

Adrian sonrió y, cuando las luces del patio se atenuaron y la orquesta atacó las primeras notas, inclinó la cabeza hacia ella.

—El primer acto es el más liviano. Después, las mentiras empiezan a costar más caras.

Phoebe apoyó las manos sobre el borde del palco y dejó que la música la envolviera. No entendía ni una palabra —ya que cantaban en italiano—, pero no le hacía falta. Le bastaba con mirar.

De vez en cuando sentía la mirada de Adrian, no en el escenario, sino en ella.

Como si ella fuese más interesante. Aunque él siempre la miraba así, con ese hambre en los ojos y esa sed que nunca se saciaba, por mucho que compartiesen cama.

Él siempre la hacía sentirse deseada. Y eso era algo que ningún hombre le había hecho sentir antes.

Cuando cayó el telón del primer acto, el teatro estalló en aplausos. Phoebe se recostó contra el respaldo, todavía con la música resonándole en el pecho.

—¿Te está gustando? —le preguntó él. A pesar de su tono neutro, podía percibir su curiosidad.

—Me está encantando.

Phoebe no mentía. Si hubiera sabido que la ópera le gustaría tanto, habría ido antes.

—¿Te apetece dar un paseo? —preguntó Adrian—. El entreacto suele durar unos veinte minutos; tiempo más que suficiente para que media sociedad se cruce en los pasillos y finja que ha venido por la música. —Rodó los ojos, ya que Adrian detestaba socializar.

—Entonces salgamos —dijo Phoebe con entusiasmo—. Que vean que no te avergüenzas de mí. Aunque quizá haga algo a propósito, como tirarle una copa a alguna dama, por ejemplo. Así sí tendrás motivo para avergonzarte.

Adrian esbozó una sonrisa, se puso en pie y le ofreció la mano para ayudarla a levantarse. Cuando ya estaban saliendo del palco, se inclinó lo justo para que solo ella lo oyera.

—Nada de lo que hagas podrá hacer que me avergüence de ti. Jamás.

Phoebe no llegó a responderle, ya que una mujer que debía estar en la treintena, y que llevaba su cabello castaño recogido en un sofisticado peinado, se acercó a ellos.

—Lady Whitmore —la saludó con una sonrisa estudiada, como si no hubiera estado esperando aquel momento—. Qué placer. Estaba deseando conocerla.

En cuestión de segundos aparecieron dos más. Adrian apenas tuvo tiempo de presentarlas antes de que la conversación se cerrara a su alrededor como una red educada y afilada. Phoebe sonrió, asintió, y dejó que hablaran.

Un caballero llamó a Adrian. Este pareció reacio a apartarse, pero ella le hizo un gesto discreto para que se marchara. Era más que capaz de apañárselas sola.

—Se os ve dichosos —comentó una de las mujeres, la más mayor de todas, cuyo enorme abanico parecía competir en tamaño con su propia cabeza—. El conde parece encantado de tenerla aquí. No sabe la suerte que tiene. Hay maridos que, una vez casados, parecen olvidar por completo que tienen esposa.

—Pues yo preferiría que el mío esta noche no me acompañara —añadió otra de las mujeres, mientras ponía los ojos en blanco de manera dramática—. Al menos así no tendría que fingir que nos soportamos.

Las otras dos rieron con disimulo.

—Y eso todavía es llevadero. —La mujer del abanico grande bajó la voz—. Mirad, si no, a la pobre lady Merton. Tiene que aguantar que su esposo mantenga no una, sino dos amantes. Y no se toma ni la molestia de disimularlo. Paga casa, vestidos y hasta el palco de una de ellas. Lo sabe media sociedad.

—Y ella sonríe. Como si no le importara. —La otra dama negó con la cabeza—. Aunque a cualquiera le importaría.

—Tampoco es como si tuviese más opción —apuntó la mujer de cabello castaño, exhalando un suspiro—. Al menos, no se gasta toda su fortuna y deja a la pobre mujer malviviendo en una casa sin muebles porque los han empeñado, como le sucede a lady Yeuston.

Aquellas mujeres hablaban de sus matrimonios como quien habla de un mal inevitable. Con resignación, con un veneno dulce y no tan dulce. Con la certeza de que el amor, si alguna vez había existido, hacía tiempo que había sido sustituido por apariencias.

