Capítulo 29
Después de despedirse de todos, se habían montado en el carruaje de Adrian. Aunque la casa de él —ahora también suya— estaba a apenas unos minutos en Mayfair.
El trayecto fue corto y en silencio. Adrian apenas había hablado. Ella tampoco. Cuando el carruaje se detuvo frente a la fachada de piedra oscura, él la ayudó a bajar y la acompañó hasta la entrada. Allí, sin embargo, una doncella joven y de expresión seria se adelantó de inmediato.
—Milady. Si me permite, la llevaré a sus aposentos.
Phoebe miró a Adrian. Él inclinó ligeramente la cabeza, como dándole permiso o como despidiéndose. No la tocó ni le dijo nada más.
La doncella la guió por un amplio recibidor y luego por una escalera de madera oscura hasta el primer piso. Abrió una puerta y la hizo pasar.
—Esta es la habitación de la condesa —anunció.
La habitación era grande, elegante y claramente preparada para ella. El armario ya contenía todos sus vestidos. Hasta el peinador tenía sus cepillos y frascos colocados con cuidado. Alguien se había ocupado de trasladarlo todo durante la ceremonia.
—He preparado el camisón de la noche, milady —dijo la doncella, señalando la cama.
Era de tela fina, casi transparente a la luz de las velas, de un blanco inmaculado y con un poco de encaje en el escote y los puños.
Típico de noche de bodas, supuso Phoebe.
Se dejó ayudar a desvestirse y a ponérselo sin protestar.
La doncella le deshizo el peinado, le soltó el pelo y lo peinó con suavidad hasta que le cayó suelto por la espalda.
Luego la guio hasta la cama de matrimonio y esperó a que se sentara.
—Aquella puerta —dijo la joven, señalando una de madera oscura al fondo de la habitación— comunica con los aposentos de milord. Él vendrá cuando esté listo.
—¿Tengo que esperar aquí? —preguntó ella.
Si a la doncella la pregunta le pareció extraña, no lo demostró.
—Sí, milady. Es la tradición. Milord en cualquier momento subirá a su habitación para cambiarse y después acudirá a visitarla.
Phoebe sabía que visitarla era un eufemismo para decir tener relaciones sexuales con ella. En aquella época, todo lo que fuese hablar de sexo explícitamente parecía estar prohibido, por lo menos delante de una dama.
La doncella hizo una pequeña reverencia y salió, cerrando la puerta tras de sí.
Phoebe se quedó sola.
El silencio de la habitación le resultó casi ensordecedor después del bullicio de la boda.
Solo se oía el leve crepitar de las velas y, a lo lejos, algún ruido de carruajes en la calle.
La luz dorada de las lámparas de aceite bañaba la habitación con una calidez que contrastaba con el frío que empezaba a sentir en la punta de los dedos.
Se miró a sí misma. El camisón le caía holgado por los hombros y le llegaba hasta media pantorrilla. La tela era tan fina que apenas ocultaba nada. Se pasó una mano por el muslo, notando la suavidad del tejido, y luego se cruzó de brazos, un poco incómoda.
Había imaginado la noche de bodas de otra manera.
Había pensado que compartirían habitación, que entrarían juntos, que se desvestirían el uno al otro entre risas o besos o incluso discusiones.
No que ella tendría que quedarse allí sentada, como una ofrenda, esperando a que él decidiera cruzar aquella puerta.
—Parezco una joven virgen esperando ser sacrificada —murmuró para sí misma, con una media sonrisa irónica, ya que ella no era virgen, pero se suponía que debía serlo.
Suspiró y se acomodó mejor sobre la cama. Apoyó la espalda contra el cabecero tallado, dobló las piernas bajo el camisón y se quedó mirando la puerta que comunicaba con los aposentos de Adrian.
Aquello era completamente ridículo, pero, por una vez, iba a seguir las costumbres de aquella época.
Aunque cada minuto que pasaba le resultaba más largo que el anterior.
Se pasó la lengua por los labios, nerviosa a pesar de sí misma.
No era miedo, era otra cosa. Una mezcla de anticipación, curiosidad y ese calor bajo en el vientre que no había sentido en mucho tiempo.
Había decidido que iba a vivir aquella noche.
Que se la iba a llevar consigo cuando regresara a su tiempo, como un recuerdo que atesorar.
Solo faltaba que él abriera la puerta.
Pero los minutos pasaban y Adrian no parecía por la labor.
Entonces escuchó el sonido de pasos en la otra habitación. Una sonrisa se le dibujó en la cara. Pero se evaporó en el momento en el que el sonido desapareció y la maldita puerta no se abrió.
—Bueno, ya está bien —dijo en voz alta, levantándose de la cama.
Aquello era completamente absurdo.
¿Qué hacía ella esperando a que ese hombre decidiera aparecer? Como si fuera una ofrenda colocada en la cama para su disfrute. Por el amor de Dios.
Claro que se suponía que era la tradición. ¿Y entonces por qué él no la cumplía?
¿No la encontraba atractiva?
Debería darle igual, pero algo en aquella duda hizo que una agradable sensación se instalara en su estómago. Porque si no la encontraba atractiva, ¿por qué la había besado? Si no la hubiera besado, no estarían casados y ella no se encontraría ahora mismo en esa ridícula situación.
