La maldición del conde (Viajes en el tiempo 3) Capítulo 6
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Capítulo 6

—Cariño, te he estado buscando por toda la casa. ¿Cómo te en…

La frase quedó a medio terminar.

Una mujer de mediana edad se detuvo a unos pasos del umbral.

Era alta, delgada y de porte elegante. Tenía el cabello recogido bajo un sombrero de ala ancha e iba ataviada con ropa de montar, pero no de la que Phoebe asociaría con la equitación moderna.

Llevaba una chaqueta ajustada de color azul oscuro, de corte masculino, sobre una camisa blanca de cuello alto, y una falda larga y pesada del mismo tono que le llegaba hasta los pies.

Phoebe observó las botas bajas oscuras que asomaban por debajo del dobladillo.

Sus ojos claros observaban el despacho e iban del actor buenorro a Phoebe, como si algo en eso la hubiera hecho palidecer.

¿Y esta mujer quién era ahora?

—Parece que has visto un fantasma —murmuró Phoebe, más para sí misma. No supo si la mujer la escuchó, pero, por la manera en la que el actor buenorro chasqueó la lengua, supo que él sí.

—¿Qué haces aquí? —preguntó la recién llegada, y durante un instante Phoebe creyó que se dirigía al actor buenorro, hasta que se dio cuenta de que tenía los ojos fijos en ella—.

He regresado de montar junto a tu padre y me han dicho que te has desmayado.

Tu hermano te estaba buscando. No estabas en tu habitación, donde te dejaron para que descansaras. ¿Qué te ha pasado?

—Otra que sigue con el papel —resopló Phoebe, que estaba ya cansada de todo aquello—.

Tengo que reconocer que, al principio, tenía dudas, pero os lo curráis.

Me habéis hecho dudar hasta a mí. Y lo de las botas de montar salpicadas de barro para que sea más creíble es un puntazo, de verdad.

—Señaló las botas de la mujer—. Pero cortad el rollo ya. Quiero volver a mi casa.

La mujer se llevó una mano a la boca, visiblemente alterada. Fue a dar un paso hacia ella, pero se detuvo en seco en el último momento, como si el umbral del despacho estuviera protegido por una barrera invisible.

Ni siquiera se atrevió a entrar.

—Me han dicho que te has dado un golpe en la cabeza, pero no imaginaba que estuvieras tan confundida.

—No estoy confundida, me encuentro perfectamente.

A esas alturas, a Phoebe le costaba diferenciar la realidad de la ficción, pero no lo iba a reconocer; no iba a dejarles ganar.

—Tan perfectamente que se ha metido en mi despacho cuando va en contra de las normas —gruñó una voz detrás de ellas, incorporándose.

Madre mía, qué alto era.

—Le ruego que disculpe a mi hija, señor Whitmore —intervino la mujer, haciendo una pronunciada inclinación—. Es evidente que no es dueña de sus facultades en este momento. De haber estado en plena posesión de ellas, jamás se habría atrevido a cometer semejante imprudencia.

—Anda, no me digas que eres el conde de Whitmore —dijo Phoebe con sorna.

El actor buenorro enderezó los ojos y alzó la barbilla, con orgullo.

—Por supuesto que lo soy.

—Pues entonces aquí hay un fallo de guion —señaló Phoebe—, porque la maldición de la bruja no te ha convertido en una bestia. No físicamente, al menos.

—Hija, ¿qué estás diciendo? —dijo la mujer.

Phoebe se giró para mirarla.

—No soy tu hija.

—Por supuesto que eres mi hija —repitió la mujer, aunque un instante después su rostro palideció de nuevo—. ¿Sabes quién soy, cariño? ¿Me reconoces?

—Por supuesto que no te conozco. Es la primera vez que te veo.

Aunque, por alguna razón que no supo reconocer, había algo ligeramente familiar en aquella mujer. ¿Tal vez se había cruzado con ella por la ciudad o en el metro? Londres estaba llena de gente y Phoebe se cruzaba a muchísimas personas todos los días.

—¡Por todos los santos! —La mujer se llevó una mano al pecho y empezó a abanicarse el rostro con la otra, como si necesitara recuperar el aliento—. Soy tu madre.

Phoebe se rio.

—Conozco a mi madre y sé que no eres tú.

—¿Es posible que no recuerdes siquiera el rostro de tu propia madre? —La mujer dio un pequeño paso hacia atrás—. Creo que voy a desmayarme.

—¿De verdad? —preguntó Phoebe, cada vez más desconcertada—. ¿Esto también forma parte del juego?

La mujer la miró, horrorizada.

