La maldición del conde (Viajes en el tiempo 3) Capítulo 17
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Capítulo 17

Phoebe iba a declinar el ofrecimiento de Frederick y debería haber hecho exactamente lo mismo con el de Adrian. Pero no lo hizo, y ahora estaba atrapada en una encrucijada.

Ella no poseía ningún talento que pudiera ofrecer en aquella época.

Era una mujer inteligente, una buena abogada, dominaba varios idiomas, pero ¿qué iba a hacer? ¿Recitar de memoria las leyes de Inglaterra del siglo XXI? ¿O quizá fingir que Adrian era un juez y ella una abogada defendiendo a una víctima inventada? Lo veía bastante complicado.

Habían pasado a una estancia que llamaban la sala azul. Probablemente, porque las paredes estaban cubiertas de un papel de ese color. Phoebe pensó que no eran demasiado originales.

No era tonta. Sabía perfectamente que Frederick estaba intentando ligar con ella.

De una forma distinta a como lo hacían los hombres de su tiempo, pero poco sutil.

La estaba intentando camelar hablando de matrimonio y de hijos, justo las dos cosas que más la echaban para atrás.

Dos temas que ningún hombre de su época habría mencionado en un primer encuentro.

Aun así, no estaba preocupada. Frederick no le interesaba lo más mínimo. Reconocía que era un hombre atractivo e inofensivo, pero nada más.

Adrian, en cambio, era otra historia.

Cada segundo que pasaba se sentía más atraída por él. De una manera que nunca le había pasado con ningún otro hombre.

Phoebe observó a Charlotte sentada frente al pianoforte.

No era exactamente igual que un piano de su época, pero se parecía bastante.

Y no exageraba cuando decía que era talentosa: tocaba realmente bien.

Estaba interpretando The Last Rose of Summer mientras Frederick cantaba.

Phoebe tenía que reconocer que tenía una voz muy bonita.

—Charlotte y Frederick tienen mucho talento —le comentó a Adrian, que estaba sentado a su lado en el sofá blanco.

—Sí.

Eso es todo lo que dijo.

Phoebe tenía ganas de arrastrarlo por toda la sala. Él se había ofrecido como su pareja en ese juego, pero ahora la contestaba con monosílabos.

—¿Qué vamos a hacer? —le preguntó cuando Charlotte y Frederick terminaron y la sala se inundó de aplausos emocionados.

Adrian ni siquiera la miró.

—No lo sé.

—He conseguido que seamos los últimos, pero eso solo nos da un poco de tiempo. Claro que puedo fingir un desmayo para librarnos.

—Un desmayo no serviría —le contestó él en voz baja—. La mayor parte de las damas de esta sala llevan sales aromáticas consigo. Te harían recuperar el sentido en un momento y después esperarían que representases tu talento.

Phoebe suspiró.

—¿Aparte de rechazar todas mis propuestas, vas a proponer algo? —le preguntó en un susurro, aunque nadie les prestaba atención.

Toda la sala tenía la mirada puesta en sus supuestos padres. Helen estaba leyendo en voz alta un fragmento de Hamlet , de Shakespeare, con una bonita voz, mientras el talento de George parecía ser sujetarle el libro a una altura adecuada.

—No —respondió él.

Phoebe quería atarlo allí mismo.

—¿Qué talento tienes? —le preguntó entre dientes.

—Ninguno que pueda mostrar en esta sala.

—Me estás sacando de quicio —farfulló ella, y se unió a los aplausos cuando Helen terminó de leer.

A continuación, les tocó el turno a Nathaniel y a la joven sobrina de los invitados. Ambos se sentaron juntos frente al pianoforte. O más bien, ella tocaba y él se dedicaba a estropear todo lo que ella interpretaba. Si ese era su talento, se le daba extraordinariamente bien.

Phoebe miró de reojo a Adrian. Él tenía la vista al frente, aunque ella tenía la certeza de que no estaba prestando la menor atención a los invitados ni a sus dudosos talentos.

—Lo único que se nos da bien juntos es discutir. Y no creo que eso cuente como un talento.

—Tu capacidad para tener siempre la última palabra sí lo es.

—¿Ves? Ya estamos discutiendo otra vez.

—Entonces hagamos eso.

—No voy a discutir en público.

—No es la primera vez que lo hacemos. De hecho, lo estamos haciendo ahora mismo.

—Pero nadie nos está escuchando —dijo Phoebe, bajando aún más la voz mientras echaba un vistazo rápido a la sala. Efectivamente, todos estaban pendientes de lo que ocurría frente a ellos—. Además, eres un conde. ¿No te avergüenza que te oigan discutir con una dama?

—No hay nada de lo que avergonzarme.

