Capítulo 29 #2
Sus ojos recorrían cada centímetro de su cuerpo desnudo con una intensidad que le hizo arder la piel. No había rechazo en aquella mirada. Solo hambre contenida.
—Lo que deseo es que seas un buen amante —replicó ella, sin apartar la vista de la suya.
Adrian no respondió con palabras. Se acercó a la cama, se arrodilló entre sus piernas y, con las manos firmes pero cuidadosas, se las abrió más. Phoebe sintió el aire frío de la habitación contra su centro expuesto y un escalofrío le recorrió la espalda.
Se quitó la bata, la tiró al suelo y se inclinó hacia ella.
La primera caricia de su boca fue lenta, deliberada.
Un beso suave justo donde más lo necesitaba.
Luego otro, y otro más. Cuando su lengua la recorrió con más presión, Phoebe soltó un jadeo y arqueó la espalda.
Las manos de Adrian se cerraron sobre sus muslos, manteniéndola abierta mientras exploraba cada pliegue, cada punto sensible, con una atención que la dejó sin aliento.
No era la primera vez que un hombre la tocaba así.
Había tenido amantes, pero ninguno se había detenido tanto.
Ninguno había parecido tan concentrado en su placer, en descubrir exactamente qué la hacía temblar, qué ritmo la volvía loca.
Adrian lamía, chupaba, empujaba la lengua dentro de ella con una determinación casi feroz, como si el único objetivo de aquella noche fuera hacerla perder el control.
Phoebe se agarró a las sábanas. Un gemido largo se le escapó de la garganta.
Había leído que los hombres de aquella época solo se ocupaban de su propio placer, que las mujeres debían aguantar y callar. Pero Adrian, Adrian parecía decidido a demostrar lo contrario.
Y lo estaba consiguiendo.
Su lengua se movía con una precisión que la volvía loca: a veces lenta y tortuosa, a veces rápida y exigente.
Cuando cerró los labios alrededor de su clítoris y chupó con suavidad, Phoebe soltó un grito ahogado y levantó las caderas hacia su boca.
Él no se apartó; al contrario, la sujetó con más fuerza y aumentó el ritmo, alternando presión y caricias húmedas hasta que ella empezó a temblar sin control.
—Adrian… —jadeó, sin saber si estaba pidiendo que parara o que no se detuviera nunca.
Él respondió con un gruñido bajo que vibró contra su piel más sensible. Una de sus manos subió por su muslo y dos dedos se deslizaron dentro de ella, curvándose justo en el punto que la hizo ver estrellas. La combinación de su boca y sus dedos fue demasiado.
El orgasmo la golpeó, intenso y profundo.
Phoebe arqueó la espalda, apretó los muslos alrededor de su cabeza y soltó un gemido largo, roto, mientras las oleadas de placer la sacudían una y otra vez.
Adrian no se detuvo hasta que el último temblor la abandonó y ella se quedó sin aliento contra las sábanas.
Solo entonces levantó la cabeza. Tenía los labios húmedos y los ojos fijos en ella.
—Es mi turno —dijo Phoebe.
—¿Cómo? —preguntó él, todavía arrodillado entre sus piernas.
—Es mi momento de darte placer.
Antes de que pudiera responder, ella se incorporó de un impulso y lo empujó por los hombros. Adrian, pillado por sorpresa, cayó de espaldas sobre la cama. Phoebe se colocó de rodillas entre sus piernas y se inclinó sobre él.
Con dedos decididos, desabrochó los botones de sus pantalones. Él no la detuvo. Se limitó a observarla, respirando con dificultad, mientras ella le bajaba la prenda por las caderas junto con la ropa interior. Su erección saltó libre, gruesa y dura, y Phoebe se quedó mirándola un segundo.
—No tienes que hacerlo —dijo Adrian, con la voz ronca.
Ella levantó la vista y sonrió.
—Quiero hacerlo.
Se inclinó y lo tomó en la boca de un solo movimiento, profundo y húmedo.
Adrian soltó un jadeo ahogado y su cabeza cayó hacia atrás contra la almohada.
Phoebe lo rodeó con una mano en la base y empezó a chupar con ritmo, subiendo y bajando, usando la lengua para acariciar la punta cada vez que subía.
Él estaba caliente y pesado en su boca, y el sabor salado de su piel la excitó todavía más.
Las manos de Adrian se cerraron en puños sobre las sábanas. Su respiración se volvió irregular, más rápida. Phoebe aumentó la velocidad, tomando más de él. Cada vez que él gemía o tensaba los muslos, ella se sentía más poderosa.
—Phoebe… —advirtió él, con la voz tensa—. Voy a…
Pero Phoebe ignoró su advertencia. Su mano lo apretó con mayor firmeza e intensificó sus movimientos, hasta que Adrian llegó al clímax con un gruñido largo y gutural.
Phoebe se separó de él, apoyando las manos sobre el colchón.
Adrian tenía el cabello ligeramente desordenado y algunas gotas de sudor recorriéndole la frente.
Respiraba profundamente, con el pecho subiendo y bajando todavía de forma irregular, y por primera vez desde que lo conocía parecía completamente desprovisto de aquella seguridad y aquel control que lo acompañaban a todas partes.
Había algo en verlo así, tan vulnerable y humano, que hizo que algo dentro de ella se derritiera.
