La maldición del conde (Viajes en el tiempo 3) Capítulo 31
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Capítulo 31

Phoebe se estaba acostumbrando demasiado deprisa a la vida de casada.

Era extraño. Tan extraño que, unos meses atrás, le habría resultado imposible imaginarse a sí misma viviendo algo parecido.

Ella nunca había deseado casarse, y mucho menos convertirse en la esposa de un conde en el siglo XIX.

Sin embargo, empezaba a descubrir que aquella vida tenía cosas que le gustaban.

Incluso la residencia de Whitmore en Londres había comenzado a resultarle familiar.

En la casa de sus padres postizos se había sentido cómoda desde el primer momento, quizá porque ellos habían conseguido hacerla sentir querida a pesar de saber que no era la verdadera Phoebe.

Pero la sensación que sentía en la residencia de Whitmore era distinta; se parecía a la sensación de estar en casa.

Como si hubiera encontrado su verdadero hogar.

Algo que a Phoebe nunca antes le había pasado. Ni en la casa en la que se había criado, ni tampoco en el apartamento en el que vivía en Londres.

Ella debía recordarse que aquella no era su casa. Técnicamente, ni siquiera era su vida.

Pero Phoebe llevaba cuatro días instalada allí y, sin darse cuenta, había empezado a construir pequeñas rutinas.

Aquella mañana se había refugiado en una de las salas de estar de la planta principal con un libro entre las manos.

La residencia contaba con una biblioteca, no tan impresionante como la de Whitmore Hall, pero lo bastante grande como para que no tuviera ninguna posibilidad de aburrirse durante una buena temporada.

Adrian también se encontraba allí. Había ocupado una mesa unos metros detrás de ella, con varios documentos extendidos. De vez en cuando mojaba la pluma en el tintero, hacía alguna anotación y pasaba al siguiente papel.

Podría haber trabajado en su despacho, donde nadie habría interrumpido su concentración.

Sin embargo, llevaba allí toda la mañana.

No habían cruzado más de un par de palabras desde que se instalaron en la estancia, pero Phoebe sabía perfectamente que aquella era su manera de hacerle compañía.

Adrian jamás lo admitiría. Y ella tampoco pensaba señalárselo.

Empezaba a gustarle aquella silenciosa costumbre.

Al igual que por las noches. Unas veces dormían en su habitación, otras en la de él. Pero siempre terminaban juntos, después de hacer el amor.

Porque Phoebe no se atrevía a ponerle nombre a lo que sentía por él. Sabía, no obstante, que aquello era mucho más que sexo. Mucho más que dos cuerpos buscándose para darse placer. Sentía cosas que nunca había sentido. Cosas que, estaba segura, jamás sentiría por otro hombre.

Estaba completamente absorta en la lectura cuando escuchó unos nudillos golpeando suavemente la puerta.

—Adelante —dijo Adrian, sin levantar la vista de sus papeles.

El mayordomo se quedó en el umbral.

—Disculpen la interrupción. Han traído un obsequio para vuestra merced, milady.

Phoebe cerró el libro sobre un dedo para no perder la página.

—¿Para mí?

Durante aquellos días de matrimonio habían recibido decenas de regalos de boda: porcelanas, platería, tapices; incluso un par de caballos. La mayoría iban dirigidos a ambos. Que alguien insistiera en entregarle algo solo a ella resultaba extraño.

—¿Podría dejarlo en alguna de las salas de recepción? —preguntó, dispuesta a volver a su lectura.

—Me temo que no, milady. Se nos ha indicado que debe entregársele personalmente y con la mayor urgencia.

La duquesa de Ellington ha insistido. —El mayordomo hizo un discreto gesto hacia el pasillo—.

Los hombres que lo han traído aguardan en el vestíbulo.

Se trata de dos cuadros de considerable tamaño.

Phoebe y Adrian intercambiaron una mirada.

—De acuerdo —dijo ella—. Háganlos traer aquí.

El mayordomo se retiró. Unos instantes después, dos lacayos entraron cargando los dos cuadros, cubiertos por una gruesa tela. Los apoyaron con cuidado contra una de las paredes y, tras asegurarse de que estaban bien sujetos, hicieron una reverencia y se retiraron.

—¿La duquesa estuvo en nuestra boda? —le preguntó Phoebe a Adrian.

—Ni ella ni su marido —respondió él—. Aunque tu madre los invitó.

Phoebe asintió. Le habría gustado ponerle cara.

Aunque no era la única. Varias familias de la alta sociedad que no habían asistido a la ceremonia también les habían hecho llegar obsequios.

Era su manera de felicitarles y, al mismo tiempo, de reconocer el matrimonio.

Como si el regalo sirviera para decir: la boda ha sido fruto de una indiscreción, pero todo está bien. Lo aceptamos.

—¿Son amigos de la familia de Phoebe Pembroke? —le preguntó.

A Adrian no le sorprendió que ella le recordase que no era esa Phoebe. Desde que ella le había contado todo, hablaba con total sinceridad.

Adrian no sabía qué creer. Todos los argumentos que ella le había aportado eran ciertos.

