Capítulo 28
Cuando por fin se calmó un poco el alboroto del arroz y las risas, la celebración se trasladó a otra parte del jardín.
Habían dispuesto varias mesas largas bajo unos toldos improvisados, cargadas de comida: carnes frías, pasteles, frutas, panes y embutidos.
Los invitados hablaban alto, bebían vino y reían con la misma despreocupación que en cualquier boda moderna.
Solo cambiaban los trajes y la falta de teléfonos.
Phoebe se sentó al lado de Adrian. La comida transcurrió con normalidad. Todos parecían genuinamente felices. Charlotte reía con Nathaniel, Helen no dejaba de mirarla con los ojos brillantes e incluso George levantó la copa en más de una ocasión en su dirección.
Y lo más extraño de todo era que, en algún momento, Phoebe también lo pareció.
Se descubrió sonriendo de verdad. Respondiendo a alguna broma de Nathaniel, hablando con Charlotte e incluso intercambiando alguna mirada con Adrian. Por unos minutos, el nudo que había llevado en el pecho desde que se había despertado en «aquella habitación» semanas atrás se aflojó.
Y eso le resultó profundamente desconcertante.
Porque no se suponía que debía estar disfrutando. Porque ella no debía estar feliz, pero lo estaba. Sentía que esa boda era real. Y en parte lo era porque, por mucho que quisiese negarlo, era ella, Phoebe Harris, quien se estaba casando con Adrian.
No importaba que en los papeles constase como Phoebe Pembroke; era ella quien estaba allí.
Y esa verdad provocó que se levantase de la mesa con una excusa.
Necesitaba aire, necesitaba pensar. Necesitaba recordar que esa no era su verdadera vida. Que su vida le esperaba en el siglo XXI.
Porque durante unas horas lo había olvidado. Durante unas horas había disfrutado de todo lo que acontecía ese día. De la boda, de la celebración.
¡Por el amor de Dios! ¿Qué le estaba pasando?
Estaba intentando ordenar sus pensamientos cuando una voz masculina la interrumpió.
—Lady Phoebe.
Se giró.
Era un joven de una edad parecida a la de ella. Alto, de pelo castaño y expresión educada. Un invitado al que, como la mayoría, no le habían presentado, ya que probablemente daban por hecho que lo conocía.
—Mi esposa ruega que la disculpe por no haber podido acudir al enlace —le dijo—. Dio a luz a nuestro primer hijo varón hace dos días y está convaleciente.
—No hay nada de lo que deba disculparse —respondió Phoebe.
El joven la observó unos segundos en silencio.
Había algo espeluznante en la mirada de él, y también ligeramente familiar.
Phoebe esbozó una sonrisa forzada y fue a poner una excusa para deshacerse de él, ya que aquel chico no le gustaba nada.
Había algo en él, no sabía qué, que le daba mala espina.
No era la primera vez que le pasaba, ya que ella tenía como una especie de sexto sentido para aquellas personas que no eran trigo limpio.
Claro que su radar alguna vez había fallado, llevándola a alguna que otra situación incómoda.
Sin embargo, antes de que ella pudiera abrir la boca, él habló.
—Mi hermano, donde quiera que esté, estará dichoso de que te hayas vuelto a comprometer.
Al escuchar aquellas palabras, Phoebe lo contempló con mayor detenimiento. Así que ese era Percy, el hermano mellizo de Thomas, el prometido fallecido de Phoebe Pembroke.
¿Y por qué sentía que aquel chico tenía algo familiar? Le recordaba a alguien, pero ella no supo a quién.
—Lord Percy, le agradezco sus palabras —respondió, tratando de ser lo más cauta posible, pues no sabía qué tipo de relación tenía con Phoebe Pembroke y lo último que quería era levantar sospechas.
—Lord Granville —la corrigió él con rapidez y un poco de prepotencia.
Phoebe arrugó el ceño, confundida.
¿Se había equivocado? No podía ser; nunca olvidaba un nombre.
—Ahora soy el vizconde de Granville. Así es como debe dirigirse a mí.
Phoebe se mordió el interior de la mejilla para no decirle exactamente cómo le apetecía dirigirse a él. Esta vez su radar no había fallado: aquel joven era un completo imbécil.
—El título no hace al hombre. —Sabía que debía haberse callado, pero era superior a ella.
Percy abrió ligeramente los ojos, sorprendido ante aquella réplica, pero después esbozó una sonrisa lenta y oscura.
—Los rumores son ciertos. Ha cambiado.
—Para bien —apuntó ella, alzando la barbilla.
—Por supuesto. —Bajó la mirada hacia las manos de Phoebe y se detuvo en el anillo con el que había viajado—. Aunque no tanto —añadió con un tono que hizo que la piel de Phoebe se estremeciese—. ¿A su esposo le parece bien que lleve todavía el anillo de su prometido fallecido?
Phoebe iba a contestar, pero un brazo firme le rodeó la cintura desde atrás y la acercó contra él, impidiéndole hablar.
—A su esposo le parece que no es de su incumbencia.
La expresión soberbia de Percy cambió en cuanto vio a Adrian.
—Whitmore —lo saludó, con una ligera inclinación de cabeza.
Adrian lo miró de arriba abajo con frialdad.
—¿Quién es usted? —espetó.
