La maldición del conde (Viajes en el tiempo 3) Capítulo 7
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Capítulo 7

A sus veintinueve años, el conde de Whitmore nunca había visto antes a una joven como la que acababa de irrumpir en su despacho como un auténtico torbellino.

Sin decoro, sin educación y sin la más mínima pizca de autoconservación.

La hija del marqués de Ravenhurst había llegado a Whitmore Hall cuatro días atrás junto con el resto de su familia.

Una joven callada, casi invisible, que apenas levantaba la vista del suelo y que respondía con monosílabos cuando alguien se dirigía a ella.

Exactamente el tipo de dama que uno esperaba de una joven de su posición: discreta, educada y olvidable.

Como al resto de los invitados, él había evitado verla más tiempo del necesario.

No estaban allí por su deseo, sino porque no le había quedado otra opción.

Pero, aun así, se había comportado como un buen anfitrión, permitiéndoles recorrer la casa y la propiedad a su antojo.

Respetando sus aposentos, por supuesto, y su despacho, donde él pasaba la mayor parte del día.

El mismo conde se había asegurado de que todos sus invitados conociesen las normas. Era una norma sencilla que aquella joven había obviado. Una joven que no se parecía en nada a la que él había conocido días atrás.

Y él no estaba muy seguro de qué pretendía la señorita Pembroke con semejante hazaña. Ni por un instante se había creído que un golpe en la cabeza le hubiese hecho comportarse así.

Los golpes de un nudillo en la puerta lo sacaron de sus pensamientos. Miró hacia delante con uno de los documentos que estaba mirando aún en su mano. No respondió; el servicio sabía que, si no respondía, era porque no deseaba ser interrumpido bajo ningún concepto.

Sin embargo, los golpes se repitieron. Esta vez, acompañados de una voz femenina.

—Adrian, soy yo. Abre. Necesito hablar contigo.

Era la voz de su hermana. La única mujer que lograba que bajase sus defensas.

—Está abierto —dijo con un suspiro, aunque su hermana ya lo sabía—. Puedes entrar.

Él nunca echaba el pestillo. No lo hacía porque se negaba a tener que encerrarse en su propia casa. Sus órdenes eran suficientemente claras: nadie entraba en su despacho sin ser llamado. Y hasta ese día, todos las habían respetado. Porque, si algo era capaz Adrian, era hacerse respetar.

Menos con esa joven impetuosa.

—¿Vas a quedarte aquí durante toda la semana que queda? —le preguntó su hermana, entrando y cerrando la puerta tras ella.

Adrian había heredado de su padre el cabello rubio y los ojos azules, mientras que Charlotte era la viva imagen de su madre, con su cabello negro y sus ojos oscuros. Resultaba difícil creer que fueran hermanos cuando, a simple vista, parecían proceder de familias distintas.

Ojalá el parecido de Adrian con su padre se hubiese limitado al físico.

Charlotte también había heredado la delicadeza de su madre.

Llevaba el cabello negro recogido en un elegante moño, y sus ojos oscuros contrastaban con el tono claro de su piel.

Vestía un elegante vestido de seda azul grisáceo, de cintura alta y mangas largas, adornado únicamente con unos pequeños pendientes de perlas.

Adrian apartó la mirada de ella durante un instante.

Había cosas que no quería recordar. Y menos aún cuando Charlotte estaba delante.

—No, Charlie —utilizó el apodo que empleaba con su hermana cuando era pequeña y ella lo detestaba porque decía que era nombre de chico—.

Estos días tengo la intención de revisar las cuentas con el administrador, inspeccionar las granjas del norte y echar un vistazo a los establos.

Hay varios asuntos pendientes que, desgraciadamente, debo atender aunque nuestros invitados se encuentren en la propiedad.

—No son unos invitados cualquiera —Ella frunció los labios en un pequeño mohín—. Es mi prometido y su familia.

