La maldición del conde (Viajes en el tiempo 3) Capítulo 19 #2
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Capítulo 19 #2

Charlotte bajó la mirada con una sonrisa que no pudo disimular. Se le suavizaron las facciones y, por un instante, pareció olvidarse por completo de que no estaban solos.

Phoebe los observó. En cualquier otro momento, una frase semejante le habría parecido empalagosa. Probablemente, habría puesto los ojos en blanco y se le habría ocurrido una frase lo suficientemente ingeniosa como para burlarse de ellos.

Pero no aquella noche. De hecho, verlos despertaba en ella un anhelo que nunca antes había sentido. ¿Qué le estaba pasando?

Por suerte, la música llegó a su fin y los últimos acordes se desvanecieron por el salón, y Nathaniel se giró hacia Charlotte.

—¿Me concederías el siguiente baile?

—Es un vals —respondió ella, mordiendo su labio inferior—. No tengo permiso para bailarlo.

—Eres mi prometida, y estamos en el campo. Nadie se va a escandalizar si nos tomamos una pequeña licencia.

Charlotte dudó un instante, pero finalmente, con una sonrisa tímida, asintió. Nathaniel le ofreció el brazo y ambos se dirigieron hacia el centro del salón.

Justo en ese momento, Frederick apareció a su lado.

—Este es el baile que me prometió, lady Phoebe.

Lo cierto era que a ella no le apetecía bailar con él. Y no solo porque no supiera bien esa pieza. Sabía lo que era un vals —bailar cerca, dar vueltas— y el resto era cuestión de seguir a la pareja, pero no quería bailar con él.

No quería bailar con nadie. Bueno, eso no era del todo cierto.

—No tengo permiso para bailarlo —dijo, usando las mismas palabras que había oído a Charlotte. Igual colaba.

—Tiene veinticuatro años —respondió Frederick—. No necesita permiso para ello.

Phoebe se arrepintió enseguida de haberle confiado su edad. ¿Cómo iba a saber ella que a partir de cierta edad ya no hacía falta pedir autorización? En realidad, hasta hacía un momento ni siquiera sabía que existía tal norma.

—¿Hay algún problema? —preguntó una voz grave a su espalda.

Phoebe se giró. Adrian se había acercado sin que lo notara. Llevaba el mismo frac oscuro de antes, pero de cerca resultaba aún más imponente.

—Ninguno, milord —dijo Frederick con cortesía—. Lady Phoebe me ha concedido este vals.

Adrian miró a Phoebe, luego a Frederick y, por último, al carné de baile que aún colgaba de su muñeca. Sin pedir permiso, lo tomó entre los dedos y lo abrió.

—No veo su nombre aquí, Harrington.

Aunque Phoebe no tenía demasiadas ganas de bailar con Frederick, tampoco iba a permitir que Adrian se entrometiera en algo que no era asunto suyo.

—No le ha dado tiempo a apuntarlo —aclaró, alzando la barbilla—, pero he reservado este vals para él.

En ese momento, sonaron los primeros acordes y Frederick le ofreció el brazo.

—Lady Phoebe…

Pero Adrian seguía sujetando el carné y, con él, su muñeca. Phoebe no podía moverse.

—Suéltelo —le ordenó Phoebe en voz baja.

Pero en lugar de soltarlo, Adrian sacó el pequeño lápiz y escribió su propio nombre en la línea del vals.

—Ahora sí está ocupado —dijo, devolviéndole el carné.

—Eso es una falta de consideración, milord —protestó Frederick, tensando la mandíbula.

Adrian ni siquiera lo miró, sino que le ofreció su brazo a Phoebe.

—Creo que me debe este baile.

Y, sin esperar respuesta, la guio hacia el centro del salón.

La mano de Adrian se posó en su espalda, firme y segura, mientras la otra sostenía la suya con una presión que no resultaba sofocante, pero tampoco dejaba lugar a dudas. Phoebe apenas tuvo tiempo de reaccionar cuando él la hizo girar al compás de la música.

