Capítulo 24
Al parecer, el ingenio de Phoebe no había sido suficiente.
Durante las últimas veinticuatro horas había intentado escapar de la casa de todas las maneras posibles.
Intentó fingir que necesitaba dar un paseo por el jardín, intentando tomar el aire, pensando que podría ir alejándose poco a poco hasta pillar al personal desprevenido y escapar por alguna salida que no estuviera vigilada.
Ni siquiera había llegado a esa última parte, pues, después de que su doncella la siguiera durante tres horas —negándose a separarse de ella, pues decía que aquella era su función—, decidió desistir.
Después intentó convencer a uno de los cocheros de que necesitaba ir de compras con urgencia.
El hombre no solo se negó a llevarla, sino que tuvo la brillante idea de preguntarle si deseaba que avisara a su madre.
No hay que decir que Phoebe huyó antes de que pudiera terminar la frase.
Y lo de esperar a que el servicio bajara la guardia para marcharse tampoco le había funcionado. Siempre había alguien vagando por los pasillos.
Aquella casa estaba más vigilada que el palacio real.
Hasta llegó a considerar la posibilidad de salir por el balcón.
Una idea que parecía mucho más sencilla en su cabeza que cuando se asomó y descubrió que la distancia hasta el suelo era suficiente para convertir su intento de fuga en una visita del médico.
Lo único que conseguiría era romperse una pierna.
Por eso, aquella mañana Phoebe se despertó de un humor de perros. Ni siquiera se había molestado en levantarse cuando Henrietta llamó suavemente a la puerta y entró en la alcoba.
—Milady.
Phoebe apenas abrió un ojo desde debajo de las sábanas.
—Te lo agradezco, Henrietta, pero hoy no tengo ganas de desayunar.
Esperaba que los buenos modales que había aprendido los días que llevaba en aquella época sirvieran para que Henrietta se marchara, pero la mujer ni siquiera se movió.
—El conde de Whitmore desea verla.
Phoebe enterró la cabeza en la almohada. Lo que le faltaba ya para mejorar su ánimo era ver a Adrian después de cómo este se había comportado con ella.
—Dígale a ese des… —se contuvo a tiempo antes de decir desgraciado, pues había aprendido que una dama no insultaba. Aunque se le estaban pegando los insultos de aquella época, porque ella calificaría a Adrian de cabronazo, no de desgraciado—. Dígale al conde que no deseo verlo.
—Pero el conde ya se encuentra en el vestíbulo, milady. Ha dicho que aguardará hasta que esté dispuesta a recibirlo. Él…
—He dicho que no —negó Phoebe con rotundidad—. No deseo verlo y no pienso recibirlo. Puede usted hacérselo saber.
Phoebe pudo notar cómo Henrietta vacilaba, pero finalmente musitó:
—Como desee, milady.
Sus pasos se alejaron por la alcoba y, un instante después, la puerta se cerró con suavidad.
Phoebe volvió a acomodarse entre las sábanas y se hundió un poco más en las almohadas. Quizá, si fingía estar dormida, conseguiría que todo el mundo la dejara en paz. Sin embargo, no habían pasado ni unos minutos cuando llamaron de nuevo a la puerta.
Pero esta vez no era Henrietta, sino su madre, que avanzó por la habitación con pasos ligeros y la saludó con una sonrisa cálida. Llevaba un elegante vestido de mañana de color verde salvia, de cintura alta y mangas largas, con pequeños detalles bordados en un tono ligeramente más oscuro.
—Cariño, me ha dicho Henrietta que no te encuentras demasiado dispuesta a recibir visitas esta mañana.
Cuando su madre postiza se sentó en el borde del colchón, a Phoebe no le quedó más remedio que sacar la cabeza de la almohada e incorporarse. Su madre no iba a ser tan fácil de despachar como Henrietta.
—Me apetecía quedarme un rato en la cama —respondió, acomodándose de nuevo contra el cabecero.
Su madre la observó con preocupación.
—¿Te encuentras bien?
—Perfectamente. —Después de la conversación que habían tenido, lo último que Phoebe quería era preocupar a su madre postiza con su estado de salud—. Solo deseo disfrutar de un poco de tranquilidad esta mañana.
Un pequeño suspiro de alivio brotó de los labios de Helen, pero después apoyó una mano sobre la sábana, inclinándose un poco hacia Phoebe.
—Adrian desea que lo acompañes a dar un paseo por Hyde Park.
—Dile al conde de mi parte que agradezco su invitación, pero debo rechazarla.
—Cariño, Adrian se ha tomado la molestia de venir personalmente a buscarte. Estando prometidos, me parece que sería poco considerado hacerle regresar sin siquiera concederle unas horas de tu compañía.
