Capítulo 13 #2
Phoebe sonrió. Por primera vez, la intransigencia de Adrian jugaba a su favor, pues lo último que Phoebe quería era quedarse todo el día sola con su madre pegada a ella. Temía que esta descubriera, al pasar demasiado tiempo juntas, que era una impostora.
Además, Phoebe quería quedarse tranquila en la mansión para vagar a sus anchas por ella y tratar de descubrir alguna manera de regresar. O, al menos, alguna pista. Y con su madre postiza no podría hacerlo.
—Charlotte tiene razón. —Miró a su madre—. Es mejor que vayas.
Helen suspiró mientras dejaba la servilleta sobre la mesa.
—Está bien. Pero si te encuentras mal, avisa a un sirviente para que acuda a buscarme.
—No te preocupes, estoy bien. Solo necesito un poco de descanso.
—Descansa entonces, cariño.
Phoebe asintió, aliviada. Todos se levantaron, pero ella se quedó un instante más sentada. Cuando por fin se puso en pie, se dio cuenta de que Charlotte la estaba esperando junto a la puerta.
Sostuvo su muñeca con delicadeza y la arrastró hacia el pasillo.
—Creo que antes no has entendido lo que quería decir —le susurró—. A mi hermano no le importa si tu madre se queda en la casa. Ni si nos quedamos todos.
—No tiene sentido, Charlotte. Él no quiere ser descortés con los marqueses.
—Cualquier otro noble se sentiría en la obligación de asegurarse de que sus invitados, que han aceptado la invitación de los marqueses, acudan. Pero a mi hermano eso le importa menos que nada.
Phoebe frunció el ceño.
—Entonces, ¿por qué ha dicho que, si no voy, soy descortés?
—Porque ha anunciado delante de todos que va a acompañarnos y ya no puede echarse atrás.
—No lo entiendo.
Charlotte la miró con una sonrisa demasiado conocedora.
—Por Dios, Phoebe, ¿cómo puedes ser tan obtusa? Mi hermano solo va porque vas tú.
No, eso no podía ser posible.
Adrian la soportaba tan poco como ella a él.
—Ha dicho que va porque tiene asuntos que tratar con el hijo de los marqueses.
—Lord Hugh es su único amigo. No necesita desplazarse hasta su residencia para tratar de negocios con él. Si el asunto fuese realmente urgente, estoy segura de que Hugh habría venido a Whitmore Hall. Tiene que haber otra razón para que Adrian haya decidido acompañarnos.
—Aun así. Que vaya yo o no, no tiene nada que ver con su decisión.
Charlotte sonrió, como si aquella fuera la respuesta que esperaba.
—Tendré que demostrártelo entonces.
Soltó su muñeca y comenzó a caminar a través del pasillo.
Desconcertada, pero con cierta curiosidad, Phoebe la siguió.
Atravesaron un corredor largo y silencioso antes de llegar a una amplia escalera.
Charlotte comenzó a subir sin vacilar, levantándose ligeramente la falda para no pisarla.
Phoebe imitó sus pasos, observando a su alrededor mientras ascendían.
Esperaba que la llevara hacia el pasillo donde se encontraban las habitaciones de los invitados, pero, al llegar al rellano, Charlotte no tomó la dirección que Phoebe ya conocía.
En lugar de continuar por el corredor que llevaba a sus aposentos, giró hacia la derecha y se adentró por una galería mucho más apartada de aquella parte de la casa.
—¿Adónde vamos? —preguntó.
Pero Charlotte no respondió.
Continuó avanzando hasta detenerse ante una puerta de madera oscura, mucho más sobria que las que Phoebe había visto hasta entonces en la casa. No había cuadros ni adornos a su alrededor; solo un discreto aplique de pared que iluminaba débilmente el espacio.
Charlotte levantó la mano y llamó dos veces con los nudillos.
Al cabo de unos segundos, la puerta se entreabrió y apareció un hombre de unos cuarenta años, impecablemente vestido con librea oscura. Tenía el aspecto serio y discreto de quien está acostumbrado a moverse en silencio alrededor de un noble.
—Lady Charlotte —saludó el hombre con una leve inclinación de cabeza.
—Él es Dawson —Charlotte miró a Phoebe—, el asistente de cámara de mi hermano.
No la presentó. A Phoebe le pareció extraño, pero no dijo nada. ¿Cómo iba a entender a la nobleza de otra época si ni siquiera entendía del todo a la de la suya?
Se limitó a asentir. Así que ese era el equivalente masculino de una doncella: el hombre que ayudaba a vestirse a los caballeros.
—Deseo hablar con mi hermano —le dijo Charlotte.
