Capítulo 32
—Estabas entusiasmada cuando te hiciste ese retrato. —Su madre observaba el cuadro con interés.
Phoebe miró el retrato una y otra vez.
—No lo parece —respondió—. Parece… parezco —se corrigió con rapidez, no podía meter la pata— aburrida.
Su madre postiza negó con la cabeza.
—Estabas feliz, pletórica. Ibas a casarte en tres meses, y el hermano de Thomas, Percy, os regaló los retratos.
En un principio, el pintor iba a retrataros juntos.
Pero el padre de Thomas empeoró de su enfermedad y, como heredero del vizcondado, Thomas apenas tenía un momento libre.
Resultaba casi imposible que coincidierais, así que os pintó por separado.
La idea era unir después ambos lienzos en un solo retrato.
—El pintor no logró captar mi felicidad —murmuró Phoebe, sin apartar la vista del lienzo—. En cambio, en el de Thomas sí. Se le ve feliz.
—Nunca has sido muy expresiva, cariño. Aunque yo siempre he sabido cómo te sentías. —Helen posó una mano sobre el hombro de Phoebe y la apretó con suavidad—. Has cambiado. Ahora…
—¿Si nos los regaló Percy, por qué razón los tenía la duquesa? —preguntó Phoebe, cambiando de tema adrede, ya que lo que menos quería era hablar con su madre postiza de lo diferente que era ahora.
Aunque lo cierto es que le interesaba la respuesta. Ella había querido salir corriendo hacia la casa de la duquesa de Ellington, pero sus padres habían llegado antes de tiempo y ya no podía poner una excusa. Por lo menos, le había servido para comprobar que el del cuadro era Thomas.
Que estaba muerto, pero a la vez estaba en el futuro. O, por lo menos, un chico que era muy parecido a él.
—El pintor no los había terminado cuando falleció Thomas —respondió su madre postiza—. Aunque ciertamente nunca más pregunté por ellos. Pensé que Percy se los había quedado. Tampoco pensé demasiado en ello, cariño.
Su madre le dirigió una mirada de disculpa, y Phoebe asintió. No la culpaba; había estado demasiado preocupada por la salud de Phoebe Pembroke como para pensar en unos cuadros que para ella no significaban demasiado.
—Supongo que tendré que preguntárselo a ella.
—No es de buena educación preguntar de dónde procede un obsequio, cariño —la reprendió su madre postiza con dulzura—.
Y ya sabes cómo es lady Ellington. Siempre ha sido una mujer muy misteriosa.
Si se le formula una pregunta demasiado directa, se limita a sonreír, cambia de conversación y consigue que una crea haber obtenido una respuesta cuando, en realidad, no ha dicho absolutamente nada.
—Tienes razón —mintió.
Porque Phoebe tenía claro que la duquesa de Ellington iba a responder a todas sus preguntas y de forma muy clarita.
—Aunque es de un gusto retorcido enviar el retrato de tu prometido fallecido como regalo de bodas con otro caballero —añadió su madre postiza con una mueca de reprobación.
—Adrian piensa como tú.
Helen se giró hacia ella. Sus ojos descendieron hasta su anillo.
—¿Y tú?
Sabía que su madre postiza no estaba de acuerdo con que no se hubiese quitado el anillo de compromiso que le regaló Thomas. Pero no se lo había hecho saber, pues la respetaba. Y era de agradecer porque no se lo podía quitar aunque quisiese.
—Yo creo que tendrá sus razones —replicó Phoebe, que no tenía la menor duda.
Y una de las razones era demostrarle que sabía quién era ella en realidad.
—Supongo. —Helen exhaló un largo suspiro—. Aunque sigue sin ser adecuado. Pero a lady Ellington nunca le ha importado lo que es adecuado o no.
Phoebe volvió a contemplar el retrato de Thomas.
—Lleva el anillo que le regalé en el dedo —murmuró Phoebe, queriendo que Helen se lo confirmara.
—Así es. Al igual que tú, nunca se lo quitaba.
Phoebe fue a preguntar algo más cuando Charlotte entró en la sala.