—¿Del juego? ¡Phoebe, por el amor de Dios!

Aquella mujer conocía su nombre, pero después de lo que habló con Quentin y el retrato, eso no le sorprendió.

Todos los actores habían sido informados de sus nombres antes de comenzar la experiencia; probablemente, formaba parte de la preparación del juego.

Phoebe supuso que era una forma de hacerlo todo más realista.

Demasiado realista, a su parecer.

—Ahórrese el desmayo, milady. Su hija se encuentra en sus plenas facultades —dijo el supuesto conde. Después, miró a Phoebe—. No sé qué pretende conseguir con esta historia, pero no voy a permitir que siga utilizándola como excusa para justificar su comportamiento o lo que sea que pretenda.

—¡No me estoy inventando nada!

Él hizo una mueca, como si fuera evidente.

—Primero asegura que no sabe dónde está, después que todos estamos interpretando un papel, y ahora, resulta que tampoco reconoce a su propia madre. Se está inventando una cosa detrás de otra para eludir las consecuencias de haber entrado en mi despacho sin permiso.

—Conozco a mi hija, milord —intervino la mujer, que parecía haber recuperado algo de color—.

Conoce perfectamente las normas y jamás habría entrado aquí de no encontrarse indispuesta.

Aunque sé que no es excusa por su comportamiento, por eso le ruego que la perdone. Cariño —miró a Phoebe—, discúlpate.

A pesar de que Phoebe era una persona orgullosa, no se le caían los anillos por pedir perdón cuando había cometido un error.

Pero no pensaba disculparse con aquel prepotente que no había hecho más que tratarla con desdén desde que, según él, había puesto un pie en su despacho.

Sabía que estaba interpretando un papel y que aquella actitud formaba parte de la experiencia, pero eso no impedía que le cayera mal.

—Ni de coña —respondió, apretando los brazos aún con más fuerza contra su pecho—.

No pienso disculparme cuando no he hecho nada malo.

Además, ¿qué argumento absurdo es ese? ¿Por qué me inventaría toda una historia solo por haber entrado en un despacho sin permiso?

Me inventaría algo si hubiera asesinado a alguien que, por cierto, no he matado a nadie, pero en ese caso tendría sentido.

¿Por entrar en un despacho? De verdad que se os está yendo la olla a todos.

La mujer palideció de nuevo hasta adquirir el tono de una hoja de papel. El actor conde la miró con reprobación.

—Además de desconocer las normas, tampoco es capaz de reconocer cuándo las infringe.

—Créame, si hubiera hecho algo mal, sería la primera en reconocerlo. Lo que no voy a hacer es pedir perdón solo porque tú hayas decidido que entrar aquí es motivo suficiente para tratarme como si hubiera cometido un crimen. De hecho, si alguien debería disculparse, serías tú.

El conde abrió los ojos.

—¿Yo?

—Sí, tú. Por…

Pero Phoebe no pudo seguir porque la mujer la interrumpió.

—Basta ya —intervino su supuesta madre con voz firme—. Esta conducta es del todo impropia, Phoebe. Ningún malestar justifica semejante falta de respeto. No te hemos educado para que te comportes de esa manera. Somos invitados en casa del conde de Whitmore; le debes respeto.

—Desde luego no me has educado para que me comporte así.

La madre asintió, aliviada.

—Parece que te estás recuperando.

—Porque no me has educado en absoluto. No sé quién diablos eres.

La mujer volvió a abanicarse.

—Phoebe, por favor…

Pero no pudo continuar porque un sirviente que se encontraba en el umbral carraspeó discretamente.

—Milord…

—Para no permitir la entrada en su despacho, esto parece el camarote de los hermanos Marx —murmuró Phoebe, poniendo los ojos en blanco—. Aunque todos se queden en la puerta, claro.

El conde fingió no haberla escuchado. De todas maneras, no entendía la mitad de las palabras que aquella joven maleducada decía.

—¿Qué es tan grave para que me molestes, Robert? —preguntó en tono hostil.

Robert tragó saliva. Se había percatado de que su señor estaba de un humor todavía peor de lo habitual, lo cual ya era mucho decir. Aun así, se armó de valor y decidió no echarse atrás.

—¿Desea que arreglemos la cerradura de la puerta de la señorita Pembroke?

El conde arrugó el ceño.

—¿Qué le ha pasado a la puerta?

—La han forzado desde dentro con una silla, milord. La silla tampoco ha sobrevivido al incidente.

El conde volvió lentamente la cabeza hacia Phoebe. Había cierto desconcierto en su expresión.

—¿Y qué se supone que esperabais que…? —comenzó Phoebe, dispuesta a defenderse.

