La maldición del conde (Viajes en el tiempo 3) Capítulo 5 #2
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Capítulo 5 #2

—¡Qué estupidez! —exclamó—. Jamás voy a casarme y aún menos a adoptar el apellido de mi marido. Por Dios, me valoro más que todo eso.

—Haga el favor de comportarse como corresponde —repitió él con reprobación, y esta vez a ella no se le pasó desapercibido el tono.

—¿Cómo corresponde?

—Con un mínimo de educación. Algo de lo que, según he descubierto hoy, parece que carece.

¿Que ella no tenía educación? ¿Pero de qué iba?

—Tengo muchísima más educación que tú —espetó, dando un paso hacia él—. Que, con la excusa de interpretar un papel, estás siendo un irrespetuoso.

—Señorita Pem… —comenzó, pero al ver que Phoebe abría la boca para replicar, decidió pensárselo mejor—. Solo suelta desvaríos.

—Prefiero soltar desvaríos antes que hacer lo que estás haciendo tú.

Empeñarte en seguir con ese papel de aristócrata cansino cuando es evidente que yo ya no quiero jugar —replicó Phoebe—.

Porque, siendo sincera, estás demasiado metido en el personaje.

Hasta el punto de que empiezas a darme pena.

¿Tan fracasado eres que, como no consigues un trabajo decente de actor, te aferras a este a toda costa?

El silencio que siguió fue tan denso que Phoebe casi pudo tocarlo.

El hombre no gritó; ni siquiera necesitó decir una sola palabra, solamente la miró mientras se ponía de pie.

Y esa mirada fue peor que cualquier insulto.

Sus ojos azules se habían vuelto más fríos, si cabía, y había algo en ellos que no encajaba con un actor interpretando un papel.

No parecía fingido, parecía auténtico, como si todo aquello fuera real.

—Ha tenido usted el atrevimiento de entrar en mi despacho sin permiso —dijo al fin, con una calma glacial—.

Ha soltado una sarta de disparates que no merecen ni respuesta.

Ha tuteado a un hombre que no le ha dado permiso para hacerlo.

Y ahora, encima, se permite cuestionar mi carácter y mi ocupación.

Phoebe resopló.

—De acuerdo, soy una irrespetuosa, tú ganas —cedió, porque realmente aquella discusión era ridícula—, pero ahora, por favor, sal de tu personaje cinco minutos y dime dónde está la salida.

—No estoy en ningún personaje.

—Claro que no. Y yo soy la reina de Inglaterra.

Él entrecerró los ojos.

—Con ese tono y esa falta de respeto, más bien parecería la bufona de la corte.

Phoebe abrió la boca, indignada.

—¡¿Me acabas de llamar bufona?!

—He dicho que lo parece, no que lo sea. Aunque no voy a mentirle, empieza a parecerlo.

—Y tú eres un actor fracasado que me está amargando el día.

Él dio un paso alrededor del escritorio; solo uno. Pero fue suficiente para que Phoebe tuviera que levantar la barbilla para seguir mirándolo a los ojos. Maldita sea, era más alto que una torre, y ella apenas medía 1,57.

—No soy un actor y bien lo sabe. Le aseguro que no estoy interpretando nada. Esta es mi casa y usted es una invitada. Y está a punto de convertir mi paciencia en algo que ninguno de los dos va a disfrutar.

Phoebe sintió un nuevo pinchazo en la sien; más agudo esta vez. El anillo que le había dado Quentin, del que se había olvidado por completo, comenzó a pesarle en su dedo anular. Y, por primera vez desde que había abierto aquella puerta, una duda real se le clavó en el pecho. ¿Y si no era un actor?

Aunque aquella posibilidad era inexistente. Pero la forma en que la miraba, la seguridad con la que hablaba, el hecho de que no hubiera ni un solo fallo en su actitud… No, solo estaba jugando con ella.

Se obligó a mantenerse firme, todavía de pie frente a él.

—Mira, puedes seguir con el numerito todo lo que quieras —dijo, aunque su voz sonó menos segura de lo que pretendía—.

Yo solo quiero salir de aquí, encontrar a mi prima y largarme.

Así que, si no te importa, dime dónde está la puerta de salida.

Y, de paso, ¿cómo te llamas realmente? Porque señor actor buenorro se me está haciendo un poco largo.

—Cuando las últimas palabras salieron de su boca, se puso una mano en ella, como si con ello pudiese hacer que regresasen.

