La maldición del conde (Viajes en el tiempo 3) Capítulo 18
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Capítulo 18

Después de regresar de casa de los marqueses, Phoebe se fue directa a la cama. Estaba agotada.

Al día siguiente se despertó casi al mediodía y agradeció que la hubieran dejado dormir. Hacía mucho tiempo que no descansaba tantas horas seguidas.

El resto de los invitados se habían marchado a cabalgar con la intención de hacer un picnic y no regresarían hasta la noche. Incluso los tíos de Adrian se habían unido. Y según el ama de llaves, a la que Phoebe había interrogado con bastante disimulo, Adrian se encontraba en su despacho.

Sintió ganas de ir hasta allí, pero las contuvo.

Debía mantenerse alejada de él. Lo sabía. Aunque debía reconocer que no le resultaba nada fácil. No solo porque era un hombre muy atractivo que le provocaba sensaciones a las que se negaba a poner nombre, sino porque con él se divertía más de lo que se había divertido en mucho tiempo.

También se sorprendió al darse cuenta de que, desde que había llegado al pasado, no se había aburrido ni un solo momento.

Siempre había pensado que las épocas anteriores a la suya debían de ser tremendamente tediosas.

¿Qué podía tener de entretenido una vida sin teléfono móvil, sin internet y sin televisión?

Pues había descubierto que había otras formas de entretenerse.

Cierto que la costura no era una de ellas, pero el resto de actividades sí le resultaban mucho más amenas de lo que esperaba.

En parte, se dio cuenta de que era como estar de vacaciones.

Estaba demasiado acostumbrada a trabajar sin parar: agenda llena, llamadas que atender, clientes que responder y asuntos que resolver a cualquier hora del día.

Vivía centrada en avanzar en su carrera y no había sido consciente de lo mucho que necesitaba un descanso.

Se pasó el día recorriendo los jardines y los senderos que rodeaban la propiedad.

Al principio le había parecido una actividad aburrida.

Phoebe nunca había sido de caminar por caminar.

Pero, al final, descubrió que tenía cierto encanto.

En Londres siempre iba de un lado a otro, pero estaba tan ocupada que nunca disponía de tiempo para mirar a su alrededor.

Casi siempre iba con prisa y con la cabeza inclinada hacia el teléfono.

Ahora, por primera vez, tenía tiempo de observar la naturaleza: contemplar una mariposa posándose sobre una flor, seguir con la mirada el vuelo de los pájaros entre los árboles, disfrutar del calor del sol sobre el rostro o simplemente sentarse a la sombra de un árbol y escuchar el murmullo de las hojas.

¿Cuánto tiempo hacía que no se permitía algo así?

No podía recordarlo.

Mientras paseaba, fue consciente de que se estaba olvidando de lo principal: buscar alguna pista que la ayudara a regresar a su tiempo. Pero no tenía ni la menor idea de por dónde empezar.

Regresó a la despensa desde la que había viajado, pero no logró nada.

Incluso encontró la habitación donde su prima y sus amigas habían comenzado el escape, solo para descubrir que en esa época no era una despensa como les habían dicho que era.

Era una pequeña sala decorada con un sofá de terciopelo, una mesa redonda y varias sillas.

Resultaba evidente que la historia que les habían contado durante el escape era completamente inventada.

Fue entonces cuando se formuló una pregunta que hasta ese momento no se había atrevido a hacerse: ¿y si los game masters tenían algo que ver?

¿Y si Quentin sabía lo que iba a ocurrirle?

¿Y si que la eligiera a ella no había sido algo fruto de la casualidad, como había creído?

Él mismo se lo había dicho: que era la adecuada.

En ese momento Phoebe había creído que era parte del guion, pero ahora tenía dudas.

¿Pero por qué razón la había elegido precisamente a ella para viajar?

¿Por su parecido con lady Phoebe Pembroke?

Sí. Esa tenía que ser la razón.

Pero, hasta donde ella sabía, sus antepasados no eran nobles. Provenía de una familia trabajadora por ambas ramas. Aunque ella había disfrutado de una vida acomodada —sin lujos, pero sin carencias—, sabía que sus padres habían crecido con muchas más privaciones económicas.

No había ninguna posibilidad de que Phoebe Pembroke fuese una antepasada suya.

Estar sola ese día había provocado que un montón de preguntas se agolparan en su mente, preguntas sin respuesta que le seguían atormentando esa noche cuando se acostó en la cama.

Necesitaba desconectar, ya que no iba a conseguir nada dándole vueltas a lo mismo.

Se incorporó en la cama y miró hacia la ventana. La mansión permanecía sumida en el silencio más absoluto. No se oía nada. Phoebe resopló y apartó las sábanas. No iba a pasarse toda la noche mirando el techo.

Entonces recordó que Charlotte le había hablado de la enorme biblioteca de la mansión, con cientos de volúmenes. Aunque no habían podido visitarla juntas, al menos le había indicado dónde encontrarla.

Un buen libro no le vendría mal. Quizá pudiera entretenerse leyendo un rato. Si tenía suerte, encontraría alguno que consiguiera mantenerla despierta; o, mejor aún, alguno que le ayudara a sobrevivir al siglo XIX.

