Capítulo 25
La puerta se abrió apenas un palmo. Una mujer de mediana edad, con el cabello recogido bajo un pañuelo oscuro y una expresión cerrada, los miró de arriba abajo.
Tenía la piel pálida, los labios finos y unos ojos oscuros que no mostraban la menor sorpresa al ver a una dama bien vestida en aquel barrio.
—Madame Celestine no atiende clientes hoy —anunció con voz seca, sin abrir más la puerta.
Phoebe chasqueó la lengua. Maldita sea. Había llegado hasta allí y ahora resultaba que la pitonisa no atendía clientes. Pero no podía irse, ya que no sabía cuándo tendría otra oportunidad.
—Tengo cita con ella —insistió, dando un pequeño paso adelante.
—Es imposible. Madame Celestine no recibe a nadie este día.
Tal vez, si se presentaba, la pitonisa accediese a verla.
—Soy lady Phoebe Pembroke, dígaselo a ella.
La mujer alzó una ceja. Su mirada recorrió el vestido de Phoebe, el sombrero, los guantes y luego se posó un instante en Adrian, que permanecía un paso detrás, en silencio. Finalmente, negó con la cabeza.
—Se ha equivocado de día, milady. Hoy las estrellas aconsejan reposo. Madame Celestine no consulta el destino cuando el velo entre mundos está demasiado delgado. Es un día de silencio, no de revelaciones.
Phoebe suspiró y el pecho se le cerró un poco. Tenía que hablar con ella desesperadamente. Necesitaba saber qué le había dicho a la verdadera lady Phoebe Pembroke. Qué le había revelado y qué sabía. ¿Y si era la última oportunidad que tenía de regresar a su época?
La mujer empezó a cerrar la puerta con lentitud, como si la conversación hubiera terminado. Pero antes de que pudiera hacerlo del todo, Adrian avanzó y puso la mano en el marco, impidiendo que se cerrara. Su voz sonó fría, cortante y sin elevación alguna.
—Soy el conde de Whitmore. Y esta joven dama es mi prometida.
La mujer abrió los ojos con sorpresa. Por un segundo perdió la compostura y balbuceó:
—Lo siento, milord, pero no tiene cita y… Madame Celestine no…
Adrian la miró. Fue una mirada lenta, pesada y que pareció atravesarla. No alzó la voz y no necesitó hacerlo. La mujer se quedó paralizada en el umbral, con la mano aún apoyada en la madera.
—¿Está usted insinuando que mi prometida miente?
La mujer palideció visiblemente.
—No, milord. Por supuesto que no.
—Entonces espero que no vuelva a dudar de su palabra.
El silencio que siguió fue tenso, casi denso. La mujer bajó la mirada un instante, dio un paso atrás y, con un movimiento lento, abrió la puerta por completo.
Phoebe dio un paso hacia el umbral y se giró hacia Henrietta, que se encontraba a unos pasos de ellos.
—Quédate fuera.
Henrietta abrió los ojos, alarmada.
—Milady, este no es un barrio para quedarse sola.
—Entonces que se quede el conde contigo.
Adrian alzó una ceja, pero no le dio tiempo a protestar. Se limitó a dirigirse a Henrietta con voz firme:
—Vuelve al carruaje y espera allí. No salgas.
Henrietta dudó un segundo, pero finalmente asintió. Se dio la vuelta y se alejó por la callejuela con paso rápido.
Phoebe frunció el ceño al ver que Adrian se disponía a entrar con ella.
—Puedo entrar sola.
—No —dijo él y, sin esperar una réplica, cruzó el umbral detrás de ella.
La mujer los guio por un pasillo estrecho y oscuro hasta una pequeña estancia.
No era mucho más que una salita: dos sillones desgastados, una mesa baja con un mantel bordado y un olor intenso a incienso y hierbas secas.
Les hizo un gesto para que se sentaran y desapareció tras una cortina sin decir nada más.
Phoebe se dejó caer en uno de los sillones. Adrian ocupó el otro, cruzando una pierna sobre la otra con calma.
—¿No vas a darme las gracias? —preguntó él al cabo de un momento, reclinándose un poco en el sillón.
