Capítulo 14
Cuando le había dicho a Hannah que necesitaba ponerse ropa de montar, Phoebe no esperaba lo que la doncella sacó del guardarropa.
Lo que colocó sobre la cama no se parecía en nada a lo que Phoebe entendía por ropa de montar. En su época, ropa de montar significaba pantalones ajustados, botas altas, una chaqueta técnica y, como mucho, un casco. Algo práctico, algo con lo que uno pudiera moverse.
Aquello era otra cosa.
Hannah extendió una chaqueta de paño azul oscuro y ajustada, con botones brillantes y un cuello alto. Después sacó una falda larguísima del mismo color. Para debajo, una camisa blanca de cuello cerrado y, para terminar, un sombrero de ala ancha con una pluma.
—Su ropa de montar, milady —dijo Hannah con satisfacción—. El azul le sienta muy bien.
Phoebe lo miró con una mezcla de incredulidad y resignación.
—¿Eso es para montar a caballo?
—Lo trajo usted en su equipaje, milady. También hay otro conjunto de color amarillo, pero he pensado que el azul le gustaría más.
—Sí, sí. Mejor el azul —dijo Phoebe con rapidez.
Por Dios. Con el amarillo iba a parecer un canario.
—¿Y no he traído unos pantalones para montar?
Hannah la miró con extrañeza.
—No, milady. Las jóvenes damas no montan con pantalón.
—Pero es más cómodo para montar que una falda.
—Por eso montan de lado, milady.
¿De lado?
Phoebe se llevó una mano a la cara.
Aunque había intentado zafarse de la actividad, no era porque no supiera montar a caballo. Sabía. De niña había practicado hípica y, de adulta, había retomado algunas clases para poder acompañar a sus mejores clientes en sus salidas a caballo.
Nunca habían sido recorridos largos. Siempre por lugares seguros. Y nunca, jamás, de lado.
—No puede ser tan difícil —susurró para sí misma.
Por la forma en la que ladeó la cabeza hacia ella, Hannah la escuchó, pero una de las cosas buenas que tenía su doncella era su discreción.
Decidida a que nadie notase que era una impostora, Phoebe permitió que Hannah la vistiera.
Soportó la chaqueta ajustada, la falda incómoda y hasta las botas.
Cuando llegó el momento del sombrero, Hannah se lo colocó con cuidado sobre la cabeza y le pasó las cintas por debajo de la barbilla, anudándolas con un lazo firme.
—Así no se le caerá con el viento ni con el movimiento del caballo, milady.
Phoebe se miró en el espejo y contuvo un gemido.
El sombrero era feo de narices. Le quedaba horrible. Le aplastaba el pelo, le ensanchaba la cara y le daba un aire ridículo. Encima, con esa cinta anudada bajo la barbilla parecía una niña a la que le acababan de atar el gorro para que no se le vuele en el recreo.
Suspiró, resignada. Pensó que por lo menos, no tenía que coser.
Cuando bajó al vestíbulo, Charlotte ya se encontraba allí, esperándola.
—Se han ido todos a los establos. Me he quedado para acompañarte.
Charlotte llevaba ropa de montar muy parecida a la suya, pero en un tono turquesa que le daba un aire fresco y elegante. Y el sombrero no era tan grande como el de ella.
—Te queda muy bien el azul —dijo Charlotte con sinceridad—. Me gusta tu sombrero.
—Te lo cambio —ofreció Phoebe sin dudar.
Charlotte contuvo una risa.
—Te lo agradezco, pero tendré que declinar.
—Porque es feo de narices.
Charlotte ya no pudo contenerse y soltó una carcajada.
—Es muy feo, sí. Pero ¿por qué lo compraste?
Esa era una muy buena pregunta.
—Parece que, en algún momento, me pareció bonito.
—También tengo algunas prendas semejantes, aunque apenas hago uso de ellas.
—Supongo que no quiero desperdiciar lo que ya he comprado. ¿Crees que tu hermano me permitirá quedarme en la mansión cuando me vea con este sombrero?
Charlotte la miró de arriba abajo con una sonrisa divertida.
—Creo que mi hermano va a estar muy interesado en el conjunto que has elegido para montar.
—No lo creo.
—No eres consciente del efecto que tienes en él, ¿verdad?
Phoebe se detuvo un segundo.
—¿Estás insinuando que le atraigo?
—Mi hermano nunca haría nada irrespetuoso contigo, Phoebe. Puedes estar tranquila. Pero creo que, si alguien puede convencerle de que se case, esa eres tú.
—¿Que se case con quién?
—Contigo.
Phoebe casi se atragantó con su propia saliva.
—No voy a casarme nunca, Charlotte.
—Él dice exactamente lo mismo. Por eso seríais perfectos juntos. ¿No te parece apuesto?
—No —respondió Phoebe.
Aquella era, probablemente, la mentira más grande que había dicho en su vida.
Porque Adrian era muy guapo. Todo lo que tenía de borde lo tenía de atractivo.
El cabello rubio, siempre perfectamente peinado, aquellos ojos azules e intensos que parecían atravesarla cada vez que la miraba, la mandíbula marcada, la nariz recta y esa expresión seria que debería haberle restado atractivo y, por algún motivo que Phoebe no alcanzaba a comprender, conseguía exactamente lo contrario.
—He visto cómo le miras y cómo te mira él. —Charlotte hizo una mueca. Era evidente que no la creía, y Phoebe no podía culparla por ello.