—Van a servir el postre —anunció con una sonrisa—. Hay syllabub y tarta de frambuesas. Ya están todos de nuevo sentados en la mesa.
—Vamos entonces. —Helen le hizo un gesto a Phoebe—. A los hombres no les gusta esperar.
Helen y Charlotte salieron por la puerta, pero Phoebe se quedó un instante más, mirando el retrato de Thomas.
No era solo el parecido físico; era la expresión, el gesto. Hasta la manera de sostener la mirada. Todo era idéntico a Quentin. A diferencia de su propio retrato, donde resultaba evidente que aquella mujer no era ella.
Phoebe estaba confundida. Necesitaba respuestas y, al mismo tiempo, tenía que reconocer que le daba miedo encontrarlas. No por lo que pudiera descubrir, sino porque una parte de ella no quería regresar a su época.
Bueno. En realidad, lo que no quería era dejar a Adrian atrás.
Pero aun así, ella buscaría todas las respuestas que necesitaba. Phoebe no pertenecía a esa época y esa era una verdad de la que no podía huir.
—Les ruego que me disculpen, pero la duquesa partió esta misma mañana.
En cuanto sus invitados se marcharon, Adrian y Phoebe fueron a la residencia de los duques. Afortunadamente, Adrian no se había negado a acompañarla. El mayordomo, con amabilidad, les había permitido entrar, pero la respuesta que les dio no era la que Phoebe esperaba.
Frustrada, miró el vestíbulo en el que se encontraban.
Era amplio, de techos altos y suelo de mármol blanco veteado de gris.
Una escalera de piedra se curvaba hacia el piso superior, con una barandilla de hierro forjado que brillaba como si acabaran de pulirla.
Aunque no era muy diferente al hall de casa de sus padres de esa época y la de Adrian, había algo que lo hacía diferente, como más frío, menos cálido.
—¿Y cuándo regresará? —inquirió Adrian con expresión pétrea—. A mi mujer y a mí nos gustaría agradecerle personalmente su regalo de bodas.
El mayordomo les miraba como si pensase que con una nota bastaba y no le harían perder el tiempo.
—No lo sé, milord. La duquesa nunca avisa de cuándo va a regresar.
—¿El duque se ha ido con ella? —preguntó Phoebe.
—No, milady. Él no se ha ido.
—¿Y podemos hablar con él?
—Él se encuentra en el club de caballeros White’s. Suele llegar tarde, pero si desean esperarle…
—No será necesario —dijo Adrian.
Después, se despidió, pero tuvo que tirar de Phoebe, que no estaba muy por la labor de marcharse de allí. Cuando salieron, ella le fulminó con la mirada.
—Podíamos haber esperado —se quejó, cruzándose de brazos.
—El duque puede regresar a altas horas de la madrugada, Phoebe. Es de los que pasan mucho tiempo en el club.
—Vamos a White’s entonces.
Adrian arqueó una ceja.
—¿Club de caballeros te dice algo?
—Sí, que es sexista solo aceptar miembros por el género con el que has nacido.
—Solo aceptan caballeros, cierto. Pero tampoco cualquier caballero. Tienes que tener una buena posición social.
—Entonces es sexista y clasista.
—Que en tu época ha cambiado —dijo él, acostumbrado ya a las respuestas de ella.
Phoebe frunció el ceño.
—Desgraciadamente, no. White’s sigue siendo un club clasista solo para hombres. Pero te estás yendo de la cuestión.
—¿Yo? —preguntó él—. Eres tú la que está divagando.
—Yo no divago —replicó—. Mira, no importa —dijo cuando él fue a volver a hablar—. ¿Tú eres socio?
—Por supuesto.
—Entonces ve tú a hablar con el duque.
—No voy a un club de caballeros.
—Pero si eres socio.
—¿Y? —Adrian hizo una mueca, como si aquellas dos cosas no estuvieran relacionadas—. Nunca voy si puedo evitarlo.
—Qué bien entonces que esta vez no puedas evitarlo —añadió Phoebe con sarcasmo—. Debes ir. Tienes que hablar con el duque y preguntarle cuándo regresa su mujer.