Phoebe resopló. Estaban en un punto muerto y se les agotaba el tiempo.

—Si no quieres interpretar ningún talento conmigo, ¿por qué te has ofrecido?

—No he dicho que no quiera.

—Pero no propones ninguno.

—Eso no significa que no quiera.

Phoebe volvió a resoplar. Ese hombre era completamente imposible.

Miró hacia delante y observó cómo Hugh y su mujer hicieron un truco de magia.

Bueno, lo hizo ella. Él se limitó a sostener el sombrero del que su esposa sacó un ramo de flores.

Pero Phoebe apenas les prestó atención, pues estaba demasiado ocupada dándole vueltas a qué demonios podían hacer ellos dos juntos, que no fuese golpear a Adrian hasta que quitarle la soberbia.

Cuando escuchó nuevos aplausos, Phoebe salió de sus pensamientos y se dio cuenta de que los anfitriones ya habían terminado su demostración.

Ni siquiera se había enterado de qué talento habían mostrado, aunque, a juzgar por la admiración con la que Charlotte los miraba y la expresión satisfecha de algunos de los presentes, no debían de haberlo hecho nada mal.

—Es vuestro turno —anunció Hugh cuando ninguno de los dos se movió.

Phoebe se levantó del sillón al mismo tiempo que Adrian. Él parecía completamente tranquilo, como si aquello no le perturbara lo más mínimo. Ella, en cambio, estaba hecha un manojo de nervios.

Hablar en público siempre se le había dado bien.

Nunca había sufrido de miedo escénico. De niña había hecho ballet y le encantaban las actuaciones de fin de curso y las funciones para los padres; pese a que los suyos casi nunca asistieran.

Más adelante había pertenecido al club de debate, había participado en torneos y en todo tipo de actividades donde tenía que expresarse delante de mucha gente.

Siempre se había sentido cómoda siendo el centro de atención.

Pero esto era distinto.

Por primera vez, todos la miraban sin que ella supiese cómo actuar. Ella siempre sabía lo que debía hacer, lo que debía decir, pero esta vez no, y Adrian no ayudaba. Estaba allí, a su lado, como una planta, sin moverse.

—¿Vuestro talento es manteneros en silencio? —preguntó Hugh con una sonrisa, ganándose una mirada airada de su amigo, que decidió ignorar por completo.

—Entonces ganarían el concurso —dijo Nathaniel—. Mi hermana siempre ha sido buena en eso, o lo era —se corrigió—. De niña la llamaba mudita, pero lo cierto es que estos últimos días no para de hablar. Es…

Charlotte levantó la mano y se la puso firmemente sobre la boca a Nathaniel.

—Charlotte, usa ese. —Phoebe señaló el jarrón más cercano—. Se lo tiras a la cabeza y así se calla de una vez.

La risa recorrió el salón.

—Responder con ironía es un buen talento —comentó Violet.

—No sirve —replicó Charlotte—. Mi hermano también debe participar.

Phoebe miró a su amiga con auténtico odio, pero esta se limitó a sonreírle con inocencia. Entonces se le ocurrió algo: era una idea absurda, pero tampoco tenía muchas más opciones.

Se giró hacia Adrian y, elevando la voz para que todos la oyeran, anunció:

—Nuestro talento será esgrima con abanicos.

Un silencio sorprendido se extendió por la sala. Su madre postiza fue la primera en reaccionar.

—Cariño, tú no sabes esgrima.

—No —admitió Phoebe—, pero la esgrima con abanicos es diferente. Nadie corre peligro de salir herido.

Adrian la miró como si no estuviera del todo seguro de esa afirmación.

Phoebe se giró hacia su madre y le quitó el abanico de las manos sin pedir permiso. Luego se acercó a lady Lucrecia con la intención de hacer lo mismo, pero la mujer se lo ofreció antes de que pudiera quitárselo.

—Gracias —dijo Phoebe.

Se volvió hacia Adrian y le tendió uno de los abanicos.

—El de flores es el tuyo, y el de motivos de aves es el mío.

Adrian lo miró como si le hubieran entregado un arma en vez de un abanico, pero finalmente lo sostuvo con resignación.

Phoebe levantó el abanico y adoptó lo que ella creía que era la postura inicial de esgrima. O al menos lo que recordaba haber visto en los Juegos Olímpicos, prestando la atención justa entre anuncio y anuncio.

En realidad, su posición era una mezcla confusa entre alguien a punto de iniciar un duelo y una mujer preparándose para defenderse de un insecto especialmente agresivo.

Levantó el abanico a la altura del pecho, con el brazo medio doblado y la muñeca en un ángulo extraño, y miró a Adrian con toda la seriedad del mundo.

—Empezamos —anunció Phoebe.

—Se dice en garde —le corrigió Nathaniel desde su asiento.

