Capítulo 15
El primer tramo del camino transcurrió mejor de lo que Phoebe había temido.
Durante la primera hora se concentró en mantener el equilibrio, en no enredarse con la falda interminable y en acostumbrarse a la extraña postura de montar de lado.
Al principio, cada trote del caballo le parecía una amenaza directa a su equilibrio, pero poco a poco el cuerpo empezó a recordar lo que era ir sobre un caballo.
No era lo mismo que montar a horcajadas; ni mucho menos, pero tampoco era imposible.
El paisaje ayudaba. Campos verdes, setos bajos, algún que otro rebaño de ovejas en la distancia y el cielo de un azul limpio que solo se veía fuera de Londres.
El grupo avanzaba a un ritmo constante: delante iban Nathaniel y Charlotte, conversando animadamente; detrás, a una distancia prudente, Helen y George; y ella, junto a Adrian, aunque junto era una palabra generosa.
El conde mantenía su semental negro a varios metros de distancia, como si temiera contagiarse de su falta de elegancia.
Todo iba relativamente bien hasta que dejó de irlo.
Al cumplirse aproximadamente la primera hora, comenzó a sentirse cansada.
No era un cansancio normal, era un cansancio traicionero que se concentraba en la pierna derecha, la que estaba doblada de forma antinatural sobre el pomo de la silla, y en la zona lumbar.
La falda pesaba más de lo que parecía. El sombrero, a pesar de la cinta bajo la barbilla, le rozaba la frente cada vez que el caballo movía la cabeza.
Y el estribo único le estaba dejando una marca permanente en el tobillo.
Miró alrededor, dándose cuenta de que nadie parecía tener la menor intención de parar.
Charlotte reía por algo que le había dicho Nathaniel, mientras que su padre hablaba con su madre. Y Adrian, Adrian miraba al frente con esa expresión de piedra que parecía su estado natural.
Phoebe apretó los labios. Trató de animarse a sí misma. Podía aguantar. Tenía que aguantar.
Un cuarto de hora después, ya no estaba tan segura.
Ella no era de las que se rendían, pero lo cierto era que estaba llegando a su límite. Tal vez ese viaje en el tiempo le estaba sirviendo para darse cuenta de que tenía limitaciones. O simplemente era un recordatorio de que aquella no era su época y debía regresar lo antes posible.
Cuando llegaron a un tramo más abierto del camino, donde un pequeño arroyo discurría bajo un puente de piedra y los árboles ofrecían una sombra generosa, Phoebe decidió que era el momento para hacer un descanso.
—Podríamos detenernos unos minutos —sugirió, intentando que la voz le sonara casual y no desesperada.
Adrian, que parecía que era el único que la había escuchado, giró ligeramente la cabeza hacia ella.
—Ya vamos con retraso —respondió sin detener el paso de su caballo—. Los marqueses nos esperan para el almuerzo.
—Solo cinco minutos.
—Si nos detenemos ahora, llegaremos tarde.
Phoebe apretó las riendas con más fuerza de la necesaria. Su caballo resopló, sensible a su tensión.
—Como desee, milord —dijo entre dientes, con toda la condescendencia que pudo reunir.
Él alzó una ceja, pero no contestó. Siguió adelante, como si hubiera decidido que no merecía la pena responderle.
Phoebe hubiese deseado que lo hiciera. Tal vez discutir le habría ayudado a olvidar que se le estaba durmiendo una pierna. Pero Adrian no parecía por la labor: seguía delante de ella, dándole la espalda.
Se obligó a respirar hondo.
El dolor está en la mente , se repitió. Y yo tengo una mente poderosa. Si he sido capaz de sacar adelante juicios complicados y de lidiar con jueces difíciles, puedo aguantar un paseo largo a caballo en una postura incómoda .
Durante unos minutos, la estrategia pareció funcionar. Hasta que dejó de hacerlo.
Los minutos se convirtieron en una eternidad. A cada tramo del camino, la distancia parecía hacerse más larga. Comenzó a sentir un hormigueo en la pierna derecha y sintió cómo iba perdiendo sensibilidad en el pie.
Empezó a quedarse atrás sin querer. El grupo se alejaba poco a poco. Nathaniel y Charlotte ya eran dos figuras pequeñas en la distancia, y sus padres también se habían adelantado. Solo Adrian parecía haberse dado cuenta, porque redujo el ritmo de su semental hasta igualar el de ella.
—¿Sucede algo? —preguntó sin mirarla.
—Todo va bien, milord —respondió Phoebe con sarcasmo, negándose a reconocer la más mínima debilidad ante él.