—Estoy seguro de que lo ignora. Dudo incluso que sepa en cuál de sus propiedades se encuentra, si es que está al corriente de que ha abandonado Londres.
—Eso no tiene sentido, es su marido.
¿Quién mejor para saber dónde se encontraba su esposa que él?
—Es como funcionan la mayor parte de los matrimonios, Phoebe.
—No el de mis padres. Ellos siempre saben dónde está el otro.
O, por lo menos, eso era lo que había visto en el tiempo que llevaba en aquella época.
No sabía si Helen y George estaban enamorados, pero sí que se apreciaban y se respetaban.
Había sido un matrimonio de conveniencia, según le habían contado, como lo eran la mayoría.
Aun así, habían encontrado la manera de tratarse con respeto y ser felices.
Algo que los padres que la habían engendrado y criado habían sido incapaces de hacer, aunque se casaran por propia voluntad y por un supuesto amor.
—Y tampoco será así nuestro matrimonio —le confirmó Adrian. Lo hizo como si fuera importante para él que ella lo tuviera claro—. Siempre sabremos dónde está el otro.
Phoebe no respondió. Entró en el carruaje cuya puerta tenía abierta el lacayo y él entró tras ella después de dar instrucciones al lacayo.
—Antes o después regresaré a mi tiempo —dijo ella tras unos instantes de silencio.
—Ahora estás aquí, Phoebe —le respondió Adrian, a la vez que le sujetaba la mano y la entrelazaba con la de él.
—Sé que no terminas de creértelo, Adrian, pero no puedo quedarme en esta época, no es la mía.
—Y si, llegado el momento, de verdad has de marcharte, ya nos ocuparemos de ello entonces.
El carruaje osciló al tomar un recodo. Phoebe le rodeó el cuello con sus brazos y le miró a los ojos.
—Necesito saber por qué he viajado. Necesito saber la verdad.
—A veces, la verdad no trae paz, Phoebe. Solo cierra puertas que todavía no estás lista para cerrar.
—Aun así, la necesito.
Y antes de que él pudiese responder, ella le dio un beso lento y profundo. Cuando se separaron, él suspiró.
—¿Me vas a obligar a ir a White’s?
—No, pero me harías feliz si lo hicieses.
—Está bien, iré más tarde.
—Puedes ir ahora. Te esperaré aquí. No saldré, lo prometo.
—Si me retraso en regresar, intentarás que te dejen entrar y montarás un escándalo.
—Yo no monto escándalos.
—Sí que los montas.
—¿Y te avergüenzas de mí?
—En absoluto. Es una de las muchas cosas que te hacen especial.
Phoebe esbozó una sonrisa.
—Cuando te conocí eras insoportable, y ahora, eres hasta agradable.
Adrian le acarició la mejilla con los dedos.
—Solo contigo, milady.
Ella no pudo evitar volver a besarle. La carroza se paró justo cuando el beso se rompió.
Phoebe miró por la ventanilla.
—No estamos en casa; ni siquiera en Mayfair.
Ella no había estado atenta al trayecto, ocupada como había estado disfrutando de la compañía de Adrian.
—Estamos en Newman Street —dijo él—, donde Julian Hart tiene su taller.
—¿El pintor de los retratos? —preguntó ella, recordando que Adrian lo había nombrado esa mañana.
—Sí .Te preguntabas por qué razón la duquesa poseía los cuadros.
—Gracias.
Adrian se limitó a asentir.
Bajaron del carruaje y recorrieron unos metros por la acera irregular. Newman Street olía a óleo, a barniz y a humo de chimenea. Adrian se detuvo ante una puerta estrecha, llamó y, sin esperar demasiado, la abrió.
El estudio era amplio y desordenado. Había lienzos apoyados contra las paredes, un caballete junto a la ventana y una paleta olvidada sobre una mesa llena de pinceles.
Un hombre de mediana edad, con el pelo ya entrecano y una bata manchada de pintura, estaba de pie frente al caballete.
Al verlos, dejó el pincel y esbozó una sonrisa amplia.
