Capítulo 8
Phoebe abrió los ojos con lentitud.
Durante unos segundos no tuvo ni la más remota idea de dónde se encontraba. El techo era alto, de molduras blancas. La cama era demasiado grande y demasiado blanda, y el aire olía a cera y a un perfume floral que no reconocía.
Parpadeó varias veces, intentando ordenar los recuerdos. El escape room, el desmayo, el hombre del despacho, los carruajes, el jardín que no era el de la mañana anterior… Y la mansión; esa mansión que parecía haberse transportado al pasado.
Impidiéndola seguir rememorando, una voz cálida y femenina la sacó de sus pensamientos.
—Señorita Phoebe, ¿se encuentra mejor?
Phoebe giró la cabeza.
Junto a la cama se hallaba una mujer de unos treinta años, vestida con un sencillo vestido de algodón gris y un delantal blanco impecable. Llevaba el pelo recogido en un moño bajo y sus ojos claros la observaban con preocupación genuina.
Phoebe se incorporó un poco, todavía confusa.
—¿Quién es usted?
La mujer esbozó una pequeña sonrisa cordial e hizo una ligera reverencia.
—Soy Hannah, milady. Su doncella. Me asignaron para atenderla durante su estancia en Whitmore Hall.
Phoebe arrugó el ceño.
—¿Y por qué me asignarían una doncella?
La sonrisa de Hannah flaqueó un poco, aunque intentó mantenerla.
—Porque decidió no traer a su doncella desde Londres, milady. Y el conde me asignó a vuestro servicio.
Aquellas palabras la sacaron de su aturdimiento. Se incorporó de golpe y quedó sentada sobre la cama.
—No. Lo que quiero saber es por qué necesitaría una doncella. ¿Acaso el conde cree que soy incapaz de valerme por mí misma?
Hannah desvió la mirada y entrelazó los dedos de las manos entre sí, claramente incómoda.
—No, milady. Por supuesto que él no cree tal cosa. Todas las damas necesitan una sirvienta para vestirse y peinarse.
Phoebe rodó los ojos. Vaya excusa…
—Una suerte que yo no sea una dama.
La mujer abrió la boca para responder, pero Phoebe levantó una mano, impidiéndoselo.
No sabía por qué estaba discutiendo con ella.
No cuando no entendía nada. Ella había esperado despertarse en su casa o, al menos, en el hotel, pero seguía allí, en esa casa antigua.
Y, aunque su mente se negaba a escucharlo, sabía que no podía tratarse de una interpretación, que algo iba verdaderamente mal.
Miró hacia la ventana. A juzgar por la luz del sol, debía de ser temprano. Había dormido durante horas; probablemente, toda la noche, sin despertarse una sola vez. Bajó la mirada y se dio cuenta de que llevaba puesto un camisón blanco.
Entonces recordó a la mujer que decía ser su madre.
Ella le había ayudado a cambiarse, la había arropado, había mandado que le prepararan un té y hasta se lo había acercado a los labios.
Después de asegurarse de que lo tomase, se había sentado en una silla junto a la cama hasta que Phoebe se quedó dormida.
Su verdadera madre nunca había sido tan atenta con ella. No había sido una mala madre, pero tampoco una cariñosa ni presente. Las constantes peleas con su padre habían hecho que, en demasiadas ocasiones, se olvidara de que Phoebe no era solo un arma arrojadiza contra su exmarido, sino su hija.
Pero esa mujer se había comportado exactamente como ella siempre había deseado que lo hiciera su madre.
Y entonces, una idea se agitó con fuerza en su mente.
¿Y si al golpearse contra el suelo se había quedado en coma?
¿Y si ahora mismo estaba en un hospital, conectada a un montón de aparatos, luchando por su vida?
Sí. Eso tenía sentido.
Estaba soñando. Un sueño extremadamente vívido en el que, por fin, tenía una madre amorosa y atenta. ¿Aunque por qué demonios tenía que soñar que se encontraba en un siglo pasado?
Aun así, era probable. Recordó una noticia que había leído tiempo atrás sobre una joven que salió del coma convencida de que había sido madre y había criado a sus hijos durante varios años. No sabía cuánto de cierto había en aquella historia, pero se agarró a ella como a un clavo ardiendo.
