La maldición del conde (Viajes en el tiempo 3) Capítulo 13
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Capítulo 13

Phoebe estaba decidida a hacerse pasar por una dama de la época.

La tarde anterior había sido una prueba que había superado de milagro. Probablemente, porque aún pensaban que seguía alterada por el golpe en la cabeza, pero tenía que esforzarse más. Debía comportarse como la dama que se suponía que era.

Aunque no serían tan crueles, ¿verdad?

En realidad, no tenía la menor idea.

Y ese era otro de los problemas. A diferencia de su prima, que era una apasionada de la historia y especialmente de la Regencia inglesa, Phoebe apenas sabía lo básico.

Intentó recordar las películas de época que Sophie le había obligado a ver tantas veces, pero descubrió que, más allá de carruajes, corsés, bailes y matrimonios concertados, no recordaba gran cosa.

Así que no le quedaba otro remedio que improvisar.

Aquella mañana se levantó con una única misión: sobrevivir sin que nadie descubriera que no tenía la menor idea de lo que estaba haciendo.

Permitió que Hannah la ayudara a vestirse, soportando con resignación cada capa de ropa, cada lazo y cada botón que la doncella consideró imprescindible.

Después bajó a desayunar y se sentó con aquella familia que, según todos parecían creer, era la suya.

Solo faltaban los tíos de Charlotte, que, por lo visto, siempre desayunaban en su habitación, y el conde.

Y pese a que debería alegrarse de que Adrian no se encontrase allí, no pudo evitar sentir una punzada en el estómago, de algo parecido a la decepción.

—Hoy pareces recuperada del todo —comentó su madre postiza.

Helen la miraba con una sonrisa cálida; parecía casi aliviada.

—Lo estoy. —Phoebe masticó una fresa, irguiéndose un poco más en la silla—. Me gustaría disculparme por haberme comportado de una manera extraña estos días.

El silencio que siguió a sus palabras fue tan denso que casi se podía tocar. Phoebe se preguntó de inmediato qué había hecho mal. ¿Había dicho demasiado? ¿Había sonado poco natural?

—No hace falta que te esfuerces tanto en conseguirlo, hermanita —dijo Nathaniel con una media sonrisa—. Nos gusta esta Phoebe.

—Nathaniel —le reprendió su madre, señalándole con el tenedor que tan elegantemente sostenía en su mano derecha—. Nos gusta tu hermana siempre.

—Por supuesto. —Su padre estuvo de acuerdo—. Aunque nos alegra verte como estos días. Tan llena de vida.

—¿No suelo estar llena de vida? —preguntó ella, más por curiosidad que por reproche. Quería saber todo lo posible sobre la verdadera Phoebe Pembroke.

Su padre se aclaró la garganta, visiblemente incómodo.

—Sí, pero…

—Lo que nuestro padre está intentando decir —Nathaniel decidió ayudarlo, pues parecía no saber cómo continuar— es que, aunque nunca has sido especialmente alegre, en los últimos tiempos parecías haber perdido toda tu luz. Era como si una parte de ti se hubiera apagado. Desde que…

—Nathaniel —fue su madre quien intervino, interrumpiéndolo con severidad—, sabes perfectamente que tu hermana no desea hablar de ello.

Nathaniel la miró, arrepentido.

—Lo siento, hermana. No quería ofenderte.

Al principio, Phoebe no estaba segura de a qué se referían exactamente. Entonces se fijó en cómo su madre miraba de reojo el anillo que llevaba en el dedo y recordó la conversación con Charlotte de la tarde anterior. De pronto, comprendió quién era el elefante en la habitación.

—No me ofendes porque hables de Thomas —dijo, nombrando al prometido fallecido de Phoebe Pembroke.

El silencio que cayó sobre la mesa fue distinto al anterior. Más pesado, más profundo. Como si el solo hecho de pronunciar aquel nombre hubiera abierto una puerta que todos preferían mantener cerrada.

—No hablabas de él desde su entierro —dijo finalmente su madre. Había escogido las palabras con cuidado, pronunciando cada una con cautela, como si temiera que cualquier palabra equivocada pudiera abrir una herida que prefería mantener cerrada.

Phoebe esperaba que la Phoebe de esa época no se enfadase con ella cuando regresase.

Aunque, claro, a saber qué estaba haciendo en la suya.

Por Dios, solo esperaba que no se comprometiese con nadie o, peor, que se casase.

Por lo que le habían contado, parecía una romántica empedernida, ¿y si conocía a un hombre y se enamoraba perdidamente de él?

¿Y su trabajo? ¿Estaría yendo al bufete? A su jefe le daría un ataque al corazón si dejaba los casos sin atender. Esperaba que no la hubiese cagado demasiado y no se hubiera cargado su ascenso.

Tenía que volver cuanto antes. Y para hacerlo, necesitaba averiguar todo cuanto pudiera sobre Phoebe Pembroke: su vida, lo que había ocurrido antes de que ella llegara allí y, sobre todo, todo lo relacionado con Thomas.

Porque si aquel había sido el hombre que le entregó el anillo, quizá la historia de su relación escondiera alguna pista sobre cómo había terminado ella llevando aquella joya.

Porque ese anillo era una parte importante de su viaje en el tiempo; no tenía dudas.

