Capítulo 9
Al final, Phoebe tuvo que reconocer que Hannah había sido de gran ayuda.
Ponerse toda aquella ropa sin ella habría sido una misión imposible.
Primero se puso la camisa interior, de una tela tan fina que Phoebe tuvo que comprobar dos veces que realmente llevaba algo puesto.
Después, los stays , un corsé corto y rígido que le levantaba el pecho y le marcaba la figura de una forma que le resultaba extrañamente íntima y, sobre todo, poco práctica.
No era aquella especie de instrumento de tortura que había imaginado al pensar en los corsés antiguos, pero tampoco podía decir que fuera cómodo.
Tras terminar con el corsé, Hannah le echó una mano con las medias, las enaguas y, por último, el vestido. Todo tenía lazos, ojales y cierres en lugares imposibles de alcanzar sin ayuda.
¿En serio tenían que vestirse así a diario? Con lo cómodos que eran unos vaqueros…
—Vale —admitió entre dientes mientras Hannah terminaba de ajustarle los lazos de la espalda—. Reconozco que para esto sí hacía falta ayuda.
Hannah sonrió por primera vez con algo parecido a alivio.
—Es un placer servirla, milady.
Phoebe miró su reflejo en el espejo. El vestido era sencillo, de color crema, con escote cuadrado y mangas cortas.
No estaba tan mal.
—Bueno —murmuró—. Que empiece el día. A ver qué más me tiene preparado este sueño.
—La están esperando en el comedor para desayunar, milady.
Su tripa rugió, recordándole que no había comido nada más que unas tostadas la mañana anterior.
—¿Es normal tener hambre cuando una está soñando, aunque sea inducido por un coma?
A pesar de que pronunció aquella palabra para sí misma, entre dientes, Hannah la escuchó. Terminó de ajustarle el vestido y Phoebe pudo ver por el reflejo del espejo cómo la miraba con preocupación.
—Milady, ¿está segura de que se encuentra bien? Si lo desea, puedo pedir que le sirvan el desayuno aquí y puede permanecer en cama durante el resto de la mañana. Quizá le convenga descansar.
Si Phoebe se quedaba durante un día más en la cama, le daba algo.
—No te preocupes, estoy perfectamente. De hecho, hace años que no me encuentro tan bien. —Se dio la vuelta hacia la puerta—. Bajaré a desayunar.
Empezó a caminar hacia la puerta, pero, a mitad de camino, se detuvo en seco, ya que no tenía ni idea de dónde estaba el comedor.
Iba a preguntárselo a Hannah, pero decidió que era mejor investigar por sí misma. Tenía que superar los retos que aquel sueño le pusiera por delante.
Salió de la habitación y se encontró en un amplio pasillo.
El suelo era de madera oscura, brillante por la cera.
Las paredes estaban revestidas de paneles tallados y, de trecho en trecho, colgaban retratos de señores serios con peluca y damas de mirada altiva.
Al fondo, divisó el arranque de una escalera amplia.
Mientras avanzaba, dejando que los rayos de sol que se colaban por las ventanas iluminaran su rostro, no pudo evitar pensar que parecía demasiado real para ser un sueño.
Incluso la decoración parecía seguir una lógica propia; nada daba la impresión de estar colocado al azar, como ocurría en los decorados de las películas.
Aquello parecía una casa real, habitada de verdad.
Para ser obra de su subconsciente, se lo estaba currando muchísimo.
Bajó las escaleras con paso cuidadoso, sujetándose a la barandilla. Al llegar al rellano de la planta baja, se detuvo. Observó los diferentes pasillos que había frente a ella, sin tener ni la menor idea de cuál era el que le llevaría hasta la cocina.
Estaba intentando decantarse por uno cuando unos escuchó pasos aproximarse.
Un hombre de mediana edad apareció por uno de los corredores.
Iba impecablemente vestido con un frac oscuro, chaleco claro y una corbata blanca perfectamente anudada.
Tenía el cabello color rojizo, peinado hacia atrás, y una expresión amable.
Al verla, su rostro se iluminó con una sonrisa de alivio.
—¿Cómo te encuentras, ratoncita? Me tenías muy preocupado.
Phoebe se quedó mirándolo.
—¿Ratoncita?
El hombre soltó una risa suave y se acercó un poco más.
—Lo sé, lo sé, no debería llamarte así en público. Pero estamos solos. Deja que tu viejo padre se tome esa libertad, ¿quieres?
Su padre.
Ese hombre no se parecía en nada a su verdadero padre. Ya no solo físicamente, sino en la manera en la que se dirigía a ella.
Su padre nunca le había puesto un nombre cariñoso. De hecho, no había tenido demasiada relación con él; de pequeña la llevaba al parque o a un centro comercial cuando su custodia lo permitía, pero siempre estaba hablando por teléfono o con la atención en otra parte que no fuera ella.
A pesar de que siempre le echaba en cara a su madre que no podía verla, jamás se había molestado demasiado en conocerla.
—¿Realmente te encuentras mejor, ratoncita? —insistió.
Al ver sus ojos claros estrechándose con preocupación, Phoebe sintió un nudo extraño en el pecho.
—Sí. —Phoebe se esforzó por esbozar una sonrisa—. Tan solo estoy hambrienta.
