La maldición del conde (Viajes en el tiempo 3) Capítulo 26
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Capítulo 26

Phoebe no tuvo que dar ni dos pasos para darse cuenta de que Hyde Park era muy diferente a como lo recordaba.

En su época, el parque estaba lleno de corredores con auriculares, bicicletas, bancos de metal y carteles de prohibido pisar el césped.

Pero allí no había nada de eso. Los senderos eran más anchos y de tierra compactada, los árboles parecían más frondosos y no se veía ni un solo banco moderno ni una farola de hierro.

Todo tenía un aspecto más natural, más abierto y, de alguna forma, más grande.

Había mucha gente paseando. Damas con sombrillas, caballeros con sombreros de copa y varios jinetes avanzando al trote por los caminos.

Más allá, bajo la sombra de unos árboles, algunas familias se habían instalado sobre mantas en la hierba.

Comían, conversaban y dejaban que los niños corrieran a su alrededor.

Aquella escena le recordó que en su tiempo también se hacían pícnics en el parque, pero Phoebe nunca había ido a uno.

Ni con sus padres ni tampoco con su prima.

Nunca había extendido una manta en la hierba ni repartido sándwiches bajo un árbol.

De repente, sin querer, se imaginó a sí misma sentada en una de aquellas mantas.

Con Adrian a su lado y un par de niños corriendo alrededor.

Negó con la cabeza con fuerza, como si pudiera sacudirse el pensamiento. ¿Por qué diablos se había imaginado algo así?

Si ella no quería tener hijos. Porque no quería, ¿verdad?

—Así que has acudido a esa pitonisa con una historia de lo más inverosímil, solo para demostrar que no es más que un fraude.

Las palabras de Adrian la sacaron de sus pensamientos.

Desde que habían abandonado la consulta de la pitonisa, no habían hablado. Adrian no le había dirigido la palabra y Phoebe había estado demasiado absorta en tratar de buscar un plan alternativo para regresar a su tiempo que no había hecho ni el intento de sacar un tema de conversación.

No era ninguna historia inverosímil por mucho que lo pudiera parecer. Phoebe había dicho la verdad; ella había acudido a la pitonisa con la esperanza de que pudiera ayudarla, pero tan solo había terminado siendo una caradura más. Al parecer, estafadoras había en todas las épocas.

Lo tenía fácil. Podía inventarse cualquier excusa: que la pitonisa había engañado a alguien cercano o que todo había sido una broma de mal gusto y Adrian ni siquiera se molestaría en rebatirlo.

Pero estaba harta de mentir y de fingir.

Y si inevitablemente aquel hombre iba a convertirse en su marido mientras no encontrara la forma de regresar a su época, era mejor que supiera la verdad.

—No es ninguna historia inventada —confesó, bajando la voz, pues no quería que Henrietta, que los seguía a unos pasos de distancia, la escuchara—, es la verdad. He viajado en el tiempo.

—Otra vez con esa historia —musitó Adrian, chasqueando la lengua—. No me lo creí en el campo y no me lo creo ahora. No sé qué buscas con ello.

—Puedes no creerme, pero no miento.

Adrian rodó los ojos, pero no añadió nada más.

Durante unos instantes caminaron en silencio y continuaron avanzando por el sendero hasta que Phoebe divisó, un poco más adelante, a un grupo de personas que se habían detenido junto a un pequeño puesto.

Varias damas sostenían en la mano unos vasitos y comían algo con una cucharilla.

Se acercó un poco más y sonrió.

—Quiero un helado —dijo.

Adrian la miró como si le hubiera pedido que le comprara un elefante.

—No como helados.

—Qué lástima, porque yo sí. Y si vamos a seguir paseando, prefiero hacerlo comiendo algo frío. Además, no puedes decirme que no te apetece. Hace calor.

—No hace tanto calor.

—El suficiente —insistió ella—. Vamos, solo uno. Puedes fingir que no te gusta y yo finjo que no me doy cuenta de que te lo comes entero.

—No he dicho que no me guste, he dicho que no como.

Phoebe se detuvo, provocando que él también lo hiciese.

—¿Por qué?

—Me trae malos recuerdos. —Adrian apretó los labios, quedándose en silencio, y Phoebe tuvo la sensación de que no iba a añadir nada más, pero continuó hablando—: No debía de tener más de cuatro o cinco años.

Estábamos paseando por estos mismos senderos con mis padres.

A mi madre le agradaba pasear y a mi padre le gustaba presumir de la familia perfecta que no éramos.

Mi padre se detuvo a conversar con un conocido y mi madre y yo nos adelantamos.

Vi un puesto de helados, como ese, rodeado de varios niños de mi edad, y mi madre me compró uno.

—Curvó levemente los labios y a Phoebe le pareció atisbar una sonrisa, pero fue demasiado tenue y fugaz—.

Cuando mi padre nos alcanzó y me vio con él, me lo arrebató de las manos y lo arrojó al suelo.

Me dijo que tomar helado era de niñas y que debía empezar a comportarme como el heredero del condado que iba a ser.

Aquella misma noche, al regresar a casa, volvió a reprenderme por lo sucedido.

Perdió los estribos y me abofeteó. Después, le gritó a mi madre que estaba criando a un muchacho débil.