Poco considerado era la manera en la que él la había hablado, como si todo lo que pasó hubiera sido una estratagema orquestada con ella para casarse con él. ¿Por qué narices querría Phoebe casarse con ese hombre? Podía sentirse atraída por él, ¿pero matrimonio? Tan solo complicaba sus planes.
Y encima, ella no quería casarse. Estaba en contra del matrimonio. Siempre lo había estado.
—Hace una mañana estupenda para pasear, ¿no crees? —insistió su madre postiza, como si de esa manera fuera a convencerla.
Phoebe ni siquiera había descorrido las pesadas cortinas, por lo que no lo sabía ni le interesaba.
—Pues que disfrute del paseo él solito —añadió entre dientes.
Helen exhaló un suspiro.
—Cariño, la sociedad tiene que veros juntos. Vais a casaros en dos días.
—La sociedad tendrá que vivir con esa decepción.
Su madre suspiró.
—Te vendrá bien salir un rato. Podréis hablar con calma y pasar un poco de tiempo al aire libre te hará bien. Desde que has llegado a Londres no has salido de nuestra residencia.
Fueron las últimas palabras de su madre las que hicieron que a Phoebe se le encendiera la bombilla.
Aquella era su oportunidad para salir de la casa y poder visitar a la pitonisa.
Tendría que soportar a Adrian, pero era un precio que merecía pagar si así conseguía encontrar las pistas que la llevaran de nuevo a su época.
—Está bien —dijo.
Su madre postiza alzó la mirada, sorprendida de haber conseguido convencerla tan rápido. Pero en seguida la sustituyó por una sonrisa entusiasmada.
—Le pediré a Henrietta que te prepare un vestido apropiado para salir.
Su madre dijo algo más que Phoebe no escuchó y se despidió de ella. En cuanto la puerta se cerró, Phoebe se levantó de la cama.
Necesitaba un plan. Si Adrian pensaba acompañarla, tendría que encontrar la manera de despistarlo. Quizá pudiera convencerlo de que quería detenerse en algún sitio. No sabía muy bien cómo lo iba a hacer, pero sería sutil, tanto que él no se daría ni cuenta.
—¿Le has ordenado a mi cochero que nos lleve a St Giles? —preguntó Adrian mientras subía al interior del carruaje detrás de ella.
Henrietta, su doncella, iba con ellos. Por lo visto, hasta que estuvieran casados no podían salir solos a ningún lado.
Phoebe se acomodó en el asiento, intentando no parecer demasiado ansiosa. Tal vez no había sido sutil, pero lo cierto era que ya habían perdido demasiado tiempo.
Adrian le había traído unas flores que su madre postiza había mandado poner en un florero, y después habían pasado casi una hora tomando té con pastas junto a Helen, la tía de Adrian y Charlotte, que habían llegado de visita justo antes de que salieran a pasear.
Phoebe tenía ganas de ver a Charlotte, pero aquel no había sido el mejor momento.
Así que, en cuanto su madre comentó que ya les habían ocupado demasiado tiempo y que debían salir a dar su paseo, Phoebe se levantó de un salto y salió del salón a toda prisa. Ni siquiera estaba segura de haberse despedido.
Y para cuando Adrian la alcanzó, ya había hablado con el cochero.
—Así es —dijo sin molestarse en mirarle.
—Tu madre piensa que vamos a ir a Hyde Park.
—Iremos después.
—Phoebe, ¿a qué vamos a St Giles?
Ella dejó de mirar por la ventana y se giró hacia él.
—No te preocupes, no es una trampa para casarme contigo.
Adrian resopló, pasando una mano por el borde del sombrero que tenía sobre las rodillas.
—No debí insinuar eso —admitió—. Estaba muy enfadado.
—La que debería estar enfadada soy yo —replicó ella, cruzándose de brazos lo mejor que el vestido le permitía—. Tú me sacaste de la casa. ¿Cómo sé que no me tendiste una trampa para casarte conmigo?
A su lado, Henrietta fingía estar muy interesada en las fachadas que desfilaban por la ventana. Aunque lo cierto era que, cada vez que aquellos dos se enzarzaban en una discusión, parecían olvidar por completo que no estaban solos.
O probablemente, no les importaba.
—¡¿Qué sandeces estás diciendo?!
—Ninguna sandez. —Phoebe alzó la barbilla—. Me acusaste de tenderte una trampa, pero fuiste tú quien me alejó del salón.
Adrian se inclinó ligeramente hacia delante, apoyando un codo en la rodilla.
—Tú me pusiste celoso.
—Te pusiste celoso tú solo. No me eches la culpa.
—No importa. —Adrian hizo un gesto condescendiente con la mano—. Nos casamos en dos días.
—No si puedo evitarlo.
—No puedes evitarlo.
—Lo veremos.
