La maldición del conde (Viajes en el tiempo 3) Capítulo 26 #2
71%

Capítulo 26 #2

—Nos casaremos —afirmó Adrian con firmeza.

A pesar de que no había sido su intención contraer matrimonio con Phoebe, le molestaba profundamente que ella insistiese en cancelar la boda.

No había otra opción—. No voy a hacer semejante cosa, pero sí te aconsejo que seas prudente con lo que cuentas.

No vayas proclamando esas historias de fantasía delante de todo el mundo.

Phoebe sabía que no iba a ser fácil convencer a Adrian de que ella decía la verdad. Pero Phoebe necesitaba desesperadamente un aliado. Alguien que la creyese o, por lo menos, la ayudase.

—¿Esto dónde se tira? —preguntó, cambiando de tema, a la vez que alzaba el vaso vacío que sostenía en su mano derecha—. En mi época hay papeleras por todo el parque, pero ahora no veo ninguna.

—¿Una qué? —preguntó Adrian, pero después agitó la cabeza, como si no le mereciera la pena saber la respuesta—. Se devuelve —le dijo.

Phoebe siguió a Adrian hasta el puesto y ambos le dieron los vasos vacíos al vendedor. Phoebe no pudo evitar sentir una extraña calidez en el pecho al darse cuenta de que Adrian se había comido todo su helado.

El vendedor recogió ambos vasos con una inclinación de cabeza.

—En esta época todo es más complicado —se quejó Phoebe cuando se dieron la vuelta.

Adrian chasqueó la lengua.

—Esta es tu época, Phoebe.

Ella suspiró.

—Como yo lo veo, tienes dos opciones, Adrian.

—Phoebe ladeó la cabeza hacia él—. Creer que estoy loca o preguntarte si tal vez tengo razón.

Has tenido que notar que hablo diferente al resto.

Por mucho que me esfuerce, se me escapan expresiones que no se usan en esta época.

Y soy muy distinta a como es Phoebe Pembroke.

Sé que es difícil creerme, y no te juzgo por ello, porque yo misma, de no haber viajado en el tiempo, jamás me habría creído que esto es posible.

Pero es importante que reflexiones sobre ello, porque necesito tu ayuda para regresar a mi época.

Adrian se detuvo y observó a Phoebe en silencio durante unos segundos que a ella se le hicieron eternos. Su expresión era imposible de leer, pero Phoebe se preguntó si, tal vez, había conseguido convencerlo.

—Regresemos al carruaje.

Phoebe se lo tomó como una buena señal. Tal vez, solo tal vez, estaba empezando a creerle.

Cuando llegaron al carruaje, Adrian se dirigió a Henrietta, que los había seguido a una distancia prudente.

—Espéranos unos instantes fuera, por favor.

Henrietta asintió, aunque no parecía del todo convencida, y se apartó unos pasos.

Una vez dentro, Adrian cerró la portezuela y sacó una pequeña caja de terciopelo del bolsillo interior de su levita. La abrió con cuidado y le mostró el anillo.

Phoebe lo observó. A pesar de que ella nunca había sido una gran fanática de las joyas, no pudo evitar pensar que era el anillo más bonito que había visto nunca: delicado, antiguo, con una piedra central que captaba la luz de una forma casi hipnótica.

—Debes ponértelo. —La forma en la que él lo dijo, como si fuera una orden que ella debiera cumplir, no le gustó—. Y llevarlo de manera visible, para que nadie albergue dudas acerca de nuestro compromiso.

Phoebe levantó la vista hacia él.

—Es lo menos romántico que he oído en mi vida.

—No sabía que fueras romántica.

—No lo soy.

Phoebe le tendió la mano y Adrian la tomó con cuidado e intentó extraer el anillo que ya llevaba en el dedo. Tiró una vez, pero no consiguió nada. Volvió a intentarlo, ejerciendo un poco más de fuerza, pero el anillo no se movió.

—No va a salir —le advirtió Phoebe con un suspiro de resignación—. Es el anillo con el que viajé. No me lo puedo quitar.

Adrian bufó.

—Solo está atascado.

—No lo está. Llevo intentando quitármelo desde el primer día.

Adrian la miró un momento más y, sin insistir, le colocó el anillo de compromiso en otro dedo, y este encajó perfectamente.

—Te vas a casar conmigo —espetó con severidad, y a Phoebe, por la forma en la que fruncía el ceño y apretaba la mandíbula, le pareció que estaba furioso—. ¿Te has inventado toda esta historia del viaje en el tiempo como una excusa para no quitarte el anillo de un prometido fallecido?

La llama de esperanza que había aflorado en su pecho se apagó. Pues ella se había precipitado en alegrarse. Él no se estaba planteando creerla.

—Estás actuando como un imbécil, Adrian —resopló Phoebe, perdiendo la paciencia—. Y no estás pensando con claridad.

—Lo que tengo claro es que todavía amas a un hombre que ya ha muerto.

—No estoy enamorada de nadie. Nunca lo he estado. Pero tú estás celoso de un hombre muerto.

—Lo que estoy es harto —gruñó Adrian—. Harto de que no aceptes cuál es tu realidad.

—¿Y cuál es mi realidad?

—Que vas a pasar el resto de tu vida conmigo. Y ningún viaje en el tiempo ficticio va a salvarte de ello.

Phoebe iba a mandarlo a la mierda, pero algo en los ojos de él la hizo pensárselo mejor.

—¿Crees que para mí va a ser una condena casarme contigo?

Él soltó una risa sin humor.

—Va a ser peor, Phoebe. Estoy maldito, y tú sufrirás las consecuencias —pronunció aquellas palabras con tanta consternación que todo el enfado que Phoebe sentía se evaporó de golpe.

—¿Maldito? —repitió.

Eso le interesaba. Había dado por hecho que todo lo que le habían contado en el escape room era una historia inventada para ambientar el juego, pero tal vez no. No era una maldición que lo hubiera convertido en una bestia, pero quizás había algo más; algo real.

Adrian, sin embargo, no respondió. Abrió la portezuela del carruaje y Henrietta entró en silencio.

No hablaron en todo el trayecto de regreso a la casa.

Phoebe observó cómo se alejaba el carruaje hasta desaparecer del todo.

No tenía muy claro lo que acababa de pasar, pero había algo que sí sabía: debía convencer a Adrian de que decía la verdad.

Si era cierto que estaba maldito, tal vez, si lograba romper esa maldición, la que fuese, volvería a su época.

Y si para ello tenía que casarse con él, lo haría.