Phoebe comprendió entonces que no estaba escuchando solo chismes. Estaba escuchando el grito desesperado de mujeres que creían no tener más opción que soportar a los maridos que les habían tocado.

Y ella no estaba de acuerdo.

No podían divorciarse, cierto. Pero eso no significaba que tuvieran que aguantarlo todo. Claro que aquellas mujeres habían sido educadas precisamente para eso. Para sonreír, para ceder y para fingir que no les importaba.

Si ella pudiera, si se quedara el tiempo suficiente, tal vez podría ayudarlas. Enseñarles a luchar, a llegar a acuerdos. A no conformarse con la infelicidad solo porque un papel ya estuviera firmado.

Pero no podía quedarse. Tenía que regresar a su época.

Así que cerró la boca.

En cuanto llegaron a casa, Phoebe se fue a su alcoba. Adrian tenía unos papeles que revisar en su despacho, pero le prometió que no tardaría en subir. A ella no le molestó, ya que necesitaba un poco de tiempo para ella misma.

Estaba sentada ante el tocador, peinándose con lentitud, cuando la puerta se abrió. Adrian entró desde su alcoba y la observó un instante antes de hablar.

—Has estado muy callada en el trayecto de regreso —dijo Adrian, con los ojos fijos en ella—. ¿Está todo bien?

—Sí —musitó Phoebe—. Solo estoy cansada.

—¿No te ha gustado la ópera?

—La he disfrutado mucho. Te agradezco la invitación.

Adrian no pareció creérselo del todo. Había algo más. Se acercó hasta ella, que seguía sentada, y le ofreció la mano.

Phoebe la tomó, dejando el peine sobre el tocador.

—Vamos a encontrar la manera de que conozcas la verdad que buscas —le prometió Adrian, acariciándole la mejilla con el dorso de la mano. Él nunca había sido un hombre afectuoso, ni siquiera con su hermana Charlotte, pero con Phoebe le salía de una manera natural—. No debes preocuparte por eso.

Phoebe alzó la mirada hacia él.

—No sé si quiero encontrarla —confesó con un hilo de voz, hundiendo los hombros—. Esta noche, hablando con aquellas mujeres, he sentido que podría ser útil aquí. Que, tal vez, esta época no sea tan terrible como pensaba. Que hay cosas que yo sí podría cambiar. Que quizá tengo un propósito aquí.

—¿Y eso te asusta? Quedarte conmigo, aquí.

—Tú sigues creyendo que esta es mi época, que no podré viajar a ningún lado.

—No soy un hombre que crea en fantasías, Phoebe. Pero, si te soy honesto, no quiero creer que dices la verdad, porque no quiero perderte.

—Yo tampoco quiero perderte, Adrian.

—Pero también sé que, si dejas de buscar tu verdad, en lo que crees, te marchitarás. Y no, no quiero que te marchites. Si tengo que gritar a los cuatro vientos que creo en los viajes en el tiempo, lo haré.

Phoebe sonrió.

Él la creía. Quizá no era capaz de creer en algo que no había visto, en algo que era imposible para su cerebro. Pero la creía, confiaba en ella, y eso era lo más bonito que nadie había hecho por ella.

—Te amo, Adrian.

La misma Phoebe se quedó sorprendida de las palabras que habían salido de su boca. Había tenido novios, sí, pero nunca había dicho esas palabras porque ella no decía nada que no sintiese.

Pero con Adrian era diferente. No sabía en qué momento había pasado, pero se había enamorado profundamente de él.

Durante unos instantes, Phoebe esperó. No sabía qué esperaba: una respuesta o tal vez una reacción, algo más que él la mirara fijamente con una expresión seria y sin pronunciar una sola palabra.

Su estómago se hundió con una decepción que no pudo evitar, pues, en el fondo, había esperado que sus sentimientos fuesen correspondidos, que él la quisiese de la misma manera y con la misma intensidad que ella lo hacía.

Sin embargo, sabía que eso no era justo.

Ella no podía obligarlo.

—No tienes que decirme lo mismo si no lo sientes —dijo Phoebe, rompiendo el silencio.

Los labios de Adrian se curvaron en una sonrisa.

—Entonces tendré que demostrarte cuánto te amo.

Se acercó con lentitud, como si temiera romper algo frágil. Le tomó el rostro entre las manos y la besó. No fue un beso urgente. Fue profundo, paciente, el tipo de beso que no pide permiso para quedarse.

