Capítulo 27
Cuando su madre postiza le había dicho que sería una boda muy íntima y que la celebrarían en el jardín en lugar de en la iglesia, Phoebe había pensado que sería algo sencillo y discreto.
Se equivocaba.
Desde la ventana de su habitación podía ver el jardín completamente lleno.
Había sillas dispuestas en filas, un pequeño arco de flores al fondo y mucha, mucha gente.
Rostros que no reconocía, sombreros emplumados, levitas oscuras y abanicos que se movían sin parar.
Nada de lo que tenía delante se parecía a una ceremonia íntima.
El día anterior había pasado horas con la modista, ajustando el vestido que su madre postiza había llevado en su propia boda.
Tenía que reconocer, muy a su pesar, que el vestido de satén color marfil le sentaba de maravilla.
El escote cuadrado realzaba sus hombros, la cintura marcada le estilizaba la figura y la falda caía con una suavidad que no había esperado.
Cada vez que se miraba al espejo, le costaba reconocerse.
Aunque lo que realmente le inquietaba era que se encontraba cómoda y se veía preciosa.
Más guapa de lo que se había visto nunca.
Más ella misma, de una forma que no acababa de entender.
Y, muy por el contrario de lo que había pensado siempre, vestirse de novia no le agobiaba, no le hacía sentir que iba a firmar una condena permanente.
Claro que tampoco lo sería, porque solo estaría casada mientras siguiese en esa época.
Tal vez eso es lo que le daba esa tranquilidad.
—Cariño, estás preciosa —le dijo su madre postiza con los ojos llenos de lágrimas.
—No sabes cuánto te envidio. —Charlotte la observó de arriba abajo, con una sonrisa emocionada—. Nunca logré encontrar el vestido con el que se casó mi madre. Se perdió hace años y me habría encantado poder llevarlo el día de mi boda.
—Estarás preciosa con tu vestido. —Helen se giró hacia Charlotte—. Y tu madre, desde el cielo, estará viéndote. No lo dudes. Estará tan orgullosa y feliz como lo estoy yo ahora con Phoebe.
Phoebe miró a Helen.
Se preguntó, casi sin querer, si su propia madre estaría feliz si la viera casarse.
Sabía que no. Había rechazado la invitación a la boda de Sophie con una excusa fría y le había dicho, sin rodeos, que esperaba que ella jamás cometiera esa misma estupidez.
Fue entonces cuando se dio cuenta de algo que nunca había querido admitir.
Que su madre, con cada comentario despectivo, al hacerla partícipe cuando era niña de sus problemas matrimoniales, le había ido enseñando a odiar el matrimonio mucho antes de que ella misma pudiera decidir qué pensaba de verdad.
En cambio, Helen estaba allí, feliz por su hija. Aunque no era la manera en la que ella esperaba que se casase, no le había echado nada en cara. Ni el escándalo que había cometido, ni sus comentarios fuera de lugar, ni la manera extraña en la que para ella debía estar comportándose; nada.
Su madre postiza había aceptado a Phoebe Pembroke cuando era callada e invisible.
La había apoyado cuando la depresión por la muerte de su prometido la había dejado sumida en un pozo del que nadie creía que saldría.
Y ahora, aunque su hija parecía otra persona —porque lo era—, no le importaba.
Solo estaba feliz de verla bien. Porque Helen era una verdadera madre, la madre que ella querría ser.
Y en aquel momento, tuvo algo claro: si algún día tenía hijos, no sería como su madre, sería como Helen. Aunque ella nunca tendría esa oportunidad, pues no sería madre. Porque eso era algo que tenía muy claro, ¿no?
Charlotte, que estaba abrazando a Helen, se separó de ella para estrechar a Phoebe entre sus brazos, sacándola de su ensoñación.
—Cariño —la llamó su madre postiza con suavidad cuando Charlotte se separó—, será mejor que bajemos. El novio aguarda.
Phoebe asintió.
Iba a casarse. Algo que había prometido que jamás haría.
Bajaron juntas las escaleras. Phoebe contempló las sillas dispuestas a ambos lados del jardín, formando un pasillo improvisado entre los invitados. Al fondo, bajo un arco de flores blancas y verdes, la esperaba Adrian.
