La maldición del conde (Viajes en el tiempo 3) Capítulo 16 #2
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Capítulo 16 #2

Frederick, que había permanecido en silencio hasta entonces, sonrió.

—Sería una buena madre. Es innato en usted. ¿Desea tener hijos?

Adrian miró a Frederick con una expresión tan fría y cortante que no dejaba lugar a dudas: no aprobaba en absoluto aquel torpe intento de galanteo.

Phoebe, ajena a ello, soltó una risa corta y negó con la cabeza de inmediato.

—Ni loca. No me gustan los niños. —Miró al pequeño en sus brazos y suavizó un poco la voz—. Aunque este es adorable. —Se giró hacia Violet—. No se ofenda.

Violet sonrió con comprensión.

—No me ofendo en absoluto. Yo pensaba exactamente lo mismo antes de dar a luz. Ahora estoy deseando tener otro pronto.

—Lo tendrás —le dijo Hugh con dulzura. Después miró a Phoebe, que, a pesar de sus palabras, seguía con el niño en brazos, meciéndolo con un cuidado casi natural—. Es un placer conocerla, lady Phoebe.

—El placer es mío, milord —respondió ella, sin apartar la vista del bebé.

Adrian la contempló en silencio. Por un instante, sin poder evitarlo, la imaginó acunando a un hijo de ambos. La idea lo golpeó con tanta fuerza que casi dio un paso atrás.

¿De dónde demonios había salido aquello?

Apartó la mirada de inmediato, molesto consigo mismo. Él nunca sería padre; era algo que había decidido desde muy temprana edad. Aunque quisiera, jamás podría serlo, pues él nunca haría pasar a un hijo suyo lo que él había pasado de niño.

—Debo llevar a Oliver a la habitación de los niños antes de que pasemos a almorzar —dijo Violet.

—Sí, lo siento —Phoebe se sonrojó, ligeramente avergonzada, y Adrian pensó que aquella mujer no podía ser más hermosa. Después de mecer una vez más a Oliver, extendió los brazos y se lo entregó a Violet—. Es tan adorable.

—¿Está segura de que no desea tener hijos? —le preguntó lord Frederick.

—Sí, lo estoy. —Phoebe miró al pequeño, que se alejaba en brazos de su madre, seguido de cerca por su padre—. Bueno, creo que lo estoy.

Frederick sonrió.

—Ser padre tampoco entraba en mis planes, ni tenía intención de casarme pronto. Pero debo confesarle que conocer a mi sobrino me está haciendo reconsiderarlo.

—Entonces debería ir a Londres mañana mismo —espetó Adrian con sequedad—. La temporada está en pleno apogeo. Allí encontrará esposa con rapidez.

—No creo que una de las jóvenes de la temporada sea lo que busco. —Frederick hizo un ademán con su mano derecha y después miró a Phoebe—. Busco una mujer.

—¿Las damas no son mujeres? —preguntó Phoebe.

—Lo son, pero las debutantes esperan demasiado de un caballero. Son demasiado románticas. Y yo soy un hombre práctico.

—Compartimos eso, lord Frederick —respondió Phoebe—. Yo también soy una mujer práctica. Aunque usted no cree en el romanticismo, y yo no creo en el matrimonio.

—¿Es usted romántica?

Phoebe hizo una mueca.

—No, no creo que lo sea. Pero no veo nada malo en el romanticismo, siempre que no termine en matrimonio.

—Tal vez el hombre que logre hacerla cambiar de opinión esté más cerca de lo que usted cree. —Frederick se inclinó ligeramente hacia ella—. Puedo ser muy convincente, milady.

Phoebe soltó una carcajada.

Adrian, a su lado, estuvo a punto de darle un puñetazo al hermano menor de su mejor amigo.

Pero se contuvo, pues no podía golpearlo solo por galantear con una joven soltera; sobre todo, cuando no estaba haciendo nada indecoroso.

Además, había demasiados testigos. Quizá más tarde pudiera inventar una excusa, sacarlo a un lado y dejarle claro que Phoebe no era para él.

Phoebe no dejaba de repetir que no deseaba casarse, pero Adrian no se lo creía. Todas las damas lo deseaban, y ella misma había estado a punto de hacerlo una vez. Tal vez no era más que una estrategia para despertar mayor interés y, a juzgar por Frederick, estaba funcionando.

