La maldición del conde (Viajes en el tiempo 3) Capítulo 30 #2
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Capítulo 30 #2

—No me da asco, me da rabia. Que alguien te hiciera semejantes atrocidades y que tú creyeras que eso te convertía en un monstruo.

Adrian no contestó. Solo se quedó quieto, respirando con dificultad, como si cada roce de sus dedos le costara un esfuerzo enorme.

—¿Quién te lo ha hecho? —preguntó Phoebe, aunque ya sabía la respuesta.

—Mi padre —respondió al fin, con la voz baja y tensa—. Cada vez que cometía algo que él consideraba un error me daba una lección. Con el látigo.

—Si estuviera vivo, lo mataría con mis propias manos.

Adrian se giró despacio hacia ella. A la luz de la vela, sus ojos parecían más oscuros que nunca.

—No lo está —respondió con calma—. Lleva años muerto. Y aun así, a veces siento que sigue aquí.

Phoebe levantó una mano y le acarició la mejilla, justo donde ella misma le había dado la bofetada horas antes. El contraste entre la violencia anterior y la ternura de ese gesto le hizo tragar saliva.

—No eres él —susurró—. Nunca lo serás.

Adrian cerró los ojos un instante, como si esas palabras le dolieran y le aliviaran al mismo tiempo. Luego inclinó la cabeza y apoyó la frente contra la de ella.

—Quiero creerte —murmuró—. Por primera vez, quiero creerlo.

Phoebe no respondió con palabras. Se puso de puntillas y lo besó de nuevo. Esta vez, el beso no fue urgente ni desesperado. Fue lento, profundo, lleno de una certeza nueva. Adrian respondió al instante, rodeándole la cintura con ambos brazos y atrayéndola contra su pecho desnudo.

Las manos de ella subieron por su espalda, rozando las cicatrices sin miedo, sin asco, solo con una ternura feroz. Él tembló bajo sus dedos, pero no se apartó.

Cuando se separaron apenas un centímetro, ambos respiraban agitados.

—Quédate —le pidió Phoebe contra sus labios—. Esta noche, quédate conmigo.

Adrian la miró a los ojos durante un largo segundo. Luego asintió, una sola vez, y desató el cordón del camisón con facilidad. Se lo bajó por los hombros y lo dejó caer al suelo de un solo movimiento, provocando que Phoebe quedase completamente desnuda frente a él.

Adrian la observó con intensidad, como si quisiera memorizar cada centímetro de su piel. Luego se quitó los pantalones y la ropa interior con movimientos apresurados. Como ya iba descalzo, en segundos estuvo tan desnudo como ella.

La levantó en brazos con una facilidad que le arrancó un pequeño jadeo de sorpresa y la llevó hasta la cama. La depositó con cuidado sobre las sábanas y se inclinó sobre ella, apoyando el peso en los antebrazos.

La piel de él contra la suya era caliente, real, imperfecta. Y por primera vez desde que había llegado a aquella época, Phoebe no pensó en escapes, ni en sueños, ni en comas. Solo en él.

Adrian besó su cuello, el hueco de su clavícula, y el nacimiento de sus pechos. Cada roce de su boca era deliberado, casi reverente, como si tuviera miedo de romper algo frágil. Phoebe le pasó los dedos por el pelo y lo atrajo de nuevo hacia arriba para besarlo.

—No soy de cristal —susurró contra su boca—. No me trates como si lo fuera.

Él soltó una risa baja, ronca, y esa fue la última contención que le quedó. Se acomodó entre sus piernas. Phoebe abrió los muslos para recibirlo, sintiendo el peso de su cuerpo, la dureza de él contra su entraña.

Cuando entró en ella, lo hizo despacio, dándole tiempo a adaptarse. Phoebe arqueó la espalda y soltó un gemido bajo, enterrando las uñas en sus hombros. Adrian se detuvo un segundo, la frente apoyada en la de ella, respirando con dificultad.

—Phoebe…

—No soy virgen, Adrian —confesó ella, entre jadeos—. No vas a hacerme daño. ¿Tú sí lo eres?

Él soltó una risa baja, ronca, casi incrédula.

—No —respondió, y la miró a los ojos—. No lo soy.

—Entonces, por el amor de Dios, muévete.

Y él obedeció.

Empezó con embestidas lentas y profundas, como si todavía temiera hacerle daño a pesar de sus palabras.

Phoebe envolvió sus caderas con las piernas y lo empujó más adentro, reclamando más.

Cuando él aceleró el ritmo, la cama crujió bajo ellos.

El sonido de sus cuerpos encontrándose llenaba la habitación, junto con los jadeos de ambos.

Adrian bajó una mano entre ellos y la tocó exactamente donde necesitaba. Phoebe arqueó la espalda y soltó un gemido más alto, clavándole las uñas en la espalda. Él besó su cuello, su mandíbula, su boca, sin dejar de moverse dentro de ella.

—Adrian… —jadeó ella, ya sin control.