Phoebe sintió que el aire se le atascaba un segundo en la garganta.
Iba impecable. La levita oscura le marcaba los hombros anchos, el chaleco claro contrastaba con la blancura de la camisa y el sol de la tarde le daba de lleno en el rostro, resaltándole la mandíbula y esa expresión seria que tanto la desarmaba.
Estaba guapísimo. Más que nunca. Ella pensó, casi con sorpresa, que le sentaba bien estar a punto de casarse. Y era curioso, porque ninguno de los dos deseaba hacerlo y, sin embargo, parecía que estaban hechos precisamente para ese momento.
Phoebe llevaba un pequeño ramo de flores blancas y verdes entre las manos. Lo apretó un poco más fuerte sin darse cuenta. George, su padre postizo, que la esperaba al final de las escaleras, le ofreció el brazo con una sonrisa tan emocionada como la de Helen.
—Estás verdaderamente hermosa, ratoncita —le susurró.
Phoebe le pasó el brazo por el suyo y empezaron a caminar juntos por el pasillo de hierba. Las miradas de todos se clavaron en ella, pero Phoebe solo miraba al frente. A él .
Cada paso la acercaba un poco más, y el ruido de los invitados se apagaba a su alrededor.
Solo oía el crujido de la falda y el latido acelerado de su propio corazón.
Cuando por fin llegó a su lado, Adrian la observó de arriba abajo con una lentitud que le erizó la piel.
Luego se inclinó ligeramente hacia ella y le dijo, tan bajo que solo ella pudo oírlo:
—Estás preciosa.
No lo dijo como un cumplido vacío, lo dijo como si de verdad lo pensara. Como si, por un momento, se hubiera olvidado de todo lo demás.
—Tú también estás guapo —respondió ella en voz baja.
La expresión de Adrian se suavizó y Phoebe pudo ver una sonrisa asomándose en sus labios. Después, bajó la mirada hasta su mano.
—No te has quitado el anillo.
Phoebe exhaló un suspiro. ¿De verdad tenía que estropear ese momento?
—Ya te he dicho que no puedo quitármelo. Que no sale.
—Me refería al que te regalé. Estaba seguro de que te lo quitarías y lo tirarías en cuanto llegaras a casa.
Phoebe se mordió el labio inferior.
—¿Por qué iba a hacer eso? El anillo me gusta.
—Porque ves casarte conmigo como una condena, y el anillo son los grilletes.
Ella frunció el ceño, dispuesta a responder, pero el clérigo carraspeó y ambos se vieron obligados a mirar al frente.
La ceremonia fue breve y sencilla. El sacerdote habló con voz pausada de deberes, de promesas ante Dios y de unir dos vidas.
Phoebe respondió cuando le tocaba, casi en automático, sin dejar de sentir el calor de la mano de Adrian sujetando la suya.
El ramo temblaba ligeramente entre sus dedos libres.
Cuando el clérigo los declaró marido y mujer, Adrian se inclinó hacia ella. El beso debía haber sido corto, un simple roce de labios para cumplir con la costumbre.
Pero no lo fue.
Sus labios se encontraron con una lentitud deliberada.
Al principio fue solo un contacto suave, casi cauteloso, pero en cuanto sintió la respuesta de ella, Adrian profundizó el beso.
Una de sus manos subió hasta la nuca de Phoebe, sujetándola con firmeza, mientras la otra seguía entrelazada con la suya.
Phoebe se quedó inmóvil un segundo y luego, sin pensarlo, se inclinó hacia él.
El mundo a su alrededor desapareció. Solo quedaban el calor de su boca, el leve temblor de sus dedos y el ritmo acelerado de su propio corazón.
Cuando por fin se separaron, ambos respiraban un poco más agitado de lo que debían. Phoebe abrió los ojos y se encontró con las miradas de todos los invitados clavadas en ellos. Había un silencio absoluto.
Hasta que alguien, desde una de las primeras filas, empezó a aplaudir. Al instante, el resto se puso de pie y se unió a los aplausos.
Phoebe sabía perfectamente que no estaban aplaudiendo por lo bien que habían ejecutado el beso, sino porque ya eran marido y mujer. Aun así, no podía evitar la sensación de haber compartido algo íntimo delante de toda aquella gente.
