Capítulo 22
Al día siguiente regresaron a Londres. Phoebe estaba tan enfadada que apenas prestó atención al viaje en carruaje.
Nunca había viajado en uno, aunque le resultó menos incómodo de lo que esperaba. Lento, eso sí. Tardaron cinco horas, lo que, en su época, en su propio coche, habría resuelto en poco más de una.
Porque mientras siguiese allí, ella era la hija de un acaudalado marqués.
Afortunadamente, una doncella la acompañó hasta su habitación. De no haber sido así, habría tenido serios problemas para orientarse. La casa —que en realidad era una mansión— se extendía a través de varios pasillos largos y casi idénticos, todos iluminados por la misma luz tenue de las velas.
Su doncella la ayudó a desvestirse. A diferencia de Hannah, no habló.
Ni siquiera se presentó, aunque, por supuesto, se daba por hecho que ya se conocían.
Parecía respetar que a lady Phoebe Pembroke le gustase el silencio.
No era su caso, pero le vino bien. Estaba demasiado cansada para mantener una conversación.
Cuando se despertó al día siguiente, la luz del sol se filtraba por las ventanas. Phoebe se incorporó con lentitud y se puso la bata que había quedado doblada al pie de la cama. Mientras se ajustaba el cinturón, observó la habitación con más atención que la noche anterior.
Había un pequeño escritorio junto a una de las ventanas, con un tintero de porcelana, varias plumas y un papel secante.
Frente a él, una silla de respaldo alto.
En la pared opuesta se alzaba un armario de madera oscura y, junto a la chimenea, un sillón tapizado.
Junto a la cama había un tocador con un amplio espejo, peines y cepillos cuidadosamente ordenados.
Sin saber mucho de muebles, Phoebe podía reconocer la calidad de la madera, el cuidado de los acabados y el lujo que impregnaba cada detalle de la habitación.
El ruido de unos nudillos golpeando la puerta la sacó de su ensoñación.
—Cariño, ¿puedo pasar?
—Adelante.
Su madre postiza abrió la puerta, entró en la habitación y la cerró tras de sí.
—¿Has dormido bien? —le preguntó.
—Sí, mamá.
A Phoebe le seguía sorprendiendo la facilidad con la que esa palabra salía de su boca. Y, más aún, lo natural que le resultaba, como si aquella mujer llevase siendo su madre toda la vida.
—Traigo buenas nuevas, cariño. Tu padre y tu hermano han salido esta mañana al alba para hablar con el arzobispo de Canterbury y acaban de regresar con la noticia de que han conseguido una dispensa especial.
—¿Qué? —Phoebe no estaba del todo segura de a qué se estaba refiriendo. Aún le costaba familiarizarse con ciertos términos.
Sin embargo, Helen no pareció notar su confusión.
—El conde de Whitmore, por supuesto, ha ido con ellos, a pesar de que acaba de llegar a Londres apenas unas horas antes.
Adrian se había quedado en la casa de campo cuando ella se marchó y estaba segura de que permanecería allí. Por lo visto, se había equivocado. Debía de haber salido pocas horas después de ellos.
—Mamá, no estoy segura de entenderte —intentó de nuevo Phoebe.
Helen se acercó a ella y sostuvo sus manos con una gran sonrisa para anunciar:
—La boda será dentro de tres días. ¿No es maravilloso?
—No.
La palabra salió más alta de lo que pretendía, a la vez que apartaba las manos de las de su madre.
—Sé que es poco tiempo y no podremos celebrar una gran boda. —Al parecer, su madre postiza no estaba comprendiendo el motivo de su rechazo—. Tu padre y yo hemos pensado que lo mejor es que el clérigo venga a nuestra casa. La celebraremos en el jardín, solo con la familia y los amigos más cercanos.
—No —repitió Phoebe, porque lo cierto era que no sabía qué otra cosa decir.
—Puedes usar mi traje de novia. La costurera solo tendrá que hacer algunos ajustes. Claro que, si prefieres uno nuevo, también lo tendrás. Pagaremos lo que sea necesario para que esté listo a tiempo.
El vestido de novia era lo último que le importaba. Phoebe había contado con que la boda tardaría al menos varias semanas, tiempo suficiente para encontrar la manera de regresar a su época. Pero tres días… Eso era demasiado poco.
—Mamá, no me voy a casar. No quiero.
Su madre la miró fijamente. Su entusiasmo se evaporó y una expresión de cautela se dibujó en su rostro.
—¿Te obligo? —le preguntó con voz baja.
—¿Cómo?
—¿Te obligo a que lo besases?
—No, mamá, por supuesto que no. —Adrian podía ser muchas cosas, pero jamás la obligaría a hacer algo que no quería.
Su madre suspiró, aliviada.
—¿Te desagrada?
—No.
—Cariño, entonces, ¿qué es lo que te inquieta?
—Él tampoco quiere casarse conmigo. Creo que piensa que le he tendido una trampa.
—Tú nunca harías algo así. Y Adrian lo sabe, pero los caballeros pueden ser muy tozudos. Estaba decidido a no casarse y…
—Ahora se ve obligado a ello.
Su madre esbozó una sonrisa.
—Es un conde, cariño, y uno de gran posición. No importa en qué encrucijada lo haya puesto tu padre; si contrae matrimonio contigo, será porque así lo desea.
Phoebe se sentó al borde de la cama.
