Capítulo 12
Phoebe tenía muchas virtudes, pero la paciencia no era una de ellas.
Y tal como acababa de descubrir, el bordado era una actividad que requería de mucha paciencia. Llevaba varios minutos mirando el trozo de tela que tenía delante como si esperara que el dibujo fuese a aparecer solo. Si había viajado en el tiempo, igual también había suerte y tenía poderes mágicos.
Algo que, evidentemente, no pasó.
Bordar era un puto coñazo. Por favor, era imposible que alguien disfrutara haciendo aquello.
Se encontraba sentada en un pequeño saloncito luminoso, junto a un ventanal que daba al jardín.
Frente a ella, su madre postiza Helen cosía con movimientos precisos y elegantes.
A su derecha, Charlotte bordaba una delicada flor con una concentración casi artística.
Y junto a la chimenea, lady Thornfield trabajaba en lo que parecía un pañuelo, tarareando suavemente para sí misma.
Las tres lo hacían con naturalidad, como si llevaran toda la vida dedicándose a ello, y probablemente fuera así. Ella, en cambio, llevaba casi media hora intentando pasar el hilo por el mismo punto y el resultado era un nudo tan enredado que parecía imposible de deshacer.
Suspiró, frustrada, y tiró un poco demasiado fuerte, provocando que el hilo se rompiera.
—Genial —se quejó entre dientes.
Charlotte levantó la vista, conteniendo una sonrisa.
—¿Necesitas ayuda?
Phoebe miró el desastre que tenía entre las manos.
—Se ve que hoy no tengo el día —trató de disimular—. Sé que soy buena en ello…
—No, no lo eres —la interrumpió su madre. Después se mordió el labio inferior, como arrepintiéndose de haber hablado tan directamente—. Lo siento, cariño, pero nunca se te ha dado bien. Ni de niña. Ni ahora.
Phoebe suspiró, aliviada. Al menos la Phoebe del pasado y ella tenían algo en común.
—Es que es muy complicado.
Y un rollo.
—Eso es porque las jóvenes no tenéis paciencia —comentó lady Thornfield desde su butaca, sin dejar de coser.
—Yo no soy paciente y, aun así, se me da bien el bordado —añadió Charlotte con una sonrisa—. En realidad, es muy sencillo. Solo tienes que sujetar la tela con firmeza, no tensar demasiado el hilo y hacer los puntos siempre en la misma dirección. Mira…
Se inclinó hacia Phoebe y le mostró el movimiento con la aguja.
Esta asintió, concentrada, e intentó imitarla. Sin embargo, el resultado fue aún peor que el anterior. El hilo se enredó de nuevo, formó un nudo todavía más grande y, al tirar, terminó arrugando la tela de una forma que parecía irreversible.
Era como esos tutoriales de YouTube en los que alguien hacía una manualidad en cinco minutos y decía: «es facilísimo». Luego lo intentabas y acababas a punto de tirar los materiales por la ventana.
—Creo que necesito tomar un poco el aire —dijo Phoebe, bajando la aguja.
—Por supuesto, cariño —respondió con una sonrisa cálida—. Hace una tarde maravillosa.
La mujer parecía genuinamente contenta de ver a su hija mejor, y Phoebe no pensaba desaprovechar la ocasión. Se puso de pie.
—Puedo acompañarte —ofreció Charlotte.
Lo cierto era que a Phoebe le gustaba su compañía, pero no quería interrumpirla.
—No es necesario. Termina el bordado. Parece que lo estás disfrutando de verdad.
—Lo cierto es que sí —admitió Charlotte con una sonrisa—. ¿Quién no disfruta bordando?
Phoebe se preguntó, no por primera vez, cómo era posible que alguien encontrara placer en aquello. Ella, personalmente, prefería enfrentarse a un juicio complicado antes que a otro nudo.
—Disfrutad vosotras —dijo, ofreciendo una sonrisa educada—. No tardaré.
Se despidió con un ligero movimiento de cabeza y salió del saloncito.
Cruzó el pasillo con paso decidido, bajó las escaleras y se dirigió hacia la puerta exterior que daba a los jardines.
El aire fresco de la tarde la recibió en cuanto la abrió, y por primera vez en horas sintió que podía respirar un poco mejor.
Decidió pasear por ellos.
Estaban impecablemente cuidados. Los setos formaban líneas perfectas, los parterres de flores estaban ordenados con precisión y los senderos de grava crujían suavemente bajo sus pies. Todo respiraba el orden y la prosperidad de una gran propiedad.
Al doblar un seto alto, vio una pequeña casa de piedra de una sola planta. Tenía un aspecto sencillo, con ventanas pequeñas y un tejado inclinado. Phoebe se detuvo de golpe, pues la reconoció.
En su época, aquel edificio era donde se habían cambiado de ropa antes del escape room. Les habían dicho que antiguamente había sido la vivienda de algunos empleados de la mansión.
Sin pensarlo demasiado, se acercó y giró el pomo. Soltó un suspiro de alivio al comprobar que la puerta estaba abierta.
Cuando entró, se dio cuenta de que el interior no se parecía en nada a lo que recordaba.
Ya no había una zona improvisada para cambiarse ni puertas cerradas con aspecto de almacén.
Ahora olía a hogar: a madera, a algo cocinado y a jabón casero.
Había una mesa rústica en el centro, un par de sillas, una chimenea con rescoldos y unas estanterías modestas con utensilios.
