La maldición del conde (Viajes en el tiempo 3) Capítulo 11
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Capítulo 11

Phoebe había insistido en regresar de inmediato a la mansión, con la excusa de que no se encontraba bien. Y lo cierto era que no mentía del todo, ya que estaba sumamente confundida.

Tenía la certeza de que había viajado en el tiempo, una idea absurda de por sí y, sin embargo, la única que parecía explicar lo que le estaba ocurriendo.

Aunque, si era sincera consigo misma, tampoco era realmente una explicación.

Solo un nombre para algo imposible. Viajar en el tiempo solo sucedía en las novelas y en las películas.

Nunca en la vida real. Pero como no tenía otra teoría que tuviera sentido, no le quedaba otra opción que aferrarse a esa.

Así que lo primero era intentar comprender cómo había viajado.

Phoebe daba vueltas de un lado a otro de la habitación en la que se había encerrado en cuanto regresaron a la mansión.

Su madre postiza se había quedado un buen rato a su lado, hasta que ella fingió haberse quedado dormida.

Era evidente lo preocupada que estaba por ella o, más bien, por la Phoebe a la que estaba sustituyendo.

De pronto, se quedó paralizada en medio de la habitación.

¿Y si la otra Phoebe, la que realmente pertenecía a esta época, estaba ahora mismo en su siglo?

¿Estaba fingiendo ser ella? ¿Se habría dado cuenta Sophie?

¿O, al igual que ocurría aquí con los parientes de Phoebe Pembroke, simplemente pensaban que actuaba de forma extraña a causa del golpe en la cabeza?

Sintió una punzada aguda en la sien. Era demasiado; su mente no era capaz de asimilar tantas posibilidades a la vez. De momento, solo tenía una pista clara: la despensa en la que había viajado.

Intentó recordar con precisión lo que había sucedido allí. Destellos de imágenes cruzaron su memoria. La habitación estaba vacía al principio, y de repente, habían empezado a materializarse estanterías. Y el anillo. El anillo se había iluminado.

Bajó la vista hacia su mano. El anillo seguía allí, en su dedo. ¿Podría ser ese el canalizador? ¿El objeto que había provocado el viaje?

Se lo quiso quitar para examinarlo mejor, pero era como si estuviera atascado. Phoebe frunció el ceño. Agarró el anillo con la mano libre y tiró, sin conseguir nada. Lo intentó dos veces más, con el mismo resultado. Era como si se negara a abandonar su dedo.

Entonces, decidida, sujetó la base del anillo entre el pulgar y el índice de la otra mano y tiró con todas sus fuerzas.

De nuevo, el anillo no se movió ni un milímetro, pero ella sí.

Perdió el equilibrio y terminó sentada de golpe en el suelo, con las faldas hechas un desastre y el anillo todavía perfectamente colocado en su dedo.

Alzó su mano derecha y se quedó mirando al anillo fijamente.

—En serio… —murmuró—. Eres igual de cabezón que el conde.

El conde. Adrian tendría que haber alucinado con ella. Estaba segura de que no entendía absolutamente nada. ¿Pero qué más daba lo que ese hombre insoportable pensara de ella? Lo único importante era regresar a su tiempo.

Phoebe se levantó del suelo, se sacudió las faldas lo mejor que pudo y se acercó a la puerta.

La abrió con cuidado y asomó la cabeza al pasillo.

Afortunadamente, no había nadie. Bajó las escaleras con paso ligero, aprovechando que conocía medianamente la distribución de la casa.

Su sentido de la orientación no le falló: en pocos minutos se encontró frente a la puerta de la despensa.

Sin pensárselo, la abrió y entró.

Dentro olía a madera, a hierbas secas y a algo agridulce que no supo identificar.

Había estanterías repletas de tarros de conservas, sacos apilados en un rincón y un banco de madera contra la pared.

La luz que entraba por la puerta entreabierta apenas alcanzaba a iluminar el centro de la habitación.

Dejó la puerta un poco abierta a propósito y se quedó en medio de la oscuridad relativa. Buscó el cuadro en el que aparecía Phoebe Pembroke, pero no estaba. No había rastro de él.

Aun así, se negó a desmoralizarse.

Acarició el anillo con los dedos de la otra mano.

—Vale… —susurró—. Funciona, por favor. Tienes que funcionar. —Cerró los ojos con todas sus fuerzas—. Llévame de vuelta a 2026. Tengo que regresar.

Sin embargo, no sucedió absolutamente nada. Abrió los ojos, frustrada. Tal vez la luz interfería. Cerró la puerta del todo, dejando la despensa en completa oscuridad, y volvió a intentarlo.

—Por favor —pidió esta vez con más fuerza, apretando el anillo—. Quiero volver. ¡Ahora!