Adrian negó con la cabeza, pero no dijo nada más. No merecía la pena. Aquella mujer siempre tenía que tener la última palabra.
Justo entonces el carruaje se detuvo. El cochero bajó del pescante y abrió la portezuela.
Phoebe salió la primera, sin esperar ayuda.
Adrian la siguió de inmediato, y detrás de ellos bajó Henrietta, ajustándose el chal.
Se encontraban en una callejuela estrecha de St Giles.
Las fachadas estaban desconchadas y el olor a humedad era evidente incluso a esa hora de la mañana.
Frente a ellos había una puerta de madera oscura, con un pequeño letrero apenas legible colgado a un lado.
Adrian miró el letrero, para después fijar su mirada en Phoebe.
—¿Una pitonisa? —preguntó con voz baja, y por su tono era evidente que no le agradaba estar allí—. ¿Qué diablos hacemos aquí?
A Phoebe no le sorprendió que a Adrian no le gustaran las pitonisas. Parecía un hombre práctico, que tan solo creía en aquello que podía ver, tal y como Phoebe había sido antes de viajar en el tiempo.
Mejor, más fácil se lo ponía.
—No es necesario que entres.
—Phoebe, o me dices qué hacemos aquí, o te llevo de regreso al carruaje.
Phoebe iba a discutir con él. A burlarse, a decirle si pensaba llevarla a rastras, que gritaría, pero miró a su alrededor y se lo pensó dos veces.
Mientras estaban en el carruaje, había estado mirando por la ventana y estaba bastante segura de que esa zona estaba al lado de Tottenham Court Road y Oxford Street. Phoebe era muy buena orientándose.
En su época era una zona comercial donde ella había estado en muchas ocasiones, pero ahora era un barrio peligroso.
A pesar de estar cerca de Mayfair y ser céntrico.
En esa época era de esos barrios donde era mejor no ir sola si querías seguir viviendo.
Y él podía arrastrarla hasta el carruaje sin que nadie moviese un dedo.
Y mejor que no lo moviesen, porque si lo hacían era para atracarles, seguro.
—Quiero que me lea el futuro —improvisó, ya que Adrian no podía saber la verdad.
Adrian frunció los labios.
—Tu futuro es casarte conmigo.
—Quiero saber si vamos a tener un matrimonio feliz.
—No lo vamos a tener —replicó sin dudar—. Ya tienes las respuestas. Regresemos al carruaje. —Adrian hizo un gesto con la barbilla y se giró hacia el carruaje, esperando que Phoebe lo siguiese.
Algo que evidentemente esta no hizo, sino que entrecerró los ojos y mordió su labio inferior, maldiciendo. Ese hombre nunca le ponía nada fácil.
—Quizá pueda decirnos cómo evitar que nos divorciemos.
Adrian la miró como si le hubiese salido otra cabeza. Incluso le pareció escuchar cómo Henrietta, que se encontraba a un par de pasos de ellos, dejaba escapar un pequeño jadeo de sorpresa.
—¡Qué sandeces estás diciendo, mujer! —exclamó Adrian, como si la simple mención al divorcio fuera un sacrilegio—. No vamos a divorciarnos.
—Pero podríamos hacerlo si quisiéramos.
Phoebe recordó vagamente haber estudiado en la facultad que el primer divorcio con derecho a volver a casarse en Inglaterra databa de 1670. Claro que en esa época no debía ser tan sencillo y casi siempre decisión del marido.
—Sí —concedió Adrian, aunque era evidente por la manera en la que apretaba los labios que no le gustaba reconocerlo—. Aunque es extremadamente complicado.
—Bueno, si tan infelices vamos a ser, una vez que mi hermano y tu hermana se casen, podrías pedirlo.
—Tendría que alegar que has cometido adulterio. Sería un escándalo enorme. Perderías cualquier derecho a manutención, la sociedad te daría la espalda y te tratarían como a una paria.
Phoebe se encogió de hombros.
—No me importa.
—Pero a mí sí.
Phoebe esbozó una pequeña sonrisa y Adrian tuvo la clara sensación de haber caído en una trampa.
—Entonces déjame hablar con la pitonisa. Ella dirá cómo ve nuestro futuro y, si es divorciados, puede decirme cómo evitarlo.
—No voy a divorciarme de ti.
—¿Aunque fuese adúltera?
—Aun así.
Henrietta carraspeó con fuerza, como si intentara recordarles que no era el lugar más adecuado para mantener aquella conversación. Aunque, a decir verdad, no había nadie más a su alrededor que pudiera oírlos.
—Ya te he dicho para qué he venido —dijo Phoebe, enderezándose—. Y ahora, si me disculpas, llego tarde a la cita.
Levantó la mano y golpeó la puerta dos veces, con decisión.