Capítulo 16
—¿Estás enfermo? —preguntó Hugh Harrington, el hijo mayor de los marqueses de Somerton.
—Por supuesto que no. ¿Por qué haces una pregunta tan absurda?
Hugh se acomodó en la silla detrás del escritorio de su padre.
—Quizá porque has aparecido en casa de mis padres después de haber declinado la invitación y has insistido en hablar conmigo en privado sobre el asunto de la Meridian Shipping Company. Creí que habíamos quedado en que ninguno de los dos iba a seguir adelante con esa inversión.
—Tenemos que hablar de ello.
—¿Quieres invertir?
—Por supuesto que no. —Adrian resopló, como si la mera pregunta lo ofendiera—. Esa naviera no tiene futuro.
—¿Entonces? —Hugh apoyó los antebrazos sobre el escritorio y entrelazó las manos—. Si no fuera porque te conozco bien, pensaría que has perdido la cordura.
—Mi cordura está perfecta.
—Y no vas a decirme por qué has venido en realidad.
—Para ver a mi ahijado. Soy un padrino responsable.
—Te recuerdo que mi hijo nació hace seis meses y que enviaste a tu abogado para que firmara en tu nombre y te aceptaran como padrino por poderes. Ni siquiera te molestaste en venir a la ceremonia.
—No me gusta ir a Londres si no es estrictamente necesario. A tu boda sí acudí.
—Violet y yo te estamos muy agradecidos. Y no nos ha ofendido que no asistieras a la ceremonia. Oliver no podría tener mejor padrino que tú. Sé que, si algún día me sucediera algo, te asegurarías de que creciera hasta convertirse en un hombre de bien.
—Nada va a sucederte.
—Claro que no. No puedo dejarte sin el único amigo que tienes.
Adrian se cruzó de brazos.
—No necesito amigos.
—A mí me necesitas. Sin mí te habrían molido a palos en Eton.
Adrian puso los ojos en blanco.
—Fui yo quien te salvó de que te diesen más de una paliza.
—Y gracias a mí te ganaste cierta reputación. Nadie se atrevía a meterse contigo.
—Tampoco se metían antes de que te defendiese.
—Aun así. Gracias a mí, a cualquiera que lo hubiera pensado se le habrían quitado las ganas de intentarlo.
Adrian resopló.
—¿Cómo te soporta Violet?
—Porque es una mujer con mucha paciencia. —Hugh sonrió, y su rostro se iluminó al hablar de su mujer—. He tenido mucha suerte con ella. Tiene una hermana que…
—No —lo cortó Adrian de inmediato al intuir sus intenciones.
—Ni siquiera sabes lo que iba a decir.
—Ibas a intentar persuadirme para que pidiera la mano de tu cuñada.
Hugh se echó ligeramente hacia atrás en la silla y esbozó una sonrisa divertida.
—Primero pensaba proponerte que fueras a casa de sus padres en Londres, donde se encuentran durante la temporada, y la cortejaras como es debido.
Unas flores, quizá un poema en el que la comparases con una rosa en plena floración, ya sabes, toda esa clase de gestos románticos y un tanto exagerados que suelen dar resultado.
—Pensaba que lo que funcionaba era tener un título y una buena fortuna para encandilar a la joven y al padre.
—Esas dos cosas ya las tienes, amigo. El resto no es más que fachada, pero resulta conveniente. Hace que en los salones se hable de lo romántico que resulta el cortejo, cuando, en realidad, solo se trata de una transición.
—¿Así ha sido para Violet y para ti?
Adrian sabía que había sido el padre de Hugh quien le había propuesto que se casara con Violet.
Como hija de un duque, era una unión más que conveniente para el marquesado.
Sin embargo, Adrian había asistido a la boda y había visto con sus propios ojos la felicidad de su amigo.
Aquello no había sido un matrimonio concertado por conveniencia, como tantos otros entre familias de su posición.
—Al principio sí, pero el cortejo hizo su magia.
—Me alegro por ti, pero sabes que nunca me casaré. Conoces bien mis razones.
Hugh era el único al que se las había contado.
—No importa lo que tu padre te dijese, no eres como él. Tú…
Adrian no le permitió seguir.
—Es una decisión tomada.
—¿Y dejarás el condado en manos de ese primo tuyo que se dedica a derrochar lo poco que posee en todos los clubes de Londres?
—Tiene un hijo varón. Solo tiene dos años, pero en cuanto sea lo bastante mayor, me aseguraré de intervenir en su educación.
Si mi primo no muere antes que yo, víctima de su propia disolución, dejaré todo dispuesto para que solo obtenga Whitmore House, que es la única propiedad vinculada al título.
El resto lo heredará su hijo. Y me aseguraré de que se convierta en un hombre que cuide y respete el condado.
—Lo tienes mejor dispuesto que la última vez que hablamos de ello.
—Tengo veintinueve años, ya no soy un muchacho. Tengo que tener un plan.
—No lo necesitarías si te casases.
—No va a pasar.
Hugh lo miró unos instantes.
—¿Has venido para que te ayude a convencer a Nathaniel Pembroke de que no se case con tu hermana?
Adrian suspiró.
—Esperaba que Charlotte tardase un poco más en encontrar marido, pero estoy bien con ello. Nathaniel es un buen hombre y va a heredar un marquesado próspero. Mi hermana tendrá una buena vida con él.
Hugh asintió.
—Lo recuerdo de Eton, a pesar de que era tres años menor que nosotros. Siempre estaba rodeado de amigos, era muy apreciado por todos.