Él respondió con un gruñido bajo y aumentó la intensidad.

Cada embestida era más profunda, más urgente.

Phoebe sintió cómo el placer se acumulaba en su bajo vientre, caliente e inevitable, hasta que finalmente se rompió.

El orgasmo la atravesó con fuerza, haciéndola temblar y apretarse a su alrededor mientras gemía su nombre.

Adrian la siguió casi de inmediato. Con un último empujón profundo y un gemido ronco contra su cuello, llegó al clímax, con el cuerpo tenso y temblando sobre el suyo.

Durante unos segundos solo se escuchó el sonido de sus respiraciones agitadas. Él se quedó dentro de ella un momento más, con la frente apoyada en su hombro, antes de salir con cuidado y dejarse caer a su lado.

Phoebe tardó un rato en recuperar el aliento. Cuando por fin habló, lo hizo con una media sonrisa cansada:

—Al final sí he tenido mi noche de boda.

Adrian soltó una carcajada baja y le rodeó la cintura, atrayéndola contra su cuerpo. Ella apoyó la cabeza en su pecho y él los cubrió a ambos con la sábana.

—Has podido quedarte encinta —murmuró Adrian con expresión seria.

Phoebe sonrió.

—Y si lo hubiera hecho, serías un buen padre. No serías como el tuyo. Nunca le harías daño a nadie.

Adrian se lo pensó unos instantes. Luego levantó una mano y le acarició la mejilla con el dorso de los dedos, despacio. Después le colocó la misma mano bajo el mentón y la obligó a mirarlo a los ojos.

—No lo seré —dijo con voz baja, pero firme—. No soy como ellos. Y gracias a ti, lo sé.

Algo se derritió dentro de Phoebe al escuchar aquellas palabras. Por primera vez, se alegró de haber viajado en el tiempo. Porque Adrian no se merecía seguir pensando que era el monstruo que su padre le había querido hacer creer que era cuando era el mejor hombre que ella había conocido.

—Aunque no hay peligro de quedarme embarazada, llevo un DIU.

—¿Qué? —preguntó Adrian, confuso, pero Phoebe no le respondió porque, en ese momento, se dio cuenta de algo.

Se incorporó, sentándose en la cama.

—He roto la maldición —dijo, mirando el anillo que no brillaba—. Pero sigo aquí. No he regresado a mi época.

Y, a pesar de sus palabras, ella estaba agradecida de ello. No estaba preparada para volver en ese momento. Sabía que tenía que regresar, pero no cuando acababa de tener un sexo tan maravilloso.

—Sigues con eso —murmuró Adrian, casi con resignación.

Ella sonrió y volvió a tumbarse a su lado, con la cabeza en el pecho de él.

—¿Puedo pedirte un favor?

—Puedes pedirme lo que quieras.

—Déjame contarte mi historia, solo escúchame.

Él asintió.

Y entonces, ella se lo contó todo.

Quién era en realidad, a qué se dedicaba, y cómo había acabado en aquella mansión disfrazada de dama de otra época. Lo del escape room, el desmayo, el retrato que se parecía demasiado a ella, el anillo, la sensación de haber viajado en el tiempo… Todo. Sin omitir nada.

Adrian la escuchó en silencio, tal y como le había prometido. No la interrumpió ni una sola vez. Solo seguía acariciándole la espalda con los dedos, despacio, como si el roce constante le ayudara a mantenerse anclado a la realidad mientras ella hablaba.

Cuando terminó, Phoebe levantó la cabeza y lo miró.

—¿Me crees? —preguntó, con la voz más frágil de lo que le hubiera gustado.

Adrian no respondió de inmediato. La miró un largo rato, como si estuviera sopesando cada palabra.

—No puedo creer en viajes en el tiempo —dijo al fin, con honestidad.

Ella suspiró.

—Adrian…

—Pero sé que no mientes —continuó él—. Sé que tú crees que estás diciendo la verdad.

Y es cierto que no te comportas como una dama de esta época, ni como la joven Phoebe Pembroke que llegó a Whitmore Hall hace unos días.

Hay cosas que no entiendo y que no puedo aceptar del todo, pero confío en ti. Y te ayudaré a buscar la verdad.

Phoebe sonrió contra su pecho.

No necesitaba que creyera en viajes en el tiempo. Le bastaba con que creyera en ella. Con que, pese a no comprender nada de lo que estaba pasando, hubiera decidido confiar en su palabra en lugar de pensar que estaba loca.

Y, para alguien que llevaba tanto tiempo intentando resolver aquel misterio completamente sola, descubrir que podía contar con Adrian le producía una sensación reconfortante. Con su ayuda, quizá pudiera averiguar qué la había llevado hasta 1815 y cómo regresar a su época.

Aunque mientras permanecía entre los brazos de Adrian, escuchando los latidos de su corazón, Phoebe se dio cuenta de que tenía un pequeño problema.

Ya no estaba tan segura de querer marcharse