El hombre sonrió, aliviado, y le ofreció el brazo.
—A desayunar, entonces.
Phoebe lo enlazó sin pensarlo demasiado.
—Estoy tan hambrienta que podría comerme un cerdo entero.
—No creo que haya cerdo esta mañana, pero seguro que encontramos pan caliente, huevos, jamón y algo de fruta. ¿Te parece suficiente para empezar?
—No soy de desayunar demasiado, pero creo que hoy voy a comerme todo eso y más.
—Sí que tienes apetito, sí.
—Bueno, después de casi un día sin comer de verdad, el estómago manda. Y el mío está gritando: ¡come algo, Phoebe! ¡Come algo, algo!
El hombre se detuvo en seco. La observó en silencio durante unos segundos. Sus ojos recorrieron su rostro con una atención casi escrutadora, como si la viera por primera vez en mucho tiempo.
—Te veo mejor, ratoncita —dijo en voz baja—. Y no sabes lo feliz que me hace.
—Ya te he dicho que estoy bien.
Él sonrió, pero había algo más en su expresión. Algo que no tenía que ver solo con el desmayo del día anterior. Phoebe lo notó, aunque no supo interpretarlo del todo, y decidió dejarlo pasar.
Siguieron caminando en silencio hasta que llegaron a unas amplias puertas dobles. El hombre las abrió y la guio al interior.
En cuanto entró, Phoebe supuso que aquella estancia era el comedor. Era una habitación larga y elegante, con grandes ventanales que dejaban entrar la luz de la mañana y una mesa de madera oscura capaz de acomodar a una veintena de personas. Se dio cuenta de que varias sillas ya estaban ocupadas.
Phoebe reconoció de inmediato a la mujer que en ese sueño era su madre. Un poco más adelante había un joven algo mayor que ella, de cabello rojizo, con rasgos atractivos y porte seguro, y a su lado una chica más joven, de aspecto dulce y animado, que conversaba con él.
Instintivamente, sus ojos recorrieron el resto de la mesa, buscando al conde. Y al no encontrarlo entre los comensales, sintió una punzada extraña de decepción. Por alguna razón que no acababa de entender, quería volver a verlo, a pesar de lo desagradable que había sido con ella el día anterior.
Pero él no estaba allí.
—Cariño, te has levantado —la saludó su madre postiza con una sonrisa cálida—. Tienes buen aspecto.
—Estoy bien.
—Ya les he dicho que no puedes encontrarte tan mal si fuiste capaz de destrozar una cerradura con una silla —comentó el joven que estaba sentado junto a la chica con diversión.
—Nathaniel, tu hermana no ha roto nada —le reprendió su madre.
Así que aquel era su hermano.
Parecía un par de años mayor que ella y se comportaba exactamente como se supone que debe comportarse un hermano mayor: ridiculizando a su hermana delante de todo el mundo.
Phoebe pensó que, a pesar de no haber tenido nunca hermanos, su subconsciente lo estaba recreando con una precisión casi molesta.
Además, puede que aquello no fuera real, pero se alegró de no ser la única pelirroja de la familia.
Muy bien. Si el sueño quería que hiciera de hermana menor, entonces lo haría.
Se acercó a la mesa, miró a Nathaniel directamente a los ojos y le dedicó una sonrisa ladeada.
—Tienes suerte de que no fuera tu cabeza lo que rompí con la silla.
Su hermano abrió los ojos como platos y estalló en carcajadas. Por el rabillo del ojo, Phoebe vio cómo su madre postiza se abanicaba con prisa y su padre se llevaba una mano a la boca para no reírse abiertamente. Hasta la joven sentada junto a Nathaniel la observaba, atónita.
—Solo has tardado veinticuatro años en devolverme una de las mías, hermanita. ¿Dónde habías ocultado semejante lengua todos estos años?
—Acostúmbrate, hermano. —Phoebe le guiñó un ojo—. Porque hoy solo es el principio.
Nathaniel soltó una carcajada y, al acompañarla con un gesto despreocupado de las manos, golpeó sin querer el hombro de la joven que estaba a su lado. El pequeño sobresalto hizo que la fresa que esta sostenía se le escapara de los dedos y cayera sobre el plato.
La risa de Nathaniel se apagó de inmediato y se volvió hacia ella con preocupación.
—¿Estás bien, Charlotte? —preguntó, clavando en ella una mirada cargada de amor.
—Sí, estoy perfectamente —respondió ella, mirándolo con la misma calidez.
Por alguna razón, Phoebe no podía apartar la mirada de aquella pareja.
Las muestras de amor siempre le habían provocado cierto repelús; quizá porque le resultaban demasiado empalagosas o porque nunca había entendido qué podía llevar a dos personas a mirarse como si no existiera nadie más a su alrededor.
Sin embargo, había algo en ellos que le resultaba diferente.
Algo que no alcanzaba a identificar, aunque tampoco tuvo tiempo de averiguarlo, porque su madre postiza interrumpió sus pensamientos.
—Siéntate a desayunar, cariño. Te vendrá bien comer algo.
Phoebe obedeció y se sentó en una de las sillas vacías, justo al lado de la joven a la que habían llamado Charlotte.