La maldición del conde (Viajes en el tiempo 3) Capítulo 21
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Capítulo 21

Phoebe tenía la sensación de que estaba metida en un marrón.

Aunque no entendía muy bien en cuál.

Se encontraban en una de las salas privadas de Whitmore Hall, sentados alrededor de una pequeña mesa como si estuvieran a punto de celebrar una reunión de Estado.

Su madre permanecía junto a la ventana, con las manos entrelazadas frente al cuerpo y una expresión de preocupación que Phoebe no había visto en ella desde que había llegado a aquella época.

Su padre estaba sentado frente a ella, serio y silencioso.

Nathaniel ocupaba una de las butacas cercanas a la chimenea, con los brazos cruzados y una expresión inusualmente tensa.

Por primera vez desde que Phoebe lo conocía, no había rastro de diversión en su rostro.

Charlotte se encontraba sentada en una butaca al lado de este, en silencio y con expresión de inquietud.

Y Adrian… Phoebe lo miró por primera vez desde que habían entrado en la sala.

Estaba de pie junto a la repisa de la ventana, con la mandíbula tensa y una expresión tan impenetrable que Phoebe hubiera dado un millón de libras por saber qué pensaba.

¿Se habría arrepentido del beso? A Phoebe no debería importarle, debería darle igual, pero había una parte de ella a la que le importaba.

—Creo que todos somos conscientes de la gravedad de lo ocurrido. —Fue su padre, George, quien rompió el silencio.

Phoebe hizo una mueca. Gravedad, gravedad… Por favor, si solo les habían pillado dándose un beso; ni siquiera había habido manoseo.

Pero se dio cuenta de que lo más sensato sería quedarse callada, teniendo en cuenta la situación. Así que se quedó quieta en la butaca en la que su madre postiza le había indicado que se sentara en cuanto entraron en la sala.

—No pienso excusar mis actos. —Adrian se giró hacia George—. No pretendo restarle importancia ni eludir la responsabilidad que me corresponde.

George asintió.

—Entonces contraerá matrimonio con mi hija.

Phoebe abrió los ojos como platos. ¿Matrimonio? ¿Había dicho matrimonio?

Tenía que haber entendido mal.

—¡¿Qué?! —prácticamente gritó.

Pero ninguno de los presentes le prestó la menor atención, ya que Adrian habló.

—No, no pienso casarme con lady Phoebe.

George permaneció en silencio durante unos instantes. Después se inclinó ligeramente hacia delante, apoyando los antebrazos sobre las rodillas.

—Mi hija ha sido vista en una situación comprometida con usted. Su reputación está en juego y, si mañana abandona esta casa sin que usted haga nada al respecto, será ella quien cargue con las consecuencias.

Adrian apretó la mandíbula.

—Soy consciente de ello.

—No estoy seguro de que lo sea. Porque si lo fuera, comprendería que no basta con reconocer la imprudencia. Un caballero responde por sus actos, especialmente cuando esos actos pueden perjudicar a una dama.

—Vuelvo a repetirle que lamento profundamente lo ocurrido, milord. No pretendía comprometer a lady Phoebe ni mucho menos causarle perjuicio alguno. Asumo plenamente mi responsabilidad por lo sucedido y no pienso ocultarme tras ninguna excusa. Pero no puedo casarme con ella. Espero que me comprenda.

—¡¿La mancilla y después pretende desentenderse?! —estalló Nathaniel, levantándose—. ¡No permitiré que manche el honor de mi hermana y después se marche como si nada hubiera sucedido!

Adrian permaneció inmóvil, con la mandíbula apretada y la mirada fija en Nathaniel. Sabía que no había palabras capaces de apaciguar su furia en aquel momento, y tampoco estaba dispuesto a defenderse con excusas.

—¡Le reto a duelo! —Nathaniel avanzó un par de pasos hacia Adrian.

Phoebe no daba crédito a lo que estaba escuchando.

—Acepto —respondió Adrian; ni siquiera había la menor duda en su voz—. Comprendo su indignación y que quiera defender el honor de su hermana. No pretendo impedirle que lo haga.

¿Pero qué honor? Phoebe no quería que nadie defendiese su honor.

—Al amanecer, entonces. —Nathaniel parecía decidido—. En los terrenos del este. Llevaré a mi padrino y espero usted que haga lo mismo.

—Así será.

—Y no espere que me deje convencer por disculpas cuando me encuentre frente a usted con una pistola en la mano.

—Nathaniel… —trató de intervenir Helen, pero su hijo no la estaba escuchando.

—Aceptaré las consecuencias, ya se lo he dicho —dijo Adrian.

—Bien, porque pienso disparar.

—No vas a disparar a mi hermano —dijo Charlotte, levantándose también de su asiento—.

Y tú —añadió, señalando a Adrian—, tampoco vas a disparar a mi prometido.

Nadie va a retar a nadie a un duelo. Si es necesario, esta misma noche informaré a las autoridades.

El duelo está prohibido, y si os pasáis la noche entre rejas, no podréis retaros a nada.

Phoebe soltó el suspiro que estaba conteniendo.

—Por fin alguien cuerdo.

