La maldición del conde (Viajes en el tiempo 3) Capítulo 19
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Capítulo 19

La noche antes de que la familia Pembroke regresara a Londres, se celebró un baile en Whitmore Hall.

Pero Phoebe apenas había prestado atención a los preparativos, ya que su mente estaba ocupada en otra cosa. ¿Por qué no había visto a Adrian en los dos días que habían pasado desde que casi se besaron? ¿Se estaba escondiendo de ella?

Negó con la cabeza, molesta consigo misma.

Por Dios. Esa no podía ser su mayor preocupación.

Al día siguiente tendría que marcharse a Londres, dejando atrás la mansión donde había viajado en el tiempo.

Y lo peor era que, después de todos estos días, seguía sin encontrar la más mínima pista de cómo regresar a su época.

Tal vez en Londres hallaría alguna respuesta.

Aun así, por primera vez en mucho tiempo, sentía algo muy parecido al miedo. Le agobiaba lo desconocido, ya que no sabía qué le esperaba allí.

Charlotte le había dicho que ella también regresaba a Londres, aunque se alojaría en casa de sus tíos. La boda se celebraría en Whitmore Hall dentro de un mes, y necesitaba encargar varios vestidos y otros preparativos en la ciudad. Además, no quería pasar demasiado tiempo lejos de Nathaniel.

Eso le daba un poco de paz, ya que en aquellos días Charlotte se había convertido en una buena amiga para ella.

Adrian, en cambio, sería el único que se quedaría en el campo.

Y una parte de ella —esa que no pensaba con la cabeza— lo lamentaba.

Hannah la ayudó a vestirse para el baile.

El vestido era de un azul profundo, con el escote más bajo de lo que Phoebe habría elegido jamás y unas mangas cortas que dejaban los hombros al aire.

No era lo más cómodo del mundo, pero cuando se miró al espejo, por primera vez desde que había llegado a aquella época, pensó que se veía bien. Incluso estaba guapa.

Bajó las escaleras con cuidado, sujetándose la falda. Para cuando llegó al salón principal, la mayoría de los invitados ya habían llegado.

No eran muchos. La mayoría residían en propiedades cercanas y eran los que no estaban pasando la temporada en Londres, así que el baile tenía un aire más íntimo.

Aun así, había suficiente gente como para que el salón se sintiera lleno: conversaciones, risas, el roce de las telas y el suave rumor de la música de fondo.

Phoebe apenas conocía a nadie.

Se había quedado en un rincón con un vaso de limonada en la mano y el carnet de baile colgado de la muñeca.

Aquello le parecía completamente anticuado.

¿De verdad necesitaban un pequeño libreto para apuntar con quién iban a bailar cada pieza?

Como si no pudieran simplemente acercarse y pedirlo.

Y, para colmo, solo los hombres podían hacerlo.

¿Por qué una mujer no podía acercarse y pedir un baile si le apetecía?

Le entraron ganas de gritar que las mujeres debían tener los mismos derechos, que aquello era algo arcaico. Entonces recordó que estaba en 1815.

—¿Me concedería el placer de reservarme el vals, lady Phoebe?

La voz masculina la sacó de sus pensamientos.

Frederick Harrington estaba a su lado, impecable en un frac oscuro. A Phoebe le parecía un pingüino engominado como muchos de los hombres de la sala, pero se mordió la lengua para no decirlo en voz alta, ya que se veía que ellos se sentían elegantes y a la última moda.

—Frederick —lo saludó ella—. Pensé que no vendría. He visto a sus padres, pero no a usted.

Se estaba acostumbrando a hablar de usted. Le parecía demasiado serio e impersonal, pero también había descubierto que era una buena forma de mantener las distancias. Aunque le agradaba la compañía de Frederick, no quería alentarlo a nada que no fuera una amistad.

—Ellos han venido antes —explicó él—. Yo debía llegar en el carruaje con mi hermano y mi cuñada, pero el pequeño Oliver estaba muy inquieto.

Han llamado al médico y parece que tiene un leve resfriado.

No es nada grave, pero han preferido quedarse con él.

Y me he retrasado, ya que no quería salir de casa hasta el diagnóstico del médico.

—Y eso te convierte en un buen tío. El pequeño Oliver tiene mucha suerte.

—Es mi único sobrino. Mi hermana, aunque está casada, aún no ha tenido descendencia. Y, teniendo en cuenta lo mucho que le gusta la temporada de Londres y que este año ha preferido quedarse en el campo, no tardaremos en recibir una buena noticia.

—Me alegra oír eso.

—Yo también. Lleva dos años casada y estaba muy preocupada ante la posibilidad de no poder tener hijos.

—¿Su hermana es mayor que usted?

—Es la pequeña. Acaba de cumplir veintiún años.

Phoebe se guardó el comentario mordaz que le quemaba la lengua. La hermana de Frederick era demasiado joven para preocuparse ya por esas cosas, y más aún después de solo dos años de matrimonio. Igual que Charlotte, que con apenas diecinueve años no podía esperar para casarse con Nathaniel.

En aquella época las mujeres se casaban muy jóvenes y solían tener hijos casi de inmediato. Los métodos anticonceptivos, si es que existían, debían de ser rudimentarios y poco usados, y mucho menos dentro del matrimonio.

Aquella época no era nada amable con las mujeres.