Se dejó llevar. Él marcaba cada paso con una precisión casi natural, como si llevaran años bailando juntos.

—¿Qué estás haciendo? —preguntó ella en voz baja, sin dejar de mirarlo.

—Bailar —respondió él con total serenidad.

—Eso ya lo veo. —Phoebe alzó la vista hacia su rostro—. ¿Pero por qué te has apropiado del baile que le había concedido a Frederick?

—No deseabas bailar con él.

—No deseaba bailar con nadie.

Adrian no respondió.

Siguieron girando en silencio. La música los envolvía y, por un instante, el resto del salón pareció desvanecerse.

Phoebe trató de ser indiferente a Adrian, de la misma manera que él lo era con ella, pero era incapaz de no reaccionar a su cercanía.

Cada paso que él daba la obligaba a seguirlo, a adaptarse a su ritmo y, aunque parte de ella se resistía, otra parte —más traicionera— se dejaba arrastrar sin oponer resistencia.

Nunca había pensado que un baile pudiera sentirse así. Tan cercano, tan íntimo, tan real.

Era mucho más que un baile. Era como si sus cuerpos se reconocieran, como si hablaran un idioma que ella no sabía que conocía.

—Me has evitado estos días, desde que estuvimos en la biblioteca. —Las palabras salieron de sus labios antes de poder retenerlas.

—Soy un hombre ocupado.

Mentira. Él la había estado evitando.

Phoebe no era tonta y no pensaba permitir que se lo negara a la cara. Así que decidió dejarse de rodeos y decir de una vez lo que llevaba todo ese tiempo pensando.

—Te sientes atraído por mí, pero no quieres reconocerlo.

Adrian no contestó de inmediato. Dio media vuelta con ella, la mano firme en su espalda y, cuando volvió a hablar, su voz sonó más baja.

—Eres una dama muy descarada.

—Eso no responde a mi pregunta.

—Eres una mujer bella, pero también una dama. Y yo no tengo nada que ofrecer a una dama.

—No te he pedido nada.

Adrian la miró un instante más, como si sopesara sus palabras.

—Encontrarás un caballero que sí pueda darte lo que una dama como tú necesita.

—Entonces, ¿por qué has intervenido cuando Frederick quiso sacarme a bailar?

Adrian no respondió. Se mantuvo en silencio mientras se movían en la pista. Aunque su expresión era ilegible, Phoebe vio cómo se le dilataban ligeramente las aletas de la nariz al mencionar al hermano de Hugh. Y, en ese momento, se dio cuenta de lo que le había hecho reaccionar.

—Porque estabas celoso —dijo Phoebe—. Por eso has montado todo este espectáculo, ¿verdad?

—Eso es una necedad.

Adrian se detuvo en seco y Phoebe no supo si había sido su acusación lo que había provocado aquella reacción o si era porque la música acababa de llegar a su fin.

Las últimas notas se extinguieron en el salón y las parejas comenzaron a separarse, intercambiando pequeñas reverencias antes de abandonar la pista.

Adrian tardó un instante más de lo necesario en soltar la mano de Phoebe.

Sus dedos se deslizaron lentamente de los de ella, con una reticencia tan leve que quizá solo existiera en su imaginación.

Entonces Adrian le ofreció el brazo.

—La acompañaré junto a su madre —dijo él.

Pero Phoebe no se movió.

Estaba enfadada. Enfadada porque Adrian se negaba a reconocer lo evidente, porque se empeñaba en mantener aquella distancia absurda cuando ella misma sentía la atracción que había entre los dos. Y lo peor era que él también la sentía. Estaba segura.

—No —se negó, con los pies pegados al suelo—. Lléveme junto a Frederick.

Adrian la miró, sorprendido por primera vez en toda la noche.

—No.

—Entonces iré sola.

Se soltó de su brazo y dio un paso en dirección contraria. No llegó muy lejos, pues Adrian sostuvo la muñeca con suavidad, pero con suficiente fuerza para detenerla. Sin decir una palabra, la guio hacia las puertas que daban al jardín.