La maldición del conde (Viajes en el tiempo 3) Capítulo 20
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Capítulo 20

El jardín estaba iluminado por farolillos de papel y antorchas dispuestas a lo largo de los senderos. La luz era suave, dorada, suficiente para ver el camino y las siluetas de los setos.

Podían la música y el murmullo de las conversaciones procedentes del interior, pero, a medida que se alejaban, el ruido se iba apagando.

Adrian avanzó por el camino de grava sin soltarle la mano, como si el simple hecho de seguir caminando pudiera posponer la conversación que ambos sabían que se avecinaba.

El crujido de las piedras bajo sus pasos era el único sonido cercano.

Phoebe lo siguió unos metros más, todavía con los dedos entrelazados a los suyos, hasta que la tensión se le hizo insoportable.

Entonces se detuvo en seco y se liberó de su agarre con un movimiento firme.

Él dio un par de pasos más antes de notar la ausencia y girarse hacia ella.

—¿Qué haces? —preguntó Phoebe, aún con el pecho agitado por el baile y por la forma en que la había arrastrado hasta allí.

Adrian no le respondió de inmediato. Se pasó una mano por el pelo, deshaciendo un poco el orden impecable que había mantenido durante toda la noche, y miró hacia los árboles como si buscara una respuesta entre las hojas.

—Al diablo si lo sé —masculló con los dientes apretados.

—¿No lo sabes? —Phoebe soltó una risa corta, incrédula—. Estás actuando como un niño.

Adrian giró la cabeza hacia ella. La distancia entre ambos no era grande. Apenas un par de pasos. Lo suficiente para que ella pudiera ver la tensión en su mandíbula y la forma en que sus ojos no se apartaban de los suyos.

—Un niño —repitió él, con voz baja.

—Sí. Un niño caprichoso que, como no hago lo que él quiere, me arrastra por un jardín a oscuras.

—No está a oscuras. —Adrian señaló el farolillo que colgaba de una de las ramas más bajas del árbol más cercano con la barbilla.

—No es la cuestión.

Él dio un paso hacia ella, pero Phoebe no retrocedió, pues no pensaba darle esa satisfacción.

—¿Y cuál es la cuestión, Phoebe?

—Que no puedes tenerlo todo. No puedes ignorarme y, al mismo tiempo, pretender que me quede sola, sin hablar ni bailar con otro hombre, solo para no ofenderte.

Estaba enfadada. Y lo peor era que ni ella misma entendía del todo por qué.

Entre ella y Adrian no podía suceder nada. Era mejor que mantuvieran las distancias.

Pero aquel baile, la forma en que él la había sujetado, la seguridad con la que la había guiado, el calor de su mano en la espalda habían removido algo que ella prefería no examinar demasiado de cerca.

Pero lo que sí sabía era que necesitaba más de él.

Y aunque era consciente de que estaba cometiendo un error, de que se arrepentiría después, no quería huir como había hecho en la biblioteca.

No podía. Porque por primera vez en su vida estaba empezando a sentir algo real.

—Tienes razón —reconoció Adrian al cabo de un momento—. No puedo tenerlo todo.

—Pues entonces hemos terminado de hablar aquí. —Phoebe fue a girarse para regresar al interior, pero él no se lo permitió.

—No. No hemos terminado, solo hemos comenzado.

Phoebe sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el fresco de la noche.

—¿Qué hemos empezado?

Adrian dio otro paso. Ahora estaban peligrosamente cerca. Ella podía oler el leve aroma de su perfume, algo limpio y amaderado, y sentir el calor que desprendía su cuerpo a través de la tela del frac.

—Tenías toda la razón antes, estoy celoso —dijo al fin, con una honestidad tan brusca que a Phoebe se le trabó la respiración—. Muy celoso. Y no me gusta verte con otros hombres.

Ella lo miró en silencio unos segundos, procesando lo que acababa de oír.

—No quieres nada conmigo —dijo despacio—. Me lo has dejado bastante claro, pero tampoco quieres que otro se acerque. Eso es egoísta.

—Lo sé.

