Capítulo 9 #2
La mesa estaba llena de comida: panecillos todavía calientes, huevos revueltos, lonchas de jamón, fruta fresca, mantequilla y varias jarras de lo que parecía chocolate caliente y té. El olor por sí solo le hizo rugir el estómago otra vez.
—Esta mañana pareces diferente —comentó Charlotte.
No sabía de qué conocía a aquella chica, pero, a juzgar por la manera cálida en que se dirigía a ella, estaba claro que existía cierta confianza entre ambas.
—Ayer estaba alterada por el golpe, pero… —empezó Phoebe y, al mismo tiempo, extendió la mano hacia un panecillo dorado, partiéndolo por la mitad con ganas—, ahora mismo lo único que me altera es el hambre.
—No, no lo digo por ayer. Hoy pareces diferente a otras veces.
—¿Ah, sí?
—Sí, como más alegre. —Nathaniel carraspeó, pero Charlotte no le hizo caso—. Por cierto, me encanta tu anillo —añadió, fijándose en la joya que Phoebe llevaba en su dedo anular.
Phoebe bajó la mirada hasta su mano derecha, con la que todavía sostenía un panecillo.
El anillo.
El mismo que le había entregado el game master antes de que todo ese sueño comenzara. Se había olvidado por completo de él.
—Pensaba que lo había perdido hace semanas —comentó su madre.
Phoebe había decidido que, mientras durase aquel extraño sueño, se referiría a aquellas personas por el parentesco que se suponía que tenían con ella. Tal vez, si dejaba de cuestionarlo todo y seguía el juego, conseguiría despertar antes.
—Sí, lo he encontrado —respondió, siguiendo la corriente.
—¿Dónde?
Esa era una buena pregunta. Una que Phoebe no se esperaba.
Pero había respondido a preguntas mucho más incómodas delante de un juez; podría con eso. Así que, encogiéndose ligeramente de hombros, dijo:
—¿Importa?
—Supongo que no —murmuró su madre. Aunque después, con una pequeña exhalación, añadió—: Nunca te lo habías quitado desde que… —Se interrumpió y bajó la mirada hacia el anillo—. Y cuando lo perdiste, apenas pareció afectarte. Pero ahora…
—Déjalo, Helen. —Su padre posó una mano sobre el hombro de su madre con suavidad.
Esta intercambió una breve mirada con él y después asintió. Acto seguido, tomó su taza de té y le dio un pequeño sorbo.
—Yo no te lo había visto antes —comentó Charlotte, inclinándose hacia Phoebe para poder observarlo mejor—. Pero me alegro de que lo hayas encontrado. Es una joya preciosa.
Phoebe se encogió de hombros.
Tampoco era para tanto. Solo se trataba de un anillo antiguo, aunque en esa época, claro, debía de considerarse moderno. Su subconsciente, al parecer, estaba prestando atención hasta al más mínimo detalle.
—Puedo prestártelo si quieres —ofreció.
Charlotte abrió la boca, pero no llegó a pronunciar palabra, pues un sonido extraño, similar a un chillido ahogado, brotó de la garganta de la madre de Phoebe, que, si no fuera porque su padre le sostuvo a tiempo la taza de té, se habría estrellado contra la mesa.
Este intercambió una mirada desconcertada con Nathaniel, que parecía haberse quedado congelado.
El silencio que siguió fue tan denso que Phoebe terminó mirando de uno a otro, sin comprender qué había dicho para que todos se hubieran quedado mudos de repente.
Aunque prefirió no intervenir y seguir masticando su trozo de pan hasta que Nathaniel, que fue el primero en salir de ese trance extraño, se irguió en la silla.
—Charlotte —dijo, aunque, pese a sus esfuerzos por recuperar la normalidad, su voz aún sonaba algo tensa—, ¿tus tíos nos acompañarán en el paseo?
Charlotte asintió.
—Sí. Han desayunado en sus aposentos, pero se reunirán con nosotros más tarde. Y quizá mi hermano también nos acompañe.
Nathaniel abrió los ojos, sin ocultar su sorpresa.
—¿El conde?
Aquella conversación despertó el interés de Phoebe, que dejó de masticar por un instante. Así que aquella joven era la hermana del malhumorado conde de Whitmore.
Phoebe volvió a mirarla. No solo no le encontraba el menor parecido físico, sino que sus personalidades parecían pertenecer a dos personas completamente distintas. Charlotte era dulce, cercana y agradable, mientras que su hermano era un borde de cuidado.
¿Cómo podían ser hermanos?
—¿Acaso tengo otro hermano? —preguntó Charlotte, limpiándose los labios con la servilleta.
—Pensaba que no saldría de su despacho hasta el día de nuestra boda —respondió Nathaniel con honestidad.
—¿Os vais a casar? —preguntó Phoebe, alzando las cejas.
—Cariño, ¿estás segura de que te encuentras bien? —Su madre postiza la observó con creciente preocupación—. Pareces confusa.
—Por supuesto que nos vamos a casar, hermanita. —Pese a la sonrisa ligera que curvaba los labios de Nathaniel, sus ojos castaños reflejaban la misma inquietud que los de su madre—. ¿Qué crees que estamos haciendo aquí, si no celebrar el compromiso?
—Podríamos estar de vacaciones. Estamos en el campo.
—Será mejor que regreses a tu alcoba, Phoebe —insistió su madre—. Aún no te has recuperado del todo.
—Estoy bien, mamá. —La palabra escapó de sus labios antes de que pudiera pensarlo.
Sonó tan natural, tan familiar, que Phoebe tardó un instante en darse cuenta de lo que acababa de decir—.
No me gustan las bodas —continuó, tratando de seguir la corriente, pues su madre postiza parecía estar empeñada en encerrarla de nuevo en la habitación—.
Solo quería asegurarme de que estáis completamente seguros de lo que hacéis.
Todavía estáis a tiempo de arrepentiros.
—Por supuesto que no lo están. Nadie faltará al respeto a mi hermana de esa manera.
La voz grave y profunda del conde hizo que todos se giraran de golpe hacia la entrada.
Él se encontraba en medio de la estancia, erguido y con las manos a la espalda.
Llevaba ropa de paseo: una chaqueta oscura de corte sencillo, chaleco beige, pantalones claros y botas de montar bien lustradas.
El cabello rubio estaba perfectamente peinado hacia atrás y su expresión, como de costumbre, resultaba imposible de leer.
Sin embargo, sus ojos azules se habían posado directamente en Phoebe y no se apartaban de ella.
Un silencio denso se instaló en el comedor.
—Whitmore —lo saludó su padre—. Mi hija solo bromeaba.
—En realidad, no —dijo Phoebe, que parecía ser la única, junto con Charlotte, que no estaba intimidada por la presencia del conde—. Hay que pensárselo muy bien antes de casarse. Y hasta que no se firma el papel, uno está a tiempo de echarse atrás.