Phoebe sintió cómo la ira recorría su cuerpo al escuchar aquella historia. ¿Cómo un padre podía ser tan cruel?

—Tu padre era un malnacido.

Adrian apretó la mandíbula con tanta fuerza que Phoebe escuchó cómo sus dientes chirriaban.

—Entre otras muchas cosas.

—¿De qué sabor era?

—¿El helado que mi padre no me dejó disfrutar?

—Sí.

Adrian tardó un segundo en contestar.

—De limón.

Phoebe asintió y se dirigió hacia el pequeño puesto, haciéndole un pequeño gesto a Adrian para que la siguiera. Phoebe pidió dos helados de limón y, sorprendentemente, Adrian no se negó.

—Hoy vamos a sustituir ese mal recuerdo por uno nuevo —dijo ella, comenzando a caminar de nuevo, pero, esta vez, hacia la orilla del Serpentine. El agua brillaba bajo el sol de la tarde, y a Phoebe le pareció que estaba más bonito que nunca.

Sostuvo el pequeño vaso de cristal entre las manos y tomó una cucharada de helado con la diminuta cucharilla que lo acompañaba. Se llevó el bocado a la boca y sonrió al notar el frío y el sabor dulce deshaciéndose en su lengua.

—Está bueno.

Nunca pensó que un helado en aquella época le gustaría tanto.

—Lo sé.

—¿Lo sabes porque lo acabas de probar o porque lo recordabas?

—Porque lo recordaba —musitó—. No era un recuerdo malo del todo, ya que mi madre estaba allí.

—Pero ahora va a ser un buen recuerdo del todo.

—¿Ah, sí? —preguntó él, ladeando la cabeza hacia ella.

En lugar de contestar, Phoebe se acercó a la orilla del Serpentine, se agachó un poco y, con la mano libre, recogió un poco de agua y se la lanzó. Las gotas alcanzaron la manga de la levita de Adrian y salpicaron el borde de su chaleco.

Él dio un paso atrás, sorprendido. Por un segundo pareció que iba a enfadarse, pero entonces soltó una risa breve, casi incrédula.

—¿Acabas de mojarme?

—Solo un poco. —Phoebe esbozó una sonrisa inocente—. Ahora el recuerdo ya no será solo de un helado. También recordarás este paseo.

Varias personas que paseaban cerca se detuvieron a mirarlos.

Una dama se llevó el abanico a la boca y un caballero frunció el ceño con clara desaprobación, pero Phoebe no les prestó ninguna atención.

Se limitó a dar otro bocado a su helado de limón, como si lo más normal del mundo fuera salpicar al conde de Whitmore a plena luz del día en medio de Hyde Park.

Adrian sacudió la manga con la mano libre y la miró y, con un tono que ella no supo interpretar, dijo:

—Eres diferente al resto de damas.

—Lo sé.

Por alguna razón, por primera vez, Phoebe no lo sintió como un reproche; más bien, parecía un cumplido.

—No te importa causar un escándalo delante de toda la sociedad londinense —dijo él mientras continuaban caminando.

Detrás de ellos, Henrietta los observaba con una expresión entre horrorizada y atónita, como si no pudiera creer lo que estaba viendo.

—No entiendo por qué mojarte con un poco de agua es un escándalo. —Phoebe tomó otra cucharada de helado.

—Porque se aparta de lo que se considera apropiado.

—Eso también ocurre en mi época. Todo lo que se sale de lo establecido puede convertirse en un escándalo. La diferencia es que allí las normas son mucho menos estrictas.

Adrian entrecerró los ojos.

—¿Aún pretendes convencerme de semejante disparate?

—No es ningún disparate, es la verdad —insistió ella—. Te mereces saber que vas a casarte con Phoebe Pembroke, no conmigo.

—Y tú no eres Phoebe Pembroke.

—No. Yo soy Phoebe Harris. Pembroke está en mi época.

Adrian la miró como si no creyese una palabra, pero hubiese decidido seguirle la corriente.

—Entonces, si voy a contraer matrimonio contigo, pues serás tú quien esté a mi lado ante el altar, no esa otra Phoebe.

Phoebe mordió su labio inferior.

—Eso es cierto. Pero ante la ley serás el marido de ella, no el mío.

Adrian frunció ligeramente el ceño.

—Eso no tiene ningún sentido.

—Bienvenido a mi vida actual —murmuró ella, alzando una mano—. Nada de lo que me está pasando tiene sentido.

Siguieron caminando en silencio unos segundos. El agua del Serpentine brillaba a su izquierda y el ruido de los carruajes y las conversaciones lejanas llenaba el aire.

—Entonces —dijo él al fin, con un tono más bajo—, según tu versión de los hechos, yo me casaré con una mujer que no eres tú, aunque seas tú quien esté aquí.

—Exacto.

—Y la otra Phoebe…

—Estará viviendo mi vida y espero que no estropeando demasiado mi futuro.

Adrian soltó un suspiro corto.

—Es la historia más absurda que he oído en mi vida.

—Lo sé —contestó ella—. Y, aun así, es la verdad.

—Al principio pensaba que te inventabas esas locuras para conseguir algo de mí, y ahora creo que lo haces para evitar la boda.

—No son locuras —insistió Phoebe, irritada—. Y espero que, si nos casamos, no uses tu poder para meterme en un manicomio.