Aun así, se negaba a reconocerlo.
—No le miro de ninguna manera especial. Y él me mira como si fuera una molestia constante.
—Es que eres una molestia. —Charlotte le dio un pequeño codazo en las costillas, divertida.
—¿Y aun sabiendo eso quieres que me case con él?
—Eres una molestia precisamente porque está empezando a tener sentimientos por ti.
—Eso no tiene ningún sentido —resopló Phoebe, zanjando el tema, pues ya había escuchado demasiadas tonterías por esa mañana—. Deberíamos ir. ¿No nos están esperando para cabalgar?
Charlotte asintió, divertida ante la evidente molestia de Phoebe, pero, por suerte, no insistió con aquella absurda idea de que Adrian podía sentirse atraído por ella.
Porque era una soberana estupidez.
Adrian no la miraba de ninguna manera especial. Era más que evidente, y lo dejaba claro cada vez que la veía, que no la soportaba. De hecho, probablemente pensaba que era la mujer más insoportable que había conocido en su vida.
Y, sin embargo, mientras salían de la casa y recorrían el camino empedrado que conducía hasta los establos, Phoebe no pudo evitar pensar: ¿y si Charlotte tuviera razón?
Descartó la idea al instante. Aunque, siendo completamente sincera consigo misma, la posibilidad no le desagradaba tanto como debería.
No porque quisiera casarse con Adrian —ni loca—, sino porque había algo agradable en pensar que un hombre como él podía encontrarla atractiva.
Quizá porque estaba tan acostumbrada a que Adrian la mirara como si cada palabra que salía de su boca fuera una nueva provocación, que imaginar por un instante que detrás de aquella mirada podía haber algo más le provocaba una satisfacción que no estaba dispuesta a admitir en voz alta.
Porque, para qué mentir, era un poquito halagador.
Phoebe negó con la cabeza al darse cuenta del rumbo que estaban tomando sus pensamientos. ¿Pero qué narices estaba pensando? Maldita sea, tenía que volver con urgencia a su época antes de que perdiera por completo la cabeza. Y echar un buen polvo, a ver si así se le quitaba tanta tontería.
—Has cambiado, Phoebe. —Charlotte la sacó de sus ensoñaciones. Se había girado hacia ella y sus grandes ojos oscuros estaban fijos en el rostro de ella—. Y creo que conocer a mi hermano ha obrado ese cambio.
Phoebe entrecerró los ojos. Y erre que erre con el tema.
—Tu hermano no ha tenido nada que ver.
—¿Y qué ha sido, entonces?
Phoebe suspiró. Tenía que decir algo, pero no podía contarle la verdad, ya que aunque Charlotte era un encanto y estaba muy agradecida con ella por lo bien que la estaba tratando; ni siquiera ella la creería.
—Todas las personas cambiamos.
—¿En unas horas? —insistió Charlotte—. Hasta hablas de otra manera.
Y tú, que siempre has sido tan seria y cuidadosa con las formas, ahora tuteas a mi hermano cuando ni siquiera mi prometido se atreve a hacerlo.
Ni quienes lo conocen desde hace años se toman semejante confianza con él.
Y tú le hablas como si su título y su mal humor te fueran completamente indiferentes.
—Quizá simplemente he decidido que la vida es demasiado corta para andar con formalidades todo el rato.
Charlotte la miró de reojo, sonriendo como si no se creyera ni una sola palabra, pero tampoco quisiera empujar más.
—Puede ser —dijo al fin—. O puede ser que, por fin, hayas encontrado a alguien que te saque de quicio lo suficiente como para sacar a la verdadera Phoebe.
—La verdadera Phoebe era la de antes. Y es hora de que regrese.
Charlotte se paró un instante, provocando que Phoebe se detuviese con ella.
—Tu hermano no te lo ha dicho, pero estaba muy preocupado por ti, al igual que tus padres. Ahora están dichosos. No importa si no es mi hermano el culpable del cambio, aunque me gustaría que lo fuese porque creo que puedes hacerlo muy feliz. Pero, sea la razón que sea, no cambies de nuevo.
Phoebe no supo qué responder. Porque, por primera vez, empezaba a comprender que quizá aquel cambio no solo la había afectado a ella.
Phoebe Pembroke era una mujer distinta, más reservada, más cuidadosa con sus palabras, quizá incluso más distante. Y, sin proponérselo, Phoebe había llegado a ocupar su lugar de una manera que había hecho felices a personas que no le pertenecían.
Y aunque le hacía sentirse incómoda, como una impostora, no pudo evitar pensar que, cuando regresase a su época, la relación que mantenía con sus padres y su hermano y la amistad que estaba construyendo con Charlotte desaparecerían. Aunque, en cierta manera, no fuera real, para Phoebe sí lo era.
Iba a echarlos de menos.
—Charlotte, Nathaniel te está esperando —dijo su madre postiza, ya montada en una preciosa yegua de color blanco.
—Sí, Helen. —Charlotte hizo un pequeño asentimiento y aceleró el paso para entrar en el establo.
Helen miró a Phoebe con una sonrisa cálida.
—Cariño, me alegra mucho que al final hayas podido acompañarnos.
—Creo que me vendrá bien distraerme —mintió Phoebe.
—Ratoncita, deberías entrar. —Su padre se encontraba al lado de su madre, montado en un hermoso caballo de pelaje castaño y crines negras—. Tu caballo está preparado.
Phoebe los miró.