La maldición del conde (Viajes en el tiempo 3) Capítulo 31 #2
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Capítulo 31 #2

—No es de mi agrado —manifestó Adrian, deteniéndose a su lado—.

Tú eres mucho más bella. Tus ojos brillan con más alegría.

Y esa mujer parece ausente, como si no estuviera del todo allí.

— Se acercó un poco más. En la esquina superior del lienzo, casi disimuladas entre las sombras de la pintura, había dos iniciales apenas visibles: J.

H.—. Julian Hart ha hecho retratos a mi familia y, desde luego, eran mejores que este. No ha representado tu esencia.

Phoebe, que le había estado escuchando a medias, sumida en sus propios pensamientos, le miró.

—Porque no soy yo. Es Phoebe Pembroke. Yo vi ese cuadro antes de viajar. Fíjate, lleva el anillo.

Antes de que Adrian pudiera responderle, Phoebe se acercó al segundo cuadro y tiró de la tela.

El lienzo quedó al descubierto y ella contempló el retrato de un hombre joven, de esos que había visto decenas de veces en los museos de su época. Hasta que se fijó en el rostro. Entonces el aire pareció abandonarle los pulmones.

Porque también lo reconoció. Aquel joven era Quentin, el game master del escape room.

¿Qué hacía él en aquella época? ¿Y por qué habrían de regalarles un retrato suyo? ¿Era un viajero en el tiempo como ella?

Phoebe se acercó un poco más. Al igual que en el otro cuadro, en la parte inferior del lienzo había unas letras pintadas con trazo pequeño y cuidadoso. Las leyó con cuidado: Thomas Hale.

No podía ser… Quentin no podía ser Thomas Hale.

—Quiero ese retrato fuera de mi residencia —vociferó Adrian, contemplando el cuadro con una expresión que Phoebe jamás le había visto.

Tenía la mandíbula tan apretada que parecía estar conteniendo una furia apenas bajo control, y las manos cerradas a ambos lados del cuerpo—. No pienso tenerlo bajo mi techo.

—Adrian… —comenzó ella, pero él no la estaba escuchando.

—Esa endemoniada mujer —masculló, cerrando las manos con más fuerza—. ¿Cómo se le ocurre un acto tan cruel? —Adrian parecía furioso—. Enviar como regalo de bodas el retrato del prometido fallecido de mi esposa.

—No era mi prometido —le corrigió Phoebe por inercia, acercándose al cuadro para examinarlo más de cerca.

—No lo quiero aquí.

Pero Phoebe no le estaba escuchando, porque estaba demasiado ocupada observando el retrato. Sus ojos descendieron hasta la mano derecha de Thomas, descubriendo que su dedo anular llevaba un anillo.

Tenía que ser aquel del que le había hablado Helen. El que le regaló su prometida, el que le robaron después de matarlo. El que habían buscado sin descanso.

No era un sello ostentoso, sino más discreto. Una sortija de oro oscurecido, de aro fino, con una piedra  verde engastada en el centro. No era un anillo que ella hubiese regalado. Tampoco era de su gusto el que llevaba en el dedo sin poder quitarse.

En cambio, el que le había regalado Adrian, que seguía colocado en su otro dedo, le encantaba.

—Vamos a devolver el cuadro. Deberíamos devolver los dos —gruñó Adrian, provocando que lo mirase.

—Adrian, él es el game master del que te hablé. El que me dio el anillo. Es su rostro.

—Es Thomas Hale. —Adrian chasqueó la lengua. Aún tenía las manos cerradas en puños—. O, al menos, es lo que pone.

—Mis padres lo conocían. Podrán confirmarlo.

—¿Voy a tener que tener este cuadro hasta que vengan tus padres?

Phoebe, a pesar de lo que acababa de descubrir, no pudo evitar esbozar una sonrisa.

Sabía que Adrian estaba celoso. Adrian era posesivo, pero también cariñoso y respetuoso.

La miraba como si ella fuera lo único que importaba en todo el planeta.

Nunca la había tratado como una posesión, ni siquiera cuando el resto del mundo parecía esperar que lo hiciera.

Ni cuando las leyes de esa época lo permitían.

—Vienen en una hora —le recordó con una paciencia que no tenía—. Y no es el momento para que estés celoso.

Adrian cerró los ojos un instante.

—¿Y cómo hago para no estarlo?

Phoebe dio un paso hacia él y sostuvo las manos de él, que se abrieron para recibir las de ella.

—Confiando en mí.

Adrian abrió los ojos.

—Confío en ti.

Ni siquiera dudó a la hora de pronunciar aquellas palabras y Phoebe sabía que no mentía. Había conseguido ganarse la confianza de aquel hombre a pesar de que tenía todo en su contra, y ese era el mejor regalo de bodas que nadie nunca le podía haber dado.

Iba a responderle cuando el sonido de unos nudillos tocando la puerta la interrumpió. Esta vez no fue Adrian quien lo mandó pasar, sino Phoebe.

—Disculpen la interrupción. —El mayordomo permaneció en el umbral—. Los cuadros venían acompañados de una nota para la condesa.

Phoebe asintió y prácticamente le arrebató la nota de la mano al mayordomo cuando se acercó para entregársela. Aunque el hombre abrió los ojos, sorprendido ante ese entusiasmo, cuando Adrian le dio permiso para que se retirara, se dio la vuelta rápidamente y desapareció, dejándolos solos.

Pero Phoebe ya estaba desplegando el papel y leyendo la nota.

Mi querida Phoebe Harris.

Te envío estos retratos como recuerdo de aquello que no debe olvidarse. El pasado, por más que se pretenda sepultarlo, siempre encuentra el modo de volver.

Con mis más sinceras felicitaciones por tu reciente enlace.

Lady Louisa, duquesa de Ellington.

—¿Qué diablos significa eso? —masculló Adrian, que no entendía nada.

Phoebe no estaba segura. Sobre todo, porque ella seguía dándole vueltas una y otra vez a la primera línea.

—Adrian, mira el apellido —le indicó ella, señalándoselo en la nota.

—Harris —leyó él, ceñudo—. Ese no es el apellido que…

—Es mi verdadero apellido —le interrumpió Phoebe—. La duquesa sabe bien quién soy. —Y ella le había enviado aquellos cuadros por una razón. Una razón que tenía que descubrir—. Tengo que ir a verla. Ahora.

La duquesa de Ellington podía ser la pieza del rompecabezas que necesitaba. La llave que, por fin, la condujera hasta la verdad.