Capítulo 5
Lo primero que Phoebe vio fue un enorme escritorio de madera oscura frente a un amplio ventanal, oculto tras unas pesadas cortinas de terciopelo apenas entreabiertas.
Observó con fascinación las estanterías repletas de libros que se alzaban a ambos lados de la estancia, desde el suelo hasta casi el techo.
Le llamó la atención el mapa antiguo enmarcado que había en una de las paredes.
Una chimenea de piedra ocupaba el centro de la pared opuesta, flanqueada por dos sillones de cuero desgastado.
Aunque afuera todavía era de día, la luz que se filtraba entre las cortinas era escasa y dorada, y apenas alcanzaba a iluminar los extremos del escritorio. El resto de la habitación quedaba en una penumbra cálida, apenas rota por el resplandor apagado de unos rescoldos en la chimenea.
Aquel lugar era todavía más impresionante que la habitación en la que había despertado. Todo estaba cuidado hasta el último detalle: la madera maciza de los muebles, las encuadernaciones oscuras de los libros, la gruesa alfombra bajo sus pies…
No le quedó ninguna duda de que se encontraba en un despacho. Aunque no uno de los que ella estaba acostumbrada a ver.
Desde luego, no era como el que tenía en el bufete, que compartía con otros dos abogados junior y donde apenas había espacio para su portátil, una taza de café y la montaña de expedientes que parecía reproducirse por las noches.
Pero Phoebe sabía que algún día tendría uno así; en unos años, cuando dejara de ser junior, ascendiera y pudiera permitirse algo más que una mesa encajada entre otras tres.
Incluso podría tener una de aquellas estanterías enormes.
Aunque quizá no tantos libros ni tan antiguos.
Y unos ventanales enormes, por supuesto, desde la última planta de un rascacielos de la City, con Londres extendiéndose a sus pies y los edificios de cristal brillando bajo el sol. Ese sí que era el despacho que merecía.
—¡¿Se puede saber qué hace usted aquí?! —rugió una voz grave y profunda.
En ese momento vio al hombre que estaba sentado detrás del escritorio.
Había estado tan fascinada observando el despacho que ni siquiera lo había visto.
Tenía los hombros anchos y una complexión que hacía evidente que no le faltaban horas de ejercicio, aunque lo que más llamó su atención fue su rostro.
El cabello rubio, perfectamente peinado, enmarcaba unos ojos azules que la observaban con una intensidad casi intimidante; tenía la nariz recta, los labios firmes y una mandíbula marcada, cincelada, con una sombra de barba que le daba un aspecto todavía más masculino.
Y luego estaban sus manos. Grandes, fuertes, de dedos largos y elegantes. Phoebe se preguntó, contra todo sentido común, qué podría hacer un hombre como aquel con unas manos así. Qué se sentirían cuando te tocaban.
Phoebe no solía fijarse demasiado en los hombres. No porque no le gustaran, sino porque tenía cosas mejores en las que pensar.
Pero ese, joder. Estaba buenísimo.
—Señorita Pembroke, ¿acaso se ha quedado usted sorda o simplemente ha decidido ignorarme?
Phoebe siempre había tenido una buena memoria; una a la que le debía haberse sacado la carrera de Derecho. Por eso no tardó en reconocer aquel apellido: era el de la joven del cuadro, la que se parecía a ella. Pero ¿por qué lo estaba usando para ella?
Entonces se dio cuenta de que llevaba una camisa blanca de cuello alto que marcaba sus hombros anchos y un chaleco oscuro perfectamente ajustado al torso.
Incluso sentado detrás del escritorio parecía ocupar más espacio del que le correspondía.
El conjunto, claramente inspirado en la moda de otra época, debería haberle resultado ridículo.
Y, sin embargo, a él le sentaba condenadamente bien.
De hecho, Phoebe estaba segura de que era el único hombre sobre la faz de la Tierra capaz de llevar semejante atuendo sin parecer que iba disfrazado.
Así que aquello debía ser otra de las pruebas del escape room. Pero Phoebe ya no tenía paciencia para seguir con aquella locura.
—Mira, no sé qué prueba debo resolver ahora, pero te aviso de que me he pegado un golpe en la cabeza y no estoy de humor para acertijos. Así que corta el rollo y dime dónde está Sophie. Quiero salir de aquí.
El actor buenorro la observó en silencio durante unos instantes que a Phoebe se le hicieron eternos.
A lo largo de su corta pero intensa trayectoria como abogada se había sentado frente a hombres que no tenían precisamente fama de ser amables: tipos con abogados carísimos, delincuentes con un largo historial a sus espaldas y más de uno que había intentado intimidarla en mitad de una negociación.
Había aprendido a mantener la calma incluso cuando la situación se ponía fea.
Sin embargo, ninguno la había mirado como lo hacía aquel hombre.
Sus ojos azules se clavaron en ella, fríos como dos témpanos de hielo, y por primera vez desde que había abierto aquella puerta, Phoebe se preguntó si acababa de cometer un error.