—Sé perfectamente quiénes son, y precisamente por eso les he permitido venir. Ya les saludé a su llegada y tuve una conversación con tu prometido. Hemos dejado claro cuál será tu dote. Todo lo que tenía que estar hablado, lo está.

—Sabes que a mí no me puedes engañar, ¿verdad?

—¿Estoy intentando engañarte? —Adrian hizo una mueca—. Porque te ruego que me perdones si te he dado esa impresión, pues nunca ha sido mi intención.

Charlotte exhaló un suspiro ante las palabras sarcásticas de su hermano. Avanzó unos pasos y apoyó sus manos sobre el escritorio de él.

—No eres tan frío e indiferente como haces ver a todos. Yo lo sé, lo he visto. Siempre te has preocupado por mí, incluso cuando nuestro padre aún vivía.

—Eres mi hermana. Es mi deber.

—No lo haces solo por eso, Adrian. Pero sé que nunca lo vas a reconocer, y no importa. No necesito que lo hagas. Solo te pido que, por favor, te comportes bien con mi prometido y su familia.

—¿Acaso me he portado mal con ellos?

Charlotte se incorporó y arrugó la nariz. ¿Cómo podía ser su hermano tan obtuso para algo que resultaba tan evidente?

—No has participado en ninguna de las actividades, nunca cenas con nosotros y te quedas aquí encerrado todo el día.

—Te recuerdo que tengo un condado que atender. —Descendió la mirada hasta los papeles del escritorio frente a él, para ver si, con suerte, su hermana se daba por aludida.

No le sorprendió que no lo hiciese. Charlotte era tan testaruda como él.

—Un condado que es próspero —recalcó ella—. Puedes pasar unas horas al día sin trabajar.

—No era tan próspero cuando nuestro padre falleció hace diez años. Y no he logrado que lo sea siendo ocioso.

—Mañana vamos a dar un paseo a pie por la propiedad. Me gustaría que vinieras con nosotros.

Él levantó la vista de los papeles, ya intuyendo hacia dónde iba la conversación.

—Charlie…

—Solo serán unas horas. El resto del día puedes desaparecer.

—Me temo que tendréis que hacerlo sin mí.

—Adrian, a ti te gusta pasear por la propiedad.

De pequeña siempre me acompañabas. Me llevabas por los campos, me enseñabas los límites de las tierras, los nombres de los árboles y cómo distinguir si una cosecha iba a ser buena o no.

Eras tú quien me hacía querer este lugar, quien lograba que no lo viese como una cárcel de oro cuando nuestro padre no permitía que fuese a otro lugar.

Adrian apartó la mirada hacia la ventana durante un segundo, como si aquellas palabras le hubieran tocado algo que prefería mantener cerrado.

—Eso fue hace mucho tiempo, Charlie.

—Y, aun así, no voy a olvidarlo. Estoy agradecida contigo por todo; incluso por aceptar que Nathaniel se case conmigo cuando mi primera temporada acababa de comenzar. Sé que deseabas que la disfrutara entera.

—Menos gastos —espetó él—. La tía Gertrude es bastante derrochona con el dinero de los demás.

Charlotte, lejos de ofenderse, soltó una carcajada. Conocía demasiado bien a su hermano. Sabía que la quería y que se preocupaba por ella más de lo que jamás admitiría en voz alta; pero era incapaz de expresar sus sentimientos sin esconderlos detrás de una respuesta seca.

—Ha sido una madrina perfecta. Pero creo que se ha quedado un poco decepcionada de que encontrase marido con tanta rapidez.

Ya estaba un poco enfadada porque he esperado a los diecinueve años para presentarme a la reina y le había privado el año pasado de disfrutar de los eventos con una joven casadera.

Al tener solo hijos varones, creo que esperaba poder disfrutar de, por lo menos, una temporada entera.

—Entonces podía haberse quedado en Londres en vez de venir hasta aquí con su marido.

