La maldición del conde (Viajes en el tiempo 3) Capítulo 10 #3
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Capítulo 10 #3

Durante un instante pensó que, quizá, el propósito de todo aquel sueño era precisamente este: convencer al conde de que nada de lo que estaba viviendo era real. Que si lograba hacerle ver la verdad, el sueño terminaría y ella despertaría.

Pero sus esperanzas se rompieron en mil pedazos cuando él habló:

—¿Está afligida porque su hermano se va a casar y usted sigue siendo una solterona?

—¿Pero qué dices?

—Algunas solteronas terminan encontrando marido —continuó él con tono práctico—. Su padre es un hombre influyente y, sin duda, su dote es cuantiosa. Pero si él no lograra…

Eso era exactamente lo que le faltaba por escuchar.

Phoebe no lo dejó terminar. Rodeó su cuerpo con un movimiento rápido y se dirigió de nuevo hacia el borde. Tenía que acabar con aquello de una vez.

Pero, justo cuando iba a inclinarse, se dio cuenta de algo.

Su subconsciente nunca la llamaría solterona a los veinticuatro años. Tampoco esperaría que estuviera triste por no casarse, ni celosa de que su hermano lo hiciera, como el conde acababa de insinuar. Eso no tenía ningún sentido. Su mente no funcionaba así.

La brisa le acarició la mejilla. Fría, limpia y perfectamente real. El olor a hierba y a tierra húmeda le llenó la nariz y el sonido del arroyo abajo llegaba nítido, sin la distorsión propia de los sueños.

Aquello era demasiado real para ser un sueño.

Antes de que pudiera dar el siguiente paso, unos brazos fuertes la rodearon de nuevo por la cintura y la alejaron del borde con decisión. El conde la arrastró varios pasos hacia atrás y solo cuando estuvo lo suficientemente lejos del borde la soltó, quedándose frente a ella y respirando con fuerza.

Phoebe levantó la vista hacia él.

—¡¿Pero qué está haciendo?! —rugió él.

Sin embargo, Phoebe apenas le estaba prestando atención. Su mente estaba en otra parte.

—No estoy en coma, ¿verdad? —preguntó ella en un susurro, a pesar de que sabía la respuesta.

Adrian frunció el ceño, desconcertado.

—¿Se refiere a un sueño profundo del que no puede despertar? —Esperó a que Phoebe respondiera, pero cuando no lo hizo, continuó—. No, lady Phoebe. Está completamente despierta y en pleno uso de sus facultades, aunque sus palabras y su conducta parezcan indicar lo contrario.

Phoebe sintió que palidecía.

Hasta ese momento, había tratado de encontrar una explicación, que ella creía que era razonable o lo más razonable que podía ser en esa situación, para lo que estaba viviendo. Pero ya no podía seguir haciéndolo.

—Esto es real, ¿verdad? —preguntó de nuevo, casi sin voz—. ¿Estamos en el año 1815?

—Sí —respondió el conde—. Estamos en el año de Nuestro Señor de 1815.

Phoebe sintió que el suelo se movía bajo sus pies.

—No puede ser.

Se llevó ambas manos a la cabeza mientras daba círculos sobre sí misma.

Si aquello no era un sueño creado por su subconsciente porque se había dado un golpe que la había inducido a un coma y tampoco era parte de un escape room, solo había otra posibilidad. Una tan aterradora como imposible.

—He viajado en el tiempo —dijo en voz alta.

Phoebe nunca creyó que eso fuera posible. Ella, al contrario que su prima Sophie, no creía en la brujería ni mucho menos en algo tan fantasioso como viajar en el tiempo. Por supuesto que había visto películas y series con esa temática, pero nunca pensó que fuera real.

—¿Qué ha viajado en el tiempo? —repitió Adrian, que observaba a lady Phoebe atónito, sin comprender nada de lo que estaba sucediendo.

En realidad, nada de lo ocurrido en los últimos minutos tenía el menor sentido.

Aquella joven había perdido la cordura. O, lo que resultaba más probable, no la había perdido en absoluto y estaba jugando con él a algún juego retorcido que no llegaba a entender.

Las damas de su posición a veces eran caprichosas y excesivamente consentidas. Algunas, hartas del hastío de sus vidas, eran capaces de inventar las historias más extravagantes con tal de generar un poco de emoción.

Y no sería la primera joven que intentara atraparlo en una trampa matrimonial mediante artimañas.

Adrian la observó con detenimiento, buscando en su rostro algún indicio de burla, cálculo o astucia, pero no encontró ninguno.

Solo desconcierto y miedo. Un miedo tan genuino que le resultaba difícil imaginar que aquella mujer estuviera fingiendo.

Además, desde que había tratado con ella, Phoebe había sido muchas cosas —insolente, imprevisible y desesperantemente provocadora—, pero nunca le había parecido calculadora.

—Es la única explicación plausible —insistió ella.

—No sé si estos juegos le funcionan con el resto de los caballeros —dijo él con voz fría—, pero le aseguro que conmigo no van a dar resultado. Y le advierto que…

—Tengo que regresar a la mansión —lo interrumpió ella, demostrando que no le estaba prestando la menor atención—. Sí, es lo mejor —añadió, empezando a bajar la ladera con paso decidido—. Allí empezó todo. Tengo que encontrar la despensa.

—¿La despensa? —le preguntó el conde, y al mismo tiempo se preguntó por qué diantres estaba respondiendo.

—Sí. Solo tengo que volver a entrar. —Phoebe aceleró el paso—. Y no me interrumpas, que estoy pensando.

El conde bajó la colina tras ella, preguntándose qué diablos acababa de suceder.