La maldición del conde (Viajes en el tiempo 3) Capítulo 3
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Capítulo 3

Lo primero que Phoebe sintió fue el calor.

No era sofocante ni pegajoso, sino un calor suave y reconfortante, de esos que la envolvían al regresar a su apartamento después de una fría tarde de invierno.

Trató de levantar el brazo derecho para incorporarse, pero apenas consiguió despegarlo unos centímetros. Le pesaba como si fuera de piedra. Sentía los músculos entumecidos, rígidos, como si hubiera permanecido inmóvil durante horas.

Estaba a punto de intentarlo de nuevo cuando percibió aquel aroma. Suave, familiar, inconfundible: canela, manzana y un delicado toque de miel. Phoebe lo habría reconocido en cualquier lugar del mundo. Olía exactamente igual que el pastel de manzana que preparaba su abuela cuando era niña.

La casa de su abuela siempre había sido su refugio.

El único sitio donde podía escapar de las discusiones y los reproches constantes de sus padres, que llevaban peleando desde que ella tenía uso de razón.

Incluso después de la separación, su abuela fue la única que nunca intentó ponerla en contra de ninguno de los dos.

Había fallecido hacía varios años, pero, en ese momento, Phoebe no pudo evitar la sensación reconfortante de estar de nuevo con ella.

—¿Bibi? —susurró, la forma en la que cariñosamente llamaba a su abuela materna.

—¿Milady?

Aquella no era la voz de su abuela.

Phoebe abrió lentamente los ojos. Durante unos segundos, solo distinguió una nebulosa de colores cálidos, como si alguien hubiera difuminado el mundo frente a ella. Parpadeó varias veces, intentando enfocar la vista.

Desorientada, contempló al hombre que se encontraba frente a ella.

Phoebe no era demasiado buena calculando edades, pero intuía que tendría unos sesenta años.

Lucía un cabello gris cuidadosamente peinado hacia atrás y unas pobladas patillas plateadas que descendían hasta la mandíbula.

Su rostro, surcado por finas arrugas, mantenía una expresión seria y escrutadora.

Llevaba unas gafas de montura metálica que descansaban sobre el puente de la nariz mientras la observaba con atención.

—¿Milady? —repitió con voz mecánica—. ¿Se encuentra usted bien?

¿Se encontraba ella bien? Phoebe abrió la boca para responder, pero la cerró de nuevo cuando no fue capaz de articular ni una sola palabra. ¿Quién era aquel hombre? ¿Y por qué la llamaba milady ?

—Doctor —dijo una mujer, que se encontraba unos pasos por detrás del hombre. Era unos pocos años mayor que él y compartía la misma expresión seria—, ¿cree que nos reconoce?

¿Por qué iba a reconocerlos? Phoebe no recordaba haber visto nunca a ninguno de los dos.

El hombre, el supuesto doctor, se inclinó hacia ella para sostenerle la muñeca entre los dedos.

—Su pulso es regular —murmuró, soltando su agarre—. Sin embargo, la contusión que sufrió al golpearse la cabeza pudo haberle provocado cierta confusión. —Los ojos de él se fijaron en los de ella—. ¿Recuerda su nombre, milady?

—Phoebe —respondió ella con la voz áspera como papel de lija—. Me llamo Phoebe.

El médico intercambió una mirada rápida con la mujer. Una casi imperceptible expresión de alivio suavizó las facciones de ambos antes de que él asintiera con discreción, como si la respuesta hubiera confirmado algo que temían haber perdido.

¿Por qué reaccionaban así? Solo había dicho su nombre. Era imposible que se equivocara en eso.

Su atención se desvió entonces hacia la mujer que permanecía a unos pasos de la cama.

Vestía un sobrio traje de lana gris, rematado por un cuello blanco almidonado, y un pequeño gorro de encaje recogía su cabello negro, salpicado de canas.

No llevaba maquillaje ni joyas, salvo un discreto broche de plata prendido sobre el pecho.

¿Por qué iba aquella mujer disfrazada de época?

Y entonces lo recordó: la despedida de soltera de su prima y escape room. El game master la había llevado a solas a una despensa donde la había encerrado y entonces… Se miró la mano. El anillo seguía en su dedo, pero no emitía ningún brillo.

¿Lo había soñado todo?

Fue a levantarse, pero, apenas trató de incorporarse, un mareo le nubló la vista.

