Capítulo 12 #2
La mirada se le oscureció, y la mandíbula se le tensó de tal forma que se le marcó un músculo en la mejilla.
Por primera vez desde que lo conocía, Phoebe sintió de verdad que había cruzado una línea.
Una línea roja. Su cuerpo le pedía que diera un paso atrás, que saliera de allí, pero se obligó a quedarse quieta. No iba a huir.
Harry, el administrador, carraspeó con nerviosismo, intentando aliviar la tensión.
—Señor, ¿quiere que mande arreglar lo del cobertizo del norte esta misma tarde, o puede esperar a mañana?
Adrian ni siquiera desvió la mirada de Phoebe. Parecía no haber oído a su administrador.
Dio un paso más hacia ella. Ahora estaban tan cerca que pudo ver el destello frío en sus ojos azules.
—Estás acostumbrada a caballeros que no hacen nada más que dilapidar la herencia de sus padres —dijo con voz baja, peligrosa, casi en un susurro cargado de desprecio—.
Hombres que se pasan el día en sus clubes, viviendo de un título que no se merecen y de unas tierras que nunca han pisado.
—Se inclinó ligeramente hacia ella, sin tocarla, pero invadiendo su espacio con deliberada intensidad—.
Yo no soy uno de ellos. —Hizo una pausa, manteniendo la mirada fija en la suya—.
Heredé el título y las propiedades, sí. Pero no he dejado de trabajar ni un solo día para convertirlas en lo que son ahora.
Cada mejora, cada decisión, cada libra que entra en estas tierras lleva mi esfuerzo detrás.
Phoebe lo miró.
—Yo… —comenzó, pero él la interrumpió.
—Es usted una invitada en mi casa y, si no quiere comportarse con la educación que se espera de una dama, no lo haga. Pero no se permita la osadía de venir aquí a desprestigiar todo aquello por lo que he trabajado.
Sin esperar respuesta, se giró y salió de la casa. No se despidió; ni siquiera miró atrás. La puerta se cerró tras él con un golpe seco.
Phoebe se quedó un instante en silencio.
—Milady, ¿le preparo una sopa? —ofreció la mujer con voz insegura.
—No, gracias —respondió Phoebe, ya dirigiéndose a la salida.
Salió de la casa y cerró la puerta tras de sí. Adrian ya se alejaba por un camino de tierra que bordeaba los jardines, con esas zancadas largas y decididas que parecían hechas a propósito para dejarla atrás.
—¡Adrian! —lo llamó.
Pero él no se detuvo.
Phoebe apretó los dientes y empezó a seguirlo. Intentó alargar el paso, incluso casi correr, pero era imposible alcanzarlo. Cada vez que creía ganar un poco de terreno, él se volvía a distanciar.
Hasta que vio el cercado.
Era de madera, bastante alto, y el conde estaba rodeándolo por el exterior. Phoebe se detuvo un segundo, calculando. Si cortaba por dentro, podría interceptarlo al otro lado.
Sin pensarlo demasiado, se acercó a la valla, levantó las faldas y se metió dentro del cercado con más determinación que gracia. El problema llegó medio segundo después, cuando se dio cuenta de que dentro había un caballo.
No uno de esos animales tranquilos y bien entrenados. Este era grande, de pelo oscuro, y tenía una mirada que no prometía nada bueno. En cuanto la vio, relinchó con fuerza, dio una sacudida de cabeza y empezó a moverse, nervioso.
—Tranquilo… —murmuró ella, levantando las manos—. Soy buena persona. Más o menos.
El caballo no pareció convencido. Dio un par de pasos hacia ella.
Phoebe, asustada, retrocedió, con la mala suerte de que tropezó con algo en el suelo y cayó de culo con un grito, que hizo que el animal se alterara aún más, relinchando con fuerza.
—Si me haces daño, te denuncio —le advirtió desde el suelo, señalándolo con el dedo—. Y soy muy buena abogada. Voy a ganar seguro. Tendrás que pagarme una indemnización.
El caballo relinchó de nuevo y empezó a acercarse con claras intenciones poco amigables.
—Podemos llegar a un acuerdo.
Al darse cuenta de las palabras que acababa de pronunciar, se quedó en silencio un segundo y después se pasó una mano por la cara.
—Maldita sea. ¿Cómo voy a llegar a un acuerdo con un caballo? —murmuró—. Estoy diciendo cosas sin sentido…
—Por fin lo reconoce —dijo una voz masculina a su espalda.
Phoebe se tensó.
¿Le había hablado el caballo? Definitivamente, se estaba volviendo loca.
Intentó levantarse para apartarse del animal, pero no le dio tiempo, pues el caballo se acercaba demasiado rápido. Se tapó la cara con los brazos, preparándose para el impacto.
Pero, en lugar del caballo, sintió unos brazos fuertes rodearle la cintura. La levantaron del suelo como si no pesara nada y, un instante después, la depositaron con firmeza al otro lado de la valla.
Cuando bajó los brazos, se encontró con el conde de Whitmore mirándola desde arriba. Respiraba agitado y su expresión mezclaba enfado, incredulidad y una clara exasperación.
—¡¿Se puede saber qué diablos crees que estás haciendo?! —vociferó, furioso.
—Yo… yo… —balbuceó Phoebe, todavía recuperando el aliento. Miró hacia el cercado, donde el caballo se había detenido en medio y los observaba con clara hostilidad—. Te estaba llamando, pero no me hacías caso.