La Phoebe que había conocido en un primer momento no era la misma Phoebe con la que se había casado; tenía un brillo, una atracción que él había percibido desde un primer instante.

Aquella Phoebe era diferente a cualquier otra persona que había conocido nunca.

Sin embargo, aquella historia de viajar en el tiempo era demasiado fantasiosa como para ser real. Además, ¿del futuro? No, eso no podía ser posible.

Lo cierto era que Adrian prefería no pensarlo demasiado. Pero si algo sabía con certeza era que Adrian quería que Phoebe fuese feliz. Y haría lo que hiciese falta para que fuese así.

—No lo sé. —Adrian se encogió de hombros—. Pero eso no importa. El duque de Ellington es uno de los hombres más influyentes de Inglaterra, amigo del rey y del príncipe regente.

Phoebe asintió.

—¿Los conoces? —preguntó ella.

—Al duque, sí. Aunque hace años que no le veo. A su mujer no recuerdo haberla conocido; quizá de niño.

—Es muy generoso por su parte enviarnos un regalo.

—Lo es.

—¿Serán paisajes? —preguntó Phoebe con curiosidad, mirando los dos cuadros cubiertos.

Adrian esbozó una sonrisa.

—En vez de intentar adivinarlo, ¿por qué no lo compruebas tú misma?

Ella puso los ojos en blanco.

—Es más divertido de esta manera.

A Phoebe siempre le había gustado intentar averiguar qué era un regalo antes de desenvolverlo. En este caso, el misterio no estaba en qué eran —ya sabía que se trataba de dos cuadros—, sino en qué había dibujado en ellos.

Adrian hizo una mueca, con la pluma en la mano.

—Te entretienes de maneras muy extrañas.

Ella le sacó la lengua y él soltó una carcajada.

Su risa se había vuelto menos rara desde que Phoebe llegó a su vida. Y desde que se casaron y empezaron a compartir lecho, era casi habitual. Ella le daba lo que nunca había tenido. Lo que creía que no merecía: felicidad.

Phoebe se levantó, acercándose a los cuadros, y Adrian no pudo evitar seguirla, colocándose a su lado.

—Ayer intenté tocar el pianoforte y me pediste que no volviera a hacerlo.

—Porque sonaba como una gallina siendo torturada.

—Eres imposible.

—Puedo contratar a un profesor de música, si lo deseas. Aunque tendré que pagarle el doble de lo habitual.

—¿Por qué?

—Porque, si no, saldrá corriendo el primer día. Y aun así, dudo que acepte.

Ella le dio un golpecito en el hombro.

—Te odio.

—No —dijo él, acercándola hacia sí—. No me odias.

La besó. Fue un beso breve, pero lo bastante profundo como para que ambos sonrieran al separarse.

—Deberíamos subir a la habitación —murmuró él contra sus labios.

—Nada me gustaría más —susurró ella—. Pero no podemos.

—Podemos hacer lo que quedamos.

—Tenemos un compromiso. Vamos a almorzar con mis padres. Charlotte y Nathaniel también estarán presentes.

A Adrian no se le pasó desapercibido que los había llamado «sus padres», y no los padres de Phoebe Pembroke. Sin embargo, no hizo comentario alguno. Era un tema demasiado complicado y no quería comenzar una discusión en la que Phoebe le reprochara que no estaba confiando en ella.

—Deberían respetar que somos recién casados —se quejó Adrian entre dientes.

—Y lo hacen. Por eso tu hermana se está quedando con tu tía. Y mi madre se ha limitado a enviarme dos notas al día en vez de presentarse en persona.

Adrian no estaba del todo de acuerdo, pero suspiró y le dio otro beso en los labios. Cuando se separó, apoyó la frente un instante contra la de ella antes de apartarse del todo.

—Entonces más vale que nos ocupemos de esos cuadros —dijo—. Antes de que olvide mis deberes de cortesía y envíe una nota a tus padres informándoles de que el almuerzo se cancela.

Phoebe soltó una carcajada y después se giró hacia los cuadros.

—Veamos —murmuró, mirando a ambos, sin poder evitar mostrar que se estaba divirtiendo—. Primero este —dijo, señalando el que estaba más a la derecha.

Adrian asintió y dio un paso hacia adelante, retirando la tela del cuadro de un solo movimiento.

Toda la diversión que Phoebe sentía se evaporó. Se quedó inmóvil, con la mirada fija en el cuadro que tenía delante de ella.

Lo reconoció al instante. Era el mismo retrato que había visto en aquel habitáculo del escape room, segundos antes de viajar en el tiempo.

La misma joven; la misma expresión aburrida, mirando al frente como si no pudiera moverse.

La misma joven que lucía exactamente igual que ella, pero que no era ella.

Se acercó despacio, con el corazón latiéndole en la garganta. En la parte inferior del lienzo, pintado con letra pequeña y cuidadosa, se leía:

Lady Phoebe Pembroke.

Y en el dedo de la dama del cuadro, inconfundible, estaba el anillo. Lo único que faltaba era el año. En el retrato que vio al lado del nombre ponía 1818. Claro que ese retrato debía haberse hecho antes. Ahora que se fijaba bien, parecía más joven. Aunque podía ser concesión del artista.