Capítulo 30
Phoebe no podía creer lo tonta que había sido.
Le había confesado que sentía algo por él incluso antes de habérselo reconocido a sí misma. Y él, ese capullo integral, la había despreciado de la peor manera posible.
Le dolía la mano. Y esperaba, con todas sus fuerzas, que a Adrian le doliera la cara.
Llevaba casi una hora de pie, dando vueltas por la habitación.
La cabeza le iba a mil. No sabía qué iba a hacer.
Si debía quedarse, si debía irse, si debía fingir que nada había pasado hasta que encontrase la manera de regresar a su tiempo.
Todos los pensamientos se le amontonaban en la mente sin orden ni sentido.
Se detuvo frente a la ventana y miró hacia fuera. La oscuridad de la noche era casi absoluta. Solo se distinguían las siluetas de los árboles movidas por el viento.
Entonces oyó el leve crujido de la puerta. Se giró, pensando que sería alguno de los sirvientes.
Pero era Adrian el que estaba en el umbral.
Llevaba los mismos pantalones y la misma camisa de antes, aún desabrochada en el cuello.
A la luz de la única vela que quedaba encendida sobre la cómoda, se le veía la cara tensa, la mandíbula apretada y una marca rojiza todavía visible en la mejilla derecha.
Y Phoebe no pudo evitar pensar con rabia que, aun así, seguía estando guapo.
—Tenía que haber cerrado con el pestillo. —Phoebe cruzó los brazos, furiosa—. ¿Has venido a por otra bofetada?
Adrian dio un par de pasos dentro de la habitación y cerró la puerta tras de sí. Phoebe levantó la mano en un gesto claro, advirtiéndole que no quería que se acercara a ella, y él se detuvo.
Durante unos instantes, Adrian no pronunció ni una sola palabra. El silencio era tan ensordecedor como insoportable, pero Phoebe no lo rompió. Era como si Adrian quisiese decirle algo, pero estuviera buscando la manera correcta de hacerlo.
—Estoy maldito, Phoebe —confesó finalmente, con la voz baja y ronca.
—¿Y qué maldición es esa? —Phoebe rodó los ojos—. ¿Una que te hace comportarte como un bárbaro?
—Sí.
Phoebe había hecho la pregunta con ironía y no se esperaba esa respuesta. Y ni siquiera utilizaba bárbaro como un insulto real, pues lo que pensaba era que Adrian había sido un completo capullo, pero dudaba que fuera a entenderla.
Recordó entonces que en el escape le habían contado que el conde de Whitmore estaba maldito, pero era una maldición que le había convertido en una bestia fea.
Sin embargo, aquello no era cierto, ya que, incluso aunque quería acuchillarlo en su oscuro corazón, Adrian seguía siendo el hombre más guapo que había visto en toda su vida.
—No lo entiendo, Adrian. Vas a tener que explicármelo.
—Soy como él, Phoebe. —La voz de Adrian, siempre sin vacilación, se rasgó. Se pasó las manos por la cara—. Soy como todos los hombres de mi familia paterna. Un monstruo.
Phoebe descruzó los brazos y dio un par de pasos hacia él, hasta que estuvo lo suficientemente cerca como para sostener su muñeca y bajar una de sus manos para poder contemplar su rostro.
A la luz de la vela se le veía muy mala cara.
No era solo la marca roja de la bofetada.
Tenía la mandíbula tensa, los ojos oscuros y una expresión de alguien que estaba pagando un precio muy alto por cada palabra que decía.
Desconocía la razón, pero estaba sufriendo.
Un sufrimiento tan crudo como intenso que hizo que a Phoebe, que no sabía en qué momento ese hombre se había colado en su corazón, se le hundiera el estómago.
—No eres un monstruo —dijo con suavidad—. No sé quién te ha hecho pensar eso, pero no es verdad.
—Mi padre fue un hombre cruel, que maltrataba a mi madre.
—Adrian apretó la mandíbula—. Su padre también lo fue.
En nuestra familia, la violencia parecía pasar de una generación a la siguiente.
—Adrian apretó la mandíbula—. Durante años, me dijo que yo era igual que él; que era su vivo reflejo.
Que, por mucho que intentara negarlo, la violencia que llevábamos los hombres de la familia Whitmore corría por mis venas y, tarde o temprano, acabaría haciendo lo mismo que él.
—Inspiró, haciendo una pequeña pausa—. No me lo creí; no quise hacerlo.
Me prometí a mí mismo que sería diferente, y pensé que, con odiarlo, bastaría.
—Una carcajada seca y carente de humor brotó de sus labios y apartó la mirada de Phoebe, como si no fuera capaz de seguir mirándola—.
Hasta que ocurrió lo de Charlotte. Ella tenía seis años; yo, dieciséis.
Charlotte siempre ha sido una joven tímida pero curiosa, y un día entró en el despacho de nuestro padre sin permiso.
Él casi nunca estaba en Whitmore Hall, pero aquella vez había venido.
No recuerdo qué hizo Charlotte; creo que tiró un tintero o, tal vez, algún libro.
Una travesura de niños que no tenía la menor importancia, pero fue suficiente para que nuestro padre perdiera los estribos.
Levantó la mano para golpearla, de la misma manera que había hecho conmigo decenas de veces y cientos con mi madre cuando vivía.