—¿Y, puesto que no te hacía caso, has decidido llamar mi atención metiéndote en un cercado con un caballo que casi te mata?
—No ha sido culpa mía. ¿Qué hace un caballo tan agresivo suelto en tu propiedad?
—No está suelto —replicó él con sequedad—. Está dentro de un cercado precisamente por una razón: aún no está domesticado.
—¿Y por qué tienes un caballo sin domesticar? —insistió ella, cruzándose de brazos.
—Porque es un buen ejemplar y dará buenas crías. Uno de mis negocios es la cría de caballos. —Se pasó una mano por el rostro, claramente arrepentido de estar entrando en explicaciones—. Por todos los santos, ¿por qué estoy dándote explicaciones?
—Quizá porque te sientes culpable. Los culpables siempre dan muchas explicaciones.
—¿Por qué me sentiría culpable? —preguntó. Ella abrió la boca para responder, pero él no se lo permitió—. Da lo mismo. Deberías agradecerme por salvarte la vida, no discutir conmigo.
Phoebe se mordió el labio inferior.
—Gracias —murmuró. Adrian asintió, complacido, e iba a responder, pero ella no le dio tiempo—. Claro que mi vida no habría corrido peligro si no tuvieras un caballo salvaje suelto por ahí.
—Estaba dentro de un cercado —replicó él, conteniendo a duras penas el impulso de alzar la voz. Aquella joven conseguía exasperarlo con una facilidad irritante.
Phoebe sabía que Adrian tenía razón. Pero, como buena abogada, siempre intentaba defenderse; aunque en esta ocasión no había mucho que defender.
—Quería alcanzarte para disculparme —admitió—. Me he excedido.
—Lo has hecho —concordó él sin dudar.
—¿Y tú no vas a disculparte? —preguntó ella, mirándolo de frente.
Adrian la observó un segundo, incrédulo.
—¿Me has perseguido hasta aquí para disculparte con la intención de que yo me disculpe a cambio?
—Así es. Tú también has dicho cosas que no debías.
Adrian no estaba del todo seguro de a qué se refería exactamente, pero con aquella joven era mejor no insistir demasiado. Se dio por vencido.
—Está bien.
—¿Qué está bien?
—Que tienes razón.
La ceja de Phoebe se arqueó todavía más.
—Tienes que decir que te disculpas.
Adrian inspiró hondo.
—Me disculpo.
Phoebe sonrió, satisfecha.
—No eres de los que se disculpan muy a menudo, ¿verdad?
—No suelo tener razones para hacerlo.
—O, más bien crees, que no las tienes.
—Por todos los santos —masculló Adrian, resoplando—. ¿Tienes que discutirlo todo?
—No todo. Solo las cosas en las que no tienes razón. Que, por lo que voy viendo, son bastantes.
Adrian la miró en silencio durante un segundo. Después soltó una especie de risa corta, incrédula, que no llegó a convertirse del todo en diversión.
—Eres agotadora.
—Gracias. Me lo han dicho antes.
—No es un cumplido.
—Yo creo que sí. Ganar por cansancio también es un triunfo.
—Y tienes que ganarlo todo.
—Siempre.
Adrian la miró en silencio.
Parecía tan decidida, tan segura de sí misma, rasgos que, para su propia sorpresa, le resultaban peligrosamente atractivos. Y precisamente por eso debía alejarse de ella. Aquella mujer era una amenaza.
Había discutido con ella delante del administrador y de su esposa, sin importarle en absoluto lo que pudieran pensar. Lady Phoebe conseguía que olvidara las razones por las que se mantenía alejado de las damas.
No era un hombre célibe ni pretendía ser un santo.
Había compartido lecho con mujeres, sí. Pero aquellas mujeres solo esperaban de él una noche de placer, algo que él estaba más que dispuesto a ofrecer.
Las damas como Phoebe, en cambio, esperaban mucho más: matrimonio, hijos, y una vida respetable.
Todo lo que se esperaba de un hombre de su posición.
Pero él no podía casarse.
No cuando cargaba con una maldición heredada de su padre. Una maldición que, tarde o temprano, terminaría destrozando a cualquier mujer lo bastante imprudente como para intentar construir una vida a su lado.
—Tengo asuntos que requieren de mi presencia —dijo Adrian.
Phoebe asintió.
—Y yo debería regresar al interior.
Sin embargo, ninguno de los dos se movió.
Se miraron fijamente. El aire entre ellos seguía cargado, como si la discusión no hubiera terminado del todo o como si hubiera empezado otra cosa que ninguno estaba dispuesto a nombrar.
Pero Adrian fue el primero en apartar la vista.
—Que tenga una buena tarde, lady Phoebe.
Hizo una leve inclinación de cabeza y se alejó por el camino, con paso firme, sin mirar atrás.
Phoebe se quedó quieta unos instantes, observando su figura mientras se perdía entre los setos. Después soltó un largo suspiro, se sacudió las faldas y se giró en dirección contraria, de regreso hacia la mansión.
¿Qué tenía ese hombre que provocaba en ella una sensación extraña? Una que era incapaz de dar nombre.
El conde de Whitmore era una incógnita para ella, una que quería descubrir, cuando en realidad su única preocupación debería ser regresar a su época.
Claro que, cómo iba a regresar, era algo que desconocía.