Phoebe lo miró de reojo, cruzándose de brazos.
—¿Por qué?
—Por conseguir que nos reciban.
—Lo habría logrado yo sola.
Adrian puso los ojos en blanco.
—Claro que sí.
—No te necesito para nada —insistió ella, girando ligeramente el cuerpo hacia él.
—Por supuesto.
—No me gusta tu sarcasmo —musitó, entrecerrando los ojos—. ¿Puedes dejar de darme la razón como si estuviera loca?
—¿Para que puedas llevarme la contraria hasta hacer valer tu parecer?
—Yo no hago…
Sin embargo, se interrumpió a sí misma, porque Adrian tenía razón. Phoebe hacía eso constantemente y, precisamente por eso, era tan buena abogada.
En ese momento, la mujer que les había recibido apareció de nuevo tras la cortina. Se detuvo un segundo, observándolos, y luego inclinó ligeramente la cabeza.
—Madame Celestine les puede atender hoy —anunció—. Ha tenido una revelación y, aunque no me lo había comunicado, al parecer, os estaba esperando. Sin embargo, me temo que sus honorarios no serán los habituales.
Adrian bufó.
—Por supuesto que no.
En cualquier otra ocasión, Phoebe habría pensado exactamente lo mismo: que era un timo de libro. Pero ahora no estaba tan segura de nada.
La mujer se dirigió a ella.
—Al ser la primera vez, debe pagar por adelantado.
—He venido antes —dijo Phoebe.
La mujer negó.
—No. Es la primera vez.
Phoebe se quedó en silencio un instante.
Entonces lo entendió. Probablemente, Phoebe Pembroke solo había usado el panfleto para escribir algo en el reverso y nunca había entrado aquí.
Se sintió un poco tonta, pero, al mismo tiempo, no estaba dispuesta a desperdiciar la oportunidad.
Quién sabía. Tal vez aquella mujer tuviera realmente la solución a su problema.
Se giró hacia Adrian.
—Págale. —Pero cuando este no hizo ni el más mínimo amago de moverse, Phoebe añadió—: Yo no llevo dinero encima.
—Has venido a consultar a una pitonisa sin llevar una sola moneda encima. ¿Qué esperabas? ¿Que te atendiera gratis?
Esa era una buena pregunta, una a la que no sabía qué responder. Así que Phoebe utilizó una réplica en su lugar.
—Pensaba que los tuyos sí estarían llenos.
Adrian resopló, pero se levantó del sillón y se dirigió a la mujer.
—¿Cuánto?
La mujer hizo una pequeña reverencia.
—Diez chelines, milord.
Por la forma en la que Adrian frunció el ceño, era evidente que no estaba de acuerdo con el precio.
Pero, afortunadamente para Phoebe, no se negó.
Sacó varias monedas de plata del bolsillo interior de su chaqueta, las contó con rapidez y se las entregó a la mujer, que las contó una por una, con lentitud, como si no se fiara del todo.
Cuando terminó, asintió y señaló la cortina del fondo.
—Adelante.
Phoebe se levantó y se giró hacia Adrian.
—Quédate aquí.
Pero él no le hizo caso.
Phoebe maldijo por lo bajo. Quería estar sola con la pitonisa, sin la presencia constante e interfiriente de Adrian. Pero empezaba a conocer demasiado bien a aquel hombre. Era cabezota hasta la médula. No había nada que hacer.
Así que no se molestó ni en replicar.
La mujer que les había atendido se quedó en la sala. Probablemente, poniendo a buen recaudo los chelines.
Pasaron la cortina y entraron en una habitación pequeña, oscura y saturada de incienso barato.
Las paredes estaban cubiertas con telas rojas descoloridas, un par de velas parpadeaban sobre una mesa redonda cubierta con un mantel bordado que había visto mejores días y, en el centro, había una bola de cristal que, a simple vista, parecía más bien un pisapapeles grande.
Detrás de la mesa estaba sentada Madame Celestine.
Llevaba un turbante negro adornado con una pluma demasiado grande y un par de cuentas de cristal que pretendían pasar por joyas.
Un chal de colores chillones le caía de los hombros y, bajo él, se adivinaba un vestido oscuro lleno de volantes.