Solo que, a diferencia de aquella joven, ella no pensaba llegar tan lejos como para quedarse embarazada durante el coma. Decidió que lo mejor era seguirle la corriente a su subconsciente. Si cooperaba con el sueño, tal vez este se agotaría antes y conseguiría despertar.
—Milady, ¿se encuentra bien? —le preguntó la mujer, que la observaba con atención.
—Sí, tan solo estoy cansada de estar tumbada. Es hora de levantarme.
—¿Está segura, milady? Su madre le ha dado permiso para quedarse en la cama todo el día si lo necesita.
Phoebe negó con la cabeza.
No, no podía quedarse en la cama. Si esto era un sueño, tenía que vivirlo. Moverse, hablar, hacer cosas… Cuanto más real lo hiciera, más rápido se cansaría su mente y la obligaría a despertar.
Al menos, esa era la teoría más absurda y desesperada a la que se estaba agarrando en ese momento.
—Estoy segura. Quiero levantarme.
—Está bien —cedió Hannah, aunque era evidente que no estaba de acuerdo con esa decisión—. ¿Qué vestido desea ponerse hoy?
Phoebe suspiró. Esa era la peor parte; ponerse esos vestidos tan incómodos.
—El más sencillo que tenga. Pero antes, me gustaría darme una ducha.
Se pasó una mano por el cuello. Se sentía pegajosa y acalorada después de haber dormido durante tantas horas. Necesitaba quitarse aquella sensación de encima y, sobre todo, refrescarse.
—¿Una ducha? —repitió Hannah, claramente confusa—. ¿A qué se refiere?
Claro, en aquella época no existían las duchas. Mira que era realista ese sueño…
Repitiéndose a sí misma que tenía que meterse de lleno en él, se mordió el labio inferior, intentando explicárselo.
—Es como un baño, pero de pie. El agua cae de arriba, de un grifo o de una alcachofa, y te enjabonas mientras te moja. Es rápido y práctico. ¿No tenéis eso aquí?
Hannah parpadeó, completamente perdida.
—Temo que no, milady. Nunca he oído hablar de tal cosa.
Phoebe suspiró, rindiéndose.
—Entonces un baño normal. Lo que sea.
—Por supuesto —dijo Hannah con rapidez, aliviada—. Haré que le suban la bañera y agua caliente enseguida.
—¿No tenéis una habitación donde pueda bañarme con tranquilidad? ¿Una donde ya haya una bañera fija?
—No, milady. Pero pediré a los mozos que suban la bañera a esta habitación y la llenen de agua caliente. Podrá bañarse aquí mismo.
Phoebe asintió, resignada.
—Está bien. Que traigan lo que sea.
Hannah hizo una pequeña reverencia y salió de la habitación. Phoebe escuchó su voz en el pasillo y, poco después, regresó de nuevo.
—Ya he dado las instrucciones, milady. No tardarán.
Efectivamente, no tardaron. Al cabo de unos minutos, Phoebe oyó pasos pesados en el corredor.
Abrió los ojos, atónita, al ver a dos mozos entrando en la habitación mientras cargaban una bañera portátil de metal bastante grande.
La colocaron con cuidado delante de la chimenea, donde el fuego ya ardía con fuerza.
Después subieron varios cántaros de agua caliente y fueron llenándola hasta que el vapor empezó a elevarse en el aire.
Cuando terminaron, se retiraron en silencio, cerrando la puerta tras ellos.
Sin embargo, Hannah seguía allí, con un bote de jabón entre las manos.
—Puede entrar cuando guste, milady.
Pero Phoebe no se movió.
—¿No te vas a ir?
—Por supuesto que no —respondió Hannah, sorprendida por la pregunta—. Debo ayudarla a bañarse.
—Ah, no. Eso sí que no. —Phoebe alzó ambas manos y las agitó delante de ella, negando con la cabeza—.
Mi subconsciente puede inventarse que estoy en otra época, con carruajes, doncellas, condes insoportables y buenorros, e incluso con la madre que siempre quise tener. Pero por esto no paso. Yo me baño sola.
Hannah la miró, boquiabierta.
—Milady…
—Tengo que pedirte que te marches. —Se levantó de la cama, apartando las sábanas con la mano y señaló la puerta—. Adiós, Hannah.
Al ver que sus palabras no servían, Phoebe cerró los ojos con fuerza, como si pudiera borrar a Hannah de su sueño con solo desearlo. Contó hasta tres, pero cuando los abrió, Hannah seguía exactamente en el mismo sitio, sujetando el jabón.
