La maldición del conde (Viajes en el tiempo 3) Capítulo 10
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Capítulo 10

—El paisaje es verdaderamente hermoso. Le estamos muy agradecidos por permitirnos disfrutar de él, milord.

Phoebe miró a su madre, quien observaba al conde con una amplia sonrisa. Al parecer, su madre postiza era una pelota.

Y, además, era la marquesa de Ravenhurst. Se había enterado en lo que llevaban de paseo. Eso la convertía a ella en hija de un marqués y, por lo poco que sabía de aquella época, en alguien bastante importante dentro de la sociedad.

Claro que su subconsciente no iba a hacerla soñar con ser una sirvienta. No era tan tonto.

El conde no se molestó en responder. Algo que a Phoebe le molestó.

—No cuesta nada dar las gracias —señaló, incapaz de quedarse callada.

Nadie pareció escucharla, pero no le sorprendió.

Su hermano y Charlotte iban inmersos en su propia conversación, mientras que su madre se había adelantado junto a su padre y a los vizcondes de Thornfield, los tíos del conde.

En realidad, la vizcondesa era hermana de la difunta madre de Adrian.

A Phoebe le había impresionado lo habladora que resultaba ser aquella mujer; había compartido con ellas unos minutos de paseo y le había contado toda su vida.

—Es superior a usted mantener la boca cerrada, ¿verdad? —dijo el conde, colocándose a su lado.

En eso tenía que darle la razón. Pero, como antes se raparía el pelo al cero que darle la satisfacción de admitirlo, dijo:

—Me acojo a mi derecho a no declarar.

—¿Cómo dice?

Ella puso los ojos en blanco.

—Que no te voy a responder. Y tutéame, por favor. Me haces parecer mi abuela.

—No la conozco lo suficiente como para tutearla. Ya se lo he dicho.

Phoebe hizo una mueca y, después, se detuvo en seco, consiguiendo que, por inercia, el conde también se parara.

—Soy Phoebe. —Ella se giró hacia él y, antes de que este pudiera reaccionar, se puso de puntillas —porque el conde era una maldita torre— y le plantó dos besos, uno en cada mejilla—.

Encantada, Adrian. —Esbozó una sonrisa sarcástica, alejándose de él antes de que su calor la envolviera—. Ala, ya podemos tutearnos.

El conde se quedó completamente quieto. Sus ojos azules se abrieron un instante más de lo normal y una expresión de absoluto desconcierto cruzó su rostro. Miró hacia delante, hacia el resto del grupo, pero nadie se había fijado en ellos. Seguían caminando unos metros por delante.

—¿Cómo se le ocurre hacer algo tan indecoroso? —logró decir al fin, con la voz más baja y tensa de lo habitual.

Phoebe se encogió de hombros. Pues tampoco era para tanto… Que eran dos besos, no le había dado un beso de tornillo.

Adrian la miró de reojo, completamente estupefacto.

Aquella joven no dejaba de sorprenderle.

Le había dado dos besos en las mejillas como si fuera algo correcto, algo que pudiera hacer.

¿Cómo se le había ocurrido hacer tal cosa?

Una dama no besaba a un caballero. En ninguna circunstancia.

Y mucho menos en plena luz del día, en medio de un paseo y delante de… bueno, aunque nadie los hubiera visto.

Claro que se trataba de una solterona. Tal vez la desesperación la estaba empujando a comportamientos cada vez más indecorosos.

Él debía tener cuidado. Lo sensato era mantenerse lejos de ella.

Y, sin embargo, no podía evitar sentir una molesta e inexplicable curiosidad por averiguar cuál sería la siguiente insensatez que cometería. Porque Phoebe, al contrario de las demás personas que le resultaban aburridamente predecibles, despertaba su interés.

—Adrian —lo llamó su hermana desde unos metros más adelante.

Él levantó la vista, todavía algo distraído.

—¿Qué ocurre?

—¿Seguimos por el camino de los robles o prefieres bajar hacia el arroyo? Es el mismo sitio al que me llevabas cuando éramos pequeños, ¿recuerdas? Donde me enseñaste a reconocer las huellas de los ciervos.

—¿Hay ciervos? —preguntó Phoebe antes de que Adrian pudiera responder.

—Sí —confirmó Charlotte con una sonrisa—. Aunque suelen estar más cerca del arroyo.

—Entonces vamos por el camino de los robles —dijo Phoebe.

Nathaniel la miró, divertido.

—No recordaba que te dieran miedo los ciervos.

—No es miedo —replicó Phoebe, cruzándose de brazos—.

Simplemente, no me gustan. No sé por qué todo el mundo se empeña en dibujarlos como criaturas adorables e inocentes.

—Ay, el daño que había hecho Bambi —. Tienen esos pedazo de cuernos, que son un arma en toda regla, y esos ojos enormes y oscuros que parecen dos pozos.

—En la finca de nuestros padres hay una manada entera. Los has visto cientos de veces.

Phoebe se encogió de hombros, sin perder la compostura.

—Que los haya visto no significa que tenga que caerme bien —mintió, ya que en realidad solo había visto ciervos en la televisión, aunque eso no invalidaba su argumento—. A ti tampoco te caen bien todas las personas que has visto cientos de veces, ¿verdad?