Percy apretó la mandíbula y Phoebe pudo ver con claridad cómo la ira cruzaba su rostro, como si le doliese profundamente que Adrian no le hubiera reconocido.
Phoebe no pudo evitar sonreír para sus adentros, pues pocas cosas podían herir más el orgullo de Percy que descubrir que era tan insignificante que el conde de Whitmore ni siquiera recordaba su existencia.
—El vizconde de Granville —respondió Percy, controlando su tono de voz.
—No había oído hablar nunca de usted —musitó Adrian.
Percy contuvo un gesto de molestia y forzó una sonrisa cordial.
—Únicamente señalaba a lady Phoebe que mi hermano, allá donde se encuentre, se alegraría de…
—La condesa de Whitmore —lo interrumpió Adrian con voz cortante—. Ahora es la condesa de Whitmore.
—Por supuesto. —Percy hizo un pequeño asentimiento.
Fue a añadir algo más, pero Adrian volvió a interrumpirlo.
—Mi esposa y yo debemos atender a los invitados.
Y sin esperar respuesta, se giró sobre sus talones. El brazo que aún rodeaba la cintura de Phoebe la guio lejos de allí, alejándola de Percy. Y, por primera vez, Phoebe agradeció los malos modales de Adrian.
Cuando estuvieron a una distancia prudencial, Phoebe soltó el aire que había estado conteniendo.
—Ese hombre es un completo arrogante. —Phoebe había estado a punto de llamarlo gilipollas, pero decidió que «arrogante» era una elección bastante más apropiada.
—Es el poder del título.
—Tú no eres arrogante.
Él la miró.
—¿No lo soy?
—No —repitió ella—. Eres cabezón e imposible, pero no te crees superior a los demás.
—Eso suena menos a un halago de lo que crees.
—No te estaba halagando.
Adrian se encogió de hombros.
—De todas formas, los segundos hijos que terminan heredando el título suelen ser más arrogantes.
—Así que sí sabías quién era.
—Me he molestado en conocer a todos los invitados a la boda. Y sé quién es, sí.
—Pero le has hecho creer que no.
—Te estaba molestando. Y no hay nada que hiera más el orgullo de un hombre que se cree importante solo por haber heredado un título que tratarle como si nadie hubiera oído hablar nunca de él.
Phoebe se detuvo, obligando a Adrian a pararse con ella.
—Eres un buen hombre.
Él la miró fijamente.
—No, no lo soy.
—Por supuesto que lo eres.
Adrian iba a responder, pero en ese momento unas notas suaves de violín y flauta empezaron a escucharse desde el otro extremo del jardín. Un momento después, la voz clara de uno de los músicos se elevó por encima del murmullo de los invitados:
—¡El novio y la novia! ¡Que den inicio al baile!
Varias cabezas se giraron hacia ellos. Charlotte sonrió con complicidad desde su mesa, mientras que Helen se llevó una mano al pecho, emocionada.
Adrian lanzó un pequeño resoplido mientras entrecerraba los ojos, pero se giró hacia Phoebe, extendiendo la mano hacia ella.
—Parece que no nos dejan otra opción.
Phoebe asintió y ni siquiera dudó a la hora de tomar la mano de Adrian. Este la guio hacia el espacio que habían dejado libre entre las mesas para poder bailar.
Adrian colocó una mano en su cintura con la misma seguridad de la vez anterior y empezó a moverse. Phoebe se dejó llevar con más facilidad que la primera vez. Ya conocía el ritmo de sus pasos, la forma en que la guiaba sin esfuerzo.
Uno a uno, los demás invitados se fueron uniendo al baile, pero durante los primeros compases solo estaban ellos dos en el centro del jardín, bajo la luz dorada de la tarde. Phoebe levantó la vista hacia él mientras giraban con suavidad.
—La última vez que bailamos un vals nos trajo hasta aquí. Hasta esta boda.
Adrian la miró con una media sonrisa que apenas se notaba, pero que suavizaba sus facciones siempre endurecidas.
—No —la corrigió en voz baja, acercando un poco más la boca a su oído—. Nos llevó hasta el primer beso.
Phoebe sintió que se le calentaban las mejillas. Algo que le pareció absurdo. ¿Desde cuándo a ella se le calentaban las mejillas porque le hablasen de un beso que se había dado? Ni que fuera una colegiala.
—También.
Adrian no dijo nada más, pero el leve apretón de su mano en la cintura de Phoebe fue suficiente respuesta.
Siguieron bailando en silencio, dejándose llevar por la música y por el calor del cuerpo del otro.
El resto de los invitados giraba a su alrededor, pero por unos minutos el mundo pareció reducirse a aquel claro del jardín y a los pasos que compartían.
Cuando la melodía terminó, Adrian soltó su cintura con lentitud, aunque no retiró del todo la mano de la suya hasta que los aplausos de los invitados resonaron a su alrededor, pero Phoebe apenas los escuchó, ya que solo podía fijarse en Adrian.
Aquel hombre estaba haciendo que ese día fuese especial y que, por primera vez desde que había viajado, no estuviese pensando en cómo regresar a su época, sino que estaba disfrutando del momento, estaba disfrutando de estar junto a él.
—Phoebe. —La voz de Charlotte la sacó de sus pensamientos. Esta se encontraba a su lado, sonriente y un poco sofocada por el baile—. Algunos invitados, sobre todo los más mayores, están deseando retirarse.