—Ninguno hubiéramos tenido que venir si tú hubieras ido a Londres para que Nathaniel pudiera pedirte mi mano.

—Ya me mandó una carta. No necesitaba desplazarse hasta aquí con toda su familia.

—Una carta a la que respondiste con cuatro líneas frías. Notificar algo tan importante por escrito no es precisamente elegante.

—Porque un caballero da la cara.

—Y él la ha dado. Pero yo ya había aceptado su proposición y no pude evitar contarlo a los cuatro vientos, así que había que comunicártelo de alguna manera antes de presentarnos aquí.

—Aunque no frecuente los eventos de la alta sociedad desde hace años, ¿acaso ha cambiado la costumbre de preguntar primero al tutor de la dama en cuestión?

Charlotte se encogió de hombros.

—Nathaniel quería estar seguro de mi respuesta primero. Aunque no sé por qué dudaba; me enamoré de él desde el primer instante.

—Amor —repitió Adrian con un deje de desdén—. ¿Qué sabes tú del amor?

—Más que tú, eso seguro —replicó ella sin dudar.

—Eso no te lo niego. Y no tengo el menor interés en saberlo.

—Nathaniel es un buen hombre.

—No le habría concedido tu mano de otra manera.

Charlotte se quedó en silencio durante unos instantes, reflexiva.

—Adrian —dijo, casi dubitativa—, ¿nuestros padres se amaban?

Adrian se enderezó en la silla.

—¿Por qué preguntas eso?

—Nuestra madre falleció dándome a luz. Y, a veces, creo que nuestro padre me odiaba por ello. Nunca pasó conmigo ni una hora de su tiempo.

Adrian suspiró.

—Tú no tuviste culpa alguna, Charlie. No vuelvas a pensar lo contrario. —Su voz se apaciguó—. Muchas mujeres pierden la vida al dar a luz.

—No has negado que me odiase.

—Ese hombre —dijo Adrian, sin ocultar su desprecio—, esa alimaña, pues no merece ser llamado ni hombre, no es digno siquiera de tu recuerdo. —Apretó las manos en puños—. Y créeme, es mejor que no pasara más tiempo contigo.

—Lo sé —admitió Charlotte, bajando la mirada hacia sus pies—. Sé que él no amó a nuestra madre, que nunca amó realmente a nadie. Pero ella sí lo quería. Encontré varios poemas que había escrito pensando en él. En sus versos había un amor tan profundo que casi dolía leerlos.

A Adrian no le gustaba hablar de su madre.

Era un tema que, con los años, a medida que su hermana se había hecho más mayor y había comenzado a hacer preguntas, había aprendido a esquivar.

Había cosas del pasado que prefería mantener donde estaban, lejos de conversaciones que pudieran desenterrar recuerdos que no tenía intención de volver a revivir.

Era mejor así. Para él y para su hermana; había cosas que desconocía y que era mejor que nunca llegase a descubrir.

—Él nunca la mereció, Charlie —dijo al fin.

Ella asintió en silencio.

—Me hubiera gustado conocerla —susurró.

Adrian la miró unos instantes. Su expresión se suavizó apenas, lo justo para que solo ella pudiera notarlo.

—Allá donde esté, está orgullosa de la joven en la que te has convertido.

Charlotte dio un paso hacia delante. Quiso rodear el escritorio y abrazarlo, pero se contuvo. Sabía que su hermano se sentiría incómodo. A él nunca le habían gustado las muestras de cariño, por muy sinceras que fueran.

—Tú no eres como él, Adrian. Tú eres capaz de amar.

Las palabras de Charlotte quedaron suspendidas entre ambos.

Adrian no respondió. Si ella supiera la verdad, no diría algo así. Había aprendido hacía mucho tiempo que el amor no era para él. Y cuanto antes lo comprendieran los demás, mejor.

—¿No estará esperando por ti tu prometido? —preguntó, cambiando deliberadamente de tema.