Pero Adrian no la creyó.
—Llevas diez minutos perdiendo terreno.
—Estoy disfrutando del paisaje.
—Por supuesto.
El tono seco de Adrian la irritó lo suficiente como para darle un empujón de orgullo. Enderezó la espalda y forzó al caballo a recuperar el ritmo. Aguantó otros quince minutos por pura terquedad.
Hasta que el pie se le durmió por completo. Ya no era un hormigueo, sino una ausencia total de sensación. Como si le hubieran cambiado el pie por un trozo de madera.
Con una exhalación de rendición, se dio cuenta de que no podía seguir cabalgando. Necesitaba descansar. Tiró de las riendas y el caballo se detuvo.
—Necesito desmontar un momento —dijo.
Adrian detuvo a su semental de inmediato. Delante, el resto del grupo seguía avanzando, ajenos a lo que ocurría detrás.
—¿Qué te ocurre? —preguntó él, girándose por primera vez en el trayecto hacia ella.
—Nada grave. Tú sigue hacia delante, ahora os alcanzo.
—Déjame ayudarte.
—No necesito tu ayuda.
Antes de que Adrian pudiera protestar, Phoebe intentó desmontar. El problema fue que el pie dormido no colaboró en absoluto. Al tocar el suelo con él, flaqueó y tuvo que agarrarse a la silla para no terminar de rodillas en el camino. Apenas consiguió mantenerse en pie.
Adrian, preocupado, desmontó de su caballo de un salto y se acercó a ella.
—Eres una mujer muy tozuda —masculló mientras estiraba la mano para ayudarla.
Pero ella hizo un ademán con la suya, impidiéndoselo.
—No necesito tu ayuda.
Se apoyó en el costado del caballo y empezó a dar pequeños golpecitos con el pie contra el suelo, intentando recuperar la circulación.
Adrian la observó en silencio durante unos segundos.
—¿Estás ensayando una especie de baile nuevo donde solo se mueve el pie? —preguntó al fin, con una ceja arqueada.
Phoebe le lanzó una mirada asesina mientras seguía sacudiendo el pie.
—Se me ha dormido el pie. ¿Nunca te ha pasado?
—No mientras montaba.
—Pues ahora ya has visto que sí puede pasar.
Siguió moviendo el pie de arriba abajo, de un lado a otro, con cada vez menos dignidad. El hormigueo empezó a regresar, doloroso y punzante, como miles de agujas. Apretó los dientes, soportando el dolor.
Adrian cruzó los brazos, todavía de pie junto a ella.
—Deberías haber dicho algo antes.
—Lo he hecho, pero te has negado a parar.
—Porque no has tenido la cortesía de decirme qué te sucedía. Sugerir que nos detuviéramos unos minutos no es lo mismo que advertirme de que se te ha dormido el pie y apenas puedes mantenerte en la silla.
Phoebe hizo una mueca.
Si no fuera porque estaba demasiado ocupada tratando de volver a sentir su pie, le hubiera arrojado una de las piedras que se encontraban en el camino.
—Gracias, lo sé para la próxima —le respondió con sarcasmo.
Después de unos minutos, Phoebe consiguió volver a sentir su pie.
—¿Puedes volver a montar? —le preguntó Adrian.
—Por supuesto que puedo.
Con la barbilla bien alta, se giró hacia su caballo y agarró la silla con ambas manos.
El pie todavía le respondía a medias: tenía sensación, sí, pero era una sensación traicionera, como si la pierna no terminara de obedecer las órdenes que le mandaba el cerebro.
Intentó alzarla hasta el estribo y falló.
Lo intentó de nuevo, con la mala suerte de que se le enredó la falda.
Su caballo comenzó a ponerse nervioso y dio un paso lateral, desconfiado.
—Maldita sea —murmuró Phoebe entre dientes.
Adrian exhaló un suspiro, largo y profundo.
—Phoebe.
—No.
—Ni siquiera he dicho nada.
—Ibas a ofrecer ayuda. Y la respuesta es no.
—Eres la persona más testaruda y orgullosa que he conocido en toda mi vida.
—Gracias. Me lo tomo como un cumplido.
Él no contestó. En su lugar, dio dos pasos y, antes de que ella pudiera quejarse, la levantó del suelo como si no pesara nada.
—¡Oye! ¡Suéltame!
—Cállate y deja de patalear. Vas a asustar al caballo.
—¡Te he dicho que puedo sola!
—Y yo te estoy demostrando que no.
Con una facilidad que resultaba casi insultante, la subió a su propio semental negro.