—Pero no son personas, son animales.

—¿Siempre has sido tan molesto? —Phoebe resopló, pues aquel hermano suyo parecía querer tener siempre la última palabra, algo que era incompatible con su propia personalidad, pues era ella quien debía tenerla—. No entiendo cómo no te ahogué cuando éramos niños.

—Suficiente —intervino la madre de ambos antes de que Nathaniel respondiera—. Ya no sois unos niños para comportaros de ese modo delante de los demás. Os ruego que tengáis un poco de compostura.

—No recuerdo haber visto a Phoebe discutir así ni siquiera de niña —comentó su padre, observándola con perplejidad—. Siempre ha sido una muchacha bastante tranquila.

Su esposa lo miró.

—George, no me estás ayudando.

—Prosigamos el paseo —dijo el conde, quien no estaba de humor para disputas familiares—. Iremos hacia el arroyo.

Todos asintieron, aliviados de continuar caminando o, tal vez, de no continuar con aquella discusión. Sin embargo, Phoebe no parecía tan feliz como el resto del grupo.

—Lo haces para fastidiarme —farfulló entre dientes, pero andando, pues se negaba a quedarse atrás.

—En absoluto, lady Phoebe —respondió el conde con una inclinación de cabeza.

Pero, a pesar de su inexpresividad, Phoebe pudo atisbar el destello de satisfacción en sus ojos azules—.

Hace calor y llevamos un buen rato caminando.

He pensado que a todos nos vendría bien detenernos unos minutos a la sombra y tomar un poco de aire.

—Es de agradecer —dijo lady Thornfield—. Mis viejos huesos necesitan un descanso.

—No es usted tan mayor, tía —respondió Charlotte con una sonrisa.

Phoebe estaba de acuerdo con Charlotte. Lady Thornfield no parecía una mujer mayor.

Su marido, en cambio, era harina de otro costal.

No llegaba a ser un anciano, pero le sacaba al menos diez años a su esposa y cargaba con bastantes kilos de más.

El hombre sudaba a chorros y avanzaba con visible esfuerzo.

Phoebe no pudo evitar pensar que, si seguían al sol mucho más tiempo, corría el riesgo de que le diera un vahído, o algo peor.

Y no es como si pudiesen llamar a una ambulancia. ¿O tal vez su subconsciente podía salirse del guion que había creado y hacer aparecer una en caso de emergencia?

—Había olvidado cuán hermoso es este lugar —comentó Charlotte cuando por fin llegaron al arroyo—. Hace años que no venía por esta parte de la propiedad.

Phoebe detuvo el paso y miró a su alrededor.

Charlotte no mentía. El arroyo discurría manso entre piedras redondeadas, formando pequeñas pozas de agua clara.

Los árboles de la orilla proyectaban una sombra agradable y el único sonido era el del agua al deslizarse y el canto lejano de algún pájaro.

Había una calma casi irreal en aquel lugar.

A un lado del camino, bajo la sombra de un gran roble, había un par de bancos de piedra desgastados por el tiempo, perfectamente integrados en el paisaje.

—Lo cierto es que es precioso —admitió en voz baja.

Phoebe había visto pocos paisajes tan bonitos como aquel.

Los marqueses de Ravenhurst y los vizcondes de Thornfield se dirigieron de inmediato a los bancos y se sentaron con un suspiro colectivo de alivio.

Charlotte, después de asegurarse de que su tía estaba cómoda, enlazó el brazo de Nathaniel y ambos se alejaron paseando despacio a lo largo de la orilla.

Phoebe se quedó de pie un momento, observando a su alrededor.

—Creo que voy a dar un pequeño paseo —anunció.

Su madre postiza levantó la vista hacia ella.

—No te alejes demasiado, cariño.

—No lo haré.

Y, sin querer darle tiempo a que cambiara de opinión, empezó a subir por una suave ladera cubierta de hierba que se alzaba a la izquierda del arroyo. No era una colina alta, apenas un montículo, pero desde arriba podía ver toda la zona.

Al llegar a lo alto, se detuvo, cruzó los brazos y soltó un largo suspiro.

—Genial —murmuró para sí misma—. Estoy atrapada en un sueño del siglo XIX, rodeada de gente que cree que soy una dama, y lo más emocionante que puedo hacer es subir a una colina a mirar un arroyo. Vaya rollo.

De pronto, un pájaro de plumaje oscuro pasó muy cerca de su cabeza con un aleteo fuerte y rápido. Phoebe se agachó por instinto y después levantó la vista, siguiéndolo con la mirada mientras se alejaba hacia los árboles.

Cuando bajó de nuevo los ojos, su atención se posó en el grupo que permanecía abajo, junto al arroyo.

Su madre postiza reía por algo que le había dicho lady Thornfield, mientras su padre conversaba tranquilamente con el vizconde.

Charlotte y Nathaniel paseaban a lo lejos, uno junto al otro, sonriéndose como una parejita de enamorados.

Se veían en paz.

Phoebe sintió un nudo extraño en el estómago. Si esto era solo un sueño, ¿por qué dolía un poco la idea de dejarlo? Negó con la cabeza, irritada consigo misma.