Charlotte suspiró. Abrió la boca, dispuesta a insistir, pero finalmente decidió no presionarlo.

—¿Entonces vendrás mañana?

—No, Charlie. Pero disfrutad mucho de la velada.

Ella dio otro paso con intención de acercarse más a él para convencerlo, pero entonces algo se le enredó en las piernas. Estuvo a punto de caerse, aunque logró mantener el equilibrio en el último instante. Cuando miró hacia abajo, no podía creer lo que veía.

Se agachó y recogió del suelo un par de medias finas de color claro, todavía calientes del calor de alguien.

Las sostuvo en el aire entre dos dedos, mirándolas con curiosidad, y después levantó la vista hacia su hermano.

—Son bonitas, pero te quedarían mejor unas más oscuras.

—No son mías —dijo él con sequedad. No esperaba ofrecer ninguna explicación más; sin embargo, tan solo necesitó compartir una mirada con su hermana para darse cuenta de que ella no se marcharía de su despacho hasta que la obtuviera—.

Tu futura cuñada ha tenido la desfachatez de entrar en mi despacho, soltar una sarta de desvaríos y quitárselas para aplaudirme con los pies.

Charlotte permaneció en silencio durante unos instantes, con expresión atónita, pero después se echó a reír.

—¡¿Qué?!

Adrian arrugó el ceño y miró a su hermana con reprobación.

—No me parece motivo de risa.

—Por supuesto que sí. He oído que Phoebe sufrió una caída y que desde entonces se ha comportado de un modo extraño, pero no imaginaba que tanto. Debe de haber quedado bastante afectada para llegar a hacer algo así.

—O tal vez os está engañando a todos y es así de descarada.

—No —negó Charlotte de inmediato, recuperando algo de compostura—. Phoebe no es así. Puede que sea más callada de lo normal, pero nunca la he visto mentir ni fingir de esa manera. Si ha hecho algo tan extraño, es porque de verdad no se encuentra bien.

Adrian resopló y volvió la vista al documento que tenía frente a él.

—Sea como sea, espero que no vuelva a molestarme.

—¿Cómo ha hecho para aplaudir con los pies?

Adrian ni siquiera la miró.

—Fuera, Charlotte.

Ella soltó una risita.

—¿Me llevo las medias o te las dejo?

—Devuélveselas a su dueña o deshazte de ellas. Me es indiferente.

Adrian dio la conversación por terminada, y Charlotte conocía lo suficiente a su hermano como para saber dónde estaba su límite. Sin embargo, en vez de marcharse, posó sus manos sobre la mesa y se inclinó hacia él.

—Nunca te he pedido un favor, pero voy a pedírtelo esta vez. Ven mañana. Da ese paseo con nosotros. Quiero que la familia de mi prometido, y él mismo, conozcan al hombre que realmente eres.

—Charlie, es mejor que no lleguen a conocerme demasiado.

—Ven. Si no lo haces, yo también te aplaudiré con los pies.

Adrian resopló, pero terminó alzando la mirada.

Cuando sus ojos se encontraron con los de su hermana, toda su determinación comenzó a flaquear.

Charlie no mentía al decir que rara vez le pedía favores y, aunque jamás lo reconocería en voz alta, a él le resultaba prácticamente imposible negarle algo cuando lo miraba de aquella manera.

Ella debió percibir que estaba a punto de ceder porque añadió:

—Por favor.

Adrian apretó los labios. Aquello era juego sucio. Sin embargo, no pudo evitar decir con resignación:

—Iré.

Su hermana se incorporó, con una sonrisa satisfecha, y él añadió, alzando una mano:

—Pero solo recorreré una parte del camino.

—Será más que suficiente.

Cuando Charlotte abandonó su despacho, Adrian tuvo la amarga sensación de que acababa de cometer un error. Tenía la desagradable certeza de que acabaría lamentando haber cedido.

Pronto descubriría que lo lamentaría mucho más de lo que podía imaginar.