—¿Lo sabes y aun así lo dices?

—Sí.

Phoebe sacudió la cabeza.

—Eso no tiene ningún sentido.

—No, no lo tiene.

Se movió un poco hacia la izquierda, rodeándola sin tocarla, como si necesitara caminar para no hacer otra cosa. Phoebe giró sobre sí misma para no perderlo de vista. El farolillo más cercano proyectaba su sombra alargada sobre la hierba.

—¿Te sientes atraída por Harrington? —preguntó él de pronto.

La pregunta la tomó por sorpresa.

—Eso no debería importarte.

—Respóndeme.

—No tengo por qué darte una respuesta —dijo ella con el único fin de molestarle.

Quería enfadarlo, aunque ni siquiera ella entendía bien la razón.

Adrian se detuvo frente a ella. La diferencia de altura la obligaba a alzar la barbilla. Su expresión era seria, casi severa, pero había algo en sus ojos que no era frialdad.

—Respóndeme —repitió, más bajo.

Phoebe sintió el corazón latirle con fuerza en los oídos. Podría haber mentido. Podría haber dicho que sí, solo para herirlo. O podría haberse negado otra vez. En cambio, se quedó callada un instante demasiado largo.

Él levantó una mano. No de forma brusca. Con una lentitud deliberada, rozó con los dedos la línea de su mejilla, apenas un roce, como si comprobara que estaba ahí de verdad.

—Dime la verdad —pidió.

La voz le había cambiado. Ya no sonaba tan controlada.

Phoebe tragó saliva. El contacto era mínimo, pero le quemaba la piel.

—No —susurró—. No me siento atraída por Frederick.

Adrian no apartó la mano. Su pulgar se movió un milímetro, rozando el pómulo.

—Entonces, ¿por qué insistías en acompañarlo?

Phoebe cerró los ojos un segundo. Cuando los abrió, ya no tenía fuerzas para seguir fingiendo.

—Porque quería molestarte, quería que reconocieses que te sientes tan atraído por mí como yo por ti.

El silencio que siguió fue absoluto. Ni siquiera el viento parecía atreverse a moverse entre los árboles.

Adrian la miró como si acabara de recibir un golpe. La mano que aún tenía en su mejilla se tensó ligeramente, y por un momento Phoebe pensó que iba a apartarla. No lo hizo.

—Te sientes atraída por mí. No deberías decir eso.

—Tú me lo has preguntado.

—No importa, no deberías decirlo.

—¿Qué esperabas oír? ¿Qué no sentía nada? ¿Qué me da igual que me mires como si quisieras besarme y luego te comportes como si no existiera?

Adrian exhaló despacio. Su frente casi tocaba la de ella.

—Sé perfectamente que existes. ¡Por todos los diablos, cómo no iba a saberlo!

—La voz le salió áspera, como si cada palabra le costara pronunciarla—.

Cada vez que entras en una habitación, reparo en ti.

Cada vez que oigo tu risa al otro lado del pasillo, sé que estás cerca.

Y precisamente por eso debería mantenerme alejado de ti.

Levantó una mano y rozó con los dedos la línea de su mandíbula.

—Yo también debería mantenerme alejada de ti.

—Pero no lo haces.

—No quiero hacerlo más.

—No puedo ofrecerte lo que te mereces —volvió a decir él, pero esta vez sonaba con menos convicción.

—Lo que merezco es que dejes de fingir que esto no está pasando. Que la atracción que sentimos no es especial.

Él cerró los ojos. Por un segundo pareció estar librando una batalla interna. Cuando los volvió a abrir, la decisión ya estaba tomada.

La mano que tenía en su mejilla se deslizó hasta la nuca, hundiendo los dedos en su cabello. La otra se posó en su cintura, tirando de ella con suavidad, pero sin dejar lugar a dudas.

Phoebe no se resistió.

Cuando sus labios se encontraron, no fue un beso suave ni titubeante.

Fue el resultado de días de tensión acumulada, de miradas evitadas y palabras no dichas.