En cuanto pronunció aquellas palabras, la puerta se abrió de golpe y, por un instante, Phoebe pensó que, por fin, había activado algo que, tal vez, le haría viajar. Pero sus esperanzas cayeron en saco roto cuando reconoció la figura del conde de Whitmore.

Tenía la misma cara de pocos amigos de siempre.

—¿Qué está haciendo aquí?

Phoebe no se lo podía creer. Pero qué hombre más inoportuno.

—¿Me estás siguiendo?

—Iba de regreso a mi despacho y te he visto entrar —respondió, sin negarle que, evidentemente, la había estado siguiendo—. ¿Se puede saber qué hace?

Phoebe no le podía decir que estaba intentando viajar en el tiempo. No ahora que sabía que realmente había viajado y no era todo parte de una fantasía creada por su subconsciente. Si seguía con eso de viajar en el tiempo, Adrian avisaría a su madre, creyendo que había perdido el juicio del todo.

Tenía que empezar a actuar como una dama de la época. O, al menos, intentarlo.

—Lo que se hace en una despensa —dijo con un encogimiento de hombros—. Buscar alimentos para la comida.

Él la miró de arriba abajo, incrédulo.

—Por el amor de Dios. Usted no ha cocinado en su vida.

—Por supuesto que lo he hecho —se defendió ella.

Claro que, en realidad, lo suyo solía limitarse a calentar algo en el microondas. Pero era perfectamente capaz de preparar una comida básica si la situación lo requería. Unos huevos revueltos, un mac and cheese. .. No era una chef, pero tampoco se iba a morir de hambre.

—Lady Phoebe. ¿Qué pretende? Dígame la verdad de una vez.

Y entonces recordó algo que Quentin, el game master , le había dicho.

—¿Está prohibida esta despensa?

Evidentemente, una bruja no había maldecido al conde con fealdad, porque era muy atractivo. Y aunque ese hombre era intimidante, dudaba que hubiese matado a nadie y lo escondiera allí. Y, viendo que la trataba como si le faltase un tornillo, dudaba que creyese en brujas. Pero tenía que probar.

—No, no está prohibida, pero no tiene sentido alguno que una dama como usted esté aquí.

—Ya puedes tutearme.

—Como le he dicho antes…

—No fastidies. Hemos paseado juntos. ¿Qué más necesitas para tutearme?

Él la miró en silencio durante un segundo.

—Phoebe, no sé si eres consciente… —la tuteó por fin, y ella sonrió. Él pensó, con cierta molestia, que era la sonrisa más bella que había visto en su vida, pero no permitió que aquello le afectara, o al menos que se le notara—, pero estás avergonzando a tus padres.

—¿Por entrar en una despensa?

—Por cómo te estás comportando.

—¿Qué hacéis en la despensa?

La voz femenina surgió de repente desde el umbral. Adrian dio varios pasos hacia atrás casi por reflejo y Phoebe pegó un pequeño salto, sobresaltada.

—Charlie —la llamó el conde.

Charlotte los observaba a ambos con diversión.

—No sabía que la siguiente actividad era aquí. Puedo llamar al resto.

—Charlie. —Esta vez, su nombre fue pronunciado por Adrian como una advertencia.

Charlotte hizo un gesto con su mano.

—De verdad, Adrian, qué falto de humor estás.

Phoebe les había dejado de prestar atención y observaba su anillo, el cual no se iluminaba como había hecho cuando viajó en el tiempo.

Charlotte la miró.

—Nathaniel me ha contado el significado que tiene ese anillo para ti. No lo sabía. Te pido disculpas si antes te he parecido insensible.

—¿Qué significado? —preguntó el conde, sorprendiéndose a sí mismo por haberlo preguntado.

—No me corresponde a mí… —comenzó Charlotte.

—Cuéntaselo —dijo Phoebe. Lo cierto era que ella también estaba interesada.

—¿Estás segura? —preguntó Charlotte, mirándola con cautela.

—De nada lo he estado tanto.

Charlotte asintió, despacio.

—El anillo se lo entregó su prometido, Thomas —explicó—.

Él falleció poco después, hace ya cinco años.

Desde entonces, Phoebe no se lo había quitado nunca.

Sin embargo, cuando yo la conocí hace dos meses, no lo llevaba.

—Hizo una pausa y miró directamente a Phoebe—.

Tu hermano me ha contado que lo perdiste, y que ahora lo has encontrado. Me alegro mucho por ti.

Phoebe se tocó el anillo con el dedo índice.

¿Cómo que había estado prometida? La Phoebe del pasado, por supuesto, no ella. Si ese anillo estaba relacionado con el prometido fallecido, tenía que encontrarlo.