No. Él sí la encontraba atractiva. Ella lo había notado.
Había visto la forma en que la miraba. Incluso esa misma noche, en el carruaje que los llevaba a casa, lo había percibido: esa mirada intensa, oscura, como si quisiera desnudarla con los ojos.
Phoebe no era tonta. Sabía reconocer el deseo cuando lo tenía delante.
Cansada, se dirigió hacia la puerta.
Adrian estaba sentado en un sillón de cuero oscuro, junto a la chimenea.
Llevaba una bata de seda de color granate abierta sobre una camisa blanca de lino y unos pantalones oscuros.
El cuello de la camisa estaba desabrochado y las mangas arremangadas hasta los codos.
En una mano sostenía un vaso de brandy a medio vaciar.
Levantó la vista al oír el leve crujido de la puerta.
—¿Qué se supone que estás haciendo? —le preguntó ella, con enfado.
Adrian tragó saliva.
Sus ojos recorrieron el cuerpo de ella con lentitud, de arriba abajo.
El camisón blanco era tan fino que, a la luz de la chimenea, apenas ocultaba nada.
Se le marcaban los pezones, la curva de las caderas, la sombra entre las piernas.
Phoebe se dio cuenta de que no se había puesto ninguna bata encima.
Adrian apartó la mirada un segundo, como recomponiéndose, y volvió a mirarla a los ojos.
—Sigues con esa manía tuya de entrar sin llamar —se quejó, con la voz más grave de lo habitual.
Phoebe dio varios pasos hacia él, pero se detuvo a apenas un metro del sillón.
—Te estaba esperando.
Adrian apretó un poco más el vaso de brandy entre los dedos.
—Debí decírtelo, pero pensé que lo sabrías. No vamos a tener noche de bodas.
Phoebe se cruzó de brazos bajo el pecho, empujándolo ligeramente hacia arriba. Adrian descendió la mirada, pero volvió a fijarla en el rostro de ella.
—¿Y por qué no?
—Ya te lo dije. Seremos un matrimonio de nombre y apariencia, pero nada más.
—Por supuesto que no es un matrimonio al uso —replicó ella con un resoplido—. Porque yo no soy Phoebe Pembroke.
Adrian cerró los ojos un instante, como si pidiera paciencia o contención.
—No empieces otra vez con eso.
—No empiezo con nada. Es la verdad.
—Phoebe, regresa a tu habitación.
—Me debes una noche de bodas.
Adrian suspiró, pasando una mano por la cara.
—Si no eres Phoebe Pembroke, no te debo nada.
Ella frunció el ceño. Estaba usando sus propias palabras en su contra.
—¿No me encuentras atractiva?
—Phoebe…
—¿No vas a responder?
Adrian no dijo nada. Solo la miró, con la mandíbula tensa y los ojos oscuros.
Tomando aquel silencio como una respuesta, Phoebe dio un paso más y se colocó justo delante de él, entre sus piernas abiertas.
Sin apartar la vista de la suya, llevó las manos al escote del camisón y desató el cordón que lo sujetaba.
Luego se agachó ligeramente, agarró el bajo de la tela y se la quitó de un tirón por encima de la cabeza.
Las mangas cortas se deslizaron por sus brazos y el camisón blanco cayó al suelo en un susurro de tela.
Quedó completamente desnuda delante de él.
Durante un instante, Adrian permaneció inmóvil, como si la visión que tenía delante le hubiera robado cualquier palabra. Sus ojos recorrieron lentamente su cuerpo y después regresaron a los de ella.
—Phoebe… ¿qué estás haciendo?
—Es obvio. ¿Sigues sin verme atractiva?
Él apretó los labios.
—Estás jugando con fuego.
—Entonces me arriesgaré a quemarme.
Sin esperar más, se inclinó y se sentó a horcajadas sobre su regazo, desnuda, con las rodillas a cada lado de sus muslos.
El roce de su piel contra la tela de los pantalones de él le arrancó un escalofrío.
Adrian soltó el vaso sobre la mesita de al lado con un golpe sordo y sus manos se cerraron de inmediato sobre sus caderas, como si no pudiera evitarlo.
Phoebe se inclinó y lo besó.
Al principio él se quedó rígido, conteniendo el aliento. Ella notó el sabor del brandy en su boca, amargo y caliente, y pasó la lengua por su labio inferior. Entonces algo se rompió en él.
Adrian tomó el control del beso con una fuerza que la sorprendió.
Una mano subió por su espalda desnuda hasta enredarse en su pelo, la otra la apretó con más fuerza contra su regazo.
El beso se volvió profundo, hambriento, casi salvaje.
Phoebe sintió la dureza de él creciendo bajo ella y un gemido bajo se le escapó contra su boca.
Había una fiera contenida detrás de toda aquella compostura, y por fin estaba saliendo.
Cuando se separaron, ambos respiraban agitados. Los ojos de Adrian estaban casi negros.
Sin decir una palabra, la levantó en brazos como si no pesara nada. Phoebe rodeó su cuello con los brazos mientras él cruzaba la habitación con pasos firmes y después la tumbó sobre la cama.
—No puedo ser el marido que deseas —le dijo, de pie, observándola.