Capítulo 23
Después de la conversación con su madre, Phoebe tenía claro que debía encontrar pistas. Algo que le llevase al anillo perdido o a cualquier cosa que le llevase de regreso a su tiempo. Aunque ni siquiera tenía la menor idea de cómo era el anillo que buscaba.
Esperó a que su madre se marchara y quedarse sola para poder buscar. No sabía si encontraría algo relevante en la habitación de Phoebe Pembroke, pero tenía que intentarlo.
La habitación era enorme. De hecho, estaba convencida de que era del mismo tamaño que su apartamento.
En esos momentos, no pudo evitar preguntarse si Phoebe Pembroke estaría ocupándose de él y pagando el alquiler.
Esperaba que sí, ya que ella bien sabía que los apartamentos en Londres eran muy codiciados, aunque fueran cuchitriles.
Y el suyo tenía una ubicación privilegiada y un bonito balcón.
—Vamos, céntrate —se dijo a sí misma, mirando a su alrededor.
Comenzó revisando el cajón de la mesita de noche. Pero tan solo encontró un pañuelo bordado y un pequeño libro de poemas.
—Vaya, Phoebe Pembroke. Sí que eras una romántica.
Fue hasta el tocador. Contempló los frascos de perfume, peines, cintas, horquillas y unas pequeñas cajas de terciopelo apiladas unas encima de las otras.
Las abrió una por una, esperando encontrar algo que le sirviese, pero no vio nada relevante más que joyas; muchísimas joyas, más de las que Phoebe Pembroke podría ponerse en una vida entera.
Pero, curiosamente, no había ningún anillo. Phoebe intentó quitarse el anillo que llevaba en el dedo, tal vez ahora que había vuelto a brillar podía hacerlo, pero el anillo, tozudo como siempre, no se movió de su dedo.
Suspiró.
—Tiene que haber algo —dijo en voz alta, como si estuviese intentando convencerse a sí misma.
Se agachó para mirar debajo de la cama, revisó la cómoda, incluso abrió un pequeño baúl que había junto al armario, convencida de que quizá allí encontraría cartas escondidas o algún objeto relacionado con Thomas.
Pero tan solo halló tres vestidos doblados, un par de zapatos que parecían demasiado incómodos incluso para aquella época y una caja llena de cintas.
Frustrada, se dejó caer sobre el borde de la cama. Quizá estaba buscando en el lugar equivocado. Aquella habitación pertenecía a una mujer que había vivido allí toda su vida. Si había una respuesta, probablemente no estaría escondida debajo de la cama como en una película de misterio barata.
Entonces Phoebe decidió utilizar el mismo truco que empleaba en todos sus casos: la lógica.
—Si yo fuera una mujer del siglo XIX que quisiera esconder algo, ¿dónde lo escondería? —Se llevó un dedo índice al labio inferior, pensativa—. ¡Ya lo tengo! —gritó al cabo de un instante, poniéndose en pie.
Bajo una tabla del suelo y comenzó a examinar las juntas de la madera. Se agachó, pasó los dedos por varias de ellas y hasta intentó levantar una de las tablas con la uña, pero lo único que consiguió fue casi rompérsela. No había ni una sola tabla fuera de lugar.
—Ya te vale, Phoebe Pembroke —masculló—. Si era un escondite buenísimo.
Entonces vio el escritorio. Era el lugar más obvio, pero tal vez…
Abrió el primer cajón, encontrando papeles y sobres vacíos.
En el segundo cajón encontró un montón de cartas, pero tan solo eran invitaciones a bailes y recordatorios de compromisos.
No halló ni una sola que se hubiera intercambiado con Thomas, algo que le sorprendió.
¿No se suponía que eran prometidos? Phoebe no sabía cómo funcionaban las cosas en aquella época, pero se tendrían que haber intercambiado alguna, ¿no?
Su madre le había contado que incluso antes de prometerse habían sido muy buenos amigos.
No podían enviarse SMS ni llamarse por teléfono.
Y, por lo poco que sabía de la relación de ambos, dudaba mucho que Phoebe Pembroke las hubiese tirado.
De hecho, seguro que las guardaba como un tesoro.
Claro que los Pembroke tenían varias propiedades, y Phoebe y Thomas se habían conocido en el campo; quizá es donde estarían esas cartas.
Resopló, ya que no era como si pudiese marcharse de Londres en esos momentos.
Estaba desesperada, no parecía que fuese a encontrar nada allí.
Sin embargo, mientras ojeaba las invitaciones, una hoja se deslizó entre ellas y cayó al lado de sus pies.
Phoebe bajó la mirada. Aquel papel no parecía pertenecer a la correspondencia.