—Milady, no —intervino el médico, apoyando una mano sobre su antebrazo para impedir que se levantara—. La contusión. Debe permanecer acostada.

—No haga esfuerzos —añadió la mujer, mirándola con reprobación y acercándose apresuradamente a la cama—. Podría volver a desvanecerse.

Ahora que lo decían…

Un agudo pinchazo le atravesó la cabeza. Phoebe soltó un leve gesto de dolor y se llevó la mano a la sien.

Ella recordaba haberse sentido muy mareada. Se había desmayado.

—¿Cuánto tiempo he estado inconsciente? —preguntó, más para sí que para ellos.

—Alrededor de cuatro horas, milady —le respondió la mujer.

Phoebe abrió los ojos de par en par.

—¡¿Cuatro horas?! —repitió, incrédula—. ¡¿Pero qué clase de escape room deja inconsciente a sus clientes durante cuatro horas?!

—¿Esca... qué? —repitió el médico. Parecía como si le costase pronunciar aquellas palabras. Después, intercambió una mirada con la mujer, que se limitó a fruncir los labios.

—Todo ha sido culpa de Quentin —maldijo Phoebe entre dientes—. Ese maldito Quentin.

—¿Quentin? —repitió la mujer.

—Debe ser algún empleado —respondió el médico.

La mujer negó con la cabeza con rotundidad.

—No hay ningún Quentin trabajando en la casa.

—Su nombre no es Quentin —aclaró Phoebe.

—Milady, ha preguntado por Quentin.

—Porque es el nombre que me ha dado, pero no es su nombre real.

—¿Y cuál es el nombre real? —le preguntó el médico.

—¿Y cómo quieren que lo sepa? —bufó Phoebe, perdiendo la paciencia—. No me lo ha dicho.

El médico y la mujer se miraron.

—Debe estar confundida por la contusión —dictaminó el médico.

Phoebe suspiró.

—¿Dónde está mi prima? —preguntó—. He venido con ella y con dos de sus amigas.

—Milady. —El médico le habló despacio, como si creyera que le costara entender sus palabras—. ¿Sabe dónde se encuentra? ¿Conoce el nombre de la casa?

Phoebe intentó hacer memoria. Cerró los ojos un instante, forzando la mente a atravesar la niebla que le pesaba en la cabeza.

—Whitmore Hall.

Los dos suspiraron, aliviados.

—Está en lo cierto —dijo el médico—. Solo está algo confundida, pero ya…

—¿Dónde está Sophie?

—¿Sophie? —repitió la mujer.

Phoebe empezó a pensar que era ella quien necesitaba que la revisara un médico. Claramente, tenía problemas de oído.

—Mi prima —repitió con más claridad.

—Su prima no ha venido con usted, milady.

—¿Tal vez ha venido y usted no se ha dado cuenta? —preguntó el médico.

—En absoluto —dijo ella sin dudar—. Soy la ama de llaves de esta casa. Si hubiera llegado otra joven, lo sabría.

—No era mi intención faltarle al respeto, señora Morrinson, pero la joven parece tan segura de que su prima se encuentra aquí…

—Porque se encuentra aquí. —Phoebe trató de incorporarse en la cama y esta vez logró hacerlo sin marearse—. Esto es increíble, de verdad. Me he desmayado y perdido el conocimiento y no han llamado a una ambulancia.

—Milady —comenzó el ama de llaves, que la miraba como si le hubiesen salido cuernos en la cabeza—, una de las sirvientas le encontró desvanecida en el pasillo. Con la ayuda de dos sirvientes, la trajeron a sus aposentos.

¿Cómo que sus aposentos?

Phoebe no podía negar que aquella habitación estaba perfectamente ambientada, o al menos eso quiso pensar al principio.

La cama era grande, con dosel de tela pesada y bordados oscuros.

A un costado, descansaba una cómoda de caoba con un espejo ovalado.

Las paredes estaban cubiertas de paneles de madera y papel pintado antiguo de tonos verdes y dorados.

Se fijó en las pesadas cortinas oscuras que apenas dejaban pasar la luz.

Incluso tenía una chimenea, junto a la que había una butaca.

Por un momento, no encontró ni un solo detalle que delatara que se trataba de un decorado. Por lo visto, habían decidido comprar muebles antiguos para aquella habitación.

—Los aposentos que el señor ha asignado para usted mientras se encuentre aquí —aclaró el ama de llaves al ver la pregunta escrita en el rostro de Phoebe.

—Vamos a ver… —empezó, pero el médico la interrumpió.