Adrian la besó con una urgencia contenida que se desbordó de golpe: primero con una presión firme, casi desesperada, y después con una lentitud más peligrosa, como si quisiera memorizar el sabor de su boca.

Phoebe le correspondió sin dudar, aferrando las solapas de su frac con ambas manos.

Había besado a varios hombres antes. Ninguno de ellos besaba tan bien, pero, lo más importante, ninguno le había hecho sentir de esa manera.

Porque no era solo habilidad. Era algo más profundo, más peligroso.

Como si su cuerpo hubiera estado esperando exactamente ese contacto y, ahora que lo tenía, se negara a dejarlo ir.

La lengua de Adrian rozó la suya con una seguridad que le robó el aliento, y ella le respondió con la misma intensidad, dejándose arrastrar por las sensaciones que se extendían por todo su cuerpo.

Un calor bajo en el estómago. Un cosquilleo en la piel.

El corazón latiéndole con tanta fuerza que estaba segura de que él también podía sentirlo.

Cada roce de sus labios, cada leve inclinación de su cabeza, parecía diseñado para desarmarla un poco más.

Ella ya había sospechado que besar a Adrian cambiaría su mundo. Por eso había huido en la biblioteca. Pero lo cierto era que su imaginación se había quedado muy lejos de lo que estaba sintiendo en ese momento.

No era solo el calor de su boca ni la forma en que sus labios se movían sobre los suyos. Era la sensación de que algo dentro de ella se desordenaba por completo: un temblor bajo la piel, un vacío dulce en el estómago, la certeza absurda de que, si se separaban, algo esencial se rompería.

Se inclinó más hacia él, eliminando el poco espacio que aún quedaba entre ambos. El calor de su pecho contra el de ella, la firmeza de su mano en la cintura, la forma en que sus dedos se cerraban ligeramente en su nuca; todo era demasiado intenso y, al mismo tiempo, no suficiente.

Adrian la atrajo aún más contra su cuerpo. El beso se profundizó, más lento, más demandante. Phoebe soltó un leve gemido contra su boca, y él le respondió con otro, grave y contenido, como si también estuviera perdiendo el control.

Porque ambos lo estaban perdiendo. Y para dos personas acostumbradas a tenerlo todo bajo control, aquello resultaba tan aterrador como irresistible.

Adrian inclinó un poco más la cabeza, profundizando el beso una vez más, y Phoebe se aferró con más fuerza a las solapas de su frac, respondiendo con la misma urgencia. El mundo se había reducido al calor de su boca, al roce de sus cuerpos y al latido desordenado de su propio corazón.

Hasta que un carraspeo discreto, pero deliberado, cortó el aire.

Adrian se separó de ella de inmediato. Phoebe abrió los ojos, todavía aturdida, y ambos se giraron hacia el origen del sonido.

A unos metros de distancia, iluminados por la luz de una de las antorchas, se encontraban cuatro personas.

El primero era el hombre al que todos llamaban su padre; el marqués Ravenhurst, con el ceño fruncido y una expresión que oscilaba entre la sorpresa y la severidad.

A su lado, el conde de Sonet. Detrás de ellos, una pareja de aspecto distinguido, también de mediana edad, a los que ella no reconoció en absoluto.

Los hombres observaban con evidente asombro. La mujer, en cambio, sonreía como si acabara de convertirse en testigo del mayor chisme de la temporada.

El silencio se hizo pesado y largo hasta que George dio un paso al frente. Con cuidado, pero con firmeza, sujetó a su hija del brazo y la alejó del conde.

—Whitmore —dijo al fin, con voz controlada—, usted y yo tenemos mucho de lo que hablar.

Adrian permaneció inmóvil. Durante un instante, su mirada se encontró con la de Phoebe.

En sus ojos apareció algo que ella no supo interpretar: una mezcla de resignación y una preocupación que, hasta ese momento, no había visto en él.

Después enderezó los hombros, se recompuso el frac con un asentimiento seco mientras dirigía la atención hacia el marqués.

Phoebe no tenía la menor idea de lo que esas palabras significaban, pero iba a descubrirlo esa misma noche.