La maldición del conde (Viajes en el tiempo 3) Capítulo 18 #2
52%

Capítulo 18 #2

—Lo has insinuado, que es peor —replicó Phoebe, tratando de tirar sin éxito del libro. Pero, al ver la expresión de él, lanzó un pequeño resoplido y añadió—: Tú ganas, quédatelo. Me leeré el tomo II.

Se dio la vuelta para buscar el segundo libro.

—Si te interesa el derecho, puedo recomendarte otras lecturas más interesantes.

—¿Has estudiado leyes?

—Las conozco, sí. Tengo un abogado que me aconseja, pero prefiero estar seguro de que no intenta engañarme.

—Eres desconfiado.

—Un hombre de mi posición debe serlo. Y el derecho no es lo único que he estudiado.

Phoebe dejó de mirar las estanterías y ladeó la cabeza hacia él.

—¿Y qué has estudiado?

—Historia, filosofía y política. También economía y administración de tierras.

Phoebe siempre había pensado que la aristocracia de aquella época bastante tenía con existir. Creía que otros hacían el trabajo por ellos y que se limitaban a disfrutar de los placeres de la vida. Pero, si era sincera, Adrian no parecía de ese tipo de personas.

—Un condado no se mantiene solo. Hay arrendatarios, tierras que administrar, cosechas, alquileres, contratos, salarios, reparaciones, caminos, bosques, ganado...

Hay que supervisar las cuentas y asegurarse de que quienes trabajan para la propiedad reciban lo que les corresponde.

También tengo asuntos legales que resolver y decisiones que tomar constantemente.

—Eso parece muchísimo trabajo.

Adrian asintió.

—Lo es.

—¿Y cuándo te diviertes?

Él pareció confuso.

—¿Qué?

—¿Cuándo tienes tiempo para el ocio?

—No suelo tenerlo. Muchas personas dependen de que este condado funcione como debe. Hay familias que viven de estas tierras, trabajadores cuyos salarios dependen de ellas y arrendatarios que necesitan que sus propiedades sean rentables. Si quiero que todo prospere, no puedo permitirme desatenderlo.

Phoebe asintió.

Podía entenderlo. De alguna manera, ella era igual que Adrian. También le costaba apartarse de sus obligaciones, aunque en su caso fueran clientes, expedientes y juicios en lugar de tierras, arrendatarios y trabajadores.

Quizá por eso comprendía tan bien aquella necesidad de tenerlo todo bajo control. El problema era que, cuando uno se acostumbraba a vivir así, terminaba olvidando que también tenía derecho a detenerse de vez en cuando.

Y, por primera vez, tuvo la sensación de que Adrian y ella no eran tan diferentes como había pensado. Phoebe había visto cómo él también se había divertido cuando ella se había inventado la esgrima con abanicos. Al igual que ella, él necesitaba desconectar un poco de tantas obligaciones.

—¿Y qué echas de menos? —preguntó Phoebe de repente. Cuando Adrian arrugó el ceño, añadió—: Antes de tener que dedicarte a mantener el condado, ¿qué hacías?

Adrian guardó silencio un momento.

—Prepararme para cuando heredase el condado. Cuidarlo como se merece.

—¿Y de niño? —insistió ella—. Algo tenías que hacer de niño que te gustara.

Hasta ella, que desde pequeña había tenido claro que debía luchar por su futuro y estudiaba más que el resto, había tenido aficiones. Aunque las había abandonado por completo al graduarse.

—No tuve una infancia dichosa, lady Phoebe. —Adrian se quedó en silencio durante unos instantes y Phoebe se preguntó qué le habría pasado para que su rostro se ensombreciera así. Quiso preguntar, pero él no le dio la opción de hacerlo—. Debería irme.

—Yo tampoco tuve una buena infancia.

Lo dijo sin pensar. Adrian la miró, sorprendido.

—Pensaba que habías sido una niña querida y cuidada.

—Sí, lo fui —admitió ella, mordiéndose el labio inferior. No podía dar demasiados detalles sobre sus propios padres sin que él sospechara—. Simplemente no fui del todo feliz. Quizá en parte fue culpa mía. ¿Y tú?

Él la observó en silencio unos segundos.

—Mi madre falleció al dar a luz a Charlotte.

Yo tenía diez años. Mi padre no era un buen hombre —reconoció, y a Phoebe le dio la sensación de que no solía hablar de ello con nadie—.

Así que la mayor parte de mi infancia la pasé protegiendo a mi hermana y asegurándome de que mi padre estuviera contento.

Por suerte, falleció cuando yo estaba a punto de cumplir los dieciocho.

Ella lo miró sin decir nada. Sus propios padres no eran perfectos, pero jamás se habría alegrado de que murieran. Al contrario, esperaba que tuvieran una larga vida. El padre de Adrian, en cambio, parecía haber dejado una marca profunda y negativa en su hijo.

—Lo siento —murmuró.

—No debes sentirlo —respondió él con voz baja—. Si algo he aprendido de mi padre es a no cometer sus mismos errores.

—Serás un buen padre. —No eran palabras vacías, Phoebe lo pensaba de verdad.

Adrian negó con la cabeza.

—No. No seré un buen padre ni un buen marido. Por eso, nunca me casaré ni tendré hijos.