—Lord Whitmore, lady Whitmore. Qué alegría. Les felicito por su matrimonio.
—Se lo agradecemos —dijo Adrian con cortesía.
Phoebe asintió, sin corregirlo.
—Díganme, ¿han venido a encargarme un retrato? Puedo hacerles uno de ambos, si lo desean. O por separado, como prefieran.
—Hoy hemos recibido un regalo de bodas muy particular —dijo Adrian, que no era muy dado a andarse con rodeos—. Unos retratos que hiciste hace varios años de mi mujer y de lord Thomas Hale. Nos los ha enviado la duquesa de Ellington. Y nos preguntamos por qué los tenía ella.
El pintor miró a Phoebe.
—Cuando lord Thomas falleció, su hermano me pagó lo que me debía, pero me ordenó que no terminara los retratos y que me deshiciera de ellos. Que solo le causarían sufrimientos a lady Phoebe.
El pintor miró a Phoebe.
—No lo hiciste —dijo Phoebe, aunque era una obviedad.
—Thomas era mi amigo —dijo Julian—. Y pensé que, tal vez, lord Percy se equivocaba y que usted desearía tenerlos.
Los terminé, pero nunca vino a preguntar por ellos, así que pensé que quizá sí que le resultaba demasiado doloroso.
Aun así, los guardé hasta que me enteré de su compromiso con el conde.
Los saqué del trastero y los dejé en el taller mientras decidía cómo deshacerme de ellos.
Y entonces vino lady Ellington a encargarme un retrato y los vio.
—Y se los vendiste —intuyó Adrian—, a pesar de que ya te habían pagado por ese trabajo y de que no te pertenecían.
Julian tragó saliva ante el tono de Adrian.
—Al principio me negué, pero me ofreció una suma considerable. Cada vez hay más pintores jóvenes, con técnicas nuevas, que hacen las delicias de la alta sociedad. No podía permitirme rechazar su oferta.
—Aunque eso sea una falta de profesionalidad. Y si corre la voz, le aseguro que nadie de la alta sociedad volverá a encargarle un retrato sabiendo que puede terminar en manos de otros.
—Milord, se lo ruego…
—No diremos nada —le interrumpió Phoebe.
Adrian frunció el ceño, pero no la contradijo.
—¿La duquesa le dijo para qué quería los retratos?
—No, milady. Y si llego a saber que era para regalárselos al conde como obsequio de boda, no se los habría vendido. Sé que no resulta agradable para ningún hombre recibir el retrato del antiguo prometido de su esposa, aunque este haya fallecido.
—Si la duquesa vuelve por su taller estos días, ¿nos lo hará saber? —le preguntó Phoebe.
—Por supuesto, milady.
Phoebe se lo agradeció y salieron del taller.
—Eres demasiado buena —le dijo Adrian cuando entraron en el interior del coche de caballos.
—No es algo que suelan decirme muy a menudo. Y no ha sido bondad lo que me ha llevado a contradecirte, sino la inteligencia.
—¿Ah, sí?
—Sí. Si lo arruinas, no tendrá nada que perder. Pero si somos generosos, nos deberá un favor. Y la gente que te debe un favor suele ser complaciente.
Adrian negó con la cabeza.
—A veces me das miedo.
—No, no te lo doy —respondió ella con una gran sonrisa.
—Te dejaré en casa e iré a White’s.
Ella suspiró.
—Preferiría ir contigo, pero te concederé esto.
—Puedes aprovechar para prepararte.
—¿Prepararme para qué? —preguntó ella.
—Para ir a la ópera.
—¿Me vas a llevar a la ópera?
—Preferiría quedarme en casa contigo, en nuestra alcoba. Pero nuestro compromiso ha sido corto y llevamos ya varios días casados. La sociedad va a pensar que me avergüenzo de ti.
—¿Y te importa lo que piense la sociedad?
—En lo que a mí respecta, no. En lo que a ti respecta, sí.
—A mí no me importa lo que nadie piense de mí. Pero me apetece ir a la ópera.
Phoebe sonrió para sus adentros. Tal vez pudiera sacar algo de diversión de aquel día después de todo.