Capítulo 4
Phoebe volvió a agarrar el pomo y tiró de él con todas sus fuerzas, pero la pesada puerta de madera ni siquiera se movió. Lo intentó de nuevo, girándolo de un lado a otro y empujando después con el hombro. Tampoco consiguió nada.
¿Sería una prueba? ¿Formaba parte del escape room? ¿Pero qué clase de escape room retorcido era aquel?
Se iba a forrar con todo el dinero que les iba a sacar. La demanda iba a ser millonaria.
¿Cómo se atrevían a aprovecharse de su desmayo para montar semejante teatrillo? ¿Y si no se había desmayado por sí misma? ¿Y si la habían drogado?
Era un poco disparatado, pero durante la carrera y su corta trayectoria había visto de todo. Había gente muy retorcida.
—¡Joder! —exclamó—. ¡No me lo puedo creer!
Pero si ese fuera su modus operandi, ya les habrían cerrado el chiringuito hacía tiempo. No, no podía ser eso. Tal vez ella no se había desmayado de verdad. Quizá solo le habían hecho creer que lo había hecho. En esos escapes jugaban con la mente de la gente.
Aunque lo cierto era que la sien le dolía, y el dolor no se podía fingir… ¿o sí?
Por Dios, sentía que le estallaba la cabeza. Entonces se le ocurrió otra posibilidad.
—Esto tiene que ser una broma —dijo con un resoplido, dejando caer los brazos a ambos lados del cuerpo—. Espera… ¿es eso? ¡¿Me estás gastando una broma, Sophie?! —gritó, levantando la voz y esperando una respuesta. Pero solo obtuvo silencio—. ¡Que sepas que no tiene ni puta gracia!
Esperaba que aquello bastara para que su prima detuviera la gracieta, pero no surtió ningún efecto.
Phoebe se dio la vuelta y volvió a caminar hasta la cama.
Se sentó sobre el colchón y hundió ligeramente las manos en él.
Era firme, pero sorprendentemente cómodo.
Las sábanas de algodón tenían una textura áspera y fría que se sentía demasiado real bajo sus dedos.
Bajó la mirada hacia la estructura de madera tallada y recorrió con la yema de los dedos una de las columnas de la cabecera.
Aquello no parecía un decorado. Parecía real. Era como visitar uno de aquellos castillos históricos en los que el mobiliario no era una recreación, sino piezas originales que habían permanecido allí durante siglos.
—¿Pero cuánta pasta se han gastado en este escape room? —murmuró, tumbándose un momento sobre el colchón.
Cerró los ojos. Además del dolor de cabeza, se sentía cansada, rara y cada vez más incómoda con la situación.
Nada de aquello le gustaba, y la paciencia nunca había sido una de sus virtudes.
Esperar no era lo suyo, pero estar encerrada era todavía peor.
No tenía problema en pasar días dentro de su apartamento si ella lo elegía, pero que la obligaran a quedarse en una habitación le resultaba denigrante. Y no pensaba permitirlo.
Volvió a abrir los ojos y se levantó.
No. Definitivamente no pensaba quedarse allí esperando a que alguien se dignara a dejarla salir.
Recorrió la habitación con la mirada. Cuando sus ojos se detuvieron en una silla de madera situada junto a la ventana, una idea cruzó su mente. Era una locura, de esas que no cometía desde la adolescencia. Pero no podía seguir encerrada.
Decidida, caminó hasta la silla, la agarró por el respaldo y la arrastró hasta la puerta. Le costó levantarla con ambas manos, y eso que iba al gimnasio a diario.
—¡Joder! Sí que pesa.
Con todas sus fuerzas la lanzó contra la puerta, justo a la altura de la cerradura. La madera crujió y el marco cedió, consiguiendo que la puerta se abriera de golpe.
Phoebe salió al pasillo y miró a ambos lados. Esperaba encontrarse a su prima y a sus amigas echándole la bronca por haberse cargado una silla, pero el corredor estaba completamente vacío. No tenía ni la menor idea de en qué parte de la casa se encontraba.
Echó a andar, esperando encontrar a alguien que pudiera explicarle qué demonios estaba pasando. A medida que avanzaba, la casa parecía hacerse todavía más grande. Pasó junto a varias puertas cerradas hasta llegar a una escalera amplia de madera oscura.
Aquello le sorprendió. No recordaba haber subido ninguna escalera. Sí había visto unas al llegar, pero estaban acordonadas con esas cuerdas de terciopelo rojo que se usan para prohibir el paso al público. Pero ahora las cuerdas ya no estaban.
Phoebe se detuvo un segundo al borde de los escalones, mirando hacia abajo. La escalera era ancha, de madera oscura y bien cuidada, con una barandilla tallada que no recordaba haber visto con tanto detalle. El silencio de la casa se le hizo de pronto más denso.
Comenzó a bajar, sintiendo como peldaño crujía ligeramente bajo sus pies.
Tuvo que levantarse un poco la falda del vestido para no tropezar.
Mientras descendía, no podía dejar de pensar que no recordaba haber subido aquellas escaleras.
Cuando llegaron al escape room, toda la experiencia había pasado en la parte baja, y ella había dado por hecho que era la única parte habilitada de la casa.
Al llegar abajo, sin embargo, no se encontró con el recibidor. Tampoco había rastro alguno de su prima y las amigas de esta. Ni de Quentin ni Lavinia.
Miró a su alrededor, cada vez más cabreada.
El pasillo era ancho, con paneles de madera oscura y unas cuantas puertas cerradas a ambos lados. Había un par de consolas con jarrones y un gran reloj de pie que marcaba una hora que no tenía ningún sentido. El silencio era tan denso que hasta le resultaba molesto.
¿Dónde se suponía que estaba la salida?
Nunca había entendido la necesidad de vivir en casas tan enormes.
¿De verdad necesitaban veinte habitaciones para una sola familia?
¿Qué hacían con todas ellas? ¿Organizaban una búsqueda del tesoro cada vez que querían encontrar el baño?
¿O simplemente las dejaban cerradas recogiendo polvo durante décadas para presumir de lo grande que era la casa?
Echó a andar por el pasillo en busca de alguien —cualquiera— que pudiera indicarle dónde estaba la dichosa puerta principal.
Pero cuanto más avanzaba, más perdida se sentía.
La casa parecía no terminar nunca. Cada vez que creía estar cerca de algo familiar, el corredor giraba o se abría en otro pasillo igual de largo e igual de vacío.
Pasó junto a una serie de cuadros de señores serios con peluca y señoras con cara de haber olido algo desagradable. Ninguno de ellos le resultó de ayuda.
Giró en un corredor lateral, ya bastante harta, y justo cuando estaba a punto de darse la vuelta y volver sobre sus pasos, escuchó un ruido al otro lado de una puerta. Un roce, como si alguien hubiera movido una silla o cerrado un libro de golpe.
Phoebe se detuvo. Por fin encontraba a alguien.
Sin pensarlo demasiado, giró el pomo y empujó la puerta.