No. Ella no podía casarse con él.

Frederick era un mujeriego. Tenía amantes en casi todos los países que había visitado, y varias en Londres. Ni siquiera las mantenía; solo eran mujeres que acudían a su llamada cuando él lo deseaba. Un hombre así no merecía a Phoebe.

Por Dios, ¿y a él qué le importaba con quién terminara casada?

Debía alejarse de ella. Sin embargo, no se movió. No quería dejarla sola con aquel hombre.

Afortunadamente, no tuvo que soportar mucho más tiempo el galanteo, pues poco después los llamaron al comedor para el almuerzo.

Adrian terminó sentado junto a la anfitriona y a su hermana. Frederick, en cambio, se las ingenió —después de desplazar a un par de comensales con excusas apenas creíbles— para colocarse justo al lado de Phoebe.

Durante toda la comida, Adrian no dejó de observarlos. Lo único que le consolaba era que ella no le tuteaba.

—Hacen buena pareja, ¿verdad? —le preguntó Charlotte, provocando que él la mirase.

—¿Quién?

—Lord Frederick y lady Phoebe —respondió Charlotte con una sonrisa inocente que no engañó a Adrian—. ¿Crees que se casarán? Espero que la boda no coincida cuando Nathaniel y yo estemos de viaje.

Adrian dejó el tenedor sobre el plato con tal fuerza que el sonido seco hizo que varios presentes ladearan la cabeza hacia él.

—No van a casarse.

Charlotte escondió la sonrisa que asomaba en sus labios.

—Han congeniado. Y, aunque es el segundo hijo, tiene su propia propiedad en Londres y las finanzas saneadas. Podrá darle todo lo que ella necesite.

—No sabía que conocieras tan bien a lord Frederick.

—No lo conozco. Pero le he oído decirle exactamente eso a Phoebe. —Adrian contuvo un improperio—. Tendrás que darte prisa.

—Prisa, ¿para qué?

Pero su hermana no llegó a contestar porque lady Sunrey llamó la atención de los presentes.

—¿Qué les parecería que, una vez terminado el almuerzo, dedicáramos la tarde a demostrar nuestros talentos y habilidades?

—Para eso tenemos que tener alguno, madre —dijo Hugh con una sonrisa.

—Podemos hacerlo por parejas —sugirió Violet, que parecía más entusiasmada con la idea que su marido.

Hugh se giró hacia su mujer.

—En ese caso, participaré. Tú tienes talento suficiente por los dos, princesa.

Violet sonrió.

—No creo que nadie quiera escucharme cantar —se quejó Nathaniel.

—Hay más talentos que cantar —apuntó Helen—. A mí me parece una buena idea.

—Yo prefiero observar —dijo Phoebe.

Adrian fue a expresar que él tampoco participaría, pero Frederick se le adelantó.

—Lo haremos juntos —ofreció Frederick, mirando a Phoebe.

De nuevo, Adrian contuvo el impulso de darle un puñetazo. Un impulso que cada vez le resultaba más difícil de dominar.

—Lo siento, Phoebe —intervino Charlotte con una sonrisa inocente—, pero voy a tener que robarte la pareja. Soy bastante talentosa tocando el pianoforte y he oído que lord Frederick es un excelente cantante. Además, soy muy competitiva. Siempre quiero ganar.

—No es un concurso —señaló lady Sunray arrugando el ceño.

—Aun así.

—Le ruego me disculpe, lady Charlotte —dijo Frederick—, pero ya le he prometido a lady Phoebe…

Adrian sabía perfectamente lo que su hermana estaba haciendo. No era ningún necio. También sabía que lo más sensato era mantenerse al margen. Él no poseía ningún talento, a menos que se considerara un talento lograr que sus empleados obedecieran solo con enarcar una ceja.

Debía permanecer en silencio y declinar el juego, y eso era lo que pensaba hacer.

—Yo seré la pareja de lady Phoebe —dijo de pronto, sorprendiéndose a sí mismo.

El silencio que se extendió por el salón fue casi palpable. La mayoría de los presentes lo miraron con sorpresa. Incluida la propia Phoebe.