Tenía el rostro pálido, empolvado en exceso, y los ojos muy abiertos, como si acabara de ver un fantasma o como si hubiera practicado esa expresión delante del espejo.
Phoebe no tuvo duda de que era la segunda opción.
Todo aquello era cutre de narices, pero ella seguía teniendo la esperanza de que saliese algo bueno de allí.
La pitonisa alzó una mano en cuanto los vio.
—Acercaos, aquellos a quienes el destino ha guiado hasta mi presencia.
Phoebe se sentó en una de las sillas frente a la pitonisa. Adrian, en cambio, permaneció de pie a su lado. Si aquello molestó a Madame Celestine, no lo demostró.
—Los espíritus no han dejado de rondarme esta mañana —dijo al fin, con voz baja y cargada de misterio—. Están inquietos; muy inquietos. Hablan de ti, milady, de una unión que se acerca. Un matrimonio que trae consigo más sombras que luz.
Adrian soltó una risa carente de humor.
—Lo que tengo que aguantar —dijo entre dientes.
Sin embargo, ninguna de las dos mujeres le prestó atención.
—¿Cree que mi futuro matrimonio enfada a los espíritus? —le preguntó Phoebe a la pitonisa.
—No, milady. Al contrario, les agrada. Ven la unión con buenos ojos. Pero… —Hizo una pausa dramática, inclinándose ligeramente hacia delante— hay una sombra que se cierne sobre ella. Algo que debe ser revelado antes de que sea demasiado tarde. Y esa revelación tiene un precio.
—¿Un precio? —repitió Phoebe, parpadeando.
—Cómo no. —Adrian chasqueó la lengua—. ¿Cuántos chelines me va a costar esta vez?
La pitonisa contuvo una sonrisa y giró la cabeza para contestarle, pero Phoebe se adelantó.
—La revelación es que he viajado en el tiempo —dijo Phoebe, interrumpiendo la conversación—. No soy Phoebe Pembroke, sino Phoebe Harris y vengo del futuro.
Adrian se pasó una mano por la cara. Ya estaba otra vez con sus delirios.
Madame Celestine la observó durante unos segundos con auténtico desconcierto.
Había escuchado confesiones extrañas a lo largo de su carrera y sus clientes rara vez acudían a ella con una historia que pudiera considerarse normal, pero aquello superaba con creces todo lo que había oído hasta entonces.
Sin embargo, su sorpresa duró poco. Recuperó la compostura con rapidez y entrelazó las manos sobre el regazo.
—Sí, milady, esa es exactamente la revelación —mintió.
—¿Y cómo puedo volver a mi época? —indagó Phoebe—. Le pagaré lo que sea.
—Le pagaré yo, quieres decir —le corrigió Adrian.
—Eso. Él es rico.
A Madame Celestine se le hizo la boca agua. Aquella era una oportunidad como ninguna otra. Cerró los ojos con exagerada solemnidad, levantó ambas manos hacia el techo y empezó a mecerse de un lado a otro.
—¡Los espíritus hablan! —exclamó con voz temblorosa—.
¡Veo niebla… mucha niebla! ¡Y un camino lleno de piedras!
—Echó su cabeza hacia atrás, con los ojos cerrados y las manos alzadas—.
¡La joven debe cruzar tres ríos bajo la luna llena!
¡Y ofrecer una ofrenda de plata a la diosa de los tiempos perdidos!
¡Solo entonces el velo se abrirá de nuevo!
—Pero ¿de qué está hablando? —Phoebe arrugó la nariz. Estiró el dedo y le enseñó el anillo—. He viajado con este anillo. No sé cómo ni por qué, solo sé que brilló y, cuando volvió a apagarse, yo estaba en otra época.
—¿El anillo? —preguntó la pitonisa, abriendo un ojo.
—Sí. Se lo regaló el prometido de Phoebe Pembroke y terminó en mi mano porque… —Phoebe se interrumpió a sí misma—. Pregúntale a los espíritus cómo. Si ellos saben la verdad de lo que me pasó, saben quién me entregó el anillo.
La pitonisa volvió a cerrar los ojos con fuerza mientras agitaba las manos.