Se agachó para recogerlo. Era una hoja que estaba doblada varias veces.
La abrió con cuidado y descubrió un papel amarillento, impreso únicamente por una de sus caras.
El texto destacaba por una tipografía mucho más llamativa y ornamentada que la de las cartas, como si se tratara de algún tipo de anuncio.
Leyó la parte superior:
MADAME CELESTINE
SIBILA Y PROFETISA
Consultas sobre el porvenir, los asuntos del corazón y los caminos que aguardan a aquellos cuya fortuna ha sido alterada.
Phoebe frunció el ceño.
—¿Una pitonisa?
Siguió leyendo el pequeño anuncio que hablaba de sesiones privadas, predicciones, cartas, sueños y «visiones concedidas a quienes se encontraban ante un cambio de destino».
También indicaba una dirección en Londres y unas determinadas fechas con horarios en las que Madame Celestine recibiría a sus clientes.
Phoebe nunca había creído en la brujería ni tampoco en las pitonisas.
Sin embargo, teniendo en cuenta que había viajado en el tiempo, era evidente que tal vez había sido demasiado ingenua creyendo que no existía nada más que el mundo que ella conocía.
La Phoebe de hacía un par de semanas jamás hubiera pensado que estaría planteándose ir a visitar a una pitonisa.
Tal vez esa era la mujer que había ayudado a Phoebe Pembroke a intercambiar su vida con la de ella. Bueno, tampoco sabía dónde estaba Phoebe Pembroke, pero quizá esa mujer podría ayudarla.
Giró el papel entre sus dedos, mirando la parte de atrás. Era algo que lo hacía más por costumbre que por otra cosa, ya que solía revisar todos los documentos que recibía por ambos lados. E hizo bien, pues sí que había algo al otro lado. Unas pequeñas líneas escritas a mano:
16 de junio, a las once de la mañana. Ir sola.
Hyde Park, bajo los árboles del extremo norte, cerca del Serpentine.
Entonces Phoebe se dio cuenta de que Phoebe Pembroke se había citado con alguien allí.
Pero aún quedaban seis días, por lo que no había podido acudir a esa cita.
Tal vez no era nada importante, quizá había quedado con una amiga.
Claro que, por lo que iba descubriendo de esa época, no era esa la manera de quedar.
Resopló. Fuera algo importante o una pérdida de tiempo, si para entonces seguía allí, tendría que acudir a esa cita. Volvió a doblar con cuidado el papel de la pitonisa y se lo guardó en el bolsillo que llevaba oculto debajo de la falda. No pensaba perderlo por nada del mundo.
Por ahora, tenía que buscar a la pitonisa y concertar una cita con ella, pero, claro, no tenía la menor idea de cómo hacerlo. Entonces recordó que, por lo que había leído en el papel, el 9 de junio hasta las tres de la tarde recibiría a sus clientes y era 9 de junio por la mañana.
Ya tenía algo que hacer.
Aunque primero tenía que vestirse. No sabía qué vestido ponerse ni cuál era adecuado. Y, además, la mayor parte de los vestidos de esa época tenían un montón de botones por la espalda, imposibles de abrochar por ella misma.
Como si tuviese poderes mágicos, unos nudillos tocaron la puerta y, cuando dio permiso para entrar, la doncella de la noche anterior entró. Mientras le ayudaba a vestirse, Phoebe decidió hablar con ella, ya que tal vez también tenía algo de información que le pudiera interesar.
—Este vestido de color crema es muy bonito —comentó, intentando romper el hielo.
Pero la doncella, que Phoebe había descubierto por su madre que se llamaba Henrietta y que era hermética como ella sola, tan solo se limitó a asentir. En esos momentos, Phoebe echó de menos a Hannah.
—¿Por qué el crema? —probó de nuevo.
Henrietta lo había elegido por ella y ni siquiera le había preguntado.
—Hoy es jueves.
—¿Y?
—Es jueves.
—¡Por Dios, sí que eres una mujer de pocas palabras! —exclamó Phoebe, alzando las manos en el aire. Sabía que ese no era el comportamiento de Phoebe Pembroke y que estaba llamando la atención, pero estaba empezando a desesperarse—. ¿Quieres ser más precisa?
La expresión de Henrietta no titubeó. Ni siquiera alzó levemente una ceja ni pestañeó.
—Milady, usted me ha ordenado que no hable mientras la ayudo a vestirse.
Phoebe Pembroke era una desagradable.
—Pues ahora te ordeno que me respondas.
—Viste de crema los jueves, milady.
—¿Y los viernes?
—De amarillo.
¿Tan metódica era Phoebe Pembroke que tenía un color para cada día?
