Capítulo 14 #2
No eran sus padres, pero cada día que pasaba le era cada vez más difícil pensar en ellos como unos completos desconocidos.
Durante los últimos días había empezado a acostumbrarse a su cariño, a sus preguntas, a la forma en que su madre se preocupaba por ella y a la manera en que su padre la llamaba con aquel apelativo cariñoso.
Sabía que no debería encariñarse demasiado. Tarde o temprano tendría que regresar a su época y, cuando lo hiciera, ellos dejarían de formar parte de su vida. Pero, mientras estuviera allí, decidió que no quería seguir marcando aquella distancia.
Podían no ser sus padres de verdad, pero mientras fingiera ser Phoebe Pembroke, debería tratarlos como si lo fueran. Además, era algo que quería hacer.
—Papá, mamá. No tardaré. —Fue a dar un paso hacia el establo, pero se detuvo al ver la mirada atónita de ambos—. ¿Sucede algo?
—No, cariño —respondió su madre enseguida. Se llevó un dedo al rabillo del ojo con disimulo, como si solo quisiera apartar algo de él, pero Phoebe alcanzó a distinguir la pequeña lágrima que trataba de ocultar—. Solo que no nos llamabas así desde que eras una niña pequeña.
—¿Y cómo os llamaba? —preguntó antes de darse cuenta de lo que estaba haciendo.
Dios, qué mal se le daba aquello de fingir ser Phoebe Pembroke. A ella, que estaba acostumbrada a desenvolverse con soltura en casi cualquier situación, ser una dama de la Regencia se le estaba complicando.
—Padre y madre —respondió George. Si la pregunta le había sorprendido, no dejó que se reflejara en su rostro.
—¿Lo preferís?
—No —dijeron los dos al mismo tiempo, con una sincronía que arrancó a Phoebe una pequeña sonrisa.
—Llámanos como gustes, ratoncita —añadió su padre con suavidad.
Phoebe se dio cuenta de que, en realidad, preferían que los llamara papá y mamá.
Por lo que estaba descubriendo, Phoebe Pembroke había sido bastante arisca, reservada y poco dada a mostrar sus sentimientos. Y, sin embargo, según todo lo que le habían contado, se había enamorado perdidamente.
Qué cosas tenía la vida.
—Papá y mamá, entonces —decidió con una pequeña sonrisa.
Ambos asintieron. Su madre sonrió con una calidez que no intentó disimular, mientras su padre la observaba con un orgullo sereno que hizo que Phoebe sintiera algo extraño en el pecho. Era evidente que unas palabras tan sencillas significaban mucho más para ellos de lo que ella había imaginado.
Y, por alguna razón, también significaron algo para ella.
—Hermanita.
La voz de Nathaniel hizo que Phoebe volviera la cabeza. Él y Charlotte salían de los establos ya montados, y fue entonces cuando reparó en que, efectivamente, tanto su madre como Charlotte cabalgaban de lado, con las piernas recogidas hacia un mismo costado.
Madre mía, se iba a matar.
—Lord Adrian te está esperando —le comunicó Nathaniel—. Tu caballo ya está ensillado.
Phoebe no pudo evitar rodar los ojos al escuchar el nombre de Adrian.
—Puede salir. Soy más que capaz de montar sin su ayuda.
—Cariño, lord Adrian solo está siendo amable —le reprendió su madre con suavidad.
Phoebe volvió a rodar los ojos, pero entró en el establo.
Adrian se encontraba en medio. Al igual que todos, llevaba ropa de montar. Pero, maldita sea, a él le quedaba especialmente bien.
Vestía una chaqueta oscura perfectamente ajustada que marcaba la anchura de sus hombros, un chaleco bajo ella y unos pantalones de montar de color claro que se ceñían a sus piernas.
Las botas altas de cuero estaban impecablemente limpias, y el cuello de la camisa blanca desaparecía bajo un pañuelo cuidadosamente anudado.
Durante unos instantes, Phoebe perdió el habla. ¿Por qué ese hombre tan insoportable tenía que ser tan atractivo?
—Llega tarde —se quejó Adrian, sin girarse del todo—. ¿A qué se debe la demora, lady Phoebe?
Phoebe se fijó entonces en el animal que se encontraba junto a Adrian.
Era un semental negro, grande y poderoso, de cuello musculoso y brillante pelaje oscuro. Movía la cabeza con cierta inquietud, pero permanecía tranquilo bajo la mano de Adrian, que acariciaba distraídamente su cuello.
Había algo en aquel caballo que le recordó al propio conde.
Ambos tenían esa misma presencia intimidante que hacía que cualquiera se lo pensara dos veces antes de acercarse demasiado y, sin embargo, eran demasiado bellos para no quedarse mirándolos.
Uno podía saber perfectamente que debía apartar la mirada y, aun así, era incapaz de hacerlo.
—¿Dónde está mi caballo?
Adrian señaló hacia un precioso animal de capa castaña, más pequeño y de aspecto tranquilo, que estaba atado a una columna de madera a unos pasos de ellos.
Phoebe se aclaró la garganta y adoptó el tono más cortés que pudo reunir.
—Milord, puede retirarse si lo desea. Soy perfectamente capaz de montar sin ayuda.
Él se giró entonces hacia ella.
—¿Ya no me tutea?
—Mis modales anteriores han sido lamentables, le pido disculpas por ello. A partir de ahora, me comportaré como la dama que me han educado para ser.