Se puso una bata sobre el camisón —Dios, cómo echaba de menos sus leggins viejos y su pantalón de pijama de Dragon Ball—, cogió uno de los faroles cuyas velas aún estaban encendidas.

Que no hubiera electricidad era, sin duda, a lo que más le estaba costando acostumbrarse.

Lo que daría por simplemente pulsar un interruptor y que la luz se encendiera.

Aunque tenía que reconocer que caminar a oscuras, solo con la luz temblorosa de un farol, tenía su propio encanto.

Abrió la puerta con cuidado, sin querer despertar a nadie. Se asomó al pasillo, comprobando que estaba a oscuras y en completo silencio.

Salió de la habitación y cerró la puerta tras de sí, procurando no hacer ruido. No creía estar haciendo nada malo, pero, con lo quisquillosa que era su madre postiza, seguro que tendría alguna queja si la encontraba despierta a esas horas.

Avanzó con paso ligero. La casa parecía completamente distinta de noche: más grande, más silenciosa, casi irreconocible.

Recorrió el pasillo principal, bajó un tramo de escaleras y giró a la derecha, intentando recordar las indicaciones de Charlotte.

Por un momento temió haberse equivocado de camino, pero, al doblar la última esquina, encontró, al fin, una puerta de doble hoja.

—Tiene que ser aquí —murmuró para sí misma.

Empujó una de las hojas con decisión y entró en la biblioteca.

Phoebe se quedó boquiabierta mientras la puerta se cerraba detrás de sí. Las palabras de Charlotte no le hacían justicia.

Las paredes estaban completamente cubiertas de libros, desde el suelo hasta casi el techo, protegidos por estanterías de madera oscura. Al fondo, una elegante escalera de madera con ruedas se apoyaba contra una de ellas, preparada para permitir el acceso a los estantes más altos.

Había varios sillones y pequeñas mesas repartidos por la estancia, pero era la magnitud de la biblioteca lo que más la impresionaba. Los libros parecían no terminar nunca.

Comenzó a recorrer las estanterías, pasando los dedos por los lomos de los libros mientras intentaba decidir qué leer. Había novelas, libros de historia, poesía, filosofía y tratados sobre asuntos que ni siquiera sabía cómo interpretar. Uno en concreto, sin embargo, le llamó la atención.

Dejó el farol en el suelo. La tenue luz de unos candeleros colocados en las paredes bastaba para iluminar las estanterías más cercanas.

Sostuvo un tomo y lo sacó con cuidado, observándolo entre sus manos. Estaba a punto de abrirlo para ojear su interior cuando una voz profunda y masculina sonó a su espalda.

—¿Qué haces aquí?

Phoebe dio un respingo y se giró tan deprisa que el pesado tomo se le cayó de las manos con un golpe seco. Se llevó una mano al pecho, todavía con el corazón en la garganta.

La biblioteca estaba sumida en la penumbra, pero la tenue luz de las velas bastaba para distinguir su figura.

Llevaba la camisa blanca abierta en el cuello, sin corbata ni chaleco, y las mangas arremangadas hasta los codos.

El cabello, un poco desordenado, caía sobre la frente.

Parecía mucho menos formal que de costumbre y, por eso mismo, peligrosamente atractivo.

—¿Pretendes matarme del susto? —se quejó.

—No has respondido a mi pregunta.

—Ni tú a la mía —replicó Phoebe, pero cuando Adrian le dedicó una mirada, dijo—: No podía conciliar el sueño y tu hermana me ha contado que teníais una biblioteca enorme, así que he venido a coger un libro.

—No es apropiado que una dama deambule sola por la casa en plena noche —le reprendió Adrian, algo que hizo que Phoebe pusiera los ojos en blanco, pero se abstuvo de contestar mientras él daba un par de pasos hacia adelante y después se agachaba para recoger el tomo del suelo, del que ella se había olvidado por completo—.

Commentaries on the Laws of England —leyó en voz alta—.

Vaya. No la tenía por una mujer interesada en las leyes.

Phoebe se cruzó de brazos.

—¿Por qué no? —preguntó a la defensiva.

—No parece precisamente el tipo de lectura que escogería una dama para entretenerse.

Phoebe estuvo a punto de responderle que era una de las abogadas jóvenes más prometedoras de Londres, pero se mordió la lengua a tiempo. Ya que decirle eso no haría más que confirmar la teoría de todos de que el golpe en la cabeza le había afectado la cordura.

Por esa razón, dijo:

—Pues te equivocas. —Alzó la barbilla con orgullo y sostuvo el tomo—. No soy igual que las otras damas.

—De eso ya me he dado cuenta, milady.

Phoebe tiró del libro, pero el conde no lo soltó.

—No es una lectura ligera —le advirtió.

—¿Qué pasa, que no crees que sea lo suficientemente inteligente para entenderla?

Por supuesto que podía entenderla. Se había pasado años estudiando Derecho y había leído aquel libro en la universidad. De hecho, probablemente conocía mucho mejor sus páginas que él.

—Yo no he dicho tal cosa.