Fue a decir algo más, pero Charlotte no se lo permitió.

—Vas a casarte con mi hermano —le dijo.

—No, yo…

—No vamos a casarnos —la interrumpió Adrian.

—Entonces el duelo tendrá lugar —dijo Nathaniel.

—¡Suficiente! —George se levantó, y era la primera vez que Phoebe lo escuchaba alzar la voz—.

No habrá ningún duelo. —Nathaniel fue a replicar, pero no se lo permitió—.

Te casarás con mi hija. —Su voz fue contundente cuando miró a Adrian—.

Y si te niegas, Nathaniel no contraerá matrimonio con tu hermana Charlotte.

Es mi última palabra y no pienso reconsiderarla.

Tienes hasta mañana por la mañana para tomar una decisión. Que pasen una buena noche.

Sin concederle la oportunidad de responder, se dio la vuelta y abandonó la estancia.

Nathaniel, que no estaba de acuerdo con aquellas palabras, siguió a su padre en un intento de intentar hacerle entrar en razón.

—¿Estás bien, cariño? —Helen se acercó a Phoebe, mirándola con preocupación.

—No lo sé. —Phoebe, que aún seguía sentada en la butaca, se pasó las manos por el rostro—. Todo esto es una locura.

—Sé que hará lo correcto. —Helen le dedicó una última mirada a Adrian y se marchó por la puerta que su marido y su hijo habían dejado abierta.

—Vais a casaros —dijo Charlotte.

—No —respondieron los dos a la vez.

Charlotte fijó la mirada en su hermano, que seguía junto a la ventana. Afuera reinaba la oscuridad. La luna permanecía oculta entre las nubes, ensombreciendo aún más el jardín y el resto de la propiedad.

—Vais a hacerlo —insistió ella—. Sois los únicos culpables de cometer una indiscreción como la que habéis cometido y asumiréis las consecuencias.

—Por todos los santos, solo ha sido un beso —resopló Phoebe—. ¿Por qué tanto revuelo?

Tanto Charlotte como Adrian la miraron como si le hubiese crecido otra cabeza.

—No puedo casarme —dijo Adrian.

—Y yo no pienso hacerlo —respondió Phoebe.

Charlotte suspiró.

—Si me veo obligada a huir a Gretna Green para casarme con mi prometido, lo haré. Pero os juro por Dios que no os hablaré a ninguno de los dos nunca más.

Adrian miró a su hermana.

—No vas a casarte a escondidas. No permitiré que la sociedad te haga de menos por mi culpa.

—Sé que no lo harás. Como tampoco permitirás que la reputación de Phoebe se vea comprometida.

—No me importa mi reputación —añadió Phoebe.

—Lady Somertiend os ha visto besaros. Mañana mismo viajará a Londres para poder contar el chisme por todos los salones —les recordó Charlotte—. Si no te casas con mi hermano, no volverán a invitarte a un baile y serás rechazada de la sociedad.

—Mejor —masculló Phoebe. Ni que eso le importara.

Aunque no estaba segura de si a la verdadera Phoebe Pembroke le parecería tan bien como a ella. Pero bastante tenía ella en esos momentos con preocuparse por sí misma.

—Nos casaremos —espetó Adrian con amargura.

Charlotte sonrió.

—Haces lo correcto. Voy a contárselo a Nathaniel.

Charlotte salió del despacho a toda prisa y cerró la puerta tras ella.

—No vamos a casarnos —le dijo Phoebe cuando se quedaron a solas.

—Deja ya esa farsa. —Adrian se giró hacia ella mientras hacía un ademán con la mano—. Ya tienes lo que deseabas.

Phoebe no supo qué fue, si la condescendencia que empleó en su tono o la forma en la que la miró, que hizo que la ira recorriera su cuerpo, y se levantó, enfrentándose a él.

—¿Y qué deseaba exactamente?

—Que pidiera tu mano.

—No has pedido mi mano.

—¿Eso es lo que deseas? ¿Que hinque la rodilla y te pida que te cases conmigo?

—le preguntó con ironía—. ¿Por eso estos días discutías conmigo para llamar mi atención?

¿Por eso me mirabas como si me deseases?

—Soltó una risa sin humor—. Me casaré contigo, pero jamás hincaré la rodilla ante ti.

Serás la condesa de Whitmore, tendrás lo que realmente has deseado, pero será un matrimonio solo en el papel.

Phoebe quería golpearlo hasta que suplicara clemencia, pero no iba a hacerlo. No iba a darle ese gusto.

—Puedes meterte el condado por el culo —dijo ella, provocando que él se quedase estupefacto. Dudaba que nadie le hubiese dicho esas palabras antes—. Y lo único que deseo ahora mismo es no volver a verte. No sé cómo me has podido parecer atractivo. Eres un imbécil.

Antes de que pudiese decir algo, abrió la puerta y se marchó del despacho.

Ella no iba a casarse con él. No podía obligarla.

¿O sí podían?

Fuera como fuese, esperaba encontrar la manera de regresar a su época antes de que eso sucediese. Porque, si no, acabarían metiéndola en la cárcel por asesinarlo en la noche de bodas.