La maldición del conde (Viajes en el tiempo 3) Capítulo 10 #2
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Capítulo 10 #2

Había oído una vez —o creía haberlo oído— que alguien se había despertado de un coma después de tirarse desde un lugar elevado.

El cuerpo, al sentir el peligro real, obligaba a la mente a regresar.

El borde de la pequeña ladera no era especialmente alto, pero sí lo bastante empinado como para hacerse daño de verdad si uno caía mal.

Despacio, se acercó más al límite.

El viento le golpeó la cara, frío y limpio.

Notó el vértigo ligero en la boca del estómago, pero extendió un pie y lo colocó justo en el borde, donde la hierba terminaba y empezaba la pendiente.

Su corazón latía con fuerza. Ella nunca había sido una amante de los deportes de riesgo ni de la adrenalina, pero, si quería salir de ese sueño, tenía que ser valiente.

Solo tenía que inclinarse un poco más… Pero algo en su interior, una voz instintiva y profundamente humana, le gritó que no lo hiciera.

Sin embargo, ella la silenció. Pero, antes de que pudiera moverse, dos manos fuertes la agarraron por los brazos desde atrás y la tiraron con decisión hacia atrás, alejándola del borde.

Phoebe soltó un jadeo de sorpresa al chocar contra un pecho firme.

—¡¿Qué cree que está haciendo?! —rugió una voz grave justo detrás de su oreja.

La reconoció sin tan siquiera girarse.

El conde de Whitmore la sujetaba con fuerza, con los dedos firmes alrededor de sus brazos, como si temiera que volviera a inclinarse hacia el vacío en cuanto la soltara.

—Suéltame —exigió Phoebe, intentando zafarse.

—La soltaré cuando me asegure de que no va a terminar con su vida en mi propiedad —respondió él sin aflojar ni un centímetro.

Phoebe se revolvió con más fuerza. Él la giró entonces para enfrentarla, aún sujetándola, y solo la liberó cuando hubo varios pasos de distancia segura entre ella y el borde.

Phoebe dio un paso atrás, con la respiración agitada, y lo miró con furia.

—¡No quiero quitarme la vida, idiota!

—No me falte al respeto —advirtió él, con la mandíbula tensa.

—¡No te estoy faltando al respeto, te estoy definiendo! —gritó ella, completamente alterada—. ¡Márchate!

Adrian inspiró hondo, como si necesitara todo el aire de la colina para no perder la paciencia. Sus ojos la recorrieron de arriba abajo, evaluándola.

—Lady Phoebe —por primera vez, Phoebe sintió cierta cautela en su voz—, ¿qué tan insoportable es su vida para que desee terminar con ella de esta manera?

Phoebe abrió los ojos, indignada.

—¡No quiero terminar con mi vida! ¡Qué tonterías estás diciendo!

—Iba a tirarse. —El conde señaló la colina.

—Lo estaba considerando, sí.

—¿Y qué pensaba? ¿Que iba a volar?

—¡Por el amor de Dios! —Phoebe se llevó una mano a la frente. Su subconsciente estaba consiguiendo enloquecerla—. Si me tiro es precisamente para vivir.

Adrian la miró como si de pronto le hubieran salido dos cabezas. Durante un segundo no dijo nada. Solo la observó en silencio, pensando cada una de sus palabras.

—¿Cree que al morir renacerá en una vida mejor?

—Creo que regresaré a mi verdadera vida.

El conde formaba parte de su subconsciente, era una creación de ella misma. Y su subconsciente sabía lo que estaba pasando. ¿Entonces por qué le costaba tanto entenderlo?

—¿Su verdadera vida? —repitió, despacio—. ¿Es usted consciente de los desvaríos que está diciendo? Ha perdido la cordura.

—¿Yo? —Phoebe se dio un pequeño toquecito, soltando una risa histérica que no ayudaba en absoluto a defender su argumento—. Si soy la única cuerda en todo esto.

—Permítame dudarlo mucho, lady Phoebe.

Phoebe exhaló un resoplido que pronto se convirtió en un suspiro suave. Ciertamente, el conde tenía un poco de razón; a cada minuto que pasaba allí, estaba perdiendo más el juicio. Parecía estar atrapada en un sueño extraño, en una época que ella desconocía y de la que no podía salir.

Hundió los hombros, abatida.

—Tengo que volver a mi vida —susurró, entrecerrando los ojos, pues tal vez su subconsciente se compadeciera de ella—. Volver a ver a mi prima y a sus amigas.

La primera vez que Adrian conoció a lady Phoebe apenas le prestó atención, pero desde que esta entró en su despacho no podía dejar de mirarla.

Y era la primera vez que veía en su rostro una emoción diferente a la insolencia o la provocación.

Una tristeza real, profunda, que hizo que sintiera una punzada extraña y que nunca antes había experimentado en el pecho.

—Regresará a Londres en unos días y podrá verlas —dijo, procurando aliviar su tristeza. Aunque ¿desde cuándo él se molestaba en consolar a los demás?—. Pero si tanto le aflige permanecer aquí, puedo hablar con sus padres para que le permitan marcharse mañana mismo. Dispondrá de mi carruaje.

Phoebe negó con la cabeza, frustrada.

—No estás entendiendo nada.

Él la miró en silencio durante unos segundos que se le hicieron eternos. Algo cambió en su expresión. La dureza habitual se suavizó, y a Phoebe le pareció ver comprensión en el rostro de él.

Phoebe sintió un destello de esperanza.

¿Lo había entendido? ¿Por fin?