Phoebe apoyó las manos en el pecho de él y notó cómo le latía el corazón, demasiado rápido para alguien que siempre parecía dueño de sí mismo.

Cuando se separaron apenas un instante, Adrian deslizó los dedos por los lazos del camisón y los deshizo uno a uno.

La tela resbaló por sus hombros y cayó a sus pies.

Él no se lanzó sobre ella. La miró, como si quisiera memorizarla.

—Eres extraordinaria —murmuró.

Phoebe le ayudó a quitarse la chaqueta, después el chaleco y la camisa. Cada prenda que caía parecía dejarlo un poco más desnudo de lo que el cuerpo permitía. Cuando por fin no quedó nada entre ellos, la levantó en brazos con una facilidad que le arrancó una risa suave y la llevó hasta la cama.

La recostó con cuidado, como si aquella sábana fuera un lugar sagrado. Se tendió a su lado y recorrió su piel con la boca: el cuello, la clavícula, y el hueco entre los pechos. No había prisa, solo atención. Solo la voluntad de hacerle sentir, sin palabras, todo lo que no había sabido decirle.

Phoebe entrelazó los dedos en su cabello cuando sus labios bajaron más. El placer llegó despacio, como una marea.

—Adrian…

Él alzó la vista.

—Estoy aquí.

Se colocó sobre ella, apoyado en los antebrazos para no aplastarla, y la miró a los ojos mientras se unía a su cuerpo. Phoebe contuvo el aliento. No por dolor, sino por la certeza brusca, casi intolerable, de que aquello no era solo deseo; era entrega.

Empezó a moverse con lentitud. Profundo, medido. Cada embestida era un juramento silencioso. Era como si le pidiese que se quedase.

Phoebe le rodeó la cintura con las piernas y lo atrajo más cerca, buscando su boca otra vez. Se besaron mientras el ritmo iba creciendo, sin volverse brusco, solo más intenso, más inevitable.

El placer la recorrió de dentro afuera, largo, cálido, tan lleno de emoción que se le llenaron los ojos de lágrimas.

Adrian la sostuvo a través de él, la frente apoyada contra la suya, y, cuando él también se perdió en ella, lo hizo con un gemido bajo, enterrado en su cuello, como si el amor le pesara y, al mismo tiempo, lo salvara.

Después, no se apartó de inmediato. Permaneció dentro de ella, respirando juntos, la mano de él enredada en su cabello, la de ella dibujando círculos lentos en su espalda.

—Ahora lo sabes. Sabes lo que siento por ti —susurró contra su piel.

Phoebe cerró los ojos y lo abrazó con más fuerza.

Sí. Ahora lo sabía.

La luz de la luna llena entraba por la ventana de la habitación.

Phoebe se despertó despacio. Adrian dormía a su lado, tendido de costado, con el rostro más sereno de lo que jamás se lo había visto despierto.

Lo observó un instante, casi sin atreverse a respirar.

Era injustamente hermoso así, sin esa dureza que se ponía como armadura.

Le acarició la mejilla con la yema de los dedos y él no se despertó.

Solo inclinó un poco el rostro hacia su mano, como si incluso dormido la buscara.

Ella se levantó con cuidado.

Las cortinas estaban entreabiertas y la luna inundaba la estancia con una claridad pálida. Fue a cerrarlas cuando vio, sobre la silla, el programa de la ópera. Lo tomó con una pequeña sonrisa. Entonces leyó la fecha:

14 de junio.

Ella había estado viviendo en una burbuja desde la boda y no había estado atenta a qué día del mes era.

Se le detuvo el aliento.

Porque, en ese momento, recordó que el 16 de junio, Phoebe Pembroke había quedado con alguien a las once en Hyde Park. Lo había olvidado, pero ahora lo recordaba con mucha nitidez. Sintió, con una certeza que no sabía justificar, que allí descubriría la verdad.

Dejó el programa donde estaba y cerró las cortinas. Volvió a la cama pensando en no ir. En no buscar nada más.

Pero, cuando se tumbó de nuevo, Adrian la rodeó con un brazo sin despertarse, atrayéndola contra su pecho. Phoebe se quedó quieta, escuchándole el corazón. Y comprendió que él tenía razón.

Para ser feliz con él, para no marchitarse, ella necesitaba saber la verdad.