No sabía qué era exactamente, pero había algo en aquella mirada que la hacía sentirse incómoda y tuvo que hacer un esfuerzo para no encoger los hombros ni retroceder un paso.
—No me interesan los pretextos que haya decidido inventar, señorita Pembroke. Ninguno la exime de las normas que conoce perfectamente, y mucho menos le concede licencia para entrar aquí sin permiso.
—Oye, que yo no me he inventado nada. Y mi apellido es Harris.
El actor buenorro hizo un gesto con la mano derecha, como si no fuera a perder su tiempo discutiendo aquella nimiedad, y volvió a dejarla sobre el documento que tenía delante.
—Conoce perfectamente las normas de esta casa. Nadie entra en mi —recalcó aquella palabra con una soberbia que a Phoebe le cabreó— despacho.
Y quizá por eso no pudo evitar responder, a pesar de saber que aquello era todo ficticio.
—Si no quieres que nadie entre en tu —utilizó el mismo tono que él— despacho, ¿por qué no has echado el pestillo? —Señaló con el dedo índice el pestillo de hierro que había en la puerta—. Digo yo.
Él la miró como si acabara de decir una gilipollez en vez de un razonamiento de lo más lógico. Algo que a Phoebe le hizo cabrearse más. Porque aquel tío podía estar todo lo bueno que quisiese, pero era un sobrado.
—No necesito echar el pestillo porque nadie se atreve a abrir esa puerta. Todos los que residen en esta casa saben que nadie más que yo entra en mi despacho.
—Pues yo he entrado.
—Y ha cometido una imprudencia imperdonable al hacerlo.
Phoebe cerró los ojos un instante y se llevó una mano a la sien cuando sintió un pinchazo agudo.
—Mira, no estoy de humor para esto —murmuró, masajeándose la sien—. Me duele muchísimo la cabeza, estoy cansada y quiero irme a mi casa. Así que, si no te importa, dime dónde está la salida y acabemos con esto.
El actor buenorro entrecerró los ojos.
—Conoce perfectamente la salida de esta casa, milady.
Lleva varios días viviendo bajo este techo.
Y haga el favor de hablarme con respeto.
No le he dado la confianza para que me tutee.
No me haga replantearme la amabilidad que he depositado en usted y su familia, permitiéndoles quedarse en mi residencia. Además, ¿adónde pretende ir?
—A mi casa —respondió Phoebe, irritada. ¿Pero qué clase de pregunta estúpida era esa?
—. Bueno, al hotel que han reservado las amigas de mi prima, que debo decir que llamarlo hotel es muy generoso.
Aunque, si pudiera elegir, me iría directamente a mi apartamento, me pondría el pijama, me prepararía un mojito y me emborracharía hasta olvidar esta pesadilla.
—No tengo constancia de que haya venido usted acompañada de ninguna prima ni de las amigas de esta.
Tampoco sé qué es un «mojito» —Phoebe fue a abrir la boca, pero él la interrumpió antes de que pudiera pronunciar una sola palabra— ni me interesa averiguarlo.
Pero lo que sí sé es que emborracharse deliberadamente no es un comportamiento apropiado para una dama.
—Es una forma de hablar.
La última vez que Phoebe se emborrachó fue el primer año de universidad. Y ahora no era capaz de tolerar más de dos copas.
—Una forma bastante desafortunada. Una dama no debería hablar con tanta ligereza de emborracharse. No debería avergonzar de ese modo a sus padres ni a su hermano. —Él la miró de arriba abajo de una forma despectiva que la hizo cerrar las manos en puños—. Más de lo que ha hecho ya.
¿Pero qué gilipolleces estaba diciendo? Vale que estaba interpretando un papel de un siglo en que las mujeres no tenían derechos, pero a Phoebe le estaba tocando las narices.
—Yo jamás he avergonzado a mis padres. Siempre he sido la primera de mi promoción —Alzó una mano en el aire.
De hecho, había sido más bien al revés. Phoebe había sido la adulta responsable incluso cuando era una niña, mientras ellos se comportaban como críos incapaces de llegar a un acuerdo sobre su tutela—.
Y no tengo ningún hermano. Pero, si lo tuviera, estoy bastante segura de que estaría orgulloso de mí.
El actor buenorro cerró los ojos durante un instante y se llevó una mano a la frente. Como si, de repente, a él también le doliese la cabeza.
—No voy a discutir con usted sobre semejantes disparates.
—No son disparates.
—Sea lo que sea que pretenda conseguir con todo esto, no tengo intención de seguir escuchándolo.
—Me parece estupendo. A ver si te crees que yo quiero seguir aquí.
Phoebe fue a darse la vuelta. Ya le preguntaría a otro dónde estaba su prima. Aunque aquel hombre estuviera interpretando un papel, había algo en su forma de hablarle que parecía demasiado real.
Pero entonces él la detuvo con sus palabras.
—Y, señorita Pembroke, debería empezar a comportarse como corresponde.
—Harris. Mi apellido es Harris.
—Si se ha comprometido, no tengo constancia de ello, y no me importa. Pero no tendrá su apellido hasta que se case con él.