—Eso no tiene sentido —insistió ella, dando un paso hacia él sin darse cuenta—. Los errores de tu padre no te definen.

Él abrió la boca, como si fuera a responder, pero al final se limitó a mirarla. Estaban más cerca de lo que ella recordaba. La luz de las velas dibujaba sombras suaves en su rostro y en el cuello abierto de la camisa. Phoebe sintió un nudo extraño en el estómago.

No debería estar interesada en traspasar los muros que él había levantado a su alrededor.

No debería importarle su pasado. En realidad, debería preocuparse solo de lo único que de verdad importaba en ese momento: encontrar la manera de regresar a su tiempo.

Y aún no tenía la más remota idea de cómo hacerlo.

Pero no podía evitarlo. Le importaba.

—Si necesitas a alguien con quien hablar, puedes contar conmigo —le ofreció en voz baja.

Adrian la miró unos instantes más. Sus ojos bajaron un segundo a su boca antes de volver a subir.

—Como te he dicho, debo irme.

Ella asintió, aunque no se apartó.

—Yo también —respondió.

Pero ninguno de los dos se movió de inmediato, y un silencio denso se instaló entre ambos.

Phoebe bajó la mirada y se dio cuenta de que Adrian seguía sosteniendo el tomo que ella había dejado caer minutos antes.

—¿Vas a llevártelo o puedo leerlo yo? —preguntó.

Adrian parpadeó, como si acabara de recordar que lo tenía en la mano. Se lo ofreció.

—Tómalo.

Phoebe lo cogió, pero el libro se le resbaló entre los dedos y cayó al suelo con un golpe sordo. Ambos se agacharon al mismo tiempo para recogerlo y se dieron de lleno en la frente.

—¡Ay! —exclamó ella, llevándose una mano a la cabeza.

—¿Estás bien? —preguntó él de inmediato, incorporándose un poco y acercándose. Le sujetó la muñeca con suavidad para apartar su mano e inspeccionarle la frente—. Déjame ver.

—Estoy bien —protestó Phoebe, apartándose un poco—. No soy una niña.

Adrian la miró de cerca. Estaban arrodillados uno frente al otro; demasiado cerca.

—Soy muy consciente de que no lo eres. Aunque te guste jugar a la esgrima con abanicos.

—Tú también te lo pasaste bien. ¿O lo niegas?

—¿Ese juego existe de verdad?

—No —admitió ella, con una media sonrisa—. Me lo inventé.

Adrian soltó una risa baja, breve, casi sorprendida. El sonido le vibró cerca del oído y a Phoebe se le erizó la piel.

Era la primera vez que lo escuchaba reírse.

—Deberías reírte más a menudo.

—¿Por qué?

—Porque te sienta bien.

—¿Me está usted haciendo un cumplido, lady Phoebe?

—Puede.

Seguían de rodillas, demasiado cerca, con las manos todavía rozándose sobre el mismo libro.

Phoebe fue consciente de repente de la escasa distancia que los separaba.

Podía sentir el calor del cuerpo de él a través de la fina tela de su camisón y de la bata; un calor vivo y cercano que le subía por la piel.

Cuando levantó la mirada, descubrió que los ojos de Adrian habían descendido hasta sus labios y se habían quedado ahí.

El aire se volvió denso, casi pesado.

Adrian se inclinó hacia ella con una lentitud deliberada, sin apartar la vista de su boca.

Phoebe notó el leve roce de su respiración contra la suya y el calor de su pecho casi rozándole.

Su corazón latía con tanta fuerza que estaba segura de que él también podía oírlo.

Se inclinó un milímetro más, y Phoebe no se apartó.

Ni siquiera pensó en hacerlo.

Sus labios estaban a un suspiro de distancia cuando un crujido seco, como el de una tabla del suelo cediendo bajo un peso, resonó desde el fondo de la biblioteca y ambos se separaron de golpe.

Adrian se levantó y Phoebe hizo lo mismo, con las piernas un poco torpes y el pulso desbocado. Él no la miró a los ojos. Se pasó una mano por el cabello, visiblemente tenso.

—Deberías regresar a tu habitación —dijo con la voz más grave y ronca de lo habitual.

Por primera vez desde que lo conocía, Phoebe estuvo completamente de acuerdo.

Cogió el libro que seguía en el suelo y salió de la biblioteca sin mirar atrás. Ni siquiera se molestó en recoger el farol. Se movió por la casa a oscuras, guiándose solo por la luz de la luna que entraba por las ventanas. Podía tropezar con cualquier cosa y caerse, pero no le importaba.

Lo único en lo que podía pensar era que había estado a punto de besar a Adrian.

Y eso no debería preocuparle. Era un hombre atractivo y ella había besado a muchos hombres atractivos. No había nada de malo en ello. Sin embargo, había salido de la biblioteca como si huyera de un incendio.

Porque, en el fondo, sabía la verdad: si hubiera dejado que la besara, no habría sido solo un beso.

Habría sido el principio de algo mucho más complicado.

Algo que podía hacerle bajar la guardia, implicarse y, peor aún, empezar a sentir cosas por él.

Porque Phoebe sabía que Adrian era diferente a todos los hombres que había conocido antes.

Y eso era lo que más miedo le daba.