Solo había sido un beso. El segundo que se daban.
Pero este había sido distinto; más intenso. Le había dejado un hormigueo persistente en los labios y un calor extraño recorriéndole el pecho que no conseguía hacer desaparecer.
Sin pensarlo demasiado, Phoebe se giró de espaldas a los invitados, levantó el ramo y lo lanzó por encima del hombro con fuerza, sin mirar dónde caía.
Hubo un segundo de silencio absoluto.
Cuando se atrevió a mirar, vio que el ramo había aterrizado directamente en las manos de un hombre de mediana edad sentado en la segunda fila. El pobre lo había atrapado por puro reflejo. Se quedó mirándolo con los ojos muy abiertos, como si al ramo como si le hubiera salido patas.
Todos los invitados parecían petrificados, hasta que el mejor amigo de Adrian, que se encontraba entre las primeras filas, soltó una carcajada.
Eso hizo que el resto de invitados, que estaban petrificados, comenzaran a reírse.
Hasta el propio hombre, después de un momento de pánico, acabó levantando el ramo en señal de victoria, lo que provocó todavía más risas.
Adrian se inclinó hacia Phoebe, desconcertado.
—¿Qué has hecho?
—Creo que me he equivocado —murmuró ella, un poco avergonzada—. Ahora que lo pienso, tenía que esperar a más tarde y reunir solo a las solteras para tirar el ramo.
—El ramo no se tira —le dijo él con voz baja.
—En mi época sí. Se supone que la soltera que lo coge va a ser la próxima en casarse.
Adrian miró al hombre que todavía sujetaba el ramo y luego volvió a mirarla.
—¿Y qué se supone que tiene que hacer lord Perton, volver a casarse?
Ella sonrió.
—Creo que con poner el ramo en un jarrón llega.
Adrian soltó una carcajada. Se estaba riendo más desde que la conocía que en toda su vida.
Le ofreció el brazo y esta vez sí empezaron a caminar por el pasillo de hierba. Al instante, los invitados empezaron a lanzarles arroz a puñados. Los granos caían sobre sus hombros, se metían entre el pelo de Phoebe y crujían bajo sus zapatos.
—Por dios… —protestó ella, intentando protegerse la cara con la mano libre—. Esto es una costumbre bárbara. ¿Por qué no tiran pétalos de rosa? Es mucho más elegante.
—Porque es la costumbre. Por eso los novios echan a correr, para evitarlo.
—Adrian le guiñó un ojo y si no fuera porque Phoebe estaba demasiado ocupada evitando que un grano de arroz la dejara ciega, hubiera creído que estaba teniendo una alucinación.
Porque Adrian era serio y gruñón, no era juguetón—. Corramos.
Pero Phoebe se detuvo en seco obligándolo a pararse a él también.
—Nosotros no vamos a huir como cobardes.
—¿Qué? —preguntó el desconcertado, aunque no sabía por qué se sorprendía de nada.
Ella sin molestarse en responderle se agachó, recogió un buen puñado de arroz del suelo y, sin pensárselo dos veces, empezó a devolvérselo a los invitados.
—¿Qué haces? —preguntó él, a medio camino entre la incredulidad y la diversión.
—Defender nuestro honor. No te quedes ahí parado, ayúdame.
Adrian suspiró, pero obedeció. Cogió un puñado y lo lanzó hacia el grupo más entusiasta. Las risas se multiplicaron. Alguien soltó un «¡bravo!», pero la mayoría respondió tirándoles todavía más arroz.
—Al final vamos a tener que huir de verdad —dijo Phoebe entre risas, mientras intentaba protegerse la cara—. Pero como unos fugitivos.
Adrian resopló, aunque también sonreía. Sin decir nada más, le cogió del brazo con firmeza y tiró de ella.
—Entonces huyamos.
Echaron a correr juntos. Cuando por fin lograron salir del alcance de los invitados, ambos corrían ya sin disimulo, con el arroz todavía cayéndoles de la ropa y el pelo.
Phoebe se detuvo un momento, se sacudió los granos de los hombros y miró a Adrian, que tenía un grano de arroz pegado justo encima de la ceja.
Y no pudo evitar sonreír.