Se quedó un segundo en silencio, sorprendida de lo bien que le había salido la frase y de lo contenta que se sentía consigo misma por haberla dicho.
—Ni siquiera me ha saludado al entrar. —Adrian no parecía satisfecho con sus disculpas. De hecho, parecía más bien enfadado—. ¿Esos son los modales que le han enseñado?
Pero bueno, ¿es que a ese hombre nada le servía?
Tenía ganas de mandarlo a la mierda, claro que eso no sería educado ni de la época. Así que se abstuvo.
—Buenos días, milord. —Esbozó la sonrisa más falsa que pudo—. ¿Satisfecho ahora?
La expresión de Adrian no cambió.
—No hasta que se disculpe por no haberlo hecho cuando entró.
Y aquello fue la gota que colmó el vaso de la paciencia de Phoebe. Lo había intentado, de verdad que había intentado ser educada con ese hombre. Pero era imposible.
—El primero que ha sido un maleducado has sido tú —señaló, notando cómo la ira le ascendía por la garganta—. Ni siquiera te has molestado en saludarme; lo primero que has hecho ha sido reprenderme por retrasarme unos minutos.
—Ya no me tutea. —Los labios de Adrian se curvaron ligeramente—. ¿Dónde ha dejado la educación esta vez?
—¡Por el amor de Dios! —Phoebe agitó los brazos en el aire—. Eres, eres…
—¿Qué soy, milady?
Phoebe apretó los labios. La palabra imbécil le quemaba la lengua, y casi se le escapa.
Casi.
—Un necio —dijo al fin.
Esa palabra no era educada, pero era más acorde a la época. Aunque no tenía la fuerza de imbécil o gilipollas.
Adrian no pareció ofendido en absoluto. Al contrario, si Phoebe no supiera que no era capaz de hacerlo, pensaría que se estaba divirtiendo.
—No es la primera vez que me lo dicen. ¿Vas a montar en el caballo o piensas quedarte toda la mañana en el establo discutiendo conmigo?
—Ahora eres tú quien me tutea.
—Has entrado en mi despacho sin mi permiso, has discutido conmigo delante de mis empleados y me has faltado al respeto llamándome necio. Creo que me he ganado el derecho a tutearte.
—Si es lo que quieres, nos tutearemos.
Adrian estuvo a punto de soltar una carcajada.
Llevaba días soportando que ella le exigiera el tuteo como si fuera un derecho adquirido, y ahora lo presentaba como si fuera una concesión suya. Aquella mujer era incorregible. Y lo peor de todo era que no podía evitar el impulso de provocarla.
Phoebe se dirigió hacia el caballo castaño con decisión. Al acercarse, se dio cuenta de que la silla no se parecía en nada a las que conocía. Tenía una forma extraña, con unos pomos altos y curvados en un solo lado. Claro, porque montaban de lado.
Inspiró hondo, agarró las riendas y levantó la falda lo mejor que pudo. Intentó subir como siempre había hecho, pero no lo consiguió. La tela de su falda se enredó en sus botas y el estribo único estaba demasiado alto y en una posición completamente distinta.
Lo intentó una segunda vez, con el mismo resultado.
—¿Quieres que te ayude? —se ofreció Adrian cuando iba a hacer un tercer intento.
—No, muchas gracias.
—Estás tardando demasiado.
—He dicho que no.
Ni de coña iba a dejar que ese pedante la ayudara para que luego se lo echara en cara.
Apretó los dientes, reunió todas sus fuerzas y, con un movimiento poco elegante pero efectivo, logró por fin auparse hasta la silla. Se acomodó de lado, exactamente como había visto hacer a Charlotte y a su madre postiza, y soltó un suspiro de triunfo.
Lo había conseguido. Sola.
Sonrió, satisfecha consigo misma. Tiró suavemente de las riendas.
—Vamos —le animó al caballo en voz baja—. Muévete.
Sin embargo, el animal no le hizo caso.
Frunció el ceño y volvió a tirar; esta vez, con más fuerza.
—Te he dicho que te muevas —exigió, pero el caballo no parecía escucharla—. Este caballo es desobediente. Y además, está sordo.
Adrian se acercó unos pasos.
—No está sordo, está atado.
Phoebe bajó la vista y, efectivamente, vio la cuerda que sujetaba al animal a un poste de madera.
Maldita sea, se había olvidado de desatarlo.
Pero si desmontaba, no estaba nada segura de poder volver a subir a la primera. Miró a Adrian, que seguía de pie junto a su semental negro.
—¿No vas a desatarlo? —preguntó.
—¿No era tu deseo hacerlo sola? —respondió él con arrogancia.
Ella le lanzó una mirada furiosa, y Adrian se sorprendió a sí mismo sonriendo. Pero, en cuanto se dio cuenta, borró la expresión de su rostro.
Él no sonreía. No tenía motivo alguno para hacerlo.
Sin decir nada más, se acercó, desató la cuerda con un movimiento rápido y preciso y se la entregó. Después se giró hacia su propio caballo. Con una fluidez casi ofensiva, se aupó de un solo impulso sobre el animal, acomodándose en la silla como si formara parte de él.
Phoebe lo observó de reojo.
—Presumido —susurró entre dientes.
Adrian giró ligeramente la cabeza. La había oído.
Y esta vez, sin ni siquiera ser consciente de ello, volvió a sonreír.