—Yo no lo recuerdo.
A Hugh no le sorprendió. A pesar de que Adrian era su mejor amigo, nunca había sido especialmente sociable.
No necesitaba una multitud a su alrededor ni sentía interés por hacer amistades con cualquiera.
Prefería la compañía de unas pocas personas en las que confiaba y, aun con ellas, podía pasarse horas en silencio sin sentir la necesidad de llenar cada pausa con conversación.
Además, desde que habían terminado sus estudios, Adrian se había vuelto todavía más reservado.
—¿Cuándo es la boda?
—En dos meses, en Whitmore House. ¿No has recibido la invitación?
—Sí, pero lo cierto es que no le presté demasiada atención. Oliver apenas duerme por las noches, y estoy agotado.
—¿No tenéis una niñera?
—Tenemos tres, pero cuando llora por las noches, Violet dice que necesita a su madre y lo mete en la cama con nosotros.
—Eso no te pasaría si durmieras en tu propia habitación.
Hugh esbozó una sonrisa.
—No quiero dormir solo en mi habitación. Quiero dormir con mi mujer.
Adrian no se molestó en responder. No tenía nada que decir. Él no era nadie para dictarle a su amigo cómo debía llevar su matrimonio. Pero, si alguna vez se casara —algo que nunca sucedería—, mantendría su propia habitación. No le gustaba dormir con nadie.
—Entonces no te quejes.
—No me quejo —dijo Hugh—. Ahora que, por la razón que desconozco y que claramente no me vas a revelar, ya has fingido hablar conmigo de negocios, podemos salir. Estarán a punto de servir el almuerzo y estoy hambriento.
Adrian asintió en silencio. Ambos salieron del despacho y se dirigieron hacia el salón.
Al cruzar el umbral, lo primero que captó la mirada de Adrian fue a Phoebe.
Se había quitado el sombrero y conversaba animadamente con un joven de cabello rubio.
Sonreía. Una sonrisa fácil, despreocupada, que él apenas le había visto dirigir a nadie, y mucho menos a él. Parecía cómoda. Feliz, incluso.
Algo desagradable y afilado se le retorció en el pecho. Celos. Los reconoció al instante y los odió con la misma rapidez.
—No sabía que tu hermano menor también se encontraba aquí —dijo Adrian en voz baja, sin apartar los ojos de ellos.
Hugh lo siguió con la mirada.
—Frederick ha llegado de España hace unos días.
Parece que ha decidido quedarse una temporada en Inglaterra.
Pero se aburrirá pronto del campo e irá a Londres.
—Se encogió de hombros—. ¿Quién es la joven con la que habla?
Me has llevado con tanta prisa al despacho que no me has presentado a tus invitados.
Adrian apretó aún más los labios.
—Phoebe Pembroke.
—La hermana de Nathaniel —comentó Hugh, reconociendo su nombre—. Había oído que era una joven muy callada y bastante aburrida. Y aún más desde la muerte de su prometido. Sin embargo, parece alegre, y muy bella.
Las últimas palabras de Hugh hicieron que Adrian cerrase las manos en puños.
—No te tenía por una vieja chismosa.
Hugh se giró hacia él y sonrió con lentitud.
—Así que es por ella.
—¿Por ella? —repitió Adrian.
Pero no pudo continuar, pues una joven alta y esbelta se acercó a ellos. Llevaba el cabello rubio recogido en un elegante moño bajo. En sus brazos cargaba a un bebé envuelto en una manta blanca.
—Lord Adrian, es un placer verle.
—Lady Violet, el placer es mío —respondió él, inclinando ligeramente la cabeza.
—Estaba a punto de llevar a Oliver a la habitación de los niños —dijo ella, mostrando al bebé que dormía plácidamente en sus brazos.
Adrian bajó la mirada hacia el pequeño. Era un bebé muy guapo, a pesar de tener todavía muy poco pelo.
—Cógelo —le ofreció Violet.
—No es necesario —empezó Adrian, pero antes de que pudiera terminar la frase, Violet ya le había colocado al niño en los brazos.
Se quedó rígido. Sujetaba al bebé con un cuidado exagerado, como si temiera que se le fuera a romper o, peor aún, a despertar. Lo tenía demasiado lejos del cuerpo, con los brazos tensos y una expresión de profunda incomodidad.
En ese momento, Phoebe se acercó, seguida de cerca por Frederick.
—¡Por Dios! —exclamó ella en cuanto lo vio—. Lo estás sujetando como si fuera venenoso.
Adrian entrecerró los ojos.
—Si deseas sostenerlo tú, no tienes más que decirlo.
—Seguro que lo hago mejor que tú.
—Entonces demuéstralo.
Adrian extendió los brazos hacia ella y le entregó al pequeño. Phoebe lo recibió con una seguridad que estaba muy lejos de sentir. Lo acomodó contra su pecho y colocó una mano bajo su cabecita, procurando sostenerlo con delicadeza.
Oliver ni siquiera se inmutó. Continuó dormido, completamente ajeno al intercambio de manos.
Phoebe bajó la mirada hacia él y dejó escapar un pequeño suspiro de alivio.
—¿Ves? —dijo ella, meciéndolo suavemente—. Es muy fácil.
Adrian la observó con una ceja ligeramente alzada.
—¿Has sostenido muchos bebés?
—Es el primero —admitió Phoebe—. Pero el truco está en sujetar bien la cabeza.