Pero no pudo continuar porque su supuesta madre se lo impidió.

—Espero que no esté usted acusando a mi hija de un acto tan impropio de una dama —dijo con ferocidad, alzando una mano en el aire.

Robert, que se encontraba a unos pasos de ella, tragó saliva de nuevo.

—Por supuesto que no, milady —dijo con rapidez—. Yo solo…

Pero, de nuevo, la mujer no le permitió terminar.

—Entonces espero no escuchar ningún rumor al respecto.

—No lo hará, milady.

La mujer asintió, satisfecha, y después miró al conde.

—Si fuera tan amable de mandar reparar la cerradura, mi marido y yo se lo agradeceríamos.

El conde tenía el ceño fruncido y una expresión ilegible. Por un instante, a Phoebe le dio la sensación de que iba a responder, pero luego inclinó ligeramente la cabeza.

Su supuesta madre se giró hacia ella.

—Ahora mismo vas a ir a tus aposentos a descansar. Aún estás afectada por el golpe.

Aquella mujer no era su madre, pero acababa de defenderla de una manera que la suya nunca había hecho. Tal vez por eso, Phoebe cruzó el umbral y se acercó a ella cuando le hizo un gesto con la barbilla. Y quizá también no forcejeó cuando sostuvo su muñeca y tiró de ella.

No es que necesitara que la defendieran, y menos cuando no se avergonzaba ni se arrepentía de haber roto la cerradura. Pero, aun así, sintió una extraña calidez en el pecho.

Cuando esa sensación empezó a disiparse, intentó soltarse, pero la mujer la sujetaba con una fuerza sorprendente.

Debía de hacer pesas en el gimnasio. Sin otra opción, Phoebe se dejó arrastrar por el pasillo mientras la otra le daba un sermón sobre los modales, el decoro y las institutrices que la habían educado.

Apenas la escuchó, ya que estaba demasiado ocupada mirando a su alrededor.

Aquella parte de la mansión se veía completamente distinta. Los muebles parecían antiguos de verdad y caros, casi reliquias. Si eran falsificaciones, estaban increíblemente bien hechas.

Plantó los pies descalzos sobre la alfombra cuando vio una puerta abierta al fondo del corredor. Esa tenía que ser la salida.

No lo pensó dos veces. Se soltó del agarre y echó a correr.

—He tenido suficiente —murmuró—. Esto se termina ya.

Antes de que su supuesta madre u otro actor pudiese detenerla, empujó la puerta y salió al exterior. Lo que vio al otro lado la dejó petrificada.

Frente a ella se extendía un jardín perfectamente cuidado.

Los setos estaban recortados con precisión, los rosales florecían a ambos lados de los senderos y la hierba formaba una extensión verde y uniforme hasta donde alcanzaba la vista.

Nada que ver con el jardín algo descuidado que había visto al llegar esa misma mañana.

Frunció el ceño. Era el mismo lugar, tenía que serlo. Reconocía la fachada de la casa, las escaleras de piedra y hasta la disposición de los senderos. Pero algo no encajaba.

No había ningún coche aparcado. En su lugar, varios carruajes permanecían junto a la entrada; algunos todavía enganchados a caballos que golpeaban el suelo con los cascos. Un hombre con levita hablaba con otro a unos metros de distancia.

Phoebe dejó de respirar durante un instante.

No había farolas modernas, no había cables eléctricos ni nada que pudiera relacionar aquel lugar con el mundo que conocía.

Solo la mansión. La misma mansión.

Pero no como la había visto unas horas antes, que era un reflejo de lo que había sido en un pasado. Ahora parecía más viva, más auténtica, como si se hubiera transportado siglos atrás.

—No puede ser —susurró.

Retrocedió un paso.

Tenía que ser otra parte del juego. Un decorado exterior extremadamente elaborado, o una recreación histórica tan perfecta que todavía no alcanzaba a comprender. Porque no había otra explicación posible.

Volvió a mirar los carruajes, esperando que de uno de ellos saliera Sophie riéndose y confesándole que le había gastado una broma pesada. Pero no parecía haber nadie dentro.

—¡Cariño!

La mujer que decía ser su madre corrió detrás de ella.

—Vas a enfriarte. Vamos, regresa dentro. Debes ir a tu habitación y reposar.

Y, por primera vez, Phoebe no se negó.

La siguió en silencio mientras la guiaba de vuelta al interior de la casa.

Porque, por primera vez desde que había entrado en aquella mansión, dejó de estar completamente segura de que estaba participando en un escape room.

Algo había cambiado.

Y no tenía ni la más remota idea de qué.