—Harry, el mozo, vino a buscarme a caballo al pueblo, por suerte yo me encontraba regresando de casa de…

—¿Al pueblo a caballo? —le interrumpió Phoebe—. No me fastidies, si hay varios coches en la puerta.

—Un mozo no puede usar las carrozas del señor o de los invitados —le recriminó el ama de llaves.

Phoebe resopló, incrédula. Durante un segundo casi se lo había creído; y entonces lo entendió. Todo aquello seguía formando parte del escape room.

—Vale, ya basta. La actuación es excelente, de verdad.

Casi me convencéis. Pero se os ha ido de las manos.

Deberíais haber cortado el juego en cuanto me desmayé, no continuar como si nada.

Espero que mi prima no sepa nada de esto, porque, si le ha parecido bien, voy a matarla.

Y como no dejéis ya la actuación, os voy a denunciar a todos, empezando por ese actor que me empujó a esa despensa.

El ama de llaves abrió los ojos como platos y el médico la miraba confuso. Ninguno de los dos pronunció una sola palabra durante unos largos instantes, y Phoebe pensó que la amenaza había surtido efecto. A todo el mundo le acojonaba que le denunciaran.

Sin embargo, sus esperanzas se vieron truncadas cuando el médico habló.

—Milady, creo que debe descansar. Aún está muy confundida.

Y erre que erre…

—Lo que estoy es muy enfadada. No voy a repetirme, es suficiente. Acaben de una vez con esta interpretación absurda.

—Milady, túmbese y repose.

—Debería avisar a lord Nathaniel —intervino el ama de llaves—. Su hermano ha llegado del paseo a caballo junto a su prometida antes que el resto y se ha mostrado muy preocupado cuando se ha enterado de su desvanecimiento. Estoy segura de que querrá saber que ha recuperado el conocimiento.

—¡¿Hermano?! ¡¿Qué hermano?! ¡Si yo soy hija única! —exclamó Phoebe, alzando la voz—. Dejen de decir idioteces. Estoy perdiendo la paciencia.

El médico intercambió una preocupada mirada con el ama de llaves.

—La contusión ha debido de afectar temporalmente a su memoria.

Parece más grave de lo que pensaba. No conviene contrariarla —dijo en voz baja, aunque lo bastante alta para que ella lo oyera—.

Milady, ha sufrido un fuerte golpe en la cabeza.

Lo más prudente es que permanezca en reposo.

Su memoria podría tardar unas horas o incluso algunos días en recuperarse por completo.

—¿Mi memoria? Si mi memoria está perfectamente.

Trató de apartar las mantas, pero el médico la sujetó del brazo y la obligó a tumbarse.

—Debe descansar, milady.

Al mismo tiempo, la mujer se acercó al otro lado de la cama y recolocó las mantas sobre sus piernas.

—No sea testaruda —añadió con el ceño fruncido—. Solo conseguirá empeorar.

Phoebe suspiró. Desde luego, aquellos dos actores estaban completamente entregados a sus personajes.

Pero aquello ya era de locos.

¿Quién en su sano juicio seguía con la actuación cuando uno de los participantes se había desmayado?

—Necesita reposo. Volveré a verla mañana. —El médico se volvió hacia la mujer—. Procure que permanezca en la cama y envíen a buscarme de inmediato si su estado empeora o vuelve a perder el conocimiento.

—Así se hará, doctor.

El anciano le dedicó a Phoebe una última mirada, cargada de preocupación, antes de abandonar la habitación.

La mujer permaneció unos segundos más junto a la cama.

—Mandaré que le suban un caldo caliente, milady. Le hará bien.

Lo único que Phoebe quería era largarse de allí, y, si eso, una pizza y una Coca-Cola.

—Lo único que me hará bien es irme. Quiero…

Pero la mujer no la escuchó, inclinó ligeramente la cabeza y salió de la habitación.

—¡Ey, espera!

La puerta se cerró de un golpe seco. Después, escuchó otro ruido, como el de una llave girando en la cerradura. No, no podía ser…

Phoebe se quitó las mantas y se levantó de la cama. Lo hizo tan rápido que tuvo que sostenerse en el colchón para no caerse. Avanzó despacio hasta la puerta, tirando de ella y comprobando que, efectivamente, estaba encerrada.

¿Pero qué cojones?

—Fantástico. Esto mejora por momentos. El escape room ha pasado de inmersivo a secuestro.