Capítulo 2 #3
—No parece que tenga muchas opciones, así que cuanto antes termine con esto, mejor.
—Resopló a la vez que hundía los hombros—.
¿Por qué me habéis elegido a mí? ¿No deberías haber escogido a Sophie?
Ella es la que se va a casar. —Y, sin duda alguna, su prima disfrutaría de esa experiencia mucho más que ella.
Quentin ni siquiera dudó.
—Porque eres la indicada.
¿Indicada? ¿Indicada para qué?
Phoebe no sabía a qué se refería, pero le daba igual. Lo único que quería era salir de allí.
Cuando Quentin abrió la puerta y ella asomó la cabeza, se sorprendió. Era un habitáculo muy pequeño, iluminado solo por una bombilla colgante. No había atrezo, ni pistas, ni nada que se pareciera a una sala de escape room.
Antes de que pudiera quejarse, Quentin la empujó dentro.
—¡¿Pero qué cojones?!
Antes de que pudiera reaccionar, escuchó el sonido seco de una puerta cerrarse a sus espaldas, seguido del inconfundible movimiento de una llave girando en la cerradura.
Sin pensarlo, se abalanzó sobre la puerta, intentando girar el pomo, pero, tal y como sospechaba, estaba encerrada.
—¡Quentin, o como te llames, abre la puerta!
Pero él no lo hizo.
—Solo un poco más, Phoebe. Solo un poco más —dijo él desde el otro lado—. Ya casi está.
¿Cómo sabía su nombre?
Entonces recordó que todas habían tenido que rellenar sus datos y enviar una fotocopia del pasaporte o del carné de conducir al reservar. Así que no era tan extraño que supiese su nombre. Intentó tranquilizarse, diciéndose a sí misma que era parte del escape.
Ahora lo único que tenía que hacer era resolver el misterio para salir de ahí. ¿Pero por dónde empezaba?
—¡¿Dame alguna pista, no?! —le exigió a Quentin, pero este no respondió.
Vale, ella era más que capaz de salir de ahí.
Si había logrado ser abogada junior de uno de los bufetes más importantes de Londres, podía con un escape cutre.
Lo único que necesitaba era encontrar la llave para salir de ahí.
Buscó a su alrededor, entrecerrando levemente los ojos, pues no tenía demasiada luz, ya que la única bombilla que había colgada del techo tintineaba ligeramente.
Se dio cuenta de que el habitáculo no estaba del todo vacío. En una de las paredes había un pequeño retrato. El marco era antiguo, de madera oscura y desgastada.
Dio un paso hacia él para verlo mejor y casi emitió un grito de la impresión, pues lo que vio en él era lo último que esperaba.
Era un retrato antiguo de una joven que vestía un elegante vestido de cintura alta en un tono marfil, con mangas cortas ligeramente abullonadas y un escote cuadrado adornado con pequeños bordados.
Llevaba el cabello recogido en un elaborado peinado, dejando algunos mechones sueltos alrededor del rostro.
Phoebe había visto decenas de retratos similares cada vez que visitaba un antiguo palacio o iba a un museo, pero no fue eso lo que la inquietó, sino que aquella joven se parecía muchísimo a ella.
No era un simple parecido; tenía sus mismos ojos, la misma forma de la nariz y la misma mueca de labios.
Podría ser ella.
Entonces reparó en algo que le heló la sangre. El anillo. Era exactamente igual al que llevaba ella en el dedo en ese momento. El que Quentin le había entregado.
Debajo, en una pequeña placa apenas legible, ponía:
Lady Phoebe Pembroke
El mismo nombre que el suyo, solo que ella se apellidaba Harris.
¿Tal vez con sus datos habían buscado fotos suyas en Instagram y, usando inteligencia artificial, habían creado aquella pintura?
Aunque ciertamente era demasiado realista; parecía real.
Y esa expresión, miraba directamente al frente, como si llevara demasiado tiempo esperando que alguien la encontrara.
Phoebe estiró la mano, tentada a tocar la pintura, pero, en el último momento, se arrepintió. Entonces, el anillo que llevaba en el dedo emitió un tenue destello de luz fría. Phoebe bajó la mirada, desconcertada, y cuando volvió a alzarla, algo había cambiado.
Al principio creyó que era un efecto de las luces.
Sin embargo, ante sus propios ojos, las paredes comenzaron a transformarse.
Donde antes no había más que madera desnuda, aparecieron estanterías repletas de tarros de cristal.
Unos sacos surgieron junto a ellas y, poco después, una mesa y un banco de madera ocuparon el centro de la estancia.
Como si una despensa de verdad se estuviera materializando frente a ella.
Antes de que pudiera entender qué estaba pasando, la bombilla se fundió con un chasquido seco y todo quedó a oscuras. Phoebe sintió un mareo fuerte. Debía de ser algún efecto especial. Luces, proyecciones, algo de realidad aumentada.
Como parte de aquel espectáculo, la puerta se abrió de golpe. No había nadie del otro lado; fue como si hubiera sido abierta por un fantasma. ¿El fantasma de la bruja, tal vez?
Phoebe rodó los ojos ante sus propios pensamientos mientras salía tambaleándose al pasillo, sin saber muy bien adónde tenía que ir.
Apoyó una mano contra la pared, esperando que el tener más espacio lograra despejarla, pero el mareo se hizo todavía más intenso y sintió cómo las paredes comenzaban a moverse a su alrededor.
¿Qué le estaba pasando?
Intentó dar otro paso, pero no llegó a hacerlo, porque, antes siquiera de poder pedir ayuda, todo se volvió negro.
Y Phoebe se desplomó.