Por Dios, ¿acababa de decirle que estaba buenorro?

Phoebe sintió que se le subían los colores a la cara, pero se negó a bajar la mirada. Peor aún: él la había oído perfectamente, a juzgar por el leve arqueo de una de sus cejas. Sin embargo, tuvo la sensación de que no la había entendido.

La observó un instante más. Luego, con una lentitud deliberada, apoyó ambas manos sobre el escritorio y se inclinó ligeramente hacia delante.

—No sé qué pretende conseguir con todo este espectáculo —dijo él con voz grave—. Pero, sea lo que sea, le aseguro que no va a funcionarle.

—¿Espectáculo? —repitió Phoebe, todavía de pie, cruzándose de brazos lo mejor que el maldito vestido le permitía—. Mira, de verdad… no puedo más. Tú ganas. Has hecho una interpretación de Óscar.

Empezó a aplaudir, lenta y sarcásticamente.

Él la miró con una expresión que Phoebe no supo interpretar.

—¿No te sirve? —preguntó ella, y como él seguía en silencio, continuó con más énfasis, exagerando cada palabra—.

Genial. Lo has hecho genial. Brutal, de antología.

Deberían darte el Óscar, el BAFTA y una estatuilla extra por aguantar el tipo sin ni siquiera pestañear.

Enhorabuena. ¿Feliz? ¿Podemos terminar ya con esto? ¿O tengo que aplaudir con los pies?

El silencio que siguió fue tan absoluto que Phoebe casi pudo oír el latido de su propia cabeza.

—¿Ha terminado usted? —preguntó él al fin, con una calma que resultaba mucho más amenazante que cualquier grito.

—Depende —respondió ella, con los brazos cruzados—. ¿Vas a dejar de interpretar tu papel o necesito seguir con la ovación?

Él cerró los ojos un instante, como si pidiera paciencia a alguna fuerza superior, y cuando los volvió a abrir, su mirada era aún más fría.

—Señorita Pembroke —comenzó, pero ella no le dejó continuar.

—Está bien, te aplaudiré con los pies.

Phoebe se agachó para quitarse los zapatos y entonces se dio cuenta de que estaba descalza.

—¡Me han quitado los zapatos! —exclamó, enderezándose de golpe—. ¿Con qué permiso? Podría haberme clavado algo. Aunque, bueno, eran prestados, no eran los míos, pero aun así.

Bajó la vista hacia sus pies y frunció el ceño con genuina molestia.

Llevaba unas medias finas de color claro que le llegaban por encima de la rodilla.

Las odiaba, le producían esa sensación horrible y apretada entre los dedos, como si llevara calcetines demasiado pequeños.

Si hubiera podido, se las habría arrancado allí mismo.

En realidad, podía hacerlo. Tal vez lo que necesitaba era actuar de una manera todavía más desproporcionada para que, por fin, le hicieran caso de una vez.

No se atreverían a seguir tomando el pelo a una chalada.

Claro que ya estaba actuando de forma exagerada, pero ella no era del todo consciente de hasta qué punto.

Sin pensarlo más, volvió a agacharse, se levantó ligeramente la falda y empezó a quitarse las medias con decisión. Se deshizo primero de una y después de la otra, enrollándolas hasta los tobillos antes de sacarlas por los pies. Después, las dejó caer junto a sus pies descalzos.

—¿Qué cree que está haciendo? —preguntó el actor buenorro, y, por primera vez, su voz sonó genuinamente sorprendida.

Phoebe se enderezó, medias en mano, y lo miró con total seriedad.

—Así podré aplaudir mejor —respondió, y empezó a dar palmadas con los pies descalzos contra el suelo de madera, de forma lenta, ruidosa y deliberadamente ridícula—. ¿Ahora sí te parece suficiente ovación o necesitas que también baile? Porque puedo bailar.

Y, para demostrarlo, dio un giro completo sobre sí misma, levantando un poco la falda del vestido con una mano mientras con la otra seguía sosteniendo las medias. El movimiento resultó bastante poco elegante y todavía menos digno, pero ella lo ejecutó con total determinación.

Cuando terminó de girar, se quedó mirándolo de frente, con las mejillas ligeramente sonrojadas por el esfuerzo y una expresión de desafío absoluto.

—¿Ves? Hasta sé girar. ¿Feliz ahora? ¿Podemos terminar ya con esta tontería?

—Señorita… —comenzó él, pero no pudo terminar porque una voz de mujer, muy alterada, lo interrumpió.