—¡Los espíritus dicen que el anillo fue bendecido por una bruja de las montañas bajo un eclipse de sangre! —exclamó—. ¡Y que solo puede ser usado por aquella cuyo corazón late entre dos siglos!
—¿Quién me lo entregó en mi época? —insistió Phoebe.
—¡Los espíritus… los espíritus dicen que fue un mensajero del tiempo! ¡Un ser envuelto en luz blanca que apareció entre las sombras!
Phoebe la miró durante unos instantes y después movió la cabeza, resoplando.
—No tiene la menor idea, estoy perdiendo el tiempo. No ve espíritus, es usted una estafadora de manual.
Adrian chasqueó la lengua.
—Mira, por fin dices algo con sentido.
—Cállate —le espetó Phoebe, poniéndose en pie.
Madame Celestine abrió los ojos de golpe.
—¡No puede marcharse! ¡La consulta ha agotado mis energías! ¡Diez chelines más!
—No le voy a pagar ni un penique más.
—¡Entonces los espíritus se enfadarán!
Phoebe, harta, hizo un gesto brusco con la mano. Sin querer, golpeó la bola de cristal. Esta rodó por la mesa, cayó al suelo y se hizo añicos con un ruido seco.
Madame Celestine soltó un grito que habría puesto los pelos de punta a un muerto.
—¡Ha enfadado a los espíritus! ¡Esa bola era sagrada! ¡Costaba seis libras! ¡Estaba hecha con cristal de las montañas de Bohemia y bendecida por tres lunas! ¡Tres!
Phoebe miró los trozos en el suelo y luego a la mujer, sin inmutarse.
—Eso es de mercadillo. Y de los baratos. Seguramente lo compraste junto con el turbante y la pluma de gallina.
—¡No es una pluma de gallina! —chilló Madame Celestine, llevándose una mano al turbante—. ¡Es de un ave mística de Oriente!
—Es de gallina —repitió Phoebe—. Y la bola era de cristal normal y corriente. Se nota por cómo se ha roto. Si fuera tan especial, se habría hecho añicos de una forma más mágica.
Madame Celestine se puso de pie de un salto, señalándola con el dedo tembloroso.
—¡Ha ofendido a las fuerzas del más allá! ¡Ahora la maldición caerá sobre usted! ¡Y sobre su familia! ¡Y sobre sus futuros hijos!
—No pienso tener hijos. —Phoebe se encogió de hombros—. Así que por ese lado no se preocupe.
Adrian se pasó una mano por la boca para ocultar la sonrisa.
Madame Celestine, cada vez más histérica, empezó a recoger los trozos de cristal con las manos temblorosas.
—¡Seis libras! ¡Seis! ¡Tendrá que pagármelas! ¡O llamaré a las autoridades!
—Adelante —dijo Phoebe—. Explíqueles que una cliente le rompió una bola de cristal de mercadillo porque le estaba intentando sacar más dinero con una historia de brujas y eclipses de sangre.
Seguro que les resulta muy interesante. —Después, se giró hacia el conde—.
Vámonos, Adrian. Suficiente tiempo nos ha hecho perder ya.
Salieron de la habitación al mismo tiempo que la mujer que les había atendido entraba con la preocupación en sus ojos.
—¿Qué ha sucedido? —preguntó.
Phoebe se detuvo un segundo, la miró de arriba abajo y señaló hacia dentro con el pulgar.
—Debería pedirle que le devuelva los diez chelines. Esto es un fraude. Aunque pueden quedárselos, así ven lo generosa que soy.
—Dirás que el generoso soy yo —le corrigió Adrian a su espalda—. El dinero era mío.
—Eso no hace que sea menos generosa.
Adrian soltó una carcajada. No pudo evitarlo.
Aquella mujer tenía una habilidad extraordinaria para decir las cosas más absurdas con una seguridad que resultaba difícil no encontrar divertida. Y, para su propia desgracia, empezaba a gustarle demasiado pasar tiempo con ella.
Sin embargo, una vez que se casaran, tendría que alejarse de ella. Y Adrian comenzaba a sospechar que hacerlo sería una de las cosas más difíciles que había hecho en su vida.