—Su señoría está terminando de vestirse, milady.
Charlotte asintió, imperturbable.
—Adrian, ¿me escuchas? —preguntó, alzando un poco la voz.
—Charlie, ¿qué haces en mis aposentos? —respondió él desde el interior, con el mismo tono cortante de siempre.
Phoebe no pudo evitar rodar los ojos. Ese hombre era un borde hasta con su propia hermana.
—Estoy fuera de ellos, no he entrado —señaló Charlotte con paciencia—. Pero tengo algo que comunicarte.
—Díselo a Dawson para que me lo transmita.
—Solo quería decirte que mi futura suegra no puede venir con nosotros. Le duele la cabeza y es mejor que se quede descansando.
—¿Y para eso consideras necesario importunarme y alzar la voz desde el pasillo? —replicó Adrian, elevando también la voz, algo que a Phoebe le resultó bastante irónico.
—He supuesto que deseabas saberlo.
—Podrías habérmelo comunicado en los establos —se quejó Adrian con un resoplido que resonó por el pasillo—. Asegúrate de informar a la ama de llaves para que vele por su comodidad y se ocupe de cuanto necesite mientras reposa.
Phoebe alzó una ceja, sin entender de qué iba todo aquello, pero cuando fue a abrir la boca, Charlotte se llevó un dedo a los labios, indicándole que se mantuviera en silencio.
—Antes de marcharme me gustaría comunicarte que lady Phoebe tampoco podrá acompañarnos —añadió Charlotte. Su tono apresurado contrastaba con la sonrisa brillante que se dibujaba en sus labios—. Se encuentra indispuesta del estómago; al parecer, el desayuno no le ha sentado bien.
Adrian no tardó ni un segundo en responder.
—Comunica a tu futura cuñada que, si es preciso, iré yo mismo a buscarla y la llevaré hasta el carruaje. No pienso permitir que faltemos al debido respeto a nuestros vecinos.
Charlotte se mordió el labio inferior para contener la risa y lanzó una mirada a Phoebe que decía «te lo dije». Aunque Phoebe no entendía nada.
—Como desees —respondió, complacida.
—Dawson —Adrian alzó la voz, dando la conversación por terminada. Y como siempre, sin despedirse, algo que a Phoebe le parecía de una mala educación terrible—, necesito tu ayuda.
—Sí, señor.
Pero antes de que Dawson se diera la vuelta, Charlotte lo detuvo.
—Si pregunta, yo estaba sola —le susurró.
Dawson le guiñó un ojo como respuesta, inclinó la cabeza y cerró la puerta con discreción.
—Dawson es un verdadero tesoro —comentó Charlotte mientras reanudaban la marcha por el pasillo.
—¿Por qué tu hermano me odia tanto? —preguntó Phoebe.
—¿Por qué crees que te odia? —Charlotte la miró, confusa.
—Porque si no, no me obligaría a ir a casa de los marqueses cuando sabe perfectamente que no quiero ir.
Phoebe estaba completamente segura de que lo hacía por fastidiar.
¿Tal vez era porque había entrado en su despacho sin llamar y, desde entonces, se la tenía jurada?
—Ya te lo he dicho. Porque ahora él ya no puede decir que no y solo va por ti —respondió Charlotte al tiempo que se detenía frente a una puerta.
Phoebe se detuvo con ella.
—Eso no tiene sentido alguno. A no ser que quiera venir para atormentarme.
Charlotte sonrió con picardía.
—Estos son mis aposentos. ¿Sabrás llegar hasta los tuyos? —dijo, dando por terminado el tema completamente adrede.
Si Phoebe se dio cuenta, no lo demostró.
—Sí. Soy buena orientándome. Nunca uso Google Maps, aunque aquí no podría usarlo porque no tengo móvil.
En ese preciso momento se dio cuenta de que ella, una adicta al móvil y a las pantallas, no los había echado de menos. Claro que estaba demasiado preocupada como para pensar en eso.
—No he entendido ni una palabra de lo que has dicho —admitió Charlotte—. Bueno, solo lo de que te orientas bien.
Phoebe suspiró. Parecía que el viaje en el tiempo también le había hecho hablar sin pensar y soltar información que no debía. Pero ¿quién podía culparla? En su época, el móvil y Google Maps eran lo más normal del mundo.
—Que sé llegar a mi habitación, no te preocupes. E iré a casa de los marqueses. Pero no porque tu hermano me obligue, sino porque no quiero ser descortés.
Charlotte esperó a que Phoebe desapareciera por el pasillo para soltar, por fin, la carcajada que había estado conteniendo todo el rato.