—Adrian cerró los ojos, como si el recuerdo fuera demasiado doloroso como para mantenerlos abiertos—.
Los gritos habían hecho que me acercara, junto a la niñera, a ver qué ocurría.
Y no pude evitarlo, me interpuse y le ordené a la niñera que se llevara a Charlotte.
En cuanto se alejaron, me abalancé sobre él y lo golpeé.
Fue la primera vez que lo hacía, pero una vez comencé, no pude detenerme.
Lo golpeé por todas esas veces que había pegado a mi madre, por todas esas veces que la había maltratado sabiendo que ella no podía defenderse.
Él no se defendió; no lo hizo cuando lo lancé al suelo ni tampoco cuando la sangre se derramaba por su rostro.
Tan solo me miró con una sonrisa espeluznante y me dijo: «Eres como yo.
Puedes intentar huir cuanto quieras, hijo, pero la sangre de los Whitmore corre por tus venas.
No podrás escapar de ella». —Adrian cerró los ojos con más fuerza—.
Y no pude negarlo, porque solo quería pegarle hasta matarlo.
—Pero no lo hiciste.
Phoebe puso una mano sobre su hombro y Adrian abrió los ojos.
—Me detuve. Pero no quería hacerlo, quería romperle todos los huesos y borrar esa maldita sonrisa. Aunque solo le hice alguna magulladura.
—Porque no eres un monstruo, Adrian. No importa lo que él dijese. Defendiste a tu hermana, hiciste lo que debías. Lo que cualquiera haría en tu lugar.
Él negó con la cabeza.
—Por eso no podía casarme, Phoebe. Y por eso no puedo tener hijos. Esta maldición terminará conmigo.
—No estás maldito, Adrian. No eres como él.
—Te he tratado como…
Ella le colocó un dedo en los labios, acallándole.
—Has dicho cosas que no deberías, pero eso no te convierte en tu padre. —Ella bajó el dedo—. Jamás me harías daño.
—Phoebe…
—Te he golpeado, Adrian, y no me lo has devuelto. ¿Tu padre se hubiese quedado parado mientras tu madre le golpeaba? ¿Habría ido a buscarla a pedirle disculpas después de que ella le golpease?
—No, pero…
—Yo también tengo que disculparme. No debí darte ese bofetón.
—Me lo merecía —replicó él, con la voz baja—. Me asustaste, Phoebe. Porque yo también estoy teniendo sentimientos por ti. Nunca me he sentido así con ninguna mujer. Y no puedo…
—Sí, sí puedes —lo interrumpió ella—. No estás maldito.
Se acercó despacio. Cuando estuvo lo bastante cerca, se puso de puntillas, apoyó una mano en su pecho y lo besó.
Al principio él se quedó completamente rígido, como si el contacto lo hubiera tomado por sorpresa.
Phoebe sintió la tensión en sus labios, la forma en que contenía la respiración.
Entonces, de pronto, algo cedió. Adrian inclinó la cabeza, le rodeó la cintura con un brazo y respondió al beso con una intensidad que le cortó el aliento.
No fue un beso suave. Fue profundo, urgente, casi desesperado.
Como si ambos estuvieran intentando decirse con la boca todo lo que todavía no se atrevían a poner en palabras.
Ella notó el sabor amargo del brandy todavía en su lengua, el calor de su cuerpo, la forma en que su mano se cerraba con fuerza en la tela del camisón a su espalda.
—Quiero sentirte en mi interior —dijo ella.
—Phoebe, no podemos…
En vez de responder, las manos de Phoebe subieron por su pecho y empezaron a levantarle la camisa. Adrian le sujetó las muñecas, deteniéndola.
—La camisa no.
—¿Por qué? —preguntó ella.
—Porque no quiero que veas que no soy solo un monstruo por dentro.
Phoebe no entendió lo que le decía, pero aun así, cuando él le soltó las muñecas, volvió a intentar levantarle la camisa.
—Confía en mí. No hay nada que me haga verte como un monstruo —le dijo cuando él iba a sujetarle de nuevo las manos.
Sus palabras funcionaron. Adrian se quedó quieto, y Phoebe le subió la camisa por encima de su cabeza y se la quitó del todo.
Por un momento se limitó a mirarle el pecho. Era ancho, firme, marcado por años de equitación y esgrima. La piel era lisa, cálida bajo la luz de la vela, y el corazón le latía fuerte bajo la clavícula.
—No hay nada de monstruo en ti —susurró, y apoyó la palma abierta justo sobre su corazón.
Adrian tragó saliva. Luego, despacio, se giró de espaldas hacia ella.
Las cicatrices se extendían desde los hombros hasta la mitad de la espalda. Algunas eran finas y pálidas, casi plateadas; otras, más gruesas y oscuras, como si el látigo hubiera dejado surcos profundos que nunca terminaron de cerrarse del todo.
Phoebe soltó un grito ahogado de horror.
Él se agachó de inmediato, recogió la camisa del suelo y empezó a darse la vuelta, como si quisiera ocultarse. Pero ella lo rodeó, le detuvo el movimiento y, con dedos temblorosos, tocó una de las cicatrices más largas.
Adrian suspiró, un sonido bajo y roto.
—¿Te duele? —preguntó ella, apenas un susurro.
—No. Pero pensé que te daría asco.