La maldición del conde (Viajes en el tiempo 3) Capítulo 9 #3
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Capítulo 9 #3

—¡Qué barbaridad está usted diciendo! —replicó el conde con voz cortante—. Su hermano ha dado su palabra. No faltará a ella.

Phoebe puso los ojos en blanco.

—La palabra no tiene ningún valor. Lo que tiene valor es la firma en un documento oficial.

—Pembroke —el conde se giró hacia Nathaniel, que por primera vez esa mañana no sonreía—, no se atreverá usted a…

No pudo terminar la frase porque Charlotte intervino con rapidez.

—Phoebe tan solo bromea, Adrian —dijo, dirigiéndose a su hermano—. Está encantada con nuestra boda. Al fin y al cabo, fue ella quien nos presentó y quien más se alegró cuando supo que habíamos decidido unir nuestras vidas.

Phoebe inclinó ligeramente la cabeza, curiosa.

—¿Estás segura de que era yo?

—Phoebe, es suficiente. —Su madre la miró con severidad antes de volver el rostro hacia el conde—.

Milord, le ruego nuevamente que disculpe a mi hija.

El golpe parece haberla dejado más indispuesta de lo que creíamos.

Me quedaré con ella y procuraré que repose durante el resto de la mañana.

No sería prudente que acudiera al paseo en estas condiciones.

—Estoy perfectamente, mamá. De hecho, me vendrá muy bien tomar el aire —añadió Phoebe, que estaba dispuesta a correr un maratón antes de quedarse durante un minuto más encerrada entre cuatro paredes—. ¿Qué haces todavía ahí parado? —le preguntó al conde—. ¿No te sientas a desayunar con nosotros?

Mira que era rarito…

—¡Phoebe! —gritó su madre, que parecía estar a punto de darle un soponcio—. No puedes tutear al conde de Whitmore sin permiso.

Phoebe hizo una mueca. Ese maldito sueño y esas malditas normas ridículas…

—Me lo ha dado.

—Por supuesto que no he hecho tal cosa —replicó él con voz profunda.

Phoebe lo miró con irritación. Aquel hombre estaba dispuesto a hacer cualquier cosa con tal de dejarla mal.

Qué mal le caía…

—Que no te acuerdes no significa que no haya sido así —insistió ella, negándose a que él se saliera con la suya.

—Señorita Pembroke…

—Phoebe. Te doy permiso para tutearme.

—¡Phoebe! —la reprendió de nuevo su madre.

El conde iba a responder cuando una pareja de mediana edad entró en el comedor.

La mujer lucía un elegante vestido de paseo en tono verde salvia, acompañado de una chaqueta corta perfectamente entallada y un sombrero adornado con unas discretas plumas. Llevaba el cabello recogido bajo el ala y unos guantes claros que sostenía en una mano.

A su lado, se encontraba un hombre de cabello entrecano y porte distinguido. Vestía un morning coat oscuro, chaleco claro y pantalones de montar, aunque su expresión algo cansada y la mano que se llevó brevemente a la sien delataban que el dolor de cabeza aún no había desaparecido del todo.

—Pensaba que ya estaríais todos en el vestíbulo, dispuestos para salir. —La mujer frunció los labios, con evidente reprobación—. Ya es hora.

—Buenos días, tía. —Charlotte esbozó una sonrisa cordial mientras se incorporaba en la silla—.

Tío, espero que se encuentre mejor del dolor de cabeza.

—Inclinó ligeramente la cabeza a modo de saludo—.

Os ruego que disculpéis nuestra tardanza.

Mi hermano y Phoebe estaban manteniendo una conversación bastante animada y nos hemos entretenido más de lo debido.

La mujer se giró hacia el conde, como si lo viera por primera vez.

—¿También nos acompañará esta mañana?

Adrian abrió la boca para negarse. Había bajado con la intención de acompañar a su hermana, y solo porque se lo había pedido ella.

Sin embargo, al ver a su tía, sus ganas de hacerlo se desvanecieron un poco.

No le desagradaba su compañía; de hecho, estaba agradecido con ella por la forma en la que había ayudado a su hermana.

Pero también sabía que un paseo con ella implicaba conversaciones interminables, preguntas para las que no tenía interés en responder y una atención que prefería no recibir.

Ya había tenido suficiente por un día. Su hermana tendría que conformarse con la decepción. Pero, antes de que pudiera pronunciar una palabra, captó por el rabillo del ojo la mirada de Phoebe.

Lo estaba observando con desafío, la ceja ligeramente arqueada, como si ya diera por sentado que cambiaría de parecer.

Y esa mirada fue suficiente para hacerlo cambiar de opinión.

—Sí —dijo al fin, con voz fría y cortante—. Iré.

Todos lo miraron en silencio.

La señorita Pembroke tendría que aguantarse.

—Estad preparados en el vestíbulo en diez minutos —ordenó, ya dándose la vuelta—. No pienso esperar a nadie.

Sin esperar respuesta, cruzó el comedor con paso firme.

Al pasar junto a Phoebe, sus miradas se encontraron.

Fue apenas un instante, pero ninguno de los dos apartó los ojos de inmediato.

La expresión de Adrian no había cambiado, aunque había algo en ella que Phoebe no supo interpretar. ¿Desafío? ¿Advertencia? ¿Diversión?

Ella tampoco bajó la mirada. Finalmente, fue él quien siguió caminando.

La puerta se cerró tras él con un golpe seco y Phoebe no pudo evitar quedarse mirando el lugar por donde había desaparecido.

Definitivamente, aquel hombre tenía un problema.