La maldición del conde (Viajes en el tiempo 3) Capítulo 22 #2
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Capítulo 22 #2

—Sé que te has culpado por ello, pero no tuviste culpa alguna. Sé que todavía te atormenta pensar que murió intentando proteger el anillo que tú le regalaste. Y, aun así, se lo llevaron. —Helen suspiró y bajó la mirada por un instante—. Ojalá algún día aparezca.

—Los ladrones lo venderían.

—Sé que no es muy cristiano decirlo, pero debo confesar que me alegré cuando murieron ahogados, una semana después. Intentaban cruzar el río con el botín que aún no habían conseguido vender. Algunos hombres del condado los habían cercado y, después de tantos robos, finalmente no tenían escapatoria.

—Eran unos asesinos. Yo también me alegro de que estén muertos.

Su madre le soltó las manos para acariciarle la mejilla. Fue un gesto leve, casi imperceptible, pero a Phoebe le bastó para sentir un nudo en la garganta. Porque en ese simple roce pudo sentir toda la ternura y amor que Helen sentía por su hija.

Algo que su propia madre nunca le había ofrecido.

No significaba que no la quisiera, ya que Phoebe nunca había dudado de que su madre la quería.

Pero siempre había tenido la sensación de que se quería más a sí misma de lo que era capaz de quererla a ella.

Su propia vida, sus deseos y sus necesidades habían ocupado siempre un lugar demasiado grande como para dejar espacio a esa clase de amor desinteresado que Helen le estaba mostrando ahora.

—Nunca habías querido hablar de la muerte de Thomas, ni siquiera recordarle en voz alta —continuó su madre—.

Nunca preguntaste por sus asesinos ni qué les ocurrió.

Pero querías recuperar el anillo, querías enterrarlo con él.

Fue lo único que dijiste durante días. Tu padre y tu hermano lo buscaron hasta la saciedad.

Se recorrieron todas las casas de empeño del condado y de Londres, pero no lo encontraron.

Y en esos momentos ocurrió algo mágico. El anillo que Phoebe llevaba en su mano derecha brilló.

Fue un destello leve, rápido, casi imperceptible, como una especie de aviso.

Su madre ni siquiera lo notó. Y Phoebe se quedó mirando su mano, preguntándose si se lo había imaginado.

No, no lo había hecho. El brillo había sido mucho más suave que el día en que viajó, pero estaba segura de haberlo visto.

Era como si el anillo le estuviera recordando que debía encontrar el otro.

Tal vez el anillo estaba intentando mostrarle algo, o señalarle un camino. Por primera vez, Phoebe tuvo la sensación de que no estaba buscando respuestas a ciegas. El anillo acababa de indicarle por dónde empezar.

—Tiene que estar en algún lugar —murmuró Phoebe al cabo de unos instantes—. Me gustaría encontrarlo.

Su madre tragó saliva.

—No he debido traer esos recuerdos de nuevo. Solo es que estoy tan feliz… Thomas trajo la alegría a tu vida, pero con su muerte se la llevó. Tu padre y yo pensamos que morirías de pena. Estabas tan triste, tan decaída, durante tantos años…

Las lágrimas le recorrían las mejillas y Phoebe no pudo evitar alargar la mano y secárselas con el dedo. Su madre sacó un pañuelo del bolsillo de la falda y se secó el resto con él.

—Ahora estoy bien, mamá.

—Sí, lo estás. Más feliz de lo que te he visto nunca. El conde…

—Él no tiene nada que ver con mi felicidad.

—Él no, pero sí el amor que sientes por él. Eso te ha traído la felicidad.

Por Dios. Ella no estaba enamorada de Adrian.

Si parecía más feliz era simplemente porque, a diferencia de la verdadera Phoebe Pembroke, no arrastraba una depresión por un duelo.

Ella era habladora, risueña y no le había hecho falta mucho tiempo para darse cuenta de que, aunque físicamente eran idénticas, Phoebe Pembroke y ella eran como la noche y el día.

—No estoy enamorada.

—Yo tampoco pensaba que lo estaba cuando me casé con tu padre, pero mi corazón estaba profundamente enamorado de él.

—Mamá… —comenzó, pero Helen no la dejó terminar.

—Hay algo más que quería hablar contigo.

Phoebe sabía que ya no podría sacarle más información sobre Thomas. Y no estaba segura de querer oír lo que estaba a punto de contarle, pero tenía que escucharla.

—¿Qué es?

Vio cómo su madre se ponía visiblemente colorada.

—Preparar tu boda va a ocupar todo mi tiempo y quizá no tengamos otro momento a solas. En tres días vas a estar casada y tu marido esperará una noche de bodas. Eres inocente y no…

Ah, no. Eso sí que no.

Phoebe no iba a quedarse quieta a escuchar una charla sobre relaciones sexuales matrimoniales en un siglo donde, con suerte, su madre se limitaría a decirle que se dejara enseñar por el marido.

Levantó la mano derecha de inmediato.

—No hace falta, mamá.

Helen la miró, sorprendida.

—Sé que con Thomas nunca hubo motivo de preocupación. Siempre fue muy respetuoso contigo y supo guardar las formas. Pero con el conde…

—Solo nos dimos un beso.

Y ahora que lo pensaba, qué mala suerte había tenido. Ella no pensaba que los viesen besándose iba a tener esas consecuencias. Pero Adrian conocía lo suficientemente bien las normas de aquella época como para saber el riesgo al que se exponían.

¿Y si la trampa se la había hecho él a ella?

No, era evidente que él no quería casarse con ella. Por Dios, podía haber tenido más cuidado.

—Bien —dijo su madre—. Es mi labor como madre explicarte lo que debes esperar. Va a ser especial…

Phoebe volvió a levantar la mano, interrumpiéndola de nuevo.

Había perdido la virginidad a los diecisiete años en el asiento trasero del coche del padre de su novio. Él acababa de sacarse el carné y la había llevado a un descampado. Era su primera vez, no la de él. Y lo más romántico que se le había ocurrido fue poner unas sábanas en las ventanillas.

Había dolido, había sido incómodo. Y un mes después, él la dejó por otra.

No le extrañaba que no creyera en el romanticismo.

La primera vez nunca era especial, digan lo que digan las madres. Y encima, en aquella época, la mayoría de las mujeres llegaban vírgenes al matrimonio y tenían que ver todos los días la cara del hombre que les había dado una primera vez de mierda.

—Prefiero sorprenderme —respondió, pues estaba desesperada por librarse de aquella charla.

—Phoebe…

—Mamá, es incómodo para ti y yo voy a estar bien.

Su madre soltó un suspiro, como si hubiera estado conteniendo el aliento durante mucho tiempo.

—Me alegra saberlo, porque tampoco estoy segura de si habría conseguido ayudarte o si, por el contrario, habría terminado por confundirte aún más.

No me resulta sencillo hablar de estos asuntos, pero quiero que sepas que puedes acudir a mí siempre que lo necesites.

Sea para hablar de esto o de cualquier otra cuestión que pueda afligirte. ¿Lo sabes, verdad, cariño?

—Lo sé.

Phoebe no pudo evitarlo y la abrazó.

Porque tal vez no era su madre, pero en ese momento sintió que sí lo era.