No creía que Adrian quisiese casarse con ella, pero, aunque fuese así, no cambiaba nada. Ella no creía en el matrimonio; además, apenas conocía a ese hombre. Y solo se habían dado un beso, por Dios. Ni siquiera sabía si eran compatibles en la cama.
Negó con la cabeza. ¿Qué importaba eso?
Era lo de menos.
¿Y por qué pensaba en ello?
No porque le preocupara que el sexo fuera malo… sino porque estaba bastante segura de que sería bueno. Probablemente, el mejor de su vida. Podría casarse solo por la noche de bodas.
Aunque ella no iba a casarse. Técnicamente, con quien Adrian se casaba era con Phoebe Pembroke.
—Aun así, no debo contraer matrimonio —susurró para sí misma.
Su madre la escuchó y se sentó a su lado.
—Sé que lo echas de menos, cariño. Pero han pasado cinco años. Thomas desearía que siguieras con tu vida. Eres una mujer joven, mereces volver a encontrar la felicidad.
Esas palabras hicieron que Phoebe alzara la mirada hacia Helen, olvidándose por un instante de su boda con Adrian. Porque, en aquel momento, se dio cuenta de que tenía la oportunidad perfecta para sacar información sin que esta sospechara que algo raro ocurría.
—Eso no lo sabes, mamá —dijo, tratando de seguirle la corriente—. Quizá Thomas desearía que no me casara nunca.
Su madre negó con la cabeza.
—No digas eso, cariño. Thomas siempre quiso verte feliz. Ya desde que erais niños velaba por ti. —Extendió la mano y apretó con suavidad la rodilla de Phoebe—. Todavía recuerdo la primera vez que os visteis. Tú apenas tenías ocho años, ¿lo recuerdas?
No, no lo recordaba porque no lo había vivido. Pero, claro, no le podía decir eso.
—Hay recuerdos de él que me cuesta recordar.
—Tienes razón. —Le dio una suave palmada en la rodilla—. Será mejor no remover el pasado. Aún debe de resultarte doloroso hablar de él.
Phoebe se maldijo por dentro.
¿Cómo podía estar haciéndolo tan mal? En el tribunal era capaz de conseguir que un testigo terminara revelando hasta aquello que había jurado no contar.
Sabía qué pregunta formular, cuándo guardar silencio y cuándo insistir hasta encontrar la grieta en el relato del otro.
Había logrado desmontar testimonios mucho más difíciles que aquella conversación.
Y, sin embargo, parecía incapaz de conseguir que su propia madre le contara una simple historia de su pasado sin levantar sospechas. Tendría que hacerlo mejor.
—Recuérdamelo, mamá —le pidió, estirando los brazos y sujetando las manos de ella. Aún le resultaba extraño tener esas muestras de cariño con su madre postiza, pues habían sido inexistentes con su madre real, pero era algo que le gustaba—. Recuérdame cómo fue la primera vez que nos conocimos.
No se lo tuvo que pedir una segunda vez.
—Tenías ocho años y él nueve. Aunque éramos vecinos en el campo, nunca os habíais visto antes.
Apenas hablabas, eras una niña muy callada.
Tu padre y yo estábamos preocupados; pensábamos que tal vez había algo más que simple timidez.
Pero, un día, los vizcondes de Granville vinieron de visita con sus hijos mellizos, Thomas y Percy Hale, que eran un año mayores que tú.
Como solía suceder cuando recibíamos visitas, te retiraste a tu habitación.
Sin embargo, aquella tarde te animaste a salir al jardín con ellos y con tu hermano.
Te sentaste en el porche, en una silla, y te quedaste observándolos mientras jugaban.
Percy y tu hermano subieron a la casa del árbol, mientras Thomas se acercó a ti y tomó asiento a tu lado.
No sé qué te dijo ni qué ocurrió, pero a partir de ese momento empezaste a hablar más.
Y Thomas se convirtió en tu mejor amigo.
—Su madre hizo una pequeña pausa, como si esperase que Phoebe añadiera algo, pero cuando no lo hizo, continuó—.
Siempre sonreías cuando venía de visita.
Yo sabía que acabaríais casados. Una madre siempre sabe esas cosas.
—Se rio suavemente—. Pidió tu mano cuando cumpliste dieciocho, ese día lo recuerdas, ¿verdad? Fue el día más dichoso de tu vida.
No, por supuesto que no lo recordaba. Pero escuchando a Helen supo que Phoebe Pembroke había encontrado en Thomas su alma gemela. Esa que ella, la moderna, pensaba que no existía. En la que no creía. Y lady Phoebe no había tenido la oportunidad de disfrutar de ese amor.
Tal vez Thomas y Phoebe habrían sido de esas raras personas que hubiesen disfrutado de un matrimonio feliz. Pero la muerte de Thomas les había arrebatado esa oportunidad demasiado pronto.
—Su muerte fue injusta. —No pudo evitar decir en voz alta, apretando los labios con fuerza.
Podía sentir el dolor de Phoebe Pembroke. Podía sentir su angustia.
—Lo fue, cariño. —Su madre apretó sus manos, que no recordaba seguir sosteniendo—. Aquellos bandidos atracaron su coche de caballos y lo mataron solo porque…
Se interrumpió de golpe, como si de repente se hubiera dado cuenta de que no estaba sola en la habitación, como si hubiera estado hablando consigo misma mientras recordaba.
—¿Por qué? —preguntó Phoebe.