—Así que son tres hermanos.

—Así es. Tres hijos es un número adecuado, ¿no le parece?

—En realidad, uno ya me parece mucho.

Frederick se rio, tomándoselo a broma, pero Phoebe no podía hablar más en serio. Tres hijos le parecía una locura.

Él miró hacia un lado y suspiró. Phoebe siguió su mirada y vio a lady Somerton, la madre de Frederick, haciéndole señas desde el otro extremo del salón.

—Mi madre está decidida a presentarme a la sobrina de la vizcondesa de Lurthon —confesó con una mueca—. Y me temo que, si no voy, vendrá a buscarme ella misma.

—Vaya…

—Pero aún no ha respondido a mi pregunta.

—¿Qué pregunta?

—El vals —le recordó él, con una sonrisa paciente.

—No soy buena bailarina —mintió. En su época le gustaba bailar y no se le daba mal, pero no tenía ni idea de cómo se bailaba un vals, ni ninguno de los bailes que se estaban danzando allí.

—No se preocupe, yo sí lo soy. La guiaré.

Ese chico no tenía abuela.

—Está bien —concedió ella, porque era evidente que no se iba a dar por vencido.

Y, en realidad, hasta podía ser divertido.

Además, ¿cuándo iba a volver a tener la oportunidad de bailar en un baile de 1815? Probablemente, nunca.

—Permítame apuntar mi nombre en su carnet de baile.

—Frederick —lo llamó su madre, que se acercaba acompañada de otra mujer y una joven.

Él hizo una mueca.

—Me voy antes de que a mi madre le dé un síncope —dijo en voz baja—. Aunque no haya podido apuntar mi nombre, no le conceda este vals a ningún otro caballero.

Phoebe asintió y Frederick se alejó hacia donde lo esperaba su madre.

Tampoco ningún caballero le había pedido un baile. Aunque lo cierto es que no había demasiados y la mayoría estaban casados. Phoebe se preguntó dónde estaría Adrian. Y lo descortés, como a él le gustaba decir, que estaba siendo no acudir al baile en el que él era el anfitrión.

Y entonces lo vio.

Se encontraba junto a un caballero mayor al que no le habían presentado. Llevaba un frac oscuro, igual que el resto de los hombres, pero a él le quedaba bien. Mientras los demás parecían pingüinos engominados, Adrian parecía haber nacido para llevar aquella ropa.

Maldita sea, ¿es que había algo que a ese hombre le quedara mal?

—¿Te estás divirtiendo? —le preguntó Charlotte, acercándose a ella y provocando que dejase de mirar a Adrian.

Iba preciosa. Llevaba un vestido de gasa color crema que contrastaba con su cabello negro y ojos oscuros, con el escote adornado por una fina cinta de raso rosa y unas mangas cortas abullonadas que dejaban ver sus hombros.

—Mucho.

—Mentirosa. —Charlotte sonrió mientras le daba una pequeña palmada en el hombro—. Pero no te culpo. Los bailes en el campo suelen ser bastante aburridos.

—No como los de Londres —comentó Phoebe, más que nada para ver qué respondía, porque no tenía la menor idea de cómo eran realmente.

—Si soy sincera, me esperaba mucho más de la temporada en Londres. Son más glamurosos, hay mucha más gente, pero son igual de tediosos.

—Entonces los evitaremos cuando regresemos a Londres.

Charlotte suspiró.

—Me temo que mi tía insistirá en que Nathaniel y yo asistamos a varios bailes, para que nadie olvide que estamos prometidos. Y supongo que tu madre hará lo propio contigo.

—¿Ahora? —preguntó Phoebe con ironía, intentando que no se notara que estaba tanteando—. ¿Acaso antes no lo hacía?

—Supongo que tienes razón. Pero antes creo que solo te obligaba para asegurarse de que la sociedad te viera, sin esperar nada más. Ahora, en cambio, te va a presentar a todos los caballeros solteros con la esperanza de que encuentres un esposo.

Charlotte la miró con atención, esperando alguna reacción. Phoebe lo notó y mantuvo el rostro inexpresivo.

—No entiendo la razón. Nada ha cambiado.

—Has cambiado de actitud. Y he escuchado a tu madre decirle a tu padre que, por fin, estás preparada para seguir adelante con tu vida.

Phoebe tardó un segundo en responder, pues esperaba que sus padres postizos no intentaran hacer de casamenteros. Era lo que le faltaba ya.

—Entonces tendré que mantenerme más en silencio.

—¿Y crees que podrás?

—No.

Charlotte se rio.

—Eso pensaba. Ahora que has encontrado tu voz, no parece que puedas volver a esconderla.

Phoebe puso los ojos en blanco, pero no pudo evitar esbozar una sonrisa que la delató.

—Parece que os estáis divirtiendo. —Nathaniel se acercó a ellas. Vestía un elegante frac negro sobre un chaleco marfil y una camisa blanca de cuello alto, con el corbatín cuidadosamente anudado.

—Sí, aunque no precisamente gracias a los invitados —Charlotte dio un sorbo a su limonada—. Mi hermano parece haber reunido a los invitados más aburridos de toda Inglaterra.

—Lo cierto es que, aunque fuesen los más animados del reino, me parecerían aburridos, pues estaría buscando la manera de alejarme de ellos para estar contigo.