Maldita sea, aquel hombre estaba todavía más guapo cuando perdía el control.
—Me gusta tu sabor.
—Phoebe, esto ha sido…
—La mejor mamada que te han hecho en tu vida —dijo ella, terminando la frase por él y provocando que la mirase con confusión.
—¿Qué has dicho? No he entendido una palabra.
Ella puso los ojos en blanco.
—En mi época, darte placer de esta manera se dice así.
—No ha sido tu primera vez.
—No —reconoció Phoebe, tumbándose al lado de él—. En mi época he tenido varios novios. Aunque es la primera vez que… —Hizo una pausa para buscar la palabra adecuada—. Que permito que terminen en mi boca.
Adrian giró la cabeza para mirarla.
—Sé que has tenido un prometido. He investigado sobre él, y no era un hombre que te faltaría el respeto teniendo este tipo de actos sin estar casados.
Phoebe puso los ojos en blanco.
—Desconozco la vida sexual de Phoebe Pembroke. Y la mía tampoco ha sido gran cosa. Dos novios, y con ninguno he estado demasiado tiempo.
—¿Novios? ¿Te refieres a pretendientes?
—Me refiero a novios —insistió ella y suspiró—. Sé que es difícil de comprender para ti. Pero, ¿puedes intentar creerme?
Adrian suspiró también, pasándose una mano por la cara.
—No puedo creer que hayas viajado en el tiempo.
—¿Entonces piensas que soy una furcia?
—No.
—Entonces, ¿cómo explicas mi experiencia sexual?
Adrian la miró unos segundos en silencio. Su expresión era seria, casi analítica.
—No me la explico del todo. Tienes mucho fuego interior. Es innato en ti.
Phoebe resopló. Ese hombre era increíblemente cabezón. Aunque, si la situación hubiera sido la inversa, ¿le habría creído ella?
Bajo ningún concepto.
—¿Por qué no te desvistes del todo y dormimos un poco? —sugirió.
Solo necesitaba más tiempo con Adrian. Phoebe descubrió que quería pasar el resto de la noche con él. Quería sentirlo en su interior. Quién sabía, tal vez esa era la llave para regresar a su tiempo.
Tener sexo con el conde quizá le haría viajar de nuevo.
Lo dudaba, pero disfrutaría del proceso, de eso no tenía duda alguna.
Sin embargo, algo en la expresión de Adrian cambió. La calidez de hacía unos minutos se había extinguido. Su rostro volvió a esa máscara fría y controlada que ella conocía demasiado bien.
Se levantó de la cama sin decir una palabra. Recogió sus pantalones del suelo y se los puso con movimientos precisos, casi mecánicos. Después se acercó a donde yacía el camisón blanco de Phoebe, para sostenerlo y tendérselo.
—Vístete y regresa a tu habitación. —Su tono de voz fue tan frío que hizo que se le helara la sangre en las venas.
Phoebe lo miró, todavía desnuda sobre las sábanas, sin entender del todo el cambio tan brusco.
—¿Ahora?
—Sí. Ahora.
—Adrian…
—Vete, Phoebe.
Ella tomó el camisón que él le tendía y se lo puso todavía sentada en la cama.
Se detuvo a poca distancia, mirándolo a los ojos.
—Que yo no sea Phoebe Pembroke no significa que lo que está pasando entre nosotros no sea real —dijo, sin comprender qué había hecho que Adrian levantara de repente aquellos muros entre ambos.
Pero no pensaba permitir que se refugiara detrás de ellos—.
El deseo es real. Lo que sentimos también.
Y aunque todavía me cueste reconocerlo, aunque no sepa siquiera cómo llamarlo, esto es más que deseo.
Adrian no se movió.
—Por una vez en tu vida, obedece y regresa a tu habitación.
Sin embargo, quizá fue el pequeño destello que vio en sus ojos claros lo que hizo que Phoebe no solo ignorara sus palabras, sino que diera un paso hacia él.
Apoyó las manos sobre su pecho, sintiendo el calor que emanaba de su piel, y empezó a desabrochar los botones del cuello de su camisa.
Había solo tres, pequeños y de hueso. Cuando los abrió, intentó subir la tela para quitársela por encima de la cabeza.
Sin embargo, Adrian le sujetó las muñecas con firmeza, deteniendo el movimiento.
—Detente —repitió con la voz fría como el hielo—. No sé qué te ha llevado a creer lo contrario, pero no siento por ti nada más que el deber que me corresponde.
Aquellas palabras fueron como si le hubieran propinado un puñetazo en el estómago. No porque Phoebe las creyera, porque no lo hacía, pero no entendía por qué él le estaba mintiendo. ¿Por qué negar algo tan evidente?
—No me ha parecido que lo que acabamos de hacer fuese precisamente por obligación —replicó.
Adrian apartó la mirada de ella.
—No le digo que no a una mujer dispuesta.
El golpe resonó en la habitación.
Phoebe le había dado una bofetada limpia, fuerte, en la mejilla derecha. Él ni siquiera apartó la cara. Solo la miró, con la mandíbula tensa y una marca roja empezando a formarse en la piel.
Sin decir una palabra más, Phoebe se giró, cruzó la puerta que comunicaba ambas habitaciones y la cerró de un golpe detrás de sí.