Parecía una vivienda sencilla pero vivida.
Estaba observándolo todo cuando una mujer de mediana edad apareció por un pasillo lateral. Al verla, soltó un grito ahogado y se llevó una mano al pecho.
—¡Santo cielo!
Antes de que Phoebe pudiera disculparse, una de las puertas interiores se abrió y apareció el conde de Whitmore, seguido de un hombre de mediana edad.
—¿Qué haces aquí? —le preguntó Phoebe.
Él alzó una ceja, claramente irritado.
—Creo que la pregunta correcta es qué hace usted aquí —replicó con voz fría—. Esta mala costumbre de entrar en sitios sin pedir permiso parece ser algo característico suyo.
—Solo tenía curiosidad. —Phoebe se encogió de hombros. Tampoco es que fuera para tanto, ¿no?—. Quería saber qué era este lugar.
—Mi marido —dijo la mujer, señalando al hombre que estaba junto al conde— es el administrador de la finca, y esta es nuestra casa. Es bienvenida en ella. ¿Desea que le prepare algo?
—No. Ella no es bienvenida —cortó el conde.
—Si la señora dice que lo soy, entonces lo soy —replicó Phoebe—. Usted siempre tiene la necesidad de llevar la contraria.
La mujer enmudeció, visiblemente incómoda, pero su marido soltó una risa breve.
—No es gracioso, Harry —le reprendió el conde.
—Tiene razón, señor —respondió el administrador de inmediato, recuperando la compostura.
Phoebe se irguió, mirando al conde con desafío.
—No tiene por qué darle la razón si no cree que la tiene. Los trabajadores tienen derechos. No puede tratarlos como si fueran esclavos.
El conde dio un paso hacia ella. La irritación le endurecía los rasgos.
—¿Cómo te atreves a insinuar que soy un señor tiránico?
Phoebe sostuvo su mirada sin retroceder. Por lo menos, pensó, la había tuteado. Aunque fuera solo porque estaba demasiado enfadado para mantener las formalidades.
—No estoy insinuando nada.
—Debería disculparse por lo que ha dicho —comenzó él, pero ella no le dejó terminar.
—Me disculpo porque has creído que lo estaba insinuando cuando, en realidad, lo estaba diciendo con claridad. Se ve que no me he explicado bien.
La mujer emitió un sonido de incredulidad y hasta su marido la miró como si no pudiera creer lo que estaba oyendo. El conde, en cambio, permaneció impertérrito, aunque apretó la mandíbula.
—Te conozco desde… —Phoebe se interrumpió al darse cuenta de que la otra Phoebe lo conocía desde hacía más tiempo que ella—.
Te conozco poco —se corrigió—. Pero no dejas de dar órdenes y de recordar a todo el mundo la cantidad de normas que hay en tu casa.
Como si nadie pudiera respirar sin tu permiso.
Adrian entrecerró los ojos.
—Esta es mi casa. Y en ella se siguen mis normas. Algo que usted parece decidida a pasar por alto desde el mismo momento en que puso un pie en ella.
—¿Y eso le da derecho a tratar a la gente como si fueran de su propiedad? Porque desde aquí se le da bastante bien.
—Está usted distorsionando todo lo que digo y todo lo que hago. Yo no maltrato a quienes trabajan para mí. Les pago un salario justo, les proporciono vivienda y les exijo lo mismo que cualquier propietario responsable: respeto y cumplimiento de sus obligaciones.
—Qué generoso —Phoebe esbozó una sonrisa cargada de ironía—. Les da techo y comida a cambio de obediencia absoluta. Suena casi feudal.
Harry, el administrador, carraspeó incómodo. Su esposa se había quedado completamente quieta, con los ojos muy abiertos, como si no quisiera ni respirar demasiado fuerte.
Adrian dio otro paso hacia Phoebe, como si hubiese olvidado que no estaban solos; ella parecía haberlo olvidado también, porque dio un paso hacia él.
Ahora estaban peligrosamente cerca.
—Tiene una lengua afilada y una preocupante falta de modales —siseó—. Nadie se ha permitido jamás hablarme de ese modo bajo mi techo, y no consentiré que sea la primera.
—¿Y fuera de él?
—¿Cómo dice?
Phoebe estiró la cabeza y levantó la barbilla para mirarlo también, sin permitir que le intimidase.
—Que entonces tendré que decirte lo que pienso fuera de tu propiedad. O tendrás que acostumbrarte a que lo haga dentro. Porque no pienso callarme solo porque tengas un título y una mansión grande.
—Tengo varias mansiones grandes.
—Te felicito por ello. —Phoebe hizo una mueca. Mira que era pedante—. ¿Pero has hecho algo para conseguirlas? ¿O eres un niño de papá?
Adrian frunció el ceño.
—¿Niño de papá?
—¿Vas a seguir repitiendo lo que yo digo como un loro?
—Si se dignara a hablar de forma que pudiera entenderla, no tendría que hacerlo.
Phoebe se dio cuenta de que, tal vez, la expresión en esa época no se entendía.
Y aunque su sentido común le decía que se mantuviese callada, lo cierto es que ella era de las que hacía caso a su instinto, pero no a su sentido común.
Y su instinto le decía… Bueno, no tenía la menor idea de lo que le decía porque no estaba escuchando nada.
—Que si te has ganado algo de lo que tienes o todo es herencia de tu padre.
El cambio en el rostro de Adrian fue inmediato.