Tenía que averiguar quién había sido Thomas aparte del prometido de Phoebe Pembroke; necesitaba saberlo todo de él. Dónde había conseguido el anillo que le había regalado a su prometida. Sabía que era importante para encontrar la manera de regresar a su época.

Pero no podía hacer más preguntas en ese momento sin llamar demasiado la atención.

—Yo también me alegro —dijo.

Era una mentira, por supuesto. En realidad, deseaba no haber tenido nunca aquel anillo en su poder. ¿De verdad era el mismo? Entonces recordó el retrato. En el cuadro de lady Phoebe Pembroke, la joven llevaba exactamente ese anillo en el dedo.

—¿Hay algún retrato mío en la casa?

—¿Por qué habría un retrato tuyo en mi casa? —Adrian frunció el ceño.

—Vaya, ya veo que hasta os tuteáis —comentó Charlotte con una sonrisa.

—Ella me tutea desde que entró sin permiso en mi despacho —dijo Adrian con sequedad—. Lo cual es una falta de educación y…

Phoebe salió de la despensa. Era obvio que allí no iba a descubrir nada más.

—Que sí, que soy una maleducada —dijo por encima del hombro—. Ya nos ha quedado claro a todos.

Adrian la miró un instante y después soltó una especie de bufido.

—No tengo tiempo para estas necedades —declaró, y se alejó por el pasillo sin despedirse.

Charlotte observó a Phoebe con una sonrisa suave y le tomó la mano libre, la que no llevaba el anillo.

—Sabía que eras especial desde que nos conocimos en el almuerzo de la señora Harrington.

Esa noche era mi primer baile y estaba segura de que ningún caballero me sacaría a bailar, pero tú me aseguraste que obligarías a tu hermano a asistir y que él me pediría un baile.

Creo que ya sabías entonces que nos enamoraríamos.

—¿Por qué me estás contando esto?

Como abogada, estaba acostumbrada a fijarse en los detalles que no encajaban.

Charlotte le estaba narrando un recuerdo compartido, como si Phoebe no lo conociera, como si tuviera que explicárselo.

Y eso no tenía sentido, a menos que sospechara que algo no iba bien. O que supiera más de lo que aparentaba.

Phoebe la miró con atención, intentando leer su expresión, pero Charlotte se limitó a encogerse de hombros.

—Solo quería recordarte lo buena amiga que has sido para mí, nada más. Y que no importa lo que el resto diga de ti.

—¿Y qué dicen de mí?

—Eso no importa. —Charlotte hizo un gesto con la mano—. Siento lo de tu prometido. No lo sabía. Podía ver que estabas triste, pero desconocía el motivo. Debías de amarlo mucho. Nathaniel me ha contado que por esa razón no te has vuelto a comprometer con nadie.

Phoebe la miró en silencio. La otra Phoebe era muy diferente a ella.

—Y no pienso comprometerme con nadie —declaró con rotundidad.

Charlotte le soltó la mano.

—Creo que sí lo harás. Venir aquí te ha sentado bien. Te encuentro más alegre.

Phoebe rodó los ojos.

—No sé yo si alegre es la palabra…

Charlotte soltó una carcajada.

—Tú me presentaste al amor de mi vida. Aunque sé que no puedo devolverte el favor porque ya encontraste a ese hombre, sí puedo ayudarte a encontrar a alguien que te haga feliz el resto de tu vida.

—No, no puedes. Y tampoco quiero —añadió Phoebe con rapidez. Bastantes problemas tenía ya como para tener que estar esquivando los intentos de casamentera de Charlotte—. No lo intentes, por favor te lo pido.

Charlotte se volvió a reír.

—Lo pensaré —respondió. Después le sacó la lengua, pero enseguida recuperó la compostura—. Tu madre está preocupada por ti. Se alegrará mucho cuando descubra que por fin has salido de la cama y que te encuentras bien. ¿Vendrás con nosotros a la próxima actividad?

Phoebe se lo pensó unos segundos.

Podía regresar a su habitación, ¿pero qué iba a hacer allí? ¿Quedarse encerrada esperando a que, por arte de magia, regresara a su época?

Decidió que lo más lógico era fingir que era Phoebe Pembroke. Que había actuado de forma extraña a causa del golpe en la cabeza, pero que ya volvía a ser ella misma. Al menos, hasta que encontrara la manera de volver a su tiempo.

—¿Cuál es la siguiente actividad?

—Las mujeres vamos a bordar.

Phoebe hizo una mueca. Ella no sabía ni coserse un botón.

Pero si algo no le faltaba era determinación. Y aprendía rápido. Siempre había sido así. La primera de su clase, la primera de su promoción, la que había sacado la nota más alta de la carrera.

No había nada que se le resistiera.