Pero no sabía cómo lograr que volviese a brillar.

Como tampoco podía quitárselo del dedo, algo que había vuelto a intentar.

—Ha pasado mucho tiempo y estoy preparada para hablar de él —dijo, tratando de sonar convincente—. No voy a olvidarlo, pero debo seguir adelante.

—Eso es una excelente noticia, ratoncita —añadió su padre con una sonrisa cálida.

—George, sabes que no le gusta que le llames así —le reprendió su madre, aunque ella también sonreía.

—No me importa —respondió Phoebe, y lo cierto es que no le importaba.

—¿Entonces tampoco te importa que yo te llame mudita, como cuando éramos niños? —preguntó Nathaniel, con un guiño travieso.

Phoebe miró a su hermano con curiosidad.

—¿Por qué me llamabas así?

—Porque apenas hablabas de niña.

—Pues eso sería porque no tendría nada interesante que decirte. O, simplemente, no me apetecía hablar contigo.

Lo picó a propósito. Nathaniel parecía dispuesto a soltar información sin ser del todo consciente de ello.

Nathaniel Pembroke era hablador. En eso se parecía a ella. La diferencia era que Phoebe había aprendido desde muy pequeña a medir cada palabra y a no dar nunca más información de la estrictamente necesaria.

Lo aprendió a los ocho años, cuando, con total inocencia, le contó a su madre que su padre la había dejado comer helado de madrugada porque había tenido una pesadilla. Al día siguiente, su madre llamó al abogado para intentar limitar las visitas, argumentando que era un padre irresponsable.

Desde entonces, Phoebe entendió una regla básica: en una guerra, nunca debes dar información al contrario, aunque parezca inocente.

Y la vida es una guerra continua.

Agradecía a sus padres aquella lección. Formaba parte de lo que la había convertido en una gran abogada, incluso siendo tan joven.

Aunque ahora que había viajado al pasado y se encontraba con una familia que la aceptaba como era, que no la utilizaba, que la quería, se daba cuenta de cuánto había deseado tener una mejor infancia.

Nathaniel soltó una carcajada despreocupada, sacándola de sus pensamientos.

—Apenas hablabas con nadie.

—Eso es porque tenía mucho mundo interior —respondió Phoebe, y esta vez no lo hizo para provocarlo, sino porque sintió la necesidad de defender a Phoebe Pembroke.

Nathaniel iba a añadir algo más, pero su madre lo interrumpió con suavidad.

—Deberíamos prepararnos. Tenemos por delante dos horas a caballo hasta la residencia de los marqueses de Somerton, donde nos han invitado a almorzar.

—Dirigió entonces la mirada hacia Charlotte, quien había permanecido en silencio durante todo el desayuno—.

Querida, ¿tu hermano y tus tíos nos acompañarán?

—Mis tíos van a quedarse descansando. Y no creo que Adrian…

—Les acompañaré.

La voz del conde provocó que todos mirasen hacia la entrada, donde se encontraba de pie, impecable como siempre. Phoebe pensó que ese hombre disfrutaba haciendo entradas triunfales e interrumpiendo conversaciones ajenas.

—Pensaba que estabas ocupado, Adrian —dijo Charlotte con una sonrisilla traviesa.

—Lo estoy. —Alzó la barbilla con esa altivez tan característica de él—. Pero lord Hugh, el hijo de los marqueses de Somerton, está de visita y tengo asuntos que tratar con él.

—Si no es molestia —intervino Phoebe, rezando para que sus palabras sonaran lo bastante educadas y serenas, como correspondería a una dama completamente recuperada del golpe—, preferiría quedarme en la mansión.

—¿Te encuentras mal de nuevo, cariño? —le preguntó su madre, preocupada.

—No. Solo preferiría quedarme aquí, si no es molestia.

—Lo es —dijo Adrian antes de que nadie más pudiera hablar—. Los marqueses la esperan al igual que al resto. Sería una descortesía por su parte no acudir.

—¿Desde cuándo te importa ser descortés, Adrian? —le preguntó Charlotte con el ceño fruncido.

Su hermano le lanzó una mirada hostil.

—No seremos descorteses con nuestros vecinos.

Charlotte hizo una pequeña mueca y, con una sonrisa juguetona, añadió:

—Por supuesto que no.

—Voy a cambiarme. —Adrian ignoró el sarcasmo de Charlotte—. Les esperaré en los establos cuando ustedes hayan terminado de prepararse.

Sin decir nada más, se marchó.

—Manda narices, da una orden, se va sin despedirse, y luego la descortés soy yo —farfulló Phoebe.

Charlotte, que estaba a su lado, fue la única que la escuchó y contuvo una sonrisa.

—Vamos a ponernos la ropa de montar. —Nathaniel se levantó.

—Es mejor que yo me quede. —Phoebe hizo el último intento—. Estoy bien, pero no sé si lo suficientemente bien como para cabalgar.

—Me quedo contigo, cariño —ofreció su madre con rapidez.

—No es necesario. Además, los marqueses están esperando.

—Lady Lucrecia es madre, comprenderá perfectamente que prefiera quedarme a cuidar de ti.

—Lady Lucrecia tal vez lo haga, pero mi hermano no lo va a entender —le advirtió Charlotte, que ya se encontraba de pie junto a su prometido.