—En la esgrima con abanicos no —replicó ella sin mirarlo—. Aquí las reglas son distintas.

Antes de que nadie pudiera protestar, dio un paso adelante y golpeó el abanico de Adrian con el suyo. El chasquido de la madera resonó en el salón.

Adrian suspiró, resignado, y levantó el abanico con una elegancia absurda para tratarse de un objeto decorativo. Respondió al golpe con precisión, como si de verdad estuviera esgrimiendo.

Phoebe bloqueó el ataque con su propio abanico y, sin pensarlo demasiado, dio un giro completo sobre sí misma, agitando el abanico en el aire con más entusiasmo que técnica.

Adrian la miró, confuso.

—¿Qué estás haciendo?

—El Giro del Cisne Furioso —respondió ella con total seriedad—. Técnica avanzada de esgrima con abanicos.

Antes de que él pudiera protestar, volvió a atacarle. Esta vez, le dio un golpe en el brazo.

—¿Y cómo se llama esto?

—El Castigo al Conde Refunfuñón.

—La paciencia que tengo que tener… —masculló Adrian, poniendo los ojos en blanco. Pero, a pesar de sus palabras, la comisura de sus labios se curvó ligeramente. Parecía divertido.

De pronto, se metió de verdad en el juego. Levantó el abanico y le devolvió el golpe con precisión, rozándole el hombro.

Phoebe dio un paso atrás, sorprendida, y luego, sin pensarlo, se agachó de forma exagerada y pasó el abanico por debajo del de él, como si estuviera intentando cortarle las piernas.

—¡La Serpiente del Abanico! —gritó, como si acabara de inventar la técnica más temible de la historia.

Adrian negó con la cabeza, pero no pudo evitar una sonrisa.

—Estás completamente loca.

—Y tú estás perdiendo —espetó ella, golpeándole otra vez.

Los invitados, que al principio habían mirado con escepticismo, empezaron a reírse abiertamente. Las carcajadas llenaron el salón.

Phoebe apenas se dio cuenta, ya que estaba demasiado metida en la pelea ficticia. Se estaba divirtiendo como no lo había hecho en mucho tiempo.

Adrian levantó el abanico y le devolvió el golpe; esta vez, con más energía, rozándole el brazo.

—Ahora vamos empatados —dijo.

Y, por primera vez, no había rastro de resignación en su voz. También se estaba divirtiendo, y a lo grande.

Aquella mujer lograba desconcertarlo como nadie.

Y, para su sorpresa, no le desagradaba en absoluto.

Le hacía sacar a la luz a un Adrian que no sabía que existía dentro de él.

Uno más ligero, más vivo. Uno que, por primera vez en mucho tiempo, no sentía la necesidad de mantener esa distancia con las personas que siempre se había impuesto.

Cuando por fin se detuvieron, ambos respiraban con dificultad. A Phoebe se le habían escapado varios mechones del peinado y tenía el cabello completamente desordenado, mientras que el abanico de Adrian colgaba de su mano.

Para sorpresa de ambos, la sala estalló en aplausos.

Hugh fue el primero en hablar, todavía riéndose.

—Eso ha sido un espectáculo cómico magnífico.

Adrian y Phoebe se miraron un segundo y respondieron al mismo tiempo, en perfecta sincronía:

—No ha sido un espectáculo cómico, ha sido esgrima con abanicos.

La sala estalló en carcajadas.

Charlotte, entre risas, alzó las manos en señal de rendición.

—Tengo que reconocerlo. Habéis ganado.

—No era un concurso —insistió lady Lucrecia con el ceño fruncido—. Todos lo hemos hecho bien.

—Pero hemos ganado nosotros —dijo Phoebe, levantando la mano, esperando que Adrian la chocase.

Este la miró como si quemase y ella bajó la mano.

Recordó que en esa época el contacto entre mujeres y hombres no estaba bien visto, aunque fuese algo tan tonto. Por lo que había visto, hasta los matrimonios eran poco cariñosos en público y los prometidos, como su hermano y Charlotte, no podían estar a solas.

Aunque ninguno de los presentes dio importancia a su gesto, debieron pensar que era algo más del espectáculo cómico.

—Sí que habéis ganado —dijo Charlotte—, y muchos más que el concurso .

Ni Phoebe ni Adrian entendieron lo que Charlotte quería decir, pero ella estaba segura que pronto lo entenderían.

Nunca había visto a su hermano tan desinhibido.

Tan entregado a un juego. Nunca había visto a su hermano tan feliz.

Phoebe había obrado ese milagro, y Charlotte seguiría haciendo lo que estuviese en su mano para que terminases juntos.

Aunque tenía la sensación de que el destino se encargaría de eso por ella.