Phoebe aterrizó de lado en la silla, todavía protestando, mientras él recogía las riendas del caballo castaño y las sujetaba junto a las suyas.
Después se montó detrás de ella de un solo impulso, acomodándose con la misma naturalidad con la que respiraba.
Phoebe se quedó rígida, siendo consciente de que estaba sentada entre los brazos de Adrian.
Literalmente. Su espalda rozaba el pecho firme de Adrian, y una de sus manos pasaba por encima de su cintura para sujetar las riendas.
El calor de su cuerpo se filtraba a través de las capas de tela.
Olió a jabón, a cuero y a algo más que no supo identificar, pero que le resultó peligrosamente agradable.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó, y odió lo poco firme que le sonó la voz.
—Lo evidente —respondió él junto a su oído—. Nos estamos quedando atrás. Tú no estás en condiciones de cabalgar sola. Y yo no pienso dejarte en medio del camino como una obstinada.
—No soy obstinada.
—Eres la definición misma de la palabra.
—Bájame.
—No.
—Adrian.
—Phoebe —respondió él con firmeza—. Por una vez en tu vida, deja de ser tan autosuficiente y acepta la ayuda que se te ofrece.
Ella abrió la boca para discutir, pero la cerró.
Porque, de pronto, las palabras le hicieron un nudo extraño en el pecho.
«Autosuficiente».
Siempre lo había sido. Desde niña. Cuando sus padres se peleaban, ella aprendió a no necesitar a nadie.
Cuando estudiaba, se bastaba sola. En el bufete, era la que nunca pedía ayuda, la que se quedaba hasta tarde, la que resolvía los casos difíciles sin molestar a los socios.
Pedir ayuda era admitir debilidad, y la debilidad se pagaba cara.
Pero aquí estaba, en medio de un camino de 1815, con el pie todavía medio dormido, montada en el caballo de un conde malhumorado que la había subido a la fuerza, y por primera vez en mucho tiempo, la idea de no tener que hacerlo todo sola no le resultaba tan mala.
De hecho, se sintió reconfortante.
—Solo hasta que recuperemos al grupo —cedió finalmente, pero aún con el ceño fruncido—. Y antes de que ellos vean que voy montada contigo.
Adrian no dijo nada.
Chasqueó la lengua y el semental arrancó al trote. El caballo castaño los seguía dócilmente de cerca.
Phoebe se obligó a relajar la espalda, aunque cada roce accidental de sus cuerpos le enviaba una descarga extraña por la columna.
El paisaje pasaba a su lado, pero apenas lo registraba.
Estaba demasiado pendiente de la respiración de Adrian, del modo en que su brazo la rodeaba sin llegar a abrazarla del todo.
—Si se te ocurre comentar esto con alguien —le advirtió Phoebe al cabo de un rato—, juro que te enveneno la cena.
—No dudo de que lo harías —respondió él y, por el tono de su voz, Phoebe habría jurado que estaba sonriendo—. Pero no temas, prefiero que este pequeño momento de debilidad quede entre nosotros.
—No es debilidad.
—Claro que no.
Phoebe rodó los ojos, pero no le respondió, y Adrian tampoco añadió nada más. Se formó un silencio entre ellos, pero no incómodo, sino extrañamente íntimo y agradable. Del tipo de silencios que Phoebe tan solo había compartido con su prima Sophie.
Phoebe miró al frente. A lo lejos, en lo alto de una pequeña loma, ya se distinguían las figuras de Charlotte, Nathaniel, Helen y George, que los esperaban detenidos. Sintió una mezcla rara de alivio y de decepción. Porque una parte de ella no quería que aquel tramo terminara tan pronto.
Apartó la idea de un manotazo mental. ¿Desde cuándo disfrutaba de la compañía de Adrian? Definitivamente, estaba perdiendo la cabeza.
Adrian cumplió su promesa. Antes de que pudieran verlos con claridad, detuvo el semental.
Desmontó con esa facilidad que tanto la irritaba, la bajó del caballo como si no pesara nada y la subió al suyo propio con la misma delicadeza con la que se coloca a un niño en una silla.
No dijo una sola palabra, y ella no protestó. Se lo permitió.
Cuando él volvió a montar y arrancó al trote, Phoebe se acomodó en su propia silla y lo siguió en silencio, unos pasos detrás. El grupo los esperaba ya muy cerca. Charlotte levantó una mano en señal de saludo cuando los divisó.
Phoebe enderezó la espalda, se acomodó la falda y fingió que los últimos kilómetros no habían cambiado absolutamente nada. Aunque, en el fondo, sabía que sí lo habían hecho.