Phoebe sabía que, para no llamar la atención, debía seguir las costumbres de Phoebe Pembroke, pero se negaba en rotundo a vestir de amarillo. Odiaba ese color, al menos en un vestido entero. Una camiseta amarilla podía pasar, pero un vestido completo, ni de broma. Parecería un girasol.
—A partir de hoy ya no elegiré el color de mis vestidos según el día de la semana.
—Milady… —comenzó Henrietta, pero se detuvo de inmediato, como si se hubiese arrepentido.
—Puedes hablar con confianza.
Henrietta la miró un segundo antes de continuar.
—Su madre nos ha hecho partícipes de la noticia a todos los empleados. La felicito por su compromiso.
Phoebe suspiró. Mira que se había dado prisa.
—Gracias. Y también quiero agradecerte por todo este tiempo que has estado ayudándome a vestirme y a todo lo demás.
La expresión pétrea de Henrietta desapareció durante un instante y Phoebe pudo ver cómo un destello de sorpresa brilló en sus ojos claros.
Era evidente que la verdadera Phoebe Pembroke ordenaba, pero nunca agradecía.
Tampoco podía juzgarla, ya que Phoebe misma tampoco había sido demasiado agradecida en su vida moderna.
No porque fuera desagradable, sino porque su día a día era una carrera constante por ser la mejor, por destacar, y se olvidaba del resto.
¿Cuántas veces había pasado de largo por delante de otra persona sin saludar porque estaba demasiado metida en su teléfono?
¿Cuántas veces había comprado un café por la mañana sin dar las gracias al camarero?
Al pensar en el café, se dio cuenta de algo: no había tomado ni una gota desde que viajó. Ella, que se consideraba una adicta a la cafeína y tomaba cuatro cafés al día, llevaba semanas sobreviviendo a base de té. Té a raudales. Y ni siquiera se había dado cuenta hasta ese momento.
No lo había echado de menos. Cómo no había echado de menos su móvil, ni el ordenador, ni tener Internet.
Se estaba adaptando demasiado bien.
En cuanto Henrietta se marchó, salió de su habitación con una misión en mente: ir adonde la pitonisa.
Bajó las escaleras, ya que no tenía un gran plan. Conocía Londres, sí, pero el de su época. El de la Regencia era otro mundo. Aun así, tenía la dirección. Claro que no podía llamar a un taxi, pero podía encontrar un carruaje.
Ese simple pensamiento le bastó para seguir adelante. Sin embargo, apenas había llegado al vestíbulo cuando una voz la detuvo.
—¿Adónde va, milady?
Phoebe se volvió.
Una mujer de mediana edad —a la que su madre la noche anterior había llamado Lora y que, por lo que había oído, era el ama de llaves— la observaba con expresión severa.
—Tengo recados que hacer.
La mujer la miró como si acabara de anunciar que pensaba atravesar el océano a nado.
—¿Sola? —preguntó, con un tono que dejaba claro que aquello no era una opción aceptable—. No puede salir sola.
—¿Cómo que no puedo salir sola?
—Milady, no sería apropiado.
—¿Por qué?
La ama de llaves pareció no saber cómo explicárselo.
—Una joven no debe abandonar la propiedad sin compañía.
—¿Y quién ha decidido eso?
—No es una cuestión de decisión, milady. Son las normas.
Phoebe abrió la boca, pero volvió a cerrarla.
¿Las normas?
En su época podía salir de casa cuando quisiera. Podía conducir hasta donde quisiese, coger un avión, viajar sola a otro país o salir a las dos de la mañana a comprar un café si le apetecía. Y ahora resultaba que no podía ni cruzar una puerta sin que alguien la acompañara.
—No voy a ir muy lejos.
—Lo comprendo, milady. Pero ni su madre ni su padre se encuentran en la residencia y no han dado su consentimiento para que salga. Su doncella tampoco puede acompañarla sin la debida autorización. Tendrá que aguardar hasta que regresen.
Phoebe se quedó mirando a la mujer estupefacta.
Pensó en saltarse sus recomendaciones y marcharse, pero sabía que no llegaría muy lejos.
Además, no le convenía llamar demasiado la atención o se metería en más problemas de los que ya estaba.
Por la manera en la que aquella mujer la estaba mirando, creía que estaba perdiendo el juicio.
Así que asintió y volvió a subir de nuevo a su habitación.
Había viajado más de doscientos años al pasado, había descubierto que estaba ocupando el lugar de otra mujer y ahora acababa de descubrir que, además, necesitaba permiso para salir de casa. Pero Phoebe no se rindió. Iría a visitar a la pitonisa.
Solo necesitaba utilizar su ingenio.