Capítulo 28 #2
Phoebe alzó la vista. Sin darse cuenta, la tarde se había convertido en noche.
El cielo estaba oscuro y salpicado de estrellas, y el jardín se iluminaba ahora con decenas de faroles de aceite colgados de los árboles y antorchas clavadas en el suelo, que proyectaban una luz dorada y trémula sobre las mesas y los rostros de los invitados.
—Que se retiren —murmuró Phoebe.
Charlotte la miró como si le hubieran salido tres cabezas.
—No pueden. No hasta que os marchéis vosotros. Y ahora que habéis bailado el vals, ya podéis hacerlo cuando queráis.
Phoebe parpadeó. Otra de aquellas reglas absurdas que aún no terminaba de entender.
Antes de que pudiera responder, la música volvió a sonar. Esta vez no era un vals, sino una alegre contradanza. Varias parejas se colocaron de inmediato en dos filas enfrentadas, preparándose para los pasos y los giros que caracterizaban aquel baile tan propio de las celebraciones.
Charlotte sonrió y le apretó el brazo a Phoebe con complicidad.
—Voy a despedirme de los invitados —dijo Adrian—. Quédate aquí con Charlotte.
—¿No deberíamos hacerlo juntos? —preguntó Phoebe.
—Sí, pero es tedioso, y todos entenderán que mi condesa está cansada.
Su condesa, eso sonaba mejor de lo que le gustaría.
Phoebe nunca había soñado con ser condesa.
Ni marquesa, ni vizcondesa, ni nada que llevara título.
En su época los títulos seguían existiendo en Inglaterra, claro, pero eran algo distante, casi decorativo.
Unos pocos aristócratas que salían de vez en cuando en las revistas y poco más. Nada comparable a esto.
Y, sin embargo, allí estaba ella, con el brazo de ese hombre aún cerca del suyo, escuchando cómo la llamaba «mi condesa» y sintiendo que, de algún modo extraño, aquellas dos palabras le sentaban demasiado bien.
Adrian se marchó y ella se quedó con Charlotte.
Esta le cogió del brazo con emoción en cuanto su hermano estuvo fuera de su vista.
—¿Estás nerviosa? —le preguntó Charlotte con una media sonrisa nerviosa y las mejillas encendidas.
—¿Por qué lo estaría?
—Por la noche de bodas. —Charlotte bajó la voz e incluso miró a su alrededor, comprobando que nadie pudiese escucharlas—.
Es lo que más nerviosa me pone a mí de la mía.
Sé que Nathaniel será gentil, pero he escuchado que la primera vez duele y…
—se interrumpió, aún más sonrojada—. Discúlpame. No pretendía asustarte.
Phoebe no estaba asustada.
La primera vez dolía, desde luego… pero la suya había sido hacía años.
Había tenido un par de novios en la universidad.
Pero ambas relaciones habían sido fugaces, ya que había roto con ellos al darse cuenta de que estaba demasiado ocupada con sus estudios.
Después de graduarse había tenido algún que otro rollete, pero nada que hubiese llegado a convertirse en una relación seria.
No era una experta, pero sabía lo suficiente como para no estar preocupada.
Más bien, estaba ansiosa.
¿Ansiosa? ¿De dónde había salido ese pensamiento?
No tenía ninguna relación con Adrian. No eran novios ni tampoco amantes.
Por Dios, eran marido y mujer.
Y era un matrimonio de conveniencia. O más bien impuesto. Pero aun así, ¿tan malo sería si compartía con él la noche de bodas?
—¿Phoebe? —La voz de Charlotte la sacó de sus pensamientos—. ¿Estás bien?
—Sí —respondió ella, un poco más seca de lo que pretendía.
—Va a ir bien, ya lo verás. —Charlotte sostuvo la muñeca de Phoebe y la apretó con suavidad, confundiendo su reacción con nerviosismo—. Mi hermano será gentil.
—No quiero que sea gentil —dijo Phoebe antes de poder detenerse.
Las palabras salieron solas. Porque su mente ya se había llenado de imágenes de los dos desnudos, en una cama, y «gentil» no era precisamente lo que estaba imaginando.
Se aclaró la garganta, consciente de que no podía seguir por ese camino delante de Charlotte—.
Quiero decir que irá todo bien. De verdad. No te preocupes por mí.
Charlotte asintió, aunque no pareció del todo convencida, pero Phoebe apenas le prestó atención, ya que su mirada se había ido hacia Adrian.
Estaba despidiéndose de una pareja mayor de invitados.
Aunque no podía verle del todo el rostro a aquella distancia, sí veía la forma en que se movía: la espalda recta, los hombros anchos, la manera elegante y contenida con la que inclinaba ligeramente la cabeza al hablar.
Hasta en algo tan simple como despedirse de alguien se notaba esa seguridad suya, esa contención que a veces resultaba exasperante y otras, peligrosamente atractiva.
Phoebe no podía dejar de mirarlo.
Y, por primera vez, se permitió imaginar qué habría debajo de toda aquella ropa formal.
Cómo sería su cuerpo sin el frac, sin la camisa, sin las capas que lo ocultaban.
Las manos que la habían guiado en el baile, la forma en que la había besado.
Todo ello daba pistas que apuntaban en una dirección bastante prometedora y placentera.
Se mordió el labio inferior.
Puede que no hubiera firmado con su verdadero nombre, pero la boda había sido real. Se habían convertido en marido y mujer delante de testigos. Ella se había casado con Adrian. Aunque fuera durante unos días o semanas, hasta que ella regresase a su época.
Entonces, ¿por qué no llevarse consigo el recuerdo de la noche de bodas?