Phoebe suspiró, derrotada.
—Oye, subconsciente —murmuró entre dientes, mientras se daba un pequeño toquecito en la sien—. Hazme caso de una vez, coño.
—Milady, ¿está segura de que se encuentra bien? —le preguntó Hannah, visiblemente preocupada—. ¿Desea que mande llamar a su madre?
Phoebe suspiró.
Si la mujer que hacía de su madre en este sueño aparecía, la obligaría a quedarse en la cama todo el día, y ella necesitaba avanzar. Estaba convencida de que la única forma de ganarle la partida a su subconsciente era seguir moviéndose, vivir el sueño hasta el final y obligarlo a agotarse.
—No —respondió—, no hace falta. Estoy perfectamente. Solo necesito un poco de privacidad para bañarme. ¿Puedes esperarme fuera?
—Pero, milady, debo enjabonarla, no va a llegar a la espalda.
Phoebe no se lo podía creer. Esa mujer estaba decidida a bañarla como si fuese una niña pequeña.
—No se preocupe. Soy más que capaz de enjabonarme la espalda.
—El conde me ha ordenado que la sirva y…
—Y estoy segura de que a él no le va a gustar que yo tenga quejas sobre el trato que recibo —la interrumpió Phoebe, mirándola fijamente—. Si no me permites bañarme sola, voy a quejarme. Y mucho.
Hannah palideció. Dejó el jabón encima de la pequeña mesa redonda y dio un paso hacia la puerta. Phoebe asintió, manteniendo la expresión seria. Por dentro, sin embargo, sonrió con satisfacción.
Phoebe 1. Subconsciente 0.
Sin embargo, justo cuando Hannah iba a salir, se detuvo y se giró.
—Muy bien, milady. La dejaré bañarse sola, pero después la ayudaré a vestirse. En eso no pienso ceder.
Phoebe resopló.
Maldito subconsciente, no iba a dejarle ganar la partida. Pero, como abogada, había aprendido que, a veces, era mejor aceptar una victoria a medias que arriesgarse a perderlo todo, así que asintió. A regañadientes, pero asintió.
—Está bien.
Hannah inclinó la cabeza y, por fin, salió de la habitación, cerrando la puerta tras de sí.
Phoebe se quedó sola. Se quitó el camisón, lo dejó sobre la cama y se metió con cuidado en el agua caliente. Un suspiro largo y profundo se le escapó de los labios en cuanto el calor le envolvió el cuerpo.
El jabón olía bien. A algo floral y limpio, suave, nada que ver con los geles con perfume químico a los que estaba acostumbrada.
Se enjabonó despacio, dejando que el agua le relajara los hombros y la nuca.
El dolor de cabeza había disminuido bastante y, por primera vez desde que había abierto los ojos en aquella cama, se sintió cómoda.
Apoyó la cabeza en el borde de la bañera y cerró los ojos un momento. Quizá este sueño no estaba tan mal al final. Al menos, se había librado de la despedida de soltera de su prima.
Su prima.
Ese pensamiento la hizo abrir los ojos de nuevo.
La pobre debía de estar preocupadísima. Probablemente, estaba ahora mismo a su lado, en alguna habitación de hospital, sujetándole la mano y pidiéndole que se despertara.
Phoebe cerró los ojos otra vez.
—Estoy bien, Sophie —dijo en voz baja, aunque sabía que su prima no podía oírla. Aun así, tal vez de alguna manera pudiera sentirlo—. Voy a despertar pronto. Pero puede que al principio esté demasiado débil para ir a tu boda, así que quizá deberías retrasarla unos meses. O unos años.
«Me voy a casar con Jeremiah».
La voz de su prima se materializó tan nítida en su cabeza que casi pareció real. Phoebe soltó una carcajada suave. Si Sophie estaba realmente a su lado en el hospital, sin duda le estaría diciendo exactamente eso.
Se mordió el labio inferior, más seria de repente.
—Está bien —murmuró—. No retrases la boda por mi culpa. Me despertaré a tiempo y acudiré. Solo tengo que vivir la experiencia que este sueño ha decidido imponerme y, tarde o temprano, despertaré.
Era